¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 1 de mayo de 2018

La rapiña y el sol


“Anyway, it's like with bikes,' said the first speaker authoritatively. 'I thought I was going to get this bike with seven gears and one of them razorblade saddles and purple paint and everything, and they gave me this light blue one. With a basket. A girl's bike.'
'Well. You're a girl,' said one of the others.
'That's sexism, that is. Going around giving people girly presents just because they're a girl.”
(Good Omens)
TERRY PRATCHETT & NEIL GAIMAN.

Para Eileen.

La rapiña y el sol:

Mara contaba los segundos en penumbra, sentada en el suelo y apoyada distraídamente contra la pared. Otras tantas delincuentes a su alrededor compartían su destino por delitos menores o mayores.
Los últimos rayos del sol vespertino se abrían paso a través de una rejilla en el techo y caían sobre la puerta oxidada de la celda.
Ésta se abrió de golpe y arrojaron a una chica desnuda, se despellejó las rodillas y los codos contra la piedra.
Mara la contemplaba: la chica no parecía comprender demasiado bien dónde estaba. La pobre se acuclilló en una esquina y se quedó llorando como un niño perdido en el bosque.
Tras unos minutos de llantos se levantó, intentando recomponerse, cogió un trozo de arcilla blanquecina del suelo y comenzó a anotar cosas sobre la herrumbre de la puerta. Parecía un fantasma errático, alguien venido de otro mundo.
Y todos los ojos la miraban, brillantes: ahora tenían a quién castigar por su suerte.
Sin embargo los ojos de Mara observaban sólo lo que aquella extraña estaba escribiendo:

La libertad es un proyecto continuo: cuando llegamos a un escalón, luchamos por alcanzar el siguiente, porque ésa es la única garantía de nuestros derechos en un mundo en discordia. La libertad tiene sus límites, por supuesto, y en muchos casos éstos toman la forma de cuatro paredes húmedas y proponen la palabra como culpable ante la ley.
En este paraje de censura las mujeres somos sombras al caer la noche, sueños de musas o brujas, ni siquiera necesitamos grilletes. Por eso se hace crucial reflexionar acerca del poder que siempre nos han negado y nunca hemos exigido.

