¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El nacimiento de una bruja


El nacimiento de una bruja:


Kalani abrió los ojos.
Intentó alzar los brazos, pero unas correas de cuero se cerraban alrededor de sus muñecas, inmovilizándolas.
Además de verse encadenada y tener la vaga certeza de estar desorientada, le dolía toda la mitad derecha del cuerpo. Por otra parte, y dentro de lo malo, estaba sentada sobre una silla alta, acolchada y bastante cómoda, y –lo más importante de todo– aún tenía la ropa puesta. Sin embargo nunca había visto al hombre que estaba sentado ante ella, observándola con un pie apoyado en la mesa que les separaba.
La suciedad sobre su piel y el sudor la cubrían, Kalani se miró las manos de forma errática, la camiseta que vestía: había manchas de sangre reseca. Arrastró la vista al techo, luego al hombre, después a las paredes. Veía estanterías de metal oxidado, armarios sucios que pretendían ser transparentes, espejos. Todo parecía haber querido ser de color blanco hacía tiempo: el hospital. La luz eléctrica iluminaba la habitación y el pasillo, el cual se veía al otro lado de la puerta de cristal cubierta por una pátina de polvo. Todo estaba desparramado por el suelo, amparado por la herrumbre, la tierra, el moho y la vegetación que se infiltraba.
Aquel hombre empezó a hablar y Kalani se escondió en el infinito que había detrás del discurso, en un horizonte más allá de los sonidos. Apenas podía escuchar:
–Fuimos atacados hace unos días por una banda de críos muy peligrosos. Muy peligrosos y, diré más, muy hijos de puta –apostilló el hombre con convicción–. Como comprenderás los asaltos nos han hecho tomar ciertas precauciones, así que cada día enviábamos un destacamento para comprobar los alrededores. De alguna manera eso ha terminado con un niño muerto, pero algo me dice que no es uno de los que buscábamos –comentó mientras se rascaba la barba de tres días, ella recibía cada palabra con la mirada perdida–. Ibais tres adultos con él. Sí, quizás podríais contaros entre esa banda de chavales locos –le concedió él, inclinándose hacia adelante–, aunque a primera vista parezca muy poco probable. En parte por eso estás atada –le explicó indicando la obviedad de su cautiverio con un gesto–. Pero –dijo aproximando su silla a Kalani– eso no es ni de lejos lo más extraño que ha pasado hoy.
La joven no reaccionaba al mundo, de alguna manera éste había sido relegado a un segundo plano. El tiempo se quedaba estancado a su alrededor y ella se deslizaba por su trauma sin tocarlo ni reconocerlo en su interior y, mientras tanto, caía un poco más lejos, como atraída por alguna fuerza gravitatoria. Se estaba internando en la mente de aquel tipo, tal vez sin querer, sangrando por la nariz mientras contemplaba un paisaje lítico de ideas fijas, tristes, muertas. Y la gente, la gente también estaba muerta. Rostros de cadáveres, gente querida y desaparecida, el cuerpo de una mujer torturada y mutilada por esos niños, y junto a ese recuerdo, ira, críos riendo como hienas, el cuerpo humano convertido en un algo con lo cual experimentar, la imagen borrosa de Cole con un tiro en la cabeza.
Kalani sólo hubiera querido llorar de dolor, no obstante su rostro demacrado era el retrato de la ausencia.
–Ésta es la situación –continuó aquel individuo sacudiéndose una araña del hombro–: algunos de mis hombres están muertos, algunos de los tuyos también. Es algo que suele ocurrir cuando se encuentran dos grupos de gente desconfiada. Pero sólo hubo un disparo, al menos sólo hubo uno que diera en el blanco. En parte por eso estás atada.
