¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 10 de marzo de 2012

Metáfora del ordenador



Metáfora del ordenador:

Una orden de su cerebro y él se conectó.
La pregunta del examen llegaba hasta él contrastando débilmente con un entorno que había elegido hacía unos años en el que se aparecía un templo shaolín en pleno monte Himalaya. Siempre le habían gustado las artes marciales y el misticismo, aunque sólo como mero espectador. Pero sobre todo, se sentía a gusto caminando por allí solo a la hora de hacer un examen.

Explique argumentadamente la influencia que tuvo la revolución sexual desarrollada durante la primera mitad del siglo XXI para con la desaparición de roles sexualmente diferenciados entre personas en los países occidentales, así como su repercusión en el resto del mundo a través del siglo.

Pues adelante. Ahora tenía que organizar bien su memoria y explicar cada punto sistemáticamente. Fue abriendo archivos, disponiendo la información y comentándola. No encontraba fructífero el culto de los antiguos a la memoria, ni la adoración a los reyes–poetas que cantaban las leyes de su tribu. Él no tenía por qué usar la arcaica y falible memoria humana, sólo necesitaba buscar entre infinidad de datos almacenados, una operación que gracias a su procesador cerebral no le llevaba apenas un segundo.
Sobre todo se centró en la primera parte de la pregunta, argumentando durante largos minutos sobre la idea de que, de no ser por la normalización de la orientación sexual libre, difícilmente las mujeres hubieran podido estar en condición de igualdad con los hombres ya que éstas no conseguían, mediante sus movimientos feministas, otra cosa que remarcar constantemente las diferencias sexistas existentes en lugar de atenuarlas, cuando ya a finales del siglo XX se había logrado un progreso notorio aunque insuficiente. Pese a sus pretensiones había un error procedimental que era preciso subsanar. Se trataba de una desviación de los fines originales, quizás debida a la presión social que hacía pervivir un horizonte de interpretación cultural absolutamente sexista para una sociedad que no era sino de su tiempo, pese a la meta fijada. Además en muchos casos, y quizás como resultado de la confusión causada por la incipiente revolución social, tanto hombres como mujeres adoptaban roles propios del sexo opuesto que no eran nada deseables. Al desaparecer los roles gracias a la aceptación de las parejas homosexuales, al aparecer –permítanme que toque un punto tangencial a la pregunta propuesta, pero es más relevante que el enfoque de la cuestión si se contempla ésta en su conjunto– la epigenética y dar a luz la evolución de la conducta y de su huella en los genes advirtiendo que muchas diferencias señaladas no se debían sino al resultado de un proceso diacrónico de variación genética y cambios, constantes o no, en la sociedad y en el mundo, al quedar claro que no hacía ninguna falta que las personas desempeñaran unas funciones en relación al sexo tan artificiales como la idea del derecho natural, o tan artificiales como cualquier otra conducta aprendida al fin y al cabo en una determinada cultura; hubo un vacío en la conducta de las personas que llenaron indefectiblemente con unos roles alternativos llamados “humanos” o “personales” por los posteriores movimientos culturales, denominaciones que se hacen extrañas actualmente al ciudadano medio por inútiles y redundantes aunque sí se traten de conceptos útiles para el estudioso, más que para el estudio. Por supuesto no hay que dejar de lado las diferencias efectivas entre los cerebros masculino y femenino que explican ciertos comportamientos debido, sobre todo, a la variación de las hormonas que sufren los cerebros durante su curso vital que…
A medida que hablaba, iba caminando por aquel suelo de madera pulida, contemplando un monte nevado y soleado a través de la ventana. Sin embargo la temperatura estaba programada a veinticinco grados centígrados y aunque pareciera que afuera hacía viento, éste jamás podría tocarle. Su avatar caminaba con ropa veraniega, despreocupadamente, sabiendo que era mejor tomarse los exámenes con calma y exponer sus opiniones pausadamente y con palabras precisas, tal y como había aprendido en oratoria.
Cuando acabó de explicar la segunda parte de la cuestión, se sintió cansado y decidió cargar el entorno de una cafetería que solían frecuentar él y sus amigos, aunque de momento sólo estaba Amara.