Aisling hasta hacía bien poco, y pese a su corta edad, había sido propietaria de una imprenta y siempre había cargado con su condición de mujer a la espalda: mero reflejo de la de aquellos hombres que la habían protegido, muy generosos, y que le habían permitido hablar sobre su propia realidad. Siempre había sido “hija de…”, más tarde “mujer de…”, y ahora “viuda de…” –muy joven, sin descendencia, huérfana desde hacía dos meses debido a la peste– y, por tanto, vulnerable y desvalida, y en consecuencia, desposeída y silenciada.
Efectivamente, la imprenta de Aisling había sido clausurada por las instituciones de poder, que consideraban necesario poner coto a la libre divulgación de ideas sediciosas o inmorales. Ella, por su parte, había sido detenida, juzgada y enviada a prisión. A lo largo y ancho del reino se estaba llevando a cabo una agresiva campaña de expropiación a fin de que el nuevo invento pasara a ser monopolio de la aristocracia más afín a la corona.
La porcelana, las atenciones y las copas de cristal habían sido sustituidas por un hedor insoportable a heces y orina, y el dolor de una piel que nunca antes había sido herida por otros.
Y en esos momentos de ausencia y desconcierto Aisling estaba redactando, tiza en mano, aquel breve fragmento de su obra más reciente, La rapiña y el sol. No obstante, apenas sí podía escucharse pensar por encima del murmullo que iba creciendo en intensidad y virulencia detrás de ella. Los gestos se volvían más violentos, los gruñidos, más guturales; todas las miradas se clavaban en Aisling entre palabras que no sabía comprender. Y el miedo comenzaba a abrirse paso entre su recelo.
Esas pequeñas bestias, desnudas como ella, pugnaban por rebasar su cintura, las más grandes le llegaban a la altura del pecho, pero la superaban en número y eso no dejaba de ponerle nerviosa. Nunca las había visto tan asilvestradas, sin amos ni autoridad. Los vrashaia parecían alimañas: peludos, feroces, con grandes orejas en punta, garras –arrancadas debidamente en la mayoría de los casos– y costumbres primitivas.
Uno de ellos señalaba a la pared en la que Aisling había escrito y empujaba a dos de los suyos hacia atrás, mientras gritaba y le gritaban, y se situaba entre la humana y esa turba de criaturas, con los brazos extendidos, para impedirles el paso. Otro, el más grande de entre todos ellos, pareció ponerse de lado de su improvisado guardián.
–¡Guardias! –gritó Aisling cuando se le acabó la paciencia–. ¡Guardias! –echó un rápido vistazo hacia atrás, reparando en que uno de los que había sido repelido por su defensor tenía ahora una arañazo en el hombro y estaba sangrando–. ¿Guardias…?
–Estás a salvo, creo –le dijo su protector, tenía una voz bastante aguda y sonaba muy dulce. Éste se giró para mirarla y Aisling se percató de que era una hembra: su rostro tenía facciones suaves y el vello que lo cubría era fino y muy corto, de hecho, se dio cuenta de que todas eran hembras–. Mi nombre es Mara y yo siempre he tenido unos grilletes –declaró, pareciendo más entretenida que contundente–. ¿Estás en el trullo por escribir eso?
La joven humana intentó procesar la situación, pero sus diez y tantos años de conciencia de clase y buenas maneras no acababan de asimilar el exceso de confianza.
–S-sí –logró decir, incrédula. En cualquier otro contexto y con toda probabilidad, que una vrash le hubiese hablado de forma tan espontánea a una humana habría implicado un severo castigo corporal.
Venn sevshek leesrisgven hima tükale vrashö –le dijo Mara a sus gentes.
¡Na fe spella sevshka, Mara! –le increpó una de las vrashaia en desacuerdo, y otras tantas aullaron más mensajes que no sonaban en absoluto amables.
¡Niesa skenair! –escuchó Aisling en varias bocas llenas de desprecio.
¡Si nemr nase fe spellra seda kalashirel malel –exclamó Mara, autoritaria–, nemr rraglanne sevshkür lo venne parsä nikava fe, kasärrai attan sarhen! ¡Enai vrashaia, umanaia, niesa leesrüvra, nim dem hara giulevra! –afirmaba, apuntando con una mano a la humana y llevándose la otra al pecho para señalarse a sí misma–. ¡¿Akalla?! ¡Shavenne: na spella shelaan vennava tahäria si vennei aiashlei na naala!
¿Sörgürrha varenn nagash ned nella oga tükalei aiashlei? –inquirió una voz, era Iiölani, la que había tomado partido a favor de Mara. Y no había mundo que pudiera contener la barbilla de Aisling en caída libre: nagash ned nella, por proferir ese insulto, a esas criaturas se las condenaba a muerte sin excepción.
¡Na fe nagsha ned nella! –aseveró Mara, beligerante–. ¿Morirías por tus palabras? –le tradujo con una sonrisa inocente.
–S-sí –tartamudeó Aisling, entre la duda y la cautela, pensando que a fin de cuentas ya había sido arrestada por expresar sus ideas. El ambiente pareció relajarse, si bien las discusiones siguieron en pequeños grupos, aún bastante airadas.
–Es bueno saberlo: yo diría que alguien quiere verte muerta, humana. Esa tía de ahí, por ejemplo –dijo Mara, animada, hablando a toda velocidad y señalando hacia la que había herido en el hombro–, pero estoy bastante segura de que alguien poderoso también, verás… no sé si lo has notado, pero no hay guardias patrullando por los alrededores. Sin embargo hay algo que juega a tu favor.
–Dime, pues –solicitó la humana, vacilante–, ¿qué nivela la balanza de mis infortunios?
–Yo diría que eres la clase de persona que sabe escuchar a los demás –le dijo Mara en tono cómplice, la tomó después de las manos y se la llevó a la esquina más alejada para comenzar a hablarle en susurros–. Estoy siendo educada con mi gente, nuestro oído es muy fino: todas esas veces que le has dicho a tu nodriza que tus enaguas sólo se levantaron hasta el tobillo, las mantuvimos en secreto –Mara le sonrió con la travesura en la comisura de los labios, sin embargo, la sonrisa con la que respondió Aisling no parecía tan divertida.
–Cambia tus enaguas por unas calzas de varón, que no son las primeras nada a lo que yo le dé uso –aseveró Aisling, algo seca–. Es decir… cuando voy vestida –añadió con timidez.
–Eres una chica. ¿Nunca has llevado? –preguntó Mara, sorprendida.
–Sí, pero sólo porque, contando cinco años de edad, todo el mundo a mi alrededor parecía saber qué significaba ser una niña de cinco años.
–Y no era el caso –acordó la vrash. Mara quería tender puentes, a veces pensaba que su problema es que quería construirlos y cruzarlos a toda prisa, y es un poco engorroso cuando te ves al otro lado del abismo, bastante sola y dándote cuenta de que todos los que están en el lado opuesto llevan antorchas. Pero es que los puentes son lo primero en caer, por eso hay que intentar no estar encima de ellos cuando ocurre.
–Soy un ser humano… –se encogió Aisling de hombros–. Con cinco años sólo deseaba comer tostadas con miel y correr por el bosque.
–¿Eso es lo que hacéis los humanos?
–Es… lo que hacía yo –afirmó, algo insegura.
–También yo –le sonrió Mara de nuevo, soñadora–, esto… al menos si eres flexible con la palabra tostada –una sonrisa más, de esas que transmiten una inmensa calma–. ¿Sabes?, muchos vrashaia os detestan y desearían clavar vuestras cabezas en una pica, bueno… en una pica por cabeza, supongo. Afortunadamente para ti no todos somos iguales, es precisamente por eso que algunos comprendemos que no todos sois iguales. Odiar a un grupo entero es fácil, odiar a cada persona, una a una, es aún más estúpido –tras decir esas palabras, volvió a alzar la voz–. Pero tú escribes por nosotras. Y nosotras estamos jodidas, vengamos de donde vengamos, ¿sí?
–Estamos jodidas, ciertamente –apostó Aisling, dejándose incluir dentro del grupo de las reclusas.
–¡No estamos! –gritó una vrash llamada Mirel de entre la multitud.
–¡Sí lo estamos! –insistió Mara con energía–. ¡Hemos sido condenadas a morir a base de trabajos forzados, ioban ss rrotar!
–¡Vale, sí lo estamos! –Mara miró inquisitoriamente hacia el grupo de vrashaia en busca de una respuesta con sentido–. Es que… no soporto dar razón a humano… –se explicó su improvisada interlocutora y casi todas se rieron, Mara incluida. No se molestaba en disimular cuantísimo disfrutaba de aquella situación.