–¿? –dijo Kalani, tras lo cual pensó que tal vez llenar la interrogación con un “qué” hubiese sido más efectivo.
Sintió algo sobre su camiseta, miró hacia abajo y vio manchas rojas, desconcertada, reparó en la sangre tibia que resbalaba sobre su labio superior.
–En un mundo como éste –dijo señalándola con un dedo aleccionador– no es bueno confiar en las coincidencias.
Kalani, que no lograba centrar su atención en el discurso de aquel extraño, vislumbró a una mujer a través de la puerta de la habitación, parecía tener una correa cruzándole un hombro, probablemente de algún arma de fuego, y miraba hacia ellos, tal vez para cerciorarse de que todo estaba en orden. La joven tomó aquel sentimiento de seguridad, lo aisló, lo magnificó y lo bloqueó en la mente de aquella mujer. Pensaba que podría ser útil tratar de controlar la situación. No obstante en su cabeza comenzó a abrirse un dolor agudo y eléctrico, roturas refractándose bajo su cráneo, estaba demasiado cansada como para exigirse grandes esfuerzos. Su vista se nubló, tomó aire con evidente trabajo mientras su equilibrio tenía que apoyarse en la mesa con las dos manos. Se sentía a punto de desfallecer.
–No deberías –dijo Kalani clavando por vez primera su mirada en aquel tipo, tirando de cada palabra con el esfuerzo de su aliento– ir por ahí preguntando el porqué de las cosas: podrías tener que escuchar una respuesta desagradable como “gonorrea”, “el número pi”, “protuberancia” o “ironía”. Por otro lado he estado bastante ocupada manteniéndome inconsciente.
–Buscamos justicia –le respondió invariablemente aquel hombre.
–No jodas, la justicia sólo existe a través de los ojos de los hombres –la habitual energía de Kalani se abría paso, aunque fuera tímidamente, entre la tragedia. Esa frase que ahora citaba se la había dicho Audrey una vez, “porque los hombres creen que la realidad y las palabras son lo mismo”. La realidad y las palabras tienen poco que ver, pero es que esta buena gente además se ha dejado el puto diccionario en casa, se dijo la joven.
–Justicia –repitió él dando un toque con el dedo índice en la mesa, conciso pero imperioso.
–¿Sabes? Tener la mente cerrada no sería tan malo si te acordaras de dónde has puesto las llaves.
Ahí tenían que haberle pegado a Kalani. O haberlo intentado. O al menos eso pensaba ella. Sin embargo el ruido, los gritos y el pataleo salvaje proveniente del pasillo dejaron la represalia en el, en general, inocuo terreno del pensamiento.
Tenía que salir de allí.
Se sentía agotada, sin embargo tenía que intentarlo y había una forma muy obvia de ganar terreno en otra mente: si lo que quieres es que alguien haga algo de la nada, lo más sensato es dejar que la idea esté ahí de antemano, porque manipular lo que existe siempre es más sencillo –y aburrido– que inventar lo que no existe.
–Desátame, siéntate y quédate quieto y calladito –ordenó ella.
Él hizo lo que Kalani decía. Y ella, una vez de pie, tuvo que aferrarse a casi todo lo que podía, con las palmas de sus manos avanzando a marchas forzadas por la pared. Le costaba moverse, pero empezaba a convencerse de que no se desmayaría.
Con bastantes dificultades la joven le ató al hombre las manos a los brazos de la silla, le cacheó haciéndose con un llavero y una pistola, y después se asomó a la puerta.
Las gotas de sangre dejaban su rastro sobre el suelo.
–¿Dónde coño están mis amigos? –preguntó echándole una ojeada al pasillo.
–En la morgue –Kalani lloró, no obstante su expresión se mantuvo firme–, bajas un piso y giras a la izquierda, sigues el pasillo unos trescientos metros y encontrarás el cartel.
–¿Cuánta gente va contigo?
–Ahora ya sólo quedamos seis.
–¿Y el perro?
–¿Qué perro?
