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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 10 de marzo de 2012

Las aventuras de Gúsenitsa

Para los que flipan con Finn y Jake.

Las aventuras de Gúsenitsa:

            En la tierra Bizcoché llovía chocolate caliente. Eso le fastidiaba a todo el mundo porque los edificios en general estaban hechos de galleta o, tratándose de gentes de clase alta, de azúcar.
Entretanto en Tranquilandia…

            –Jo, Marta –comenzó a decir él preocupado–, yo no quiero que te vayas a rescatar a la Princesa Masajeador-Craneal. Tendrás que enfrentarte al Dragón de Obsidiana y dicen que es muy peligroso y eso.
            –Tienes que amarme en la libertad, Kerala. No te preocupes, que yo volveré de una pieza.
            –¿Y qué hay de la convención social según la cual el caballero que rescata a la princesa ha de casarse con ella?
           –Bueno, he oído que a la princesa no le gustan las chicas como yo. Bueno, ni tampoco las que no son como yo. Además, yo hago esto por un único motivo: me apetece –aseguró sonriendo.
            –¿Pero y si entonces hay alguna cláusula extraña que me obliga a mí a casarme con ella o con el dragón? ¿Y si tengo que plancharles la ropa? ¡Odio planchar!
            –Kerala, todos odiamos planchar, pero deja de quejarte y deja de tener miedo, tío. De verdad que te quiero, pero estás un poco loco. Además la torre está ahí.
            –¡Hola! –Saludó desde la ventana de la torre la Princesa Masajeador-Craneal dejando escapar una de sus patas por entre los barrotes de hierro.
            –Bueno, ¿y cómo vas a entrar? –quiso saber Kerala no sin cierta impaciencia–. Porque sólo hay una puerta y el Dragón de Obsidiana –aseveró al tiempo que señalaba a la roca de tres metros– es su temible guardián.
            El Dragón de Obsidiana en respuesta permaneció impasible donde se encontraba.
            –¡Hala! ¡Es como un pisapapeles muy grande! –comentó asombrada Gúsenitsa, la risueña oruguita que Marta la guerrera llevaba casi siempre al hombro–. Quizás podríamos invocar el poder de la lluvia y dejar que la piedra de la torre y del dragón se erosionaran gradualmente, aunque, no sé… llevaría tiempo y la vida media de una oruga de mi especie creo que son unas tres semanas aprox.
            –No… –se negó Marta sumida en una profunda reflexión–. Tendríamos que hablar con Gran Happ y le tengo que devolver los pantalones que ahora mismo está llevando Kerala, sería raro y tal.
–Bueno, esto… yo me voy antes de que cambies de idea –se despidió Kerala.
–En fin, Gúsenitsa, yo diría que podríamos intentar moverlo o algo.
–¡Pues vale!
Gúsenitsa descendió hasta el suelo deslizándose enérgicamente, Marta contó hasta tres y empujaron con todas sus fuerzas.
No obtuvieron resultados positivos, pero se cansaron mucho.
–Uff… esto no sirve para nada, tú –afirmó Marta hastiada–. ¿Y sí le decimos que se aparte? Eh, Dragón de Obsidiana, ¿podrías apartarte un poco, por favor?
Ante su esperanzada expectativa, el dragón exhibió una pétrea y remarcadamente inamovible obstinación.
–Gusénitsa, ¿puedes hacer algo?
–Sí, se me está ocurriendo que la piedra es muy dura y no puedo atravesarla y el dragón apoyado en la puerta impide abrirla, pero creo que si en vez de horadar la piedra o empujarla intentase colarme entre las letras, sería más fácil, creo, no lo sé, la verdad es que lo intenté una vez y pasé encerrada dos semanas entre ellas y no recuerdo cómo hice para escapar. En fin… tú espera y a ver qué sale.
–Oye, pero si puedes ver el mundo en letras… ¡¿qué pasa con el suelo, la gravedad, la física y esas mierdas?! –le gritó a Gúsenitsa mientras ésta desaparecía en otro plano.
“Bueno, tengo una página entera para moverme, pero mientras siga pensando, aparecerán nuevas letras… y yo tengo que llegar hasta la puerta”. La descripción de su avance entre los pequeños espacios abiertos que dejaban las letras sólo suponía un obstáculo provisional hasta alcanzar su objetivo. O tal vez no… se encontraba en un mundo paradójico en el que cualquier tentativa de moverse únicamente la retrasaría más y más porque, como ustedes pueden leer, había más entes que podían decidir el destino de la arrojada Gúsenitsa, no obstante ella, decidió aceptarlo sin resignación, dándose cuenta de que sólo la paradoja podría guiarla a través de la paradoja.
Y dejó de intentar hacer nada sin intentar dejar de intentar, claro.
Y apareció al otro lado de la puerta.
–He aprendido, no está mal –se dijo a sí misma, orgullosa, aunque sabía que no había sido ella quien había llegado de un sitio a otro.
Marta, que estaba tumbada tomando el sol, escuchó el sonido de unos goznes cediendo pesadamente.
–¿Puedes pasar por este hueco? –inquirió su oruguita.
–Creo que sí. Oye, ¿cómo has abierto la puerta?