Y, de alguna manera, el plan había funcionado: para entonces el ambiente parecía haberse calmado casi por completo, pese a la desconfianza que Aisling, evidentemente, seguía suscitando.
–No te lo tomes de forma personal –le pidió Mara–, estamos un poco tensas, pero es sólo porque hemos estado a punto de matarnos un par de veces esta tarde.
–Ah.
–No eres una mujer de acción, ¿las? –dijo Mara mirándola desde ahí abajo.
–No… no demasiado.
–¿Cómo te llamas? –aquella pregunta la tomó desprevenida, quizás porque, sintiéndose a salvo de nuevo y, por ende, entre inferiores, le chocaba que una vrash le hablara de forma tan directa. Sin embargo, trató de centrarse al reparar en los impacientes gestos de ánimo de Mara, los cuales la devolvían a la realidad de la prisión:
–Aisling.
–Bien, Ashling, conozco a alguien que nos va a ayudar, ¿ves la abertura del techo?
–Sí. Casi… casi alcanzo a rozar los barrotes –declaró la humana estirando los dedos.
–Ya, ya, siéntate –dijo llamándola con un gesto–. Mira, el plan es que nos fuguemos todas de aquí, y doy por sentado que estás dentro... del plan –puntualizó.
–Las alternativas no parecen halagüeñas –admitió Aisling.
–Fantástico –dijo Mara frotándose las manos–. Éste será nuestro curso de acción: un tipo muy majo nos va a tirar un tornillo, mucha cuerda y una daga, abriré la puerta antes de que empiece el cambio de turno y nos moveremos rapidito y todas seguiréis mi ritmo y buen hacer –no varió el tono ni la vertiginosa cadencia de su discurso y se mantuvo mirando a Aisling, sabiendo que sus palabras llegaban a todos los oídos–. No queremos cruzarnos con la guardia y sus espadas, y mucho menos con sus ballestas ni sus mosquetes, así que, en caso de ver a alguno, ya sabes: unos “buenos días”, una reverencia y una sonrisa. Piénsalo, son dieciocho sonrisas, eso le tiene que derretir el corazón a cualquiera. Si por algún casual esta táctica no funcionara, no tendremos más remedio que afrontar la muerte sin dignidad y echarnos a correr como locas mientras intento que la daga parezca amenazadora, no sé, tal vez en proporción... –musitó examinando su menudo cuerpo de vrash–. Total, que, si todo va bien, o no nos descubren, o sólo tengo que matar a un par de guardias, luego bajamos por un acantilado muy jodido con ayuda de la cuerda que está por llegar y abajo ya nos esperan un par de balsas anémicas en las que confío que salgamos las dieciocho prisioneras, lo sé, soy genial, pero no me des las gracias aún –Aisling intentó ahogar sus risas–. Las primeras en usar la cuerda son Alta y Fael, las niñas pequeñas que ves ahí –dijo haciendo un abanico con el brazo para señalárselas–, ésas son las normas. Algunas de las chicas no tienen garras porque sus amos se las extirparon, a otras se las arrancaron al llegar aquí. Las pocas que aún las conservamos tuvimos que hacer maravillas para ocultarlas, recortándolas, por supuesto, y sólo porque sabíamos que acabaríamos camino de las galeras, las canteras o la hoguera. En cualquier caso nosotras, que aún tenemos con qué escalar, bajaremos las últimas, por si las cosas se tuercen. Si alguna de vosotras intenta hacer algo raro cuando estemos ahí arriba, os recomiendo que seáis extremadamente rápidas, de lo contrario os mataré, y que no se os ocurra tocarles un pelo a las niñas. Ashling, deja de mirarme así –exhortó Mara–, te estoy explicando todo esto porque, a fin de cuentas, alguien ha sobornado a la guardia para que no patrullen esta área, supongo que con la esperanza de que te descubran muerta tras el cambio de turno, lo cual significa que, quieras o no, nos estás ayudando, y eso va para todas –aclaró, firme, meneando una oreja–, la humana nos ayuda. Y, tú ya lo has dicho, tampoco tienes opciones, ¿sí?
–¿Cómo haces para hablar tan rápido…? –interrogó Aisling, impresionada, y luego trató de regresar al discurso–. Tu gente…
Mara suspiró hondo, algo crispada, antes de interrumpirla.
–Aquí hay de todo –le dijo–, desde chicas a las que sus amos maltrataron y que intentaron resistirse hasta asesinas: no son mis amigas, sólo estamos aquí.
–¡Eh, que yo sólo había salido a hacer la compra! –se indignó una vrash que llevaba Aul por nombre.
–Lo cierto es que muchas habéis sido aquí retenidas por el único crimen de vuestra condición –adujo la humana.
–No te apiades de nosotras –demandó la gran Iiölani, hablando con un acento tan fuerte que Aisling tuvo dificultades para entenderla.
–Vuestro destino es la subordinación o el castigo –insistió la humana, tratando de no parecer amohinada.
–También el tuyo –respondió Mara, irritada–, sólo que tu celda es de oro y tiene el desayuno incluido. Esto… –miró a su alrededor con cara de circunstancias– ahora no, claro.
–Ya había comprado las zanahorias, no creas… –puntualizó Aul.
–Alguien habría de alzarse en pro de los desfavorecidos –alegó Aisling.
–La solidaridad es como el horizonte: todas las partes están al mismo nivel. Pero tu propuesta es sólo otra forma de conquista –dijo Mara.
–Entiendo lo que quieres decir –siguió Aisling–, me dices que esa ayuda que pretendo dar no es sino la misma que le presta el hombre a la mujer para retenerla en el poder del engaño y el vasallaje.
–¿Quiero decir eso? –se extrañó su interlocutora–. Oye, mira… si esto es muy sencillo, ¿puede una persona luchar por la gente? Pues me alegro de que me lo preguntes –se respondió teatralmente–. Lo malo de luchar por la gente es que, al final, una acaba luchando por ideas y no por personas: no queremos que los demás sufran y las ideas no pueden morir, dan seguridad, así que se convierten en la excusa perfecta para decirles a los demás qué pensar y cómo pensar: personas encadenadas a palabras, ¿sí?
–Iba yo andando por la calle y, ¡zas!, acabé aquí. Y las zanahorias a tomar por culo.
–Sin embargo no tenéis oportunidad, Mara –proseguía Aisling–. Somos señores dictando que vosotros sois esclavos… poco más que animales. Ríos de tinta aún por secar se han escrito culpándoos de vuestras desgracias, así como exculpándonos de las nuestras.
–A las bestias, los latigazos; a las brujas, las llamas; al enemigo, la espada –dijo Mara–. Separarnos del que matamos no es más que una excusa para creer que no somos unos monstruos.
–La moral es sólo una forma refinada de intolerancia –resolvió la humana y la vrash soltó una carcajada en respuesta antes de contestar:
Ashling, ya no sé si la gente es buena o mala, sólo sé que está en bandos distintos y nunca es el mío.
–La gente no sé –intervino Iiölani–, pero los humanos son una panda de hijos de puta como ellos solos…
–¿Y de verdad creéis que a través de la palabra vais a conseguir que os miren con otros ojos? –Aishling se dirigía a Mara, pero no tuvo el valor de ignorar a Iiölani, a pesar de que no la había entendido del todo.
–Ni de coña –admitió Mara con una sonrisa dulce–, pero nosotras somos libres, ¿sí? –dijo riéndose.
–¡Y tenemos aspiraciones! –gritó una, a la que decían Shiaril.
¡Täänai, täänai! –clamó otra, llamada Iaashen.
–¡Si miatter satah! –añadió Mirel, la humana no sabía lo que había dicho, pero muchas vrashaia soltaron una carcajada satisfecha.
–¡Y hambre! ¡Tenemos hambre! –dijo Alta con su aguda vocecita de niña, algunas vrashaia, entre las que Mara se contaba, se rieron, divertidas.
Mara se dio unos segundos antes de continuar:
–En fin, retomemos el asunto de bajar por un acantilado, al que, créeme, no le caes nada bien –dijo dirigiéndose a la humana–. Estamos hablando de un descenso en plena noche… En el peor de los casos, mi gente ve muy bien en la oscuridad, pero no hay forma de que tú bajes por el precipicio sin ayuda de un arpeo, aunque sea de baja calidad, y aterrices cuando te lo has propuesto, bajarás con las niñas y cuidarás de ellas –a juzgar por los gruñidos y los intercambios en aquel idioma incomprensible, no todo el mundo estaba de acuerdo con que una humana estuviera al cargo de dos crías vrashaia–. Y, vosotras –dijo ahora refiriéndose al resto–, no quiero discusiones sobre el tema –Aisling se sabía testigo de un espectáculo insólito, a Mara, por su parte, no parecía suponerle gran cosa darle órdenes a una humana ni a quien fuera–. Hagamos un trato: después de la fuga no tengo a dónde ir y necesito ropa, sólo eso y una cama por una noche. ¿Tienes casa? ¿Podemos ir allí?
–Podemos. Por lo que me han hecho saber, mi residencia ha sido registrada ya por la milicia, probablemente se hayan dedicado al pillaje, habida cuenta de que el objetivo de mi internamiento es que éste dé lugar a mi ilegal ejecución. Sea como fuere, lo que quede de mi hogar se encuentra en la aldea de Bré, de modo que habremos de caminar en este lamentable estado en que nos hallamos hasta más allá del bosque, la travesía no será sencilla ni digna.
–Bien, eh… lo que tú digas. Iremos a Bré bosque a través, deberíamos llegar al amanecer. Hace suficiente calor como para no morir congeladas en la noche.
–Una vez hayamos ejecutado el plan de fuga, me llevaré a las pequeñas conmigo –decretó la joven humana.
–No podrás quedarte en tu casa por mucho tiempo… –el color verde de los ojos de Mara comenzaba a refulgir entre las sombras.
–Conozco a un gentilhombre… –empezó Aisling a decir–. Mi tío Aedan, me proporcionará asilo. Vive cerca de Dun Bealach, en la región de Gailimh, donde las leyes son distintas…
–…y desde luego que no puedes llevarte a alguien como si estuvieras eligiendo unos zapatos a juego con tu sombrero. Ellas irán a donde deseen.
–Debes excusarme, hasta hace apenas unos segundos ignoraba que tuvierais aspiraciones.
–¿Eso es sarcasmo? –curioseó Mara, entrecerrando los ojos con una suspicacia divertida–. Me gusta, pero no lo vayas diciendo por ahí.


