¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 1 de octubre de 2017

Los sueños del agua


春夏秋冬奏でて 明日を行く旅積み重ねて
気付けばあなたと 夢の果てまで
Toco los acordes de las cuatro estaciones
los viajes por venir no paran de llegar
y sin darme cuenta
estoy contigo hasta el fin de los sueños
NUJABES

Los sueños del agua:

Imagínate imaginada y, entonces, rememora. Y ve hacia atrás y Hacia adelante, las palabras no pueden tocarte y eres preciosa se esfuma. Nos dirán que volvamos al colegio para hacernos aburridos y conocer sólo un par de respuestas estériles mientras mendigamos un lugar para morir. Madura, que son dos días.
El molino de viento gira con un beso.
Sin embargo las lunas, descreído el después, a cada lado cuando los cubos desaparecen, en cada esquina detrás del tren no hay parada y las escaleras son sólo atajos para más escaleras, lo entiendes. La búsqueda es estática del televisor y en lugar de bocas hay cremalleras, un altavoz nos cuenta el silencio del alma y el cambio nos engaña con su cántico a las sonrisas que existen.
La Guardiana del Agua da un toque con su bastón en el suelo: el sonido vacío de quien desea una hoja en una rama de primavera o introducirse en un río sin romper en el agua.
El libro sagrado en el mundo de los sueños comienza con un solemne: “No hay verbo” que se sabe naufragando en todas las alegrías sin labios porque penden del significado más vacío. El verano ha conquistado las espirales y el camino se eleva en reverencia a cada paso que da Tikal, cáscaras en la nevera, flores en el campo, la dulzura como espejo y el olor de las naranjas sobre la piel que quiere chocolate.
–La bondad es un remo en el agua –dice Tikal sonriendo.
–¿Un error de perspectiva? –pregunta el remo.
–¡También! –contesta Tikal entusiasmada–. No había pensado en eso… Hablas pero no te ahogas, ¿no es increíble?
–Soy un pedazo de madera –y no podía encogerse de hombros, claro.
El sendero se bifurca y Tikal no se decide, así que se decanta por ambos caminos cuando el agua se hace tierra y sus pies descalzos se cubren de arena, el imán de la humedad la seca bajo el sol y Tikal se convierte en una carrera con las manchas de un guepardo.
Los anhelos se desploman porque el dibujo no brilla, garabatos en la podredumbre de una camiseta gastada, una mueca afeada y una sonrisa por detrás. Ella se quita eso de la cara y lo contempla, papel arrugado y crujiente, el derrumbe de las creencias es un acorde en la fantasía. Arroja el paisaje ante sí como extendiendo un mantel, el olor del pan recién hecho llena su cabeza y las nubes no encuentran sitio en el cielo despejado. Los árboles le dicen el mundo, ¡las palabras vuelven a la boca! Y Tikal va gritando, ¡pajarito, parajito!, las alas se deshacen en el y de cualquier cosa, y va deslizándose sobre el cosquilleo de sus labios esa miel de la que están hechos los signos de interrogación.
Da vueltas y se deja caer sobre el mundo, y deja de haber límite entre hierba y piel.
Sé adulta, ten respuestas, coge un buen puñado, ¿quieres más?, toma más, por favor. ¿Quieres más? El espectáculo es obsceno pero, al fin y al cabo, son placeres de mentira a manos llenas: conceptos muertos, ideas que otros parieron.
–¡Las respuestas tienen mala cara! –exclama la alegría de Tikal–. ¿Creéis que se pondrán bien? –dice colgando del color blanco. Semblante con sabor a azúcar moreno, la risa divertida del misterio al saberse círculo.
La curiosidad resuena como una caña hueca y el eco se pone en pie, en la cima de todas las montañas, sólo para fluir por una Tikal rodando por la ladera verde de su sonrisa.
El molinillo de papel gira con un beso de cariño.
Y es que, en el fondo, todas las letras saben a lo mismo.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Cuando nunca tienes hambre


Cuando nunca tienes hambre:

A Snieshka no se le daba bien ser la pequeña Snieshka. Tampoco hacía un buen papel siendo esa Zhanna, más cercana a sí misma y que acostumbraba a lavar la ropa cuando llovía, ni podía presentarse como Sniezhana porque Sniezhana era demasiado mayor y demasiado cínica, así que intentaba ser la pequeña Snieshka.
La nieve se extendía sobre los campos, había bosques y una descomunal cadena montañosa confundiéndose con el color azul, y una pequeña parte de la enorme ciudad había sido amurallada o protegida por edificios sellados y precariamente acondicionada. Las chimeneas escupían humo y las calles, personas.
Dos estandartes colgaban de sendas torres de hierro flanqueando las puertas de la ciudad. Los guardias, armados y pertrechados, hacían patrulla y un grupo de centinelas ahí abajo, algunos de ellos vigilando la puerta y otros en una mesa improvisada al lado del camino, se encargaba de conceder permisos y tomar notas. La mesa no era más que un tablero sobre lo que tal vez fuera una antigua máquina expendedora.
–¡No, si no tenéis dinero, no podéis pasar! –gritaba uno de los hombres que guardaban la puertas de madera para entrar en la ciudad.
Había una muchedumbre esperando entre el barro y la nieve, una muchedumbre escuálida, herida, desdentada o mutilada, aterida a causa del frío, enferma, famélica. Eran restos, eran deshechos, eran nadie.
Los guardias observaban impertérritos cómo esas personas lloraban o suplicaban, estas últimas habían hecho un largo viaje a través de las llanuras y se resistían a la realidad: en la ciudad de Arriba no había sitio para ellos si no era como trabajadores en un estudiado régimen de esclavitud. Muchos morirían a causa de la desnutrición o la hipotermia, en cuanto al resto… casi todos acabarían dando su brazo a torcer, siempre y cuando tuvieran dinero, porque había que concederle a la ciudad que ser esclavo en Arriba no era como ser esclavo en ningún otro lugar.
Para un forastero podía ser difícil de entender, pero tener algo que ofrecer era una muestra de buenas intenciones por parte del recién llegado y no es que fuera la primera vez en la historia en que alguien ponía dinero de su propio bolsillo para poder adquirir una deuda desorbitante.
Unos hombres que vestían algunas protecciones de cuero y materiales variopintos, tal vez alguna clase de fuerza especial, echaba a dos mujeres y a un hombre de la ciudad. Una de las dos se agarraba los restos de un brazo mutilado, el hombre tenía los ojos abrasados. Los tres habían sido marcados con un hierro candente en la mejilla, la mujer manca y el hombre ciego compartían símbolo, el de la tercera desterrada era distinto. Snieshka se preguntó si indicaban distintos tipos de castigo o tal vez de crimen, después pensó que las mujeres se comerían al hombre en cuento tuvieran oportunidad, al menos si conseguían sobrevivir lo suficiente a posibles encuentros con humanos y bestias.
Los guardias, mientras tanto, se quejaban del trabajo a la intemperie.
–¿Qué dinero usáis aquí? –inquirió Snieshka, abriéndose paso entre el gentío y dejando en el aire los trazos de un acento extranjero.