La cafetería tenía colores claros, tanto sobre los pocos muebles que había, como sobre las paredes. Todas las formas eran suaves y curvas, sin absolutamente nada que pudiera ser considerado abrupto. Había una barra inservible como residuo de las cafeterías del siglo pasado. Amara encargó en voz alta lo que deseaban una vez se pusieron de acuerdo sobre sus respectivos pedidos, lógicamente no sería normal que hubiera allí un camarero. Él tenía suerte: nunca tenía problemas de dinero y siempre sabía administrárselo bien para comprar comida nutritiva de, como poco, segunda calidad fuera de la realidad virtual. También hacía ejercicio, como todo el mundo, tal y como mandaban los especialistas en medicina pese a la administración semanal de vitaminas RZ.
–Creo que estoy enamorado –dijo él tomando un sorbo de su cerveza.
–Y se te ve muy bien –comentó ella sonriendo, con una sonrisa perfecta, en una cara tan hermosa como la de cualquier otra persona de su tiempo. A veces sentía curiosidad por preguntarle cómo era ella en realidad, de qué color tenía el pelo y esas cosas, pero eso hubiera sido tremendamente maleducado. Sería bella, como todos, de eso no le cabía duda. La ingeniería genética había solucionado enfermedades congénitas, sí, y aparte había ayudado al ensalzamiento de la nueva estética.
Le encantaba la idea de poder reunirse con quien fuera, donde fuera y de forma instantánea. De ese modo apenas tenía problemas para disfrutar de sus amigos. Muchas veces pensaba lo duro que debía de haber sido el mundo antes de la realidad virtual… cómo se sentirían sus antepasados al meditar acerca de las primitivas formas de registro de acontecimientos pasados, cuando la red no existía. Ahora, lo que no estaba en la red, no había pasado. Gracias a la realidad virtual muchas limitaciones habían desaparecido y junto con las nanomáquinas había dado lugar a un salto cualitativo en la raza humana, cuya evolución cambiaría para siempre. En cierto modo el fortalecimiento del ser humano se había gestado con la ciencia moderna, sin embargo se encontraban a años luz de lo que los científicos de los siglos XVIII y XIX podrían haber imaginado.
–¿Y no te basta con todas los compañeros ya tienes o has tenido?
–Parece ser que no –declaró él con una pizca de presunción en su sonrisa.
–¿Cómo se llama tu amado? –curioseó Amara.
–Philippe.
–Hombre, un francés con el que practicarlo –su tono de voz no llegaba a ser socarrón, sino que estaba acolchado por una cierta invariabilidad maquinal. Él sonrió.
–Sí, la verdad es que tengo ganas de verle –dijo con una entonación ligeramente ilusionada–. Es algo mayor para mí, pero nos entendemos y…
Ella le interrumpió.
–No pensarás… –quiso saber ella algo sorprendida. Él asintió con cierto orgullo–. ¡Dios, eres un romántico! ¡Vuélvete al siglo pasado! ¿En serio vas a ir a verle en persona? ¡No me lo puedo creer! ¿Vas a salir? –hizo que su botella de cerveza chocara con la de su amigo para brindar. Casi parecía que se sentía tan feliz como él, que casi tenía una empatía fuerte, parecía que hacía algo más aparte de hablar tal y como le habían enseñado a hacerlo.
–Perdona –se disculpó Amara de repente–. Me llaman mis padres, luego hablamos. –tras pronunciar aquellas palabras, desapareció delante de sus ojos.