Aisling miró pensativa a las dos pequeñas: había entre ellas cierta diferencia de tamaño, la mayor llevaba a la más joven de la mano y parecía estar diciéndole palabras de ánimo, ésta última llevaba unos vendajes precarios alrededor del torso y el brazo en cabestrillo.
–¿Qué percance pudieron ocasionar unas niñas que mereciera tal escarmiento? –quiso saber la humana, sin poder evitar compadecerse de ellas.
–Cogieron un juguete en el jardín de su casa y jugaron con él, ¿terrible, verdad? –le dijo Mara al oído, mirando a las pequeñas–. El juguete era del hijo de su señor.
–Alta y Fael serán, pues, las primeras en bajar –sentenció Aisling.
Mara decidió pasar elegantemente por alto su muy humana tendencia a dar órdenes y a creer que estaba al mando, y siguió hablando:
–Tú ayudarás a Fael, a ella la descubrieron con el juguete en las manos y le dieron una paliza y tres latigazos, es una niña pequeña, es sorprendente que haya aguantado tanto. Ahora está muy débil y tiene un brazo y un par de costillas rotas, no sé si lo va a conseguir. Alta, afortunadamente, sólo estaba junto a ella, así que simplemente le dieron un par de latigazos, es más mayor y se está recuperando muy bien, es fuerte y tiene muy buena salud. Recemos por que el mar esté tranquilo. ¿Sabes nadar?
–Sí.
–Bien. Antes muerta que en la puta galera –Mara resopló, abrumada por la hazaña que se proponía llevar a cabo.
–Desconozco por qué confías en mí –confesó Aisling, vacilante.
–Por esto –respondió Mara, volviéndose hacia Fael y Alta y llevándolas ante Aisling. Fael, en particular, parecía estar a punto de llorar de terror, era muy pequeña–. Ella también tiene miedo, Fael –le dijo Mara a la niña–, ¿te acuerdas de todo lo que ha llorado al llegar? También han sido malos con ella, ¿sabes? –le dijo con la suavidad de una madre–. Ve a hablar con ella, venga, que no muerde.
Fael se tranquilizó un poco al cabo de unos segundos:
–¿Por qué han sido malos contigo? –preguntó la niña llanamente, una vez hubo desterrado el miedo de su corazón.
–Les incomodan mis palabras: condeno los privilegios de aquéllos que nos hacen sus esclavas –titubeó Aisling, pensando que quizá no se comunicaba demasiado bien con los críos.
–Les dice a las gentes que lo justo es que las mujeres tengamos el mismo poder que los hombres y, por lo que sea, a los hombres no les gusta –les aclaró Mara.
–¿Hablas por las mujeres, por todas? –intervino Alta, sin llegar a creérselo.
–¿Por las vrashaia también? –inquirió la pequeña Fael llena de ilusión.
Las –respondió la humana, aunque no era cierto. Hasta esa tarde los vrashaia nunca habían significado absolutamente nada. Y, en otro orden de cosas, ella no podía hablar en nombre de todas las mujeres: no podía ir por ahí pensando que las mujeres eran de una determinada manera, principalmente porque ésa era la postura a la que se enfrentaba. Tal vez fuera demasiado joven para esas consideraciones pero, hasta donde ella sabía, la gente que busca la verdad suele encender una llama en las tinieblas, mientras que aquéllos que la han encontrado suelen juntar un buen montón de leña para prenderle fuego a algún otro.
Ashling es una luchadora –convino Mara, que, desde que viera sus palabras en la pared, no había parado de pensar en una serie de propuestas que hacerle, las cuales pasaban por redactar a cuatro manos y reajustar y ampliar algunos conceptos–. Echadle un vistazo a lo que ha escrito, ¿lo entendéis bien?
Las niñas negaron, meneando la cabeza, pero miraron a Aisling como se mira a los héroes.