–¿Quieres entrar en Arriba? –un hombre, al que llamaremos el guardia aleatorio número uno, se acercó, cogiéndola de entre las piernas y retirando la mano al notar algo afilado sobre su brazo, sin apenas percibir el rápido movimiento de su víctima–. ¿Cómo, me estás atacando? –dijo éste desenfundando una pistola–. Tendré que violarte después de matarte, puta… –le pegó un puntapié a la niña, ella soltó la espada que llevaba y salió despedida, quedando sin respiración, ahogando un gemido de dolor. Pero no iba a llorar, en lugar de lágrimas iba a dejar a la rabia fluir y desaparecer: tenía que entrar en esa ciudad.
–Eh, si tiene buen metal, que pase –otro hombre, el que por imperativo del discurso debía ser el guardia aleatorio número dos, detuvo a su compañero y le empujó hacia atrás–. Niña, ¿entiendes qué es Arriba, qué puedes encontrar aquí?
–Yo –logró decir entre toses, recogiendo su espada del suelo, mirándoles desafiante–, una ciudad; vosotros, vuestro dinero –le lanzó una bolsa a aquel hombre, tintineaba.
Él sopesando la bolsa con interés, abriéndola y escupiendo en el suelo. En ese momento un viajero intentó cruzar las puertas–. ¡Mira, un imbécil le ha dado una alegría a Jack! –exclamó el hombre permitiendo que su compañero disparara al viajero allí mismo–. ¿Cuál es tu nombre, niña?
–¿En serio? –respondió ella, alzando la voz: los gritos del viajero que se revolvía de dolor en medio de un charco de sangre hacían algo difícil el resto de interacciones sociales.
–Pagas por que ponga tu nombre en esta lista, ¿entiendes? –él también alzó la voz para hacerse oír.
–¿En serio crees que la gente te da su nombre real? –insistió ella, el guardia aleatorio número dos consideró la cuestión mientras intentaba fingir que no se sentía estúpido.
–Bueno, también escribo un poco cómo es el personal y eso… –se defendió él, definitivamente incómodo.
–Una medida fiable –él no supo muy bien cómo interpretar eso.
–¿Tú quieres pasar, media mierda?
Ése era el problema de jugar a ser Snieshka: tenía que forzar al personaje, demostrando en ocasiones y de forma algo temeraria que era sólo un poco más lista que los demás o de lo contrario la gente empezaba a preguntarse por qué aún estaba viva.
–¿No habrán llegado un par de capullos con el nombre de John y Larry Sanders? –preguntó ella–. Piel oscura, ojos verdes, altos, hermanos, emmm… son dos… –puntualizó, el guardia arqueó una ceja, lo cierto es que esa tal Snieshka había pagado bastante bien y él se iba a llevar una pequeña comisión–. Hace una semana como mucho –añadió ella.
–Mmm… ¿eran muy capullos? –dudó él.
–Supongo que no he subestimado su estupidez lo suficiente –asintió la niña–. Gracias… –ella le dejó margen para terminar la frase, porque de alguna manera el guardia aleatorio número dos se había ganado un nombre.
–Mick.
–Gracias, Mick.
–Intenta que ellos ataquen primero… si es defensa propia…
–Soy una niña –le recordó ella, muy seria.
–Eso no te servirá una puta mierda aquí –aseveró él–. Que te ataquen y que haya jodidos testigos. E intenta que no te roben ese trato –añadió refiriéndose a la espada.
–Gracias.
–Has pagado bastante así que… ¡qué coño!, una rubia medio rapada también anda detrás de los Sanders… tendrá unos dieciocho años.
–Gracias.
Y Snieshka se marchó sin haberle dicho ni uno solo de los nombres que tenía.