Él volvió a su casa saliendo de la red, no tenía ganas en aquellos momentos de ver a sus restantes amigos.
Su hogar permanecía tan aséptico como de costumbre: pocos muebles, sin suciedad y todo organizado. Las paredes tenían activadas funciones de entretenimiento y la luz fosforescente le relajaba. La unidad L.E. estaba en modo de guardia, escaneando la casa por si hubiera algo que procesar y esterilizar. Sonrió sin saber muy bien por qué. Se preguntaba cómo sería salir afuera, como habían hecho la mayoría de generaciones humanas a lo largo del continuo temporal.
En fin, ya había hablado muchas veces con él, incluso había tenido relaciones sexuales con él y apenas podía quitarse de la cabeza la sensación de su semen en su boca, pero deseaba llegar a algo más profundo. Quizás hubiese quien lo viese raro, o quien creyera que lo que hacía era consecuencia de una enajenación mental transitoria. No obstante un día que programó la pared de su casa en fase transparente, pudo ver a ancianos caminando por los parques de hierba verde, entre los edificios, y aunque pudiera parecer una locura, no debían ser todos unos completos desequilibrados por más centenarios que fuesen. Sí, aún había gente fuera, algo cada vez más infrecuente, por otra parte, pero había. Y eso quería decir que él también podía salir.
Hacía unos pocos días Philippe le había dicho dónde residía, de modo que daría el paso más arriesgado de su vida y saldría a por él. Saldría a la ciudad.
Miró el horario del tren de pasajeros, en una hora podría tomar uno y presentarse en unos minutos en casa de Philippe. Estaba de suerte, ya no pasaban con regularidad.
Sin embargo debía tomar las precauciones pertinentes, aquellas que le habían sido enseñadas de pequeño y de las que, según creía él, no se acordaría de no ser por los núcleos operativos e información biotecnológica de su cerebro. Debía tomar precauciones, de modo que ingirió una pastilla, se aplicó una inyección en el vientre y cogió una mascarilla envuelta en una bolsa cerrada herméticamente. Jamás hubiera pensado que iba a usar una a lo largo de su vida, o al menos, no tan pronto.
La puerta de su casa se abrió elevándose al tiempo que emitía un sonido suave y casi sedante. Cruzó el umbral como aquel tipo que puso un pie en el planeta rojo: solemnemente, titubeante, casi con temor. Y la puerta descendió ante sus espaldas.
Miró a un lado y a otro del pasillo, blanco, aséptico y luminoso.
Y una angustia comenzó a gestarse en su pecho, tímidamente, todo lo que las pastillas le permitían.
Y el pasillo se convirtió en el enemigo, en la amenaza, en aquello de lo que, para sentirse seguro, tenía que huir.
Retrocedió corriendo, la puerta no tardó en abrirse de nuevo y su casa en acogerlo. De no haber sido por la pastilla ahora estaría padeciendo un ataque de ansiedad, menos mal que se había molestado en tomarse una.
Su mente a su orden le mostró la hora del día. El tren no tardaría, y si él no descendía en ascensor hasta la puerta, pasaría de largo. Aquel pensamiento no le ayudaba en absoluto y hacía aumentar su angustia mental.
Todo lo que le habían enseñado de niño se había cumplido siempre y además se había resumido en el postulado básico que era enseñado a todo bebé nacido en forma de metáforas y que venía a decir: “yo primero, y el mundo luego, porque yo me quiero y el mundo no”. La sociedad en su conjunto velaba por la comprensión de esta enseñanza, y el mismo principio se refinaba a medida que pasaban los años con frases como “necesitamos un yo poderoso para triunfar”, para triunfar sobre una realidad ajena y peligrosa, seguramente. El pasillo, desde luego, no le depararía nada bueno, lo sabía. Se sentía acorralado en el exterior.