Las imágenes pertenecen, por orden, a:

Wespenfresser

Sharandula (Elena Berezina)

domingo, 1 de abril de 2018

Cordura

Cordura:

El siglo XIX no parecía tan distante cuando era niña y, por eso, cuando me resguardaba del mundo en mi soledad, bajo la sombra de los árboles del jardín de aquella casa de verano que parecía menos tenebrosa al inclinarse ante el sol, me parecía que así era como debían haber hecho las muchachas hacía cien años, pensando que el amor debía de tener por fuerza un olor parecido al de las páginas de un libro olvidado o al de las hojas en otoño. Palidez, soledad, sueños y cabello oscuro, no dejaba de pensar en mí misma como en un personaje más mientras leía a un Aleksandr Pushkin advirtiéndonos de que estaba muy de moda caer perdidamente ante vampiros, piratas y canallas.
Cuando me enamoré de mi compañera de clase comprendí por fin que era la dulzura de las flores lo que me esperaba entre dos piernas en las que sumergirme, descansar y besar. Y, cuando un año después sus padres se mudaron a Francia y nosotras perdimos el contacto en una época en que no todo el mundo tenía un teléfono móvil y en la que, todavía a veces, para marcar el número de otra casa una tenía que dibujar un círculo con el dedo –una época en la que dos chicas no podían ser ternura en los parques–, comprendí que el desamor era peor incluso que las noches en vela, siervas del temor a no ser correspondida.
La despedida fue vergonzosa… Recuerdo que dije tantas estupideces, llena como estaba de esa furia egoísta que llega a apropiarse del amor en una impostura y lo devora, que no pude más que indignarme con todo cuanto me rodeaba porque enfadarme conmigo misma hubiera sido despiadado. Fui cruel con ella, reprochándole lo imposible, recriminándole mis miedos como la cría que era, y lloré. Lloré hasta que las lágrimas de rabia se ahogaron en las de tristeza.
La sabiduría no tiene más remedio que echar de cuando en cuando la vista atrás y observar horrorizada los errores sobre los que ahora se yergue en su amarga victoria.
Cuando empezó el siglo XXI el sexo de los sesenta consiguió alzarse por fin y llenó las discotecas y los bares: nadie se sentía mal por algo tan inocuo como el placer de la mente bajo cada milímetro de piel, por lanzarse al vacío en una ascensión, aferrándose al cuerpo de otra persona, y hacer de la tierra los mismísimos cielos.

Sin embargo el tiempo nos retiene contra la memoria y mi historia es tan triste como otra que a mí me contaron en uno de mis viajes: una chica, el día de su boda, aún preguntaba sobre su primer amor cuando doblaban las campanas y volaban las palomas, confundida por una libertad incomprensible y en medio de una dosis de implacable realidad.
Por mi parte, apenas supe sobreponerme a esos cuentos espantosos que nos prometían la vida y el gozo compartidos junto a una persona única para nosotros y así, atrapada en la ironía, hice daño a alguien a quien quería por no saber trazar mi camino con valentía.
Y recordaba las noches de mi adolescencia en las que era incapaz de dormir por soñar despierta a la única persona a la que había sabido entregarme y recordaba los días en los que rezaba por verla solo un momento, vagando por los pasillos de ese infierno en que aprendíamos a despreciar la imaginación en un pupitre. Y en ese pasillo esperaba un “hola” por su parte o incluso un “adiós” y una sonrisa.
De alguna manera era triste y sencillo: si me daba una palabra, yo cubría cada letra de besos y cariño.
Y hoy –me decía a mí misma–  casada con quien quiero pero no amo, ¿dónde está mi pecho ardiente? ¿Dónde mis mejillas encendidas?
Y no dejaba de pensar: ¿para qué está la costumbre, si no es para que nos olvidemos de la felicidad?

No obstante, desde hacía algunos meses había reparado en algo: parecía una astilla diminuta tras cada uno de mis pensamientos, era algo que empequeñecía, menoscababa, envilecía todo cuanto podía yo llegar a ser.
Ahora estoy en esta vieja casa otra vez con una joven mezcla entre papillón y pastor belga y reflexiono sobre mis propios pensamientos. ¿Quién no leería en ellos una voz de alarma o los indicios de una vida miserable?
¿Qué hay de resguardarse como si el mundo fuera a dañarme? Al menos supe verdecer mi propio mundo.
Y, ¿por qué el amor debía estar marchito? Al menos llegué a comprender que era un perpetuo brotar.
Y, ¿decir estupideces, qué clase de joven puede ser una si no se equivoca? Porque, ¿qué clase de adulta puede ser una si no se equivoca?
Y, ¿acaso es amarga una victoria que nos hace mejores? ¿Y por qué iban a ser terribles los errores si son sólo la otra cara del acierto?
No sabemos si es triste una historia hasta que acaba y podemos juzgarla, ¿a qué tanta prisa, corazón mío, por saber el desenlace? Respira tus bosques y camina por el cielo.
Si mi mente había sido una cárcel era sin duda porque yo había sido el carcelero.
Perdida, como estaba, en esas consideraciones, mirando por la ventana a esos campos que se dejaban caer por la ladera de la montaña, mi perra me sacó de mi ensimismamiento: estaba ladrando y persiguiendo algo ahí fuera, entusiasmada.
Así que salí para acompañarla.
Y creo que fue entonces cuando vi al hada.


sábado, 17 de marzo de 2018

jueves, 1 de marzo de 2018

La Legión de los gritos


“I am so clever that sometimes I don’t understand a single word of what I am saying”.
OSCAR WILDE.

La Legión de los gritos:

A veces estamos meditando algo y perdemos el hilo de nuestros pensamientos, entonces, reconocemos el sutil rastro de algún concepto que tal vez tiene sentido si llevamos un poco más de ropa, pero nos desorienta un poco no saber exactamente qué estamos pensando o cómo hemos llegado ahí.
Aunque infrecuente, suele ser una situación desagradable: es incómodo encontrarnos en la singular intersección en que las ideas que ya han desaparecido deberían conectar con las que aún están por llegar. Normalmente no pasa de ser un brevísimo instante de confusión en medio del vacío, y, sin embargo, se nos antoja de muy mal gusto porque nos perdemos de vista a nosotros mismos.
Pues bien, de algún modo Kalani vivía en ese brevísimo instante de confusión de forma permanente.
Y es cierto, se perdía de vista a sí misma con facilidad: nunca sabía qué haría después y no se preocupaba mucho por lo que fuera que había pasado un poco antes, básicamente vivía sin esfuerzo en el ahora, y eso a una le hace ganar tiempo.
Rodeada de pensamientos desconcertantes, tanto propios como ajenos, había llegado a la conclusión de que las ideas eran una suerte de chispazo de inspiración: brotaban, no solían tener muy claro que hacían ahí, y desaparecían. El discurso mental era sólo el espacio en que tenían vida. Y no siempre merecía la pena tener acceso al de los demás…
El sonido de una voz la devolvió a la realidad:
–…y así ampliar la alianza comercial que ya tenemos con algunas ciudades de la frontera norte en Okanugan, por no mencionar los libros de la universidad, que están en nuestro poder –Kalani miró algo confundida a aquél hombre. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre un cómodo sillón de cuero, Senescal Piruleta y Snieshka estaban a su lado en un sofá de igual manufactura.
–Parece un buen trato –contestó en un acto reflejo–. Ahora sólo tienes que decirme qué quieres a cambio.
Los pensamientos de su interlocutor aparecieron involuntariamente ante ella: el rastro de intenciones, objetivos y convicción al mezclarse con la sangre.