“Buen chico”, pensó Kalani.
Había dos mujeres y un hombre en el pasillo y un niño pequeño tratando de liberarse de sus captores. Mientras ellos usaban una ropa desgastada y descolorida, el niño llevaba algo que no podía ser descrito más que como una falda de piel hecha jirones. Kalani creyó distinguir pinturas en la cara del niño, no lo sabía con seguridad: el pasillo era muy largo y ellos estaban bastante lejos.
Y, aunque Kalani estaba demasiado lejos como para verlo bien, el pequeño liberó una mano, se apoderó de un cuchillo de la caña de la bota del hombre y lo clavó en el primer muslo que vio, mordió una mano ajena y se escabulló a tiempo para recibir una patada en la espalda que lo derribó. Estando en el suelo comenzaron a patearlo y le arrancaron la falda, el niño lloraba, se revolvía e imploraba.
–Ojo por ojo –dijo una de las mujeres.
Kalani huía hacia las escaleras tan rápido como su extenuación le permitía mientras aquellos desconocidos dirimían sus conflictos diplomáticamente.
En su descenso, y a pesar de la distancia, escuchó gritos horribles: los ruegos no cesaban, tampoco los golpes.
La joven consideraba que la venganza no era un buen negocio, sólo era la voz del dolor suplicando por una retribución, la que fuera. Era la desesperación rogando por un porqué cuando todo lo que podía importar se había desmoronado. Además, no había justicia que fuese causa ni solución de la muerte.
Y sólo había muerte, sólo había soledad, y nada iba a cambiar eso. Ella miraba al abismo y el abismo miraba dentro de ella para encontrar un desafío.
Decidió interrumpirse: ahora no era un buen momento para sufrir, así que se limpió la cara de sangre y lágrimas. Tomó aire, prestó atención, aguzó el oído y marchó hacia adelante.
Aunque se alejaba, tardó en dejar de oír los gritos, tal vez siguió escuchándolos en su cabeza, no estaba segura, ni estaba segura de que importara: existían en un sitio u otro.
Al abrir las puertas de doble hoja de la morgue apenas unos minutos más tarde, vio varios bultos sobre camas metálicas. Audrey, Rhys y Cole estaban ahí, tendidos, lívidos, inertes.
Su mente se detuvo, paralizada ante aquella imagen.
Su cuerpo tuvo la decencia de vomitar.
Después se obligó a continuar. Ahora no podía llorar, gritar o golpear cosas mientras su rabia desafiaba la impotencia en vano. Ahora no podía sentirse sola, ausente ni abandonada.
Inspeccionó los cadáveres en busca de heridas de bala o arma blanca. Nada.
Al fin y al cabo ya lo sospechaba: ¿un disparo y varios muertos? Más concretamente: ¿un disparo que había matado a Cole y varios muertos? Estaba claro lo que había pasado y sin embargo ella se había estado aferrando a un clavo ardiendo, a la esperanza. La misma esperanza que te hace mirar en un cajón tres veces seguidas mientras te dice que lo que buscas podría estar ahí esta vez.
Escupió al suelo los restos de vómito de sus labios, vio las mochilas de todos ellos. Cogió la armónica de Audrey y llenó la mochila de Cole de libros, un botiquín y cachivaches, para colgársela al hombro después. Cogió su revólver, un cuchillo, y colocó el arco y el carcaj de Audrey sobre el cuerpo frío de su dueña. No encontraba su casco de piloto, pero sí vio la capa de su amiga, así que la cogió también.
Un pensamiento rompió urgente contra el pesar que sentía: “los medicamentos”, a eso habían venido. Y aún recordaba el camino a la cámara frigorífica. “A ver si hay suerte”, se dijo. En el pasillo por el que había venido se escuchaba esa clase de silencio denso que hace la gente intentando no hacer ruido. Le dio un beso a Cole lleno de cariño y salió de la habitación por otra puerta.