La armónica manchada besaba sus labios y sus manos aún con restos de barro enhebraban cada nota en la forma de una historia lenta, algo triste a ratos, una historia que, sin embargo, sonaba más a compartir un atardecer que a echarlo de menos.
Kalani tocaba con los ojos cerrados. Una mezcla entre husky y golden retriever estaba sentada a su lado, alerta, a veces alejándose e inspeccionando los alrededores, enérgico y juguetón.
Aquél establecimiento olía a suciedad, sudor, tabaco, hierba, cerveza y carne roja a la parrilla. El fuego iluminaba más que la luz eléctrica de baja intensidad y la melodía encontraba su espacio al ondular sobre el humo.
Las notas nacían, vibraban y daban paso a las siguientes, cada vez más rápido, cada vez con más vitalidad. Kalani se perdió entre ellas y se dejó ser la música durante unos minutos.
Cuando acabó de tocar, bajó del pequeño escenario de un salto y se fue a la barra con un ligero baile al andar, deslizándose entre menos aplausos que personas. Pese a todo había más parroquianos de los que acostumbraban a pasar por allí.
El dueño de la posada y ella habían llegado a un acuerdo: cama, cena, agua y una cerveza a cambio de ayudar a llenar el local, además y en virtud del arreglo, tenía la obligación de darse un baño cada tres días. Afortunadamente nadie sabía allí quién era Kalani, nadie quería acabar con su vida.
–Todo tuyo, Senescal Piruleta –ella le dio la mitad de su cena, sus ojos llenos de simpatía–, hala –el perro comió a toda velocidad, olfateó el aire y decidió dar una vuelta sin alejarse demasiado de su ama.
Un hombre que tenía menos dientes que ella y más cicatrices, se sentó a su derecha.
–¿Cómo lo llevas? –le preguntó.
–No sé qué decirte, no pesa –contestó Kalani sonriendo.
–¿Cómo lo haces para no detestar esta cloaca infecta? –interrogó otro hombre, situándose a su izquierda, similar físicamente al anterior, pero con alguna clase de enfermedad de la piel que oscurecía con manchas su rostro de ébano. Kalani eructó, despreocupada.
–No es mi clase de sitio –confesó ella–, ni siquiera es mi clase de sitio cutre: aquí hay gente que manda y gente que obedece, John– Kalani clavó su mirada en su interlocutor y éste hizo esfuerzos para desviar la suya de aquellos ojos que, de forma involuntaria desde la muerte de Cole hacía unos tres años, se habían convertido en dos pozos de inquietante azul de los cuales no parecía nada fácil salir.
–Y la arena… –John, tratando de no apartar su vista del fondo de su vaso, estaba haciendo referencia al sangriento Circo de Arriba, tal vez se disponía a hacer alguna clase de comentario al respecto, no obstante se interrumpió al escuchar un tiroteo y los gritos de varias voces en alguna calle cercana, visiblemente alarmado.
–Sí –Kalani seguía a lo suyo, sin dejar de atender a su sabrosa hamburguesa de ternera–, una mujer que tiene que pagar toda su vida por el techo que la cobija trabajando ocho horas al día no es libre. Pero conviene que nos centremos en el motivo de nuestro viaje, caballeros. De hecho, me gustaría que me contarais por qué nadie ha quemado los libros. Aunque… antes tenéis que responderme, ¿quién cojones os está siguiendo?
–No te lo creerías –contestó John mirando hacia las ventanas, aprensivo. Ella se metió un buen pedazo de comida en la boca.
–Defifme dóbde eftá da bibdioteca antef de que of maten –ordenó Kalani, su voz era ahora pura dureza, aunque sospechaba que tal vez no había causado el efecto esperado.
–Te llevaremos hasta allí, pero cumple tu parte del trato –rogó Larry.
Kalani tragó y golpeó la mesa con la jarra de cerveza:
–¡Nadie me habló de esto, joder! –algunos sobresaltos dibujaron un momentáneo círculo de silencio alrededor de ellos, después Kalani siguió gritando en susurros, el perro alzó la cabeza, preparado–. ¡¿Me pedís que siga aquí cuando me habéis ocultado que alguien os quiere ver muertos?! –su parte del trato consistía en llevar a esos dos hombres al asentamiento de Faro e integrarlos en la comunidad, no en poner en peligro el asentamiento con más enemigos lo suficientemente desquiciados como para pasarse por allí.
Kalani necesitaba un mapa, un guía o al menos una dirección. Se pasó la manga por la nariz quedando ésta cruzada de rojo y contuvo la breve punzada que sintió en el cráneo en una mueca estoica.
–Nos persiguen desde hace una semana –trató de explicarse John–. La información es lo único que tenemos para pagar por nuestras vidas… –suplicó.
–He venido a la peor ciudad al norte de Faro y Okanogan, y ha sido para rescatar esos putos libros, no para que me vuelen el culo, y os aseguro que no quiero que la relación geográfico-afectiva que comparto con mi culo cambie en absoluto –Kalani cogió su cerveza y se dispuso a marcharse–. Lo siento, os habéis equivocado de mujer –se detuvo, miró hacia las escaleras distinguiendo una figura en su descenso y sentenció–. Mierda.