La gente alrededor, azotada por una tenue ola de miedo e inseguridad, retrocedió un poco, los guardias tragaron saliva, todos estaban confundidos porque no sabían muy bien qué era una bruja, pero no les gustaba nada cómo sonaba aquella palabra ni los rumores a los que se asociaba.
–Tengo una propuesta que hacerte, bruja de Faro –dijo aquél hombre en medio de la calle, haciéndole un gesto con el brazo para que entrara en el edificio de enfrente–. Acompáñame.
El edificio, conservado a duras penas, parecía un templo muy antiguo con imponentes columnas, en su mayoría intactas, elevando un frontón en el que se vislumbraban los restos de tres figuras. Desde fuera no sólo llamaba la atención por su estructura, sino también porque era uno de las pocas construcciones cuyas aceras no estaban cubiertas por montones de escombros o basura. Cuando entraron, Kalani quedó impresionada: el suelo era de mármol, había alfombras desgastadas repletas de motivos sinuosos, puertas de doble hoja, restos de cortinas amarillentas, maderos tapiando un gran agujero en el techo y cuadros oscurecidos de señores que muy posiblemente habían carecido de sentido del humor. Senescal Piruleta iba olfateándolo todo con interés, mientras, miraba de soslayo el bocata que Kalani seguía comiéndose.
–¿Qué opinas de la ciudad? –le preguntó aquel hombre para romper el hielo.
–Parece un sitio fantástico para mendigar por tu vida.
–Afortunadamente se hizo mucho trabajo en su día y, en consecuencia, podemos acoger a mucha gente. Entiendo que en Faro y Okanugan no os agraden nuestras condiciones.
–Esto… ¿tienes nombre? –curioseó Kalani, que no sabía muy bien cómo dirigirse a él.
–Por supuesto, disculpa mis modales: el Gran Jack –Kalani soltó una carcajada, consiguió detenerse, le miró y estalló entre risas de nuevo.
–Perdona… –intentó recuperar la compostura, tardó un poco, resoplando, pero al final, ya muy seria, afirmó–. No pienso llamarte Gran Jack.
–Jack será suficiente –dijo él, intentando disimular su indignación y forzándose a recordar lo que decían que la bruja podía hacer.
–Jack, creo que paso muy fuerte de tu proposición –comentó ella despreocupada.
–Una afirmación algo injusta, aún no has escuchado lo que tengo que ofrecer. Por otro lado… ¿quién es esta niña cubierta de sangre y por qué nos está siguiendo?
–¿Snieshka? Es mi guardaespaldas.
–¿Es la que ha matado a esos dos forasteros en el bar?
–Puedes preguntarle a cualquiera: dos tipos han intentado acribillarla. Por lo visto matar a alguien en defensa propia no es delito en Arriba. Doy mi testimonio, si es necesario.
–¿Has intervenido en el altercado?
–Qué va, tengo una puntería de mierda, le hubiera dado a un gato o algo… Y si lo dices por mis habilidades, mira, no me gusta sacar conclusiones precipitadas, no sé… una niña que lleva una espada por ahí tampoco puede estar muy bien de la cabeza –él pensaba, comprensiblemente, que Kalani le estaba mintiendo aunque, si Kalani hubiera deseado realmente mentirle, habría sido imposible para él discernir la realidad.
–Y esta cría es tu guardaespaldas –quiso asegurarse, incrédulo.
–Bueno, sólo desde hace unos… siete minutos.
–¿En serio pretendes que me crea que ha sobrevivido a un tiroteo?
–Hombre, yo la… ¿Es una pregunta-trampa? –interrogó Kalani, visiblemente extrañada–. La realidad no se molesta en ser verosímil, pero, oye, si aún tienes dudas, puedes preguntarle a Snieshka si está viva o no.
El hombre, miró pensativo a la bruja de Faro.
–¿Y es muda? –Snieshka no se acabó de tomar demasiado bien que hablaran de ella como si no estuviera allí y dijo:
–Soy muy selectiva con aquéllos a los que decido aproximarme: todo el mundo habla a las espaldas de una, pero quien te conoce puede cometer el error de decir alguna verdad.
El Gran Jack las miró perplejo.
–Qué tienes que ofrecer –demandó Kalani.
Giraron una esquina, había un par de guardias vigilando unas escaleras.
–Dadle vuestras armas a Steve, por favor –el Gran Jack señaló a uno de sus hombres.
Kalani le dio su revólver y su cuchillo a ese hombre, el cual tendría su misma edad, diciendo:
–Muchas gracias, Steve. ¿Sabes?, conocí a otro Steve una vez –añadió en tono conversacional–, un tío con buen fondo, mató a su novio de un tiro y me quitó este diente de aquí de un puñetazo… –en ese momento decidió sonreír en una disculpa, dándose cuenta de que a veces debía parar de hablar un poco antes–. Bueno, tú guárdamelas bien, ¿eh?
–¡Muchas gracias! –dijo Snieshka con una sonrisa mientras le entregaba una espada ensangrentada.
Steve, por aquél entonces, ya había visto muchas cosas en su vida, pese a todo, había algo en aquella sonrisa tan cándida que no dejaba de resultar amenazante: tal vez fuera el color rojo empapándolo todo en la pequeña forastera o la locura filtrándose por cada resquicio de la situación. El joven, no obstante, trató de mantener la compostura y cachearlas de manera profesional.