Recordó que, pese a sus fobias, el tiempo pasaba y el tren no le esperaría.
Se armó de valor, se tomó tres pastillas más y consiguió llegar al ascensor, pulsar el botón y observar cómo las puertas se abrían.
Se internó en él, todavía con una ansiedad en el pecho que no conseguiría expulsar de sí sin la ayuda de los calmantes, y el ascensor descendió. Observó una pantalla oscura en las paredes, hacía años que nadie ponía ya anuncios allí porque cada vez menos gente usaba aquellos dispositivos. Cada vez menos gente salía de su casa, apenas había necesidad de ello. Y cuando la había, uno tenía que prepararse y punto, y envalentonarse. Él no tenía ninguna metáfora para describirlo, más allá del mismo hecho de salir de casa. Hasta tal punto era así que la misma expresión “salir a la calle” se había transformado en una metáfora precisamente para significar algo que abrumaba o daba miedo, pero que se debía pasar lo más rápidamente posible. No se le ocurría nada más para expresarlo porque no había nada igual.
Los sedantes hicieron rápido efecto en él, comenzó a sentirse más y más relajado, y el temor se fue desvaneciendo de su mente.
El ascensor se detuvo y él se dedicó a jugar a videojuegos esperando a que las puertas se abrieran, obviamente dando ya al tren de pasajeros. Intentaba que no resurgieran sus miedos con respecto a la idea de lo exterior en general. Lo mejor sería evitar pensar en ello.
Las puertas no tardaron en abrirse. Y él avanzó unos pasos torpemente, embotada su mente por los medicamentos, viendo una estructura en su mayor parte de cristal y en su menor parte de metal: sólo asientos, raíles encima del vagón y propulsores. Vio el cielo azul, tan azul como cualquier cielo virtual, pero con unas nubes de aspecto desagradable y feo dispersadas por ahí. Se obligó a quedarse, pese a ser testigo de tal inmensidad. Brillaba el sol, quizás debido a eso la ciudad suponía para él un espacio aún más ominoso, lleno de extensiones verdes de enormes dimensiones cubiertas por unos pocos árboles dispuestos geométricamente y edificios estilizados de diez plantas, suaves y curvos, de cristal y metal.
A través de la superficie inferior del vagón contempló como podía los caminos entre los edificios, cubiertos por paneles solares flanqueados por aceras ya apenas transitadas. Se sentó en un asiento de cuantos había, en medio de un vagón vacío. El tren despegó y se deslizó por el aire como un susurro.
Él ya había introducido su destino en el registro de la base de datos de aquel viejo transporte urbano mientras estaba en el ascensor, de modo que se dedicó a observar un mundo que se le revelaba extraño y en cierto modo inhóspito. Pudo ver de nuevo, cuando los raíles se elevaban momentáneamente, paneles solares sobre las azoteas de los edificios más bajos de ocho plantas.
Los calmantes le adormecían y entorpecían su agilidad mental, sin embargo se esforzaba en examinarlo todo. Los pájaros piaban y aunque él no pudiera oírlo desde dentro del vagón, era el único sonido que se escuchaba en el exterior.
El tren se movía velozmente entre el mar de edificios y parques, sin hacer ruido, sin perturbar en nada a su único pasajero.
Y llegó a su destino.