La ciudad estaba cubierta de musgo y plantas apoderándose de las grietas. Los animales vagaban entre los edificios y ellos tenían que andarse con ojo para distinguir cualquier ruido amenazador por encima del canto de los pájaros y el susurro de las alimañas que tanto abundaban. Se sabía que había perros y lobos cazando por los alrededores y, aunque pudieran ahuyentarlos con sus armas de fuego, no podían relajarse, los disparos podían atraer otra clase de peligros.
Boastwain olisqueaba el aire a menudo, vigilante. Kalani se había estado preguntando cuándo se desplomarían los edificios y si la gente seguía inventándose leyendas sobre el colapso del mundo, pero después empezó a conversar con Cole hablando los dos muy bajito:
–Pues, dejando a un lado las horas de sueño, si dejas de leer durante más de dos horas seguidas –decía él mientras caminaban por la ciudad parcialmente tomada por el bosque–, el cerebro se te atrofia pasando por varios estadios, a saber: el primer nivel de mengua es analfabeto funcional, el último es acelga exquisitiva. Los de en medio aún me los tengo que inventar.
–Exquisitiva… –repitió Kalani entre risas–. Hay muchos niveles intermedios… como ingenio babeante o caníbal intelectual (éste es un dogmático infiltrado), pero dentro de los analfabetos funcionales tenemos que meter subgrupos to locos ahí, por ejemplo, el lector de cuentos para niños mudos, ya sabes, ésos en los que una chica tiene el electrizante papel de echarse una siesta y esperar el beso de un macizorro –de repente se giró hacia Cole vibrando de entusiasmo–. ¡También podemos meter al protón acrítico!, ése que se olvida de los pequeños detalles como: ¿por qué en las obras de ficción los alienígenas de una misma especie hablan todos el mismo idioma? ¿Qué pasa, sólo los humanos somos multiculturales? ¡Menuda estafa! Hay mucha discriminación velada por omisión en esa mierda. Y además todos los extraterrestres se parecen sospechosamente a cosas que ya conocemos: gente cabezona, teteras y bichos feos. Y todos quieren matarnos o follarnos, ¡y no puede ser, eso es justo lo que queremos hacer nosotros con ellos! No sé, no lo veo… –dijo alzando las manos en señal de rendición–. Deberían… deberían ser otra cosa –aseveró Kalani intentando parecer misteriosa, meneando los dedos.
–¿Así, otra cosa? –la imitó Cole.
Otra cosa –asintió ella satisfecha.
Habían aparcado el coche a unos kilómetros por temor a que las carreteras en el interior de la urbe pudieran no ser transitables, pero ya no quedaba mucho para llegar al hospital. Rhys y Audrey les seguían a unos metros, Boastwain iba ante ellos, olisqueando lo que quedaba de pavimento.
–Bueno, –atajó Cole–, no te fíes de gente que insiste en que los niños tienen mucha imaginación: se están aprovechando de la poca que tienes tú.
–Cuando eras niño tenías mucha imaginación –le dijo Audrey a Cole–, pero, vamos, que de pequeño aprendiste a construir un generador hidroeléctrico. Tal vez no eres la muestra más representativa.
–Y mi capacidad imaginativa ha aumentado, te lo aseguro: ahora puedo pensar en la decadencia de una meritocracia castrense que recompensaba a sus ciudadanos en base a su vello corporal –puntualizó Cole.
–Cole –intervino Rhys–, ¿no te preocupa no haber tenido infancia?
–¡Que levante la mano quien haya tenido una infancia pacífica! –propuso Kalani muy animada, aunque seguía hablando a un volumen cauteloso–. ¡Vamos, no seáis mierdas! ¿Cómo? ¡¿Nadie?! –Kalani se fingía indignada–. Rhys, tío, crecer es lo puto peor, Cole simplemente se ha ahorrado un par de pasos porque… porque saber mogollón de polisílabos o cómo construir un puto generador hidro-jodido-eléctrico tiene que dar puntos se mire por donde se mire…
–¡Esperad! –gritó Audrey en un susurro, alzando el puño mientras se agachaba alerta–, hay algo raro ahí delante –aseveró señalando–, Boastwain est…
Se escuchó un disparo y el mundo se quedó en silencio.
Los ojos de Kalani se abrían hasta lo imposible al ver cómo el dolor le cerraba los suyos a Cole, y el chorro de sangre salpicaba el cielo.
El tiempo se detuvo en sus pupilas azules.
Kalani sintió cómo sus neuronas emitían una señal aguda y penetrante que se extendía como un incendio bajo su cráneo. Trataba de contenerlo, pero el poder se quería libre y extinguía su voluntad, y ella, rebasando el umbral del dolor cuando un ultrasonido helado taladraba su mente, no llegaba a aferrarse las sienes con las manos y perdía el conocimiento.
El cuerpo de Cole seguía cayendo.
Ambos dieron con el suelo casi al mismo tiempo.