–¿Estás dispuesta a hacerlo? –quiso saber Snieshka, con marcado acento, mientras paseaba sus dedos sobre la superficie del agua, sin cuestionar la decisión, queriendo simplemente conocer a su compañera.
–Necesito los libros y en Okanugan… nos vendrían bien aliados comerciales, espero que a mi gente le parezca una buena idea… porque si no, voy a trabajar casi gratis –comentó Kalani con resignación mientras frotaba su brazo con una esponja áspera. Senescal Piruleta, fuera de la pequeña piscina de agua caliente, se sacudía sonoramente para secarse. Había una ducha al lado que habían utilizado antes de meterse en el agua, la pared estaba llena de diminutas gotas rojas.
–Eres una mujer inteligente –comentó Sniezhana–, los libros sólo pueden empeorar eso.
–La inteligencia mola –comentó Kalani, alegre.
–Jaque mate –la ironía se le escapaba en medio de la seriedad.
–Snieshka, ahora eres mi puta guardaespaldas, me preocupa un poco que bajes la guardia.
–Si crees que te tomo por tonta, tal vez debería empezar a confiar en ti –Kalani puso cara de circunstancias: seguramente la mujer que no crecía jamás tenía razón–. Por otro lado, no suelo fiarme de la gente –le recordó Snieshka.
–Cuando la vida no tiene sentido, la desconfianza es sólo una mentira más –a Kalani aquella reflexión le inspiraba optimismo, a Sniezhana, una mezcla inusual entre desesperanza de fondo e ingenuidad.
–Es un argumento vistoso, maiá daragaia, No obstante la confianza es lo único que puede hacernos sentir decepcionados y, en un mundo como éste, tu confianza será mi arma.
–¿Crees que confiar en los demás es una puta gilipollez?
–Sí –contestó Snieshka–, y probablemente lo expresaría con esas mismas palabras –añadió mordaz.
La mente de Sniezhana se movía a toda velocidad: desgraciadamente había razones cruzándose entre esos vertiginosos pensamientos suyos las cuales asaltaban el cerebro de Kalani con ráfagas de violencia y dolor en una miríada de gritos que no comprendía. Snieshka confiaba en Kalani, al parecer porque era una bruja como ella y porque, desde su punto de vista, si la bruja de Faro deseaba su confianza sólo tenía que robársela. Debajo del cinismo, sin embargo, había una chispa de sinceridad real. Kalani no pudo detenerse a procesar todo aquello con detenimiento, no en medio de una conversación libre.
–¿Estás segura de que venir a Faro para vivir en sociedad es lo que realmente quieres? –inquirió la psíquica.
–Puedo explicarlo: soy estúpida –Kalani se la quedó mirando, indignada–. No creer en la comunidad y desear integrarse en ella puede sonar incoherente, pero la coherencia es para mentes simples –expuso Snieshka–. La estupidez no, la estupidez es para todos.
–Joder, ¿hay algo que no odies?
–No –Sniezhana se dio un segundo para pensar y corregirse–. Bueno, sí, me gusta leer.
–Al menos tenemos algo en común… –Kalani suspiró con un alivio suspicaz, perdiéndose en sí misma–. Leer es una manera cojonuda de perder el tiempo… y es la forma más parecida que tengo de ver los pensamientos de los demás sin meterme en su cabeza.
–Me interesan más los pensamientos de los que pueden matarte mientras duermes.
–Ah… –respondió Kalani sin ocultar su incomodidad–. Oye, ¿y tú duermes? Te juro que pensaba que, con esos poderes tuyos, ni tenías hambre ni nada.
–Duermo cuando tengo sueño o me aburro. ¿Las conversaciones contigo siempre van a la deriva?
–Menos de lo que me gustaría –aseguró Kalani saliendo de la piscina.

Alguna clase de oficial al mando las conducía a través de la ciudad y Kalani vigilaba que Senescal Piruleta no se quedara demasiado rezagado, el trayecto era corto, de modo que iban a pie, a buen paso entre la nieve. Hacía mucho frío y Kalani nunca había visto tanta gente junta en un mismo sitio, ni siquiera en las ciudades de Okanugan y en cierto modo le daba miedo pensar en que la convivencia pudiera ser fruto de la centralización de la violencia en manos del Estado, como si los fuertes debieran someter a los débiles, pero con unas leyes de por medio, para garantizar una desvirtuada concepción del orden y la justicia. Snieshka pensaba que, si tuviera los poderes de Kalani, doblegaría y/o exterminaría a los poderosos, de forma que todo se pareciera un poquito más a su idea de lo que era el asentamiento de Faro. Senescal Piruleta, por su parte, se paró en una calle estrecha, muy transitada y llena de puestos de comida: en uno de ellos se vendía un pollo asado que olía con intensidad y el perro no tenía claro si seguir olisqueando el aire en dirección a la carne ya cocinada o si debía vigilar a las gallinas que estaban ahí al lado, cloqueando ruidosamente en una jaula espaciosa.
Kalani tenía hambre, no tanta hambre como cuando había llegado a la ciudad de Arriba y había vivido momentos controvertidos: cuando tienes mucha hambre, tanta que podrías comerte a una persona, tanta que miras a las personas como si quisieras comerte a una persona y, además, puedes ordenarle a alguien que se meta en un horno y se cueza un rato, es difícil contenerse. Había llegado hasta allí particularmente delgada y demacrada y básicamente se había entregado por entero a su alimentación y sueño. Y por fortuna no se había comido a nadie. No estaba mal: dormir y comer eran dos de las seis actividades a las que más le gustaba dedicarse. Con el paso de los días había cubierto también otras tres: la música, la lectura y la conversación, aunque ésta última de manera más moderada. No obstante aún tenía hambre y el Gran Jack le había proporcionado una especie de salvoconducto de comida durante unos días. Kalani, toda una mujer, había contenido las lágrimas de alegría hasta estar fuera del edificio.
–¿Queréis algo de papeo? Yo invito. –les propuso Kalani, ilusionada, a su pequeña guardaespaldas y a aquel abnegado escolta. Ella aceptó y él se negó a ello, así que pidió algo en un puesto cercano. Los rumores debían volar, porque los tenderos y tenderas miraban a Kalani con aprensión, cuando no miedo. Pese a todo tuvo suerte y la atendió un chaval al que no parecía importarle en absoluto que ella fuera una bruja.
–Señora bruja de Faro –interpeló el muchacho.
–¿Si?
–No te recomiendo ese plato.
–Bah, tampoco voy a palmarla, ¿no? Dicen que es un plato típico de aquí.
–La tradición no siempre es buena –replicó él con franqueza.
–Bueno… para mí es un experimento –le sonrió ella–. Sobreviviré, ¿no? –interrogó preocupada.
–Eso creo –dijo él con una sonrisa entre insegura y admirada.
Kalani se despidió con una carcajada.
Cuando terminaron de comer la psíquica le preguntó a Snieshka:
–¿Estaba rico? Esa mierda tenía buena pinta.
–Estaba rico. ¿Y tu comida? No parecías estar disfrutándola en absoluto.
–¿Cómo te lo diría…? –comenzó Kalani con una sonrisa entusiasta–. No es que me arrepienta de haberlo probado, pero me arrepiento de haberlo comido.
–¿Has podido identificar de qué estaba hecho?
–No mucho… Creo que había dos bandos de cosas que luchaban por apoderarse del pan.
Snieshka liberó las carcajadas que había estado conteniendo.
–En serio –dijo Kalani con vehemencia–, estoy por volver a la tienda y decirle al chavalote que he aprendido la lección: confía en el tío que te sirve la comida.