El ascensor ascendió.
Era igual que el suyo. Ahora comenzaba a sentirse más seguro. Pese a todo pensó que de alguna manera se sentía como se debían sentir algunos hombres anteriormente, cuando viajaban a otros países que desconocían, algo inseguros quizás.
Al abrirse las compuertas se extendió un pasillo ante sus ojos, era igual que el suyo. El ascensor se cerró tras él.
Encontró apresuradamente la puerta que deseaba, se puso delante y ésta se abrió permitiéndole el acceso.

–¿Quién coño eres tú? –inquirió una voz masculina. Su propietario era un chico joven de aspecto extravagante, su piel era morena, aunque no era un moreno ordinario. Parecía en forma, pero había algo en aquel joven que no encajaba, quizás estaba algo… desde luego que su cuerpo no encajaba… no podía ser pero… quizás estaba algo sucio, algo despeinado tal vez, llevando unas ropas inusuales cuanto menos y una camisa atada a la cintura arrugada… Se trataba de un chico muy raro. Además la casa también era extraña, era algo oscura (debido a la luz natural quizás, no tan potente) y las ventanas estaban en fase transparente todo el rato. Carecía de iluminación fosforescente, sólo entraban los rayos de sol de cuando en cuando por las ventanas ahora que el día se había nublado algo más. Y, por si eso fuera poco, había extrañas herramientas inútiles, incluso pudo distinguir dentro de un cuarto una fregona y una escoba, no quería ni pensar qué más podría haber allí dentro. La cama y el sofá no estaban en fase de letargo en el interior de las paredes, sino que se veían en estado expandido sobre el suelo pese a que nadie los estaba usando en aquel momento. Sus pensamientos se sucedían lentamente a causa de los calmantes, no obstante no tuvo tiempo de pensar mucho más. La voz de aquel chico atajó sus cavilaciones:
–¡Eh! ¡Pink Floyd, que te estoy hablando a ti!–
–Perdón, he debido de confundirme –confesó extrañado al salir de su ensimismamiento, disculpándose–. Creí que éste era el 53 del 176309.–
–Y lo es –su entonación al hablar era extraña e inestable, parecía un perturbado, era demasiado exagerada, como si quisiera darle un significado más fuerte del apropiado a cada palabra, sin calma ni parsimonia. El ritmo de sus palabras, por si fuera poco, tenía musicalidad, pero no ese leve deje común que a veces escapaba en una conversación ordinaria, sino una melodía verdaderamente marcada.
–¿Eres Philippe Blanchard? –preguntó sin saber muy bien qué pensar. Si era él, no se parecía en nada a quien él había creído que era y, además, de ser así le habría mentido igualmente acerca de un par de cosillas. Se encontraba seriamente desorientado.
–No sé de quién me hablas, tío –contestó con franqueza, hablando con rapidez, como si estuviera ocupado.
–¿No vive aquí Philippe Banchard? –insistió él.
–Aquí vivo yo, y mi nombre es Sakchai Hoffmann, por si sientes curiosidad. Pero deberías empezar por presentarte tú mismo –sugirió, con cierto matiz de burla socarrón y despreocupado.
Él se encontraba desconcertado. No podía procesar el hecho de que le hubiera mentido si era eso lo que realmente había sucedido… La ansiedad resurgía de entre su pecho ante la imagen del fracaso y la inseguridad en su mente. El mundo volvía a asfixiarlo, a ahogarle mientras se estrechaba inmenso contra un cuerpo que la tierra acabaría por tragarse, dejándole sin espacio. Atacándole.
Empezó a hiperventilar.
El chico le ofreció una bolsa y toda la ayuda que iba necesitando a medida que el ataque menguaba. Algo poco común, y más teniendo en cuenta que no le conocía. Él por supuesto no podía rechazar aquella ayuda, ni siquiera por educación.
–No todo el mundo puede pagarse nanomáquinas de control emocional, según parece –comentó Sakchai, no sin un palpable desdén.
Media hora más tarde se había recuperado y estaba de pie sobre el suelo de la habitación.
–Entonces según tus datos vive aquí un tal Philippe Blanchard, ¿no? –continuó el propietario de la casa.
–Así es.
–¿Has comprobado los datos en la Unidad de Censo, sus documentos públicos y su ficha cívica?
–Sí, todo está en orden, no lo entiendo. Todo está en orden a todos los niveles –afirmó, evidentemente confuso.
–Bueno, lo primero que debes hacer es tranquilizarte –lo cierto es que estaba demasiado tranquilo, siempre estaban demasiado tranquilos y Sakchai se negaba a creer que absolutamente todos fueran gente relajada. En un intento de expresarle su apoyo le puso una mano en el hombro a lo que él reaccionó asustándose y revolviéndose incómodo. Sakchai apartó la mano, por si acaso, sin dejar de mirarle, buscando en sus propios recuerdos, sabiendo que también hubiera sido así de no haber recibido una educación distinta y desgraciadamente absolutamente minoritaria.
Él abrió un frasco de pastillas, había tenido el suficiente sentido común como para pensar en el viaje de regreso a casa.
–¿Tomas esa mierda para acallar tus dudas y miedos? –ante aquella pregunta, le miró extrañado–. Lo siento, no estoy acostumbrada a hablar… con gente como tú.
–¿Como yo? ¿Entonces con quién hablas? –no era una pregunta irónica aquella, sino una pregunta que expresaba una absoluta y sincera perplejidad.
–Mira, déjalo –Sakchai se sentó en una cama sobre la que él no quería volver a reposar en la vida, pensativo, apoyando el mentón sobre su mano–. Déjame ver una cosa –se puso unas extrañas gafas.
–¿Qué es eso? –quiso saber él.
–Es mi forma de conectarme a la red, yo no puedo hacerlo como tú, y menos mal –se volvió ligeramente y comenzó a pulsar botones que salían de una pequeña torre colocada en el suelo que a él no le resultaba nada familiar. Los datos comenzaron a desfilar, reflejados en las lentes digitales, y tras unos minutos, cuando el señor Hoffmann se aseguró de que sus suposiciones eran ciertas, dijo: –Necesito que confíes en mí y que me dejes entrar, soy un buen hacker y no tocaré donde no deba ni miraré donde no me incumba. Y si miro por accidente, fingiré no haber visto nada. ¡Mejor aún –exclamó levantándose de un salto y acercándose a él–, fingiré no haber mirado!
–El bloqueo está activado, morirás. No vas a entrar, no pienso permitirlo. Y es legal que mueras así, así que a mí me da igual –era una postura de lo más previsible, por otro lado, pero la de su interlocutor no estaría falta de fundamento tampoco…
Sakchai Hoffmann le miró asombrado e inmediatamente se levantó enfurecido.
–¡Mira, pedazo de gilipollas, alguien ya ha entrado, te han pirateado tu puta memoria de mierda y tus funciones perceptivas! –aseguró gesticulando vehementemente y