–¡Joder, ¿cómo han conseguido meter la habitación en la cama?! –preguntó Kalani, incrédula y entre risas. El cuartucho en el que se encontraban era mínimo.
–No necesito mucho espacio –respondió Snieshka riendo, sentada en la cama a fin de que Kalani cupiera. Senescal Piruleta se quedó afuera, juntó a la puerta.
–Bueno, ¿qué tienes que contarme?
–He venido desde tierras lejanas y quiero asilo en tu asentamiento a cambio de la vida de dos hombres.
–Estoy bastante segura de que, cuando una negocia, no puede pedir algo que quiere a cambio de algo que quiere –adujo Kalani.
–Es justo –la niña se quedó pensando unos instantes–, quiero asilo, soy la guardiana perfecta: no consumo mucho y no puedo morir.
–Vaaale… –Kalani se levantó despacio, con una sonrisa cautelosa en los labios y cada vez más convencida de que no debía perder el tiempo con cualquiera sólo porque le invitara a comer.
–Evidentemente te lo parece –empezó la niña, ignorando el hecho de que su interlocutora estuviera huyendo, con una seguridad en sí misma tal que algo no acababa de encajar, de modo que Kalani se quedó a pensar los pensamientos de esa extraña con interés porque, aunque Snieshka discurriera en otro idioma, la mayoría de las ideas que tenía se parecían más a las pinceladas que a las palabras– y, sin embargo –seguía Snieshka–, no bromeo: he oído que tienes poderes psíquicos, que puedes internarte en mentes ajenas, que puedes alterar sus deseos e interferir con el curso natural de sus pensamientos. Si te soy sincera, pensé que encontraría cierta comprensión, pero no te preocupes, no me siento decepcionada.
–Oye, ¿siempre parece que estás mintiendo?
–Es más fácil mentir si nunca dices la verdad.
–¿Y todo lo que dices es una especie de puto pulso mental loco? Porque te has flipado muy fuerte con la paradoja.
–Simplemente aprovecho mis armas –ella ensayó una sonrisa radiante–: si una persona te miente, le echas la culpa; si te miente un mentiroso siempre es culpa tuya, en otras palabras: ser honesta en el engaño perjudica al engañado. A nivel táctico es toda una ventaja. También llevo mi espada a la vista –estaba envainada, apoyada contra la pared.
–¿Y no se ponen en alerta contra todo lo que dices, en plan: “me la están colando, aunque no sepa por dónde”?
–Indudablemente, pero vuelve a la paradoja: no podemos concebir que alguien mienta siempre y en esas circunstancias buscar la verdad es agotador.
–¿Entonces, eres como… una zorra manipuladora o algo así?
–E irónicamente eres tú la que tiene el poder de controlar a otros. Lo más probable es que yo nunca sea juzgada por eso: la gente confía en las apariencias.
–¿De qué coño va todo esto? Es confuso… –Kalani se quedó mirándola desde el umbral– ¿Cuántos años tienes?
–¿Cuántos me echas?
–Creo que debes de estar en algún punto entre unos… diez y setecientos veintitrés. Una pregunta –continuó Kalani, por charlar un poco–, si te parten por la mitad con tu espada, ¿aparecerían dos copias tuyas? –se quedó pensándolo un poco, ¿valdría como forma de reproducción? Y esas copias, ¿se llevarían bien entre ellas?
–Lo cierto es que creía que podía hablar contigo de asuntos serios –afirmó Snieshka.
–Supongo… –dijo Kalani–, lo que pasa es que con ese personaje que me plantas en toda la cara no me apetece hablar una puta mierda. Y sigue presente a pesar de que yo sí que estoy aquí.