Pasaron a través de una puerta de metal, habían limpiado la mayoría de la herrumbre. Dentro un par de pequeñas lámparas eléctricas iluminaban la pequeña sala. Cruzaron otra puerta más llegando a una habitación parecida a la anterior.
Un hombre y una mujer armados estaban erguidos custodiando a una mujer encadenada, de rodillas sobre el suelo, su rostro oculto ante la cortina de sus cabellos. Había manchas de sangre en suelo y paredes, pero no en la prisionera, la cual no parecía herida ni presentaba moratones.
Kalani la examinó, concentrada.
–Vuestro delegado, ministro de asuntos internos o lo que coño sea el Gran Jack me dijo que no la habíais torturado –declaró Kalani, sin ocultar su enfado.
–Mentir sin tener el monopolio de la verdad es una pérdida de tiempo imperdonable –agregó Sniezhana con afectación.
–No la hemos golpeado ni forzado –se explicó el hombre armado, visiblemente incómodo ante la mirada azul y penetrante de Kalani.
–Seguimos órdenes –aseveró la mujer armada–. La prisionera es especialmente peligrosa –ella también evitó mirarla a los ojos, cuadrándose ante la bruja de Faro.
Senescal piruleta se acercó a olisquear a la cautiva. La mujer lo acarició con una mano temblorosa.
Mientras tanto, Kalani seguía surcando esa mente desbaratada por la privación de sueño, luz y espacio y que había pasado semanas escuchando los gritos desesperados y estertores de sus compañeros torturados, éstos sí físicamente. Kalani pensaba y percibía cómo el grupo del que esa mujer formaba parte hacía esclavos para los campos de cultivos de lo que parecía ser una ciudad más grande que Arriba. Veía asaltos de reclutamiento a pequeñas aldeas vecinas en las que, aquéllos que eran capaces de exterminar a sus seres queridos, eran aceptados entre las filas de aquel grupo de guerreros. La mujer había escuchado rumores de la Legión de los Gritos de la costa este, y sabía exactamente qué tenía que hacer cuando llegaran a su pequeño poblado. Había acabado con su familia adoptiva ante la mirada despiadada de unos legionarios. Unos meses después había partido hacia el oeste junto a un pequeño destacamento con el fin de encontrar más tierras que someter, tal vez demasiado lejos. Sin embargo la tortura deformaba distancias, localizaciones, algunos rostros y nombres se difuminaban entre el dolor, los discursos y las palabras se habían quebrado en esa mente. Su cabeza estaba a punto de estallar ante ese rompecabezas completamente roto y cansado.
–Putos gilipollas… –murmuró Kalani para luego alzar la voz, llorando–. Si torturáis a vuestros enemigos porque sí, sois una panda de cabrones y, si lo hacéis para sacar información, sois unos putos gilipollas. Esa mujer ya no puede ni pensar. Para obtener información necesitáis una mente fuerte, la tortura no doblega la voluntad, sólo debilita la mente. Un buen trato os daría lo que queréis, siempre y cuando tuvierais algo que ofrecer y una alternativa segura para quien va a hablar. Sé qué creéis: creéis en el poder del más fuerte como un mal menor, también creéis en la justicia, en que los intereses de esta ciudad deben prevalecer, en que salvaréis más vidas de las que quitáis, creéis que estáis ante salvajes y que por eso podéis eliminarlos sin remordimientos o de lo contrario ellos acabarán con vosotros. Pero por lo que yo sé, es peligroso creer en las cosas: ellas nunca se pondrían a creer en ti. Bueno –dijo volviéndose hacia la puerta, animada–, ya podéis decirle al Gran Jack que me pague lo que me debe. Y si quiere información, que aprenda un poco de su trato con la gente, joder.
Snieshka no dijo nada y Senescal Piruleta se volvió hacia la puerta cuando Kalani se aproximó a ellos.
El escolta les abrió la puerta.

–¡¿Te parece justo lo que has visto ahí dentro?! ¡¿Y aquí fuera?! –se quejó Sniezhana en un callejón, a solas. Kalani estaba tocando su armónica a bajo volumen, tranquilamente sentada en unas escaleras cubiertas por un porche y el perro estaba junto a ella como escuchando la música. –¡¿Ty miñá slúshaiesh, Kalani?!
Kalani, algo irritada, dejó la armónica a un lado.
–Snieshka, si esto es un intento de manipulación, no me gusta una puta mierda y me está poniendo nerviosísima. Pero, oye –se atajó a sí misma con alegría–, me gustaría saber lo que opinas de esta situación.
–¡Ejecuta a toda esa gente y apodérate de este lugar! –gritaba la mujer inmortal, llena de rabia, reparando en que, a la hora de tratar con Kalani, no tenía más remedio que trazar una burda línea recta.
–En tu opinión la gente es buena o mala –dedujo Kalani– y los últimos merecen un castigo. Pero la gente no es ni buena ni mala, sólo es gente.
–¿¡A ty mozhesh tak skazat’, ved’ma Maiaká!? ¿¡No me has dicho antes que esa mujer encadenada pertenece a un grupo sumamente violento el cual hace uso de una concienzuda brutalidad como estrategia básica!? ¿¡Y acaso los torturadores son mejores!? ¿¡Y qué hay de la gente de Arriba sometida a los poderosos!? ¡Si en una situación de injusticia dices ser neutral, estás del lado del opresor!  –insistía–. Skazhí, ¿qué otra arma tienen los miserables que detentan el poder sino el miedo?
–El odio –contestó Kalani.