Marta se arrastró entre las rocas y se encontró en una habitación oscura. Repentinamente se iluminaron unas luces fosforescentes, tras unos breves parpadeos, como si tuvieran un sensor de movimiento incorporado. Se hallaban Marta y Gúsenitsa en una sala circular –en este sentido iba acorde con la forma externa de la torre– pero era bastante más grande y espaciosa de lo que uno podría haber calculado o imaginado desde fuera. Por dentro era de mármol blanco lo cual hacía resaltar la iluminación. Aparte de eso, lo único que había en la habitación era una escala de madera por la que las aventureras no tardaron en ascender.
Al llegar al piso de arriba vieron a un monstruo que custodiaba lo que esperaban que fuera la última sección de escaleras en la torre. Era un bicho sonriente de color amarillo, con tres ojos y traje de ejecutivo.
–¿Creéis que podéis entrar en la Torre del Exilio, así, por las buenas?– Inquirió el monstruo.
–Sí– respondieron al unísono ambas alegremente.
–De hecho… la verdad es que llevamos dentro un rato –le aseguró Marta –. Por cierto, el nombre mola un montón, “Torre del Exilio”, es muy épico, ¿no? Nosotras siempre la habíamos llamado “La-torre-esa-en-la-que-está-encerrada-la-Princesa-Masajeador-Craneal-desde-hace-unos-diez-minutos”, supongo que no suena tan cañero.
–¡Silencio! ¡Os halláis ante el Guardián del Calabozo!
–Fíjate, y todo con mayúsculas –musitó Gúsenitsa.
–Debe de ser un tío importante –le respondió a su vez Marta en un susurro.
–¡Tenéis que vencerme para entrar!
–¡Eso está hecho! –exclamó Marta ya con su hacha a dos manos en ristre–. Te presento a Retroalimentación, la llamo así porque impresiona tanto que invierte el sentido natural en que el esfínter procesa el material, algo que a juzgar por tu expresión de incredulidad luchando contra la realidad, acabas de comprobar.
–Te dije que la llamaras Comegayumbos– le reprochó Gúsenitsa–. Pero, no, porque “es demasiado gráfico, se le podría ocurrir a un mono y quiero que mis enemigos sepan que yo sé qué significa retroalimentación aunque ellos no sepan lo que significa”, pero, ¿sabes qué? ¡No creo que signifique lo que tú crees que significa! –le espetó enfurruñada, dándose la vuelta sobre el hombro de su amiga.
–Bien, esto… –el Guardián del Calabozo parecía estar buscando las palabras adecuadas –antes de que me despedaces con esa cosa… yo…
–Se llama Retroalimentación, Guardián del Calabozo –le recordó con paciencia y una sonrisa Marta.
–En fin… antes de que me despedaces con esa cosa, prefiero hacer un trato: ¿Qué tal si lo dejamos en una adivinanza y si averiguas la respuesta, te abro la puerta y si no, no me matas ni abres la puerta?
–¡Por mi bien!– respondió Marta despreocupada.
–A mí todo esto me parece un poco friki, ¿sabes? –comentó su oruguita.
–Bien, ahí va la adivinanza –anunció el guardián con cierta pompa–. ¿Por qué un hombre de gran fuerza es incapaz de mover sus brazos?
–Esto… ¿Podemos discutirlo entre las dos antes de responder?
–Sin problemas –respondió el Guardián del Calabozo.
Dieron unos pocos pasos a fin de alejarse de él.
–Vale, tú, ésta me la sé, yo creo que la respuesta es azafrán –dijo Gúsenitsa absolutamente convencida.
–¡Oye, qué buena! –admitió Marta–. Pero, ¿y si resulta que es porque, teniendo en cuenta el argumento contra la causalidad basado en la crítica del razonamiento inductivo, no hay experiencia alguna de que la volición pueda causar un efecto tal y que no hay forma de separar en última instancia el sujeto que se mueve, del moverse y la parte movida, y de la intención de moverse porque todo es una misma cosa y, total, que para qué íbamos nosotras a complicarnos tanto?
–Pues también es buena –concluyó la oruga.
Se volvieron al guardián y Gúsenitsa dijo:
–La respuesta es uno o vacío… o algo así. Bueno, no hay respuesta o hay no–respuesta o… ¡¿Pero cómo va alguien a levantar sus brazos?!
El Guardián del Calabozo asintió, pretendiendo en vano disimular su obvia frustración con una sonrisa poco convincente.
–En, fin –comenzó a decir con aire derrotista–, aquí está la llave, sacadla un poco de la cerradura antes de girar que es una copia y no va muy bien, ¿de acuerdo?
–Entendido. Te la bajamos en un momento, tronco –repuso Marta.
Subieron hasta la celda de la Princesa Masajeador-Craneal, envidiablemente amueblada, y se arrodillaron ante ella.
–Princesa, os hemos rescatado para pasar el rato –afirmó no sin cierta suficiencia Marta, aún arrodillada ante la princesa– pero habéis de saber que creemos Gúsenitsa y yo que podríais haber saltado por entre los barrotes, que cabéis perfectamente, y, además, que al caer sobre la hierba no os habría pasado nada. Hala, vámonos, que le tengo que devolver la llave al guardián.

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