–¿Qué pasa, Kalani? –inquirió Larry, preocupado, sonriendo con esa expresión insegura que esgrime quien se resiste a creer que algo va francamente mal. Echó un vistazo en la dirección en que miraba Kalani: encontró las escaleras con sus ojos.
Y a Snieshka bajando por ellas.
Los segundos se dilataron.
Uno.
Larry y John desenfundaron sus armas.
Una parte de la gente comenzó a gritar, a tratar de escapar y a parapetarse detrás de cualquier cosa, otra gente incluida.
Kalani se tiró al suelo.
Dos.
Agarró a Senescal Piruleta y se arrastraron juntos hasta detrás de la barra.
Se oyeron las descargas de dos pistolas y alaridos de dolor de varias voces distintas. No se podía pensar.
Tres.
Después se escuchó un chillido apagado y el estruendo de una sola pistola que seguía disparando.
Kalani respiró hondo, se armó de valor y echó un vistazo por encima de la barra, se hubiese llevado la mano a la culata de su revólver de haber confiado en su puntería.
Cuatro.
Larry estaba en el suelo, aún parecía estar vivo a juzgar por el lamentable gorgoteo que emitía lo que quedaba de su garganta.
Snieshka estaba cubierta de sangre, su cuerpo acribillado, y no obstante seguía avanzando mientras sus gritos desgarrados se le escapaban entre los dientes. Le pegaron un tiro más entre ceja y ceja, lloró.
Lloró por mucho más que el dolor de un balazo que no conseguía matarla.
Cinco.
Dio un espadazo impactando en la rodilla de John, él perdió el equilibrio y, ante su reverencia, Sniezhana le cortó la cabeza cercenando sus gritos. Y sólo quedaron los de las víctimas del tiroteo. Los de Snieshka devoraban el silencio, Kalani no estaba segura de si eran rabia o sufrimiento.
Las balas perdidas habían alcanzado también a un hombre y a un niño, este último seguía dando alaridos y llorando en medio de un charco de sangre. Ella cogió su mochila, un bocata que encontró a medio comer sobre la barra, apaciguó al crío y lo sacó afuera, unas personas se lo llevaron de allí.
Senescal piruleta estaba asaltando los platos de una mesa, meneando, frenético, el rabo.
–Supongo que ya no puedo ir a Faro –murmuró Snieshka, aproximándose a la puerta del local, con su piel y su ropa teñidas de rojo.
–Es curioso… –comentó la psíquica, el sol dándole en la cara mientras examinaba a su interlocutora: se fijaba en la extrema palidez de Snieshka y en ese rostro irreal, de inocencia sin cicatrices y sin la huella de un tormento que Kalani sentía vibrando bajo la piel, escondido detrás de cada palabra que esa mujer inmortal pronunciaba–. Es curioso, te miro y ahora sólo veo a una adulta demasiado acostumbrada a la manipulación.
–¿Naslazhdaiemsia, vied’ma Maiaká? –dijo ella escudándose en el reproche que le escupía a Kalani. Evidentemente esta última no entendía una sola palabra, pero el tono de la crítica no le pasaba desapercibido en ningún idioma. Y además leía la mente.
–Libérate de ese personaje –le contestó ella–, es una persona horrible y sólo te entorpece –la furia de Snieshka se quebró y Kalani aprovechó el camino que dejaban sus ruinas para marcharse.
Vied’ma Maiaká –la llamó ella, Kalani tuvo que detenerse y volverse–, he hecho un largo viaje en busca de una vida, un viaje que me lo ha arrebatado todo. He visto un mundo cruel, lleno de barbarie, únicamente mi determinación pudo hacerme continuar –sólo se oía una voz, esta vez era la voz de Sniezhanna, que Kalani escuchaba por vez primera desde que intercambiara unas palabras con Snieshka un par de días antes–. Al tratar de huir, sólo he cambiado de lugar, viendo nuevos paisajes pero el mismo desierto en mi interior, sufriendo mil veces sin llegar a morir. Tú eres como yo –dijo en un susurro–, sabes que intentarían destruirnos si averiguaran quiénes somos, sabes que nos venerarían y nos temerían a partes iguales –siguió, y alzó la voz de nuevo– y sabes que el mundo es una contradicción y sabes que a mí pueden derribarme, pero jamás podrán quitarme la vida, en esta realidad enloquecida sólo mi determinación puede hacerme continuar –Snieshka se arrodilló, apoyada en su espada ante la bruja de Faro y ésta pensó que era un gesto bastante exótico pero efectista, al fin y al cabo–. Acéptame a tu lado y seré tu escudo –en esta ocasión Kalani sólo pensaba verdad tras los pensamientos de Sniezhana.
Y quizás aquella promesa fuera sólo parte de un ciclo de cobardía intentándolo todo para justificarse después o quizás era que las cadenas que pesaban sobre aquellas palabras podían, efectivamente, deshacerse.
La gente despejaba la calle y, mientras, algunas personas armadas se parapetaban tras las columnas de los soportales del edificio de enfrente. Un par de jóvenes estaban apostados en el interior del inmueble, amartillando sus armas.
Senescal Piruleta gruñía, Kalani le acarició el lomo, calmándolo.
Ella no sabía por qué hacía las cosas que hacía o por qué era importante que la vida tuviera un porqué, sólo buscaba libros y aprendizaje. Pero tenía sus razones para pronunciar las palabras que salieron de entre sus labios:
–Trato hecho.
La calle quedó en silencio con un gesto autoritario.
Un hombre de aspecto altivo, que usaba ropa limpia y –le pareció a Kalani– elegante, estaba plantado en medio de lo que debía de haber sido la calzada, apoyado en un bastón: una barba cuidadosamente recortada y cana, anillos en manos fuertes y la mueca de superioridad de quien sabe que no hace falta tener una buena mano para ganar la partida.
–¿Eres tú a la que llaman la bruja de Faro? –interrogó el hombre.
Kalani le dio un mordisco a su bocata.