Kalani conducía. Lejos. El mundo se había transformado en algo que sólo le pillaba de paso.
Boastwain iba en el asiento del copiloto, mirando el bosque en silencio.
Las rocas, los árboles, los animales… parecían ocurrir a través de un espejo. El verde fluía a su alrededor sin tocarla.
Pasaban las horas y ella lo intentaba, pero no podía sentir nada.
Sin previo aviso frenó el coche y exhaló un suspiro breve que, sin embargo, le pareció eterno.
Después se derrumbó. Comenzó a llorar y Boastwain comenzó a aullar.
La soledad no era como la recordaba: no había en ella perspectiva alguna, sólo era un territorio yermo e invariable ante un horizonte infinito y vacío.
Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que volver a un lugar conocido después de una larga ausencia no era lo mismo que no haberlo abandonado. De repente tenía que enfrentarse a un paisaje que había cambiado, a una Kalani que había cambiado.
No sólo había perdido a su amor o había exterminado a sus seres queridos sin que palabras como justicia o voluntad hubiesen amedrentado a la muerte. No sólo estaba perdida entre su mente y su llanto, entre el recuerdo y la culpa, entre el abandono y el mundo.
También había perdido la posibilidad de volver a querer a otra persona.
Y ni siquiera se trataba de una incapacidad emocional sino de un problema geográfico: era un peligro para cualquiera que estuviera cerca de ella.
Y parecía que lo más sencillo era que ella no estuviera allí.
Y por todo eso lloraba.
Así que Boastwain le lamió la mano.

martes, 21 de febrero de 2017

Oniromancia

Oniromancia:

            –No te hablo de hablar en sueños, te hablo de hablar con alguien que no está ahí a través de un sueño.



miércoles, 1 de febrero de 2017

GRRRL!


"Si voy con dos amigas por la calle de noche, somos tres mujeres que vamos solas. Sin embargo, si voy con un hombre, voy acompañada."
REFLEXIÓN ANÓNIMA EN EL CANAL DE RAZVI (YOUTUBE).

GRRRL!:

Aquí me tenéis, con las bragas por los tobillos y dándome un paseo por ese vasto territorio de internet que es el porno.
Hago clicks mientras me muerdo el labio, a la espera de ver algún concepto tentador, si bien algo decepcionada ante el espectáculo que desfila ante mí, ¡porque… joder! Los títulos de los vídeos suelen ser ofensivos cuando menos: palabras como bitch, slut o whore campan sin pudor anunciando esos cortos, en general surrealistas, que conforman el cine porno de baja estofa. Una pena, porque el porno es al sexo lo que una peli de acción es a mi jornada laboral. A fin de cuentas no dejan de ser historias palomiteras, estúpidas, divertidas y absolutamente ficticias, fantasías extrañas que están muy bien en el terreno del juego y vídeos a los que, si una está vaga y no le apetece pensar o si simplemente le apetece que algo detone la imaginación, puede recurrir. Pero es una pena sobre todo porque muchos jóvenes, que no disfrutan de ninguna clase de educación sexual seria, recurren al porno para descubrir cómo se folla, y eso, como didáctica del encuentro carnal, es una puta estafa, es como si quisieras aprender física viendo Interestellar.
Bueno, bueno, sigo buscando… bitch drilled by three black cocks, horny schoolgirlz, milf swallows horse cum… lo de siempre. Igual debería buscar alguna productora de pago, porque los tubes son pura mierda pixelada. Vamos a ver si hay alguna buena por ahí…
Francamente, me cuesta entender por qué aún para muchas personas una mujer que disfruta del sexo es invariablemente una puta o, para esos cerdos machistas que intentan darle una pátina de erudición a sus prejuicios, ninfómana. Es triste, pero supongo que por eso las mujeres que vemos porno para aderezar nuestras prácticas onanistas o hacemos una mamada hasta el final solemos ser cuidadosas a la hora de a quién le contamos qué. Cada vez menos, porque este terreno también lo vamos ganando. Sin embargo y a pesar de lo cutre del panorama, agradezco el relativo anonimato de la red. Desde luego que muchas cuelgan fotos desnudas por ahí, a pensar que probablemente un gordo con la cara picada de acné, sin modales ni higiene conocidos, se esté dando sus treinta segundos de placer al tiempo que babea sobre sus propios genitales mientras las mira. Claro que ahí reside la belleza del asunto: el puto gordo da exactamente igual. Ellas quieren verse guapas y sexuales, y eso no está nada mal.
Deberíamos tener vía libre para hacer exactamente lo que nos dé la gana. Y, me cago en la puta pero, hay demasiada gente que siente la acuciante necesidad de señalarte todo aquello que no puedes o no deberías hacer, por ejemplo masturbarte o viajar sola, que eso no es de señoritas decentes. Y ya no entremos en el terreno de la imaginación, que es casi peor lo que piensas que lo que haces: ¿si me masturbo pensando en una violación –una fantasía que por otra parte ya es un tópico–, quiere decir que quiero llevar esa fantasía a la realidad? Pues hay gente que piensa que sí. Es como si me llamaran asesina porque me gusta ver… yo qué sé… La matanza de Texas. ¡No abran jamás un libro de Clive Barker, buenas gentes!
Gracias a Dios que hay mujeres que van con los pechos al aire por la calle. Porque eso también es sexismo: ¿los tíos pueden ir con los pezones cortando cristal a la vista de todos y nosotras no? Ridículo. De hecho, y aunque no tiene nada que ver, echo de menos más sexualización masculina, aunque… ¡Hombre, hablando del rey de Roma! Acabo de ver una productora que se encarga de mostrarnos caras, angelicales unas o esculpidas otras, de macizorros, cuerpos desnudos y musculados, jugueteando con sus herramientas, y menos mal, porque en este mundo hay pollas preciosas, ¡como esa de ahí que me está saludando!
En fin, creo que voy a empezar a ir con las tetas al aire, que mi cuerpo es mío y es también mi herramienta para conseguir mis derechos, lo mismito que mi mente, por más que digan los timoratos.
Aunque, claro, seguro que viene alguna de esas feministas conservadoras, una de ésas que suelen mandarme a tomar por culo, para decirme chorradas retrógradas como que estamos en guerra con los hombres –¡señor, sí, señor!–, como que la prostitución es una jodienda impuesta –no digo que en muchos casos no lo sea, ¡ojo!, lo que pasa es que las leyendas urbanas y los estereotipos me los paso yo por el coño, y que conste que la esclavitud es una mierda– o que si se te corren en la cara no estás disfrutando sino que te están sometiendo. Ya, ya… el sexo es malo y toda esa mierda, sí. Personalmente creo que si avanzamos en esto va a ser por el camino de la alianza –¡con los hombres!– y de la libertad, y no por el de unos tabúes que nos han metido hasta en la sopa. Si un hombre me considera un objeto sexual sin mi permiso la vamos a tener, pero si soy yo la que está en un contexto en el que precisamente quiero ser sexualizada, como cuando, por ejemplo, le voy a hacer una mamada a mi novio con el excelso fin de que se corra en mi boca, ¿no debería sentirme poderosa por hacer lo que me da la puta gana sin sentirme mal?
Y, sí, yo también soy feminista hasta la médula, pero a mí “Cásate y sé sumisa” no me lo censuran, que yo sí que creo en la libertad de expresión y en la fuerza de la mía. Hagan sus comentarios.
Y esto del sexismo me lleva a pensar… bueno, la verdad es que me lleva a pensar mazo de cosas, pero una de ellas es todo ese rollo de “van provocando” y esa cultura de mierda que trata de justificar los abusos: “si van vestidas así, ¿qué quieren?”, ¡encima, la culpa de que me violen es mía, no te jode! Pero bueno, en esta España nuestra, si te roban es culpa tuya, que no ibas atento o tenías la cremallera de la mochila abierta… porque a los ladrones también se les disculpa constantemente, si no, de qué la política. Total, que no me estoy centrando nada….
Recuperemos la perspectiva: masturbación, no injusticia social, masturbación, para eso me he bajado las bragas, ¿no? Al menos y que yo sepa, no hace falta bajárselas para analizar la actualidad. No es incompatible tampoco, pero, vaya, que no es condición sine qua non y...
¡Coño, un video de lesbianas que parece bueno! Es sorprendente, la mayoría son tan cutres que dan risa más que calientan, aunque últimamente están mejorando: para empezar ponen a chicas que sí tienen química y se gustan… Bueno, vamos a darle una oportunidad a estas dos morenazas…
¡Uhhh… que Dios bendiga a Enric Bernat!

domingo, 1 de enero de 2017

Entrada de blog: Recuerdos


Entrada de blog: Recuerdos:

            Tú tenías catorce años y yo diecinueve y, como era lo único que había entre tú y yo, decidimos encontrarnos en la adolescencia.
De modo que nos bebíamos la noche, nos fumábamos las clases y medíamos el tiempo en amores hechos.
Como no sabíamos nada, pensábamos que lo sabíamos todo. Los errores se acumulaban en nuestra cuenta y al despertar cada mañana volvíamos a la vida para cuestionárnoslo todo, ser libres y opinar que el mundo estaba mal.
Miles de orgasmos se deslizaban por nuestras piernas y todo aquél que no nos conocía nos llamaba “hermanas”, porque siempre estábamos hablando o riendo. Nuestras conversaciones eran días enteros en la cama, juntas.
Evoco nuestra juventud jugando bajo la nieve de hojas de otoño, soltando bromas sin palabras.
Siempre nos reímos, durante años y años, y eso es algo que, al recordarlo hoy, me encanta. Y me acuerdo de cuando iba a buscarte al instituto y nos masturbábamos y nos besábamos entre los coches, delante de la puerta de tu casa, porque hacía calor en primavera.
Pero, ¿sabes? En realidad te escribo por esa vez que dormimos en aquel camping, en una cabaña en el bosque, con esos dos chicos. Creo que nunca he dejado de pensar en eso. Nos dieron de fumar porros muy cargados, ¿te acuerdas? Y al principio, bien, hablábamos de videojuegos, disfrutábamos de chocolate gratuito y tal, pero poco a poco nos fueron empezando a dar miedo. Yo te miraba y lo veía en tus ojos: estabas tan acojonada como yo. No recuerdo qué decían exactamente… sin embargo había algo en sus palabras que hizo que saltaran todas nuestras alarmas. Empezaron a resultar amenazantes, la amabilidad que habían desplegado al principio se había disipado, las historias que contaban habían adquirido súbitamente un tinte grotesco y violento, la forma en la que se dirigían a nosotras había cambiado. Y ellos se reían y nosotras nos sentíamos incómodas y acorraladas por momentos.
Sé que tenías sueño, supe que te dormirías, mi hermana: habíamos estado todo el día de aquí para allá y al día siguiente nos íbamos a pegar una paliza correteando por la montaña, y después de esa fumada se te cerraban los ojos pese al temor. Y, no sé por qué hay gente que lo confunde, pero una cosa es una fantasía y otra la vida real, a mí las agresiones sexuales me provocan un terror enorme, ya sabes lo que me pasó con mi padre, por eso siempre leía espantada sobre el tema, quizás de forma algo masoquista.
Pero estábamos ahí, juntas, y uno de los dos, no el grandote sino el musculado, taponó parcialmente la puerta de salida con su litera. Y encendía y apagaba ese extraño mechero que tenía todo el rato. Y yo estaba muerta de miedo.
Así que no me quité las lentillas.
Bajé de la cama y me preguntaron que qué coño hacía ahí rebuscando en mi mochila, de forma muy desagradable. ¿Y qué iba a estar haciendo? Pues coger el móvil, ¿por qué les tenía que dar explicaciones a esos dos? Les dije que no estaba haciendo nada, mientras, le escribí un mensaje a un amigo, dormía casi en la otra punta del camping, pero bueno, por si acaso.
Me quedé toda la noche despierta.
Recuerdo que había un agujero en el techo y que no dejaba de mirar a las estrellas y contar los segundos. Los dos chicos se movían en la oscuridad, se escribían mensajes en silencio –estuvieron escribiéndose durante una hora como poco– y el fuerte jugaba con su mechero, afortunadamente no se atrevieron a salir de la cama.
Me gustaría pensar que fue porque yo estaba allí, de pie, junto a la puerta y dispuesta a abrirla y gritar muy fuerte y correr y salvarnos. A la cama no me volvía.
Al final se acabaron durmiendo, pero yo me quedé allí por si acaso.
Veía fogonazos de luz a veces, supongo que por la mezcla de cansancio y drogas. Esperé durante horas, luchando contra el sueño, cabalgando el terror.
Y recuerdo que al amanecer te acaricié y seguí ahí, apoyada en la pared, con los brazos cruzados y cara de malas de pulgas, también por si acaso, hasta que abriste tus preciosos ojos verdes y te vi sonreír, te levantaste y pude besarte y pudimos marchamos.
Y pensé que eras la chica perfecta para mí y que siempre lucharía por defendernos.