martes, 1 de agosto de 2017

Autopsia de un depravado


Autopsia de un depravado:

–Caballeros –dijo el viejo profesor contemplando la mañana a través de la ventana desde aquél tercer piso: un marco de piedra y hiedra–, tengan a bien acompañar a las mujeres fuera de la sala –alzó la cabeza y fijó la vista en una de las pocas que asistían a la universidad, sintiéndose particularmente generoso–. Tanto esta institución como sus estudiantes se rigen por un estricto código moral, señorita Burrows, de otro modo el prestigio que merecemos se desvanecería en una suerte de anarquía, le exijo que no nos ponga en ridículo con sus diatribas y pretensiones descabelladas –dijo quitándole importancia con un gesto–. Nos hallamos ante el cadáver de un criminal y en modo alguno van ustedes a presenciar la autopsia del mismo, sería del todo inapropiado. El hecho de que tenga que explicarme sólo es una muestra de su pertinaz estupidez femenina. Como puede comprobar, el resto de mujeres, que comprenden mejor que usted su disipada naturaleza, ya están esperando fuera –efectivamente por la puerta salía la última estudiante, aparte de aquella rebelde que osaba permanecer en aquel cuarto de autopsias.
–¡Pero…! –comenzó a quejarse ella.
–Señorita, Burrows –le interrumpió el profesor en tono autoritario–, guárdese sus discursos incendiarios para otra ocasión y tal vez sea lo suficientemente magnánimo como para permitirle a alguno de los caballeros aquí presentes que compartan sus notas con ustedes.
Uno de los estudiantes se acercó con amabilidad a la señorita Burrows, la tomó del brazo y la sacó de la habitación.
–Las mujeres atractivas al menos tienen la decencia de saber que no tienen nada que decir –comentó el profesor con naturalidad, la mayoría de estudiantes se rieron–. Pero no les demos mayor pábulo a esas consideraciones y pasemos a nuestro cadáver de hoy, el cual, como homosexual, también se creía mujer en vida. El señor Gregors realizará la autopsia del cadáver para todos ustedes y ustedes podrán, naturalmente, hacer las precisiones, aportaciones o estimaciones que crean oportuno. Me gustaría recordarles que este hombre era un criminal, puesto que era un invertido y, por tanto, violador. No duden en confirmar los delitos perpetrados por este sujeto, si desean profundizar en la deplorable enfermedad que le aquejaba: la policía nos ha proporcionado su historial delictivo.
–Profesor –intervino uno de los hombres en la sala, sacando unos papeles para escribir sobre una mesa–, quería saber si podía saciar la curiosidad de este estudiante y responder la siguiente cuestión: ¿a qué se debe –la estilográfica bailando entre sus dedos– que tamaño despojo busque el perjuicio de los demás, por qué arruinar la vida de lo que para él no son sino desconocidos?
–Un salvaje de tal calaña sólo tiene esa posibilidad, no piense usted, caballero, que esta pérfida criatura puede elegir entre el bien y el mal –dijo con el dedo índice danzando en medio de su aire satisfecho– ni le confunda con un ser humano sólo por parecerlo físicamente: la moral le es totalmente ajena, pecaríamos de ingenuidad si creyéramos que hay en ese cuerpo alma alguna que salvar. Cuídese usted de tales preguntas, señor Fitzgerald, y no crea que un criminal iba a tener la deferencia de concederle a usted ninguna cualidad humana únicamente porque usted es capaz de proporcionárselas al malhechor, eso no es ahondar en el conocimiento, sino navegar a la deriva en las oscuras aguas de la ignorancia. Permítame ilustrarle con esta simple analogía: caería usted en el mismo error si pensara que un tigre no le va a devorar sólo porque usted lo considera majestuoso y digno de ser salvado de la mano del hombre. Nuestra opinión es siempre irrelevante frente al hecho –dijo tomando un bisturí y dándoselo al señor Gregors.

El señor John Gregors y el profesor caminaban por la calle, ya al atardecer, por esa callejuela que serpenteaba junto al río. Era un buen vecindario, había un café en la esquina y no distaba del banco.
–Pero no acostumbro a recibir visitas, John –iba diciendo el profesor–, ya lo sabes, el estado de mi padre es delicado y cualquier sobresalto podría acarrearle graves consecuencias.
–¿Sigue tomándose las medicinas que le prescribí?
–Sí, sin embargo empeora.
–Me gustaría echarle un vistazo, si me lo permites, Charles –llegaron a la puerta robusta de una casa imponente como todas las de la zona.
–Por Dios, John, ¿quince años y todavía sigues pidiendo permiso?
–Charles.
–¿Sí?
–¿Puedes explicarme por qué tu padre va vestido como una mujer? –aquél anciano estaba parado en medio del pasillo, intentando anudarse el delantal.
–Porque son las siete de la tarde –repuso Charles, extrañado por la pregunta de su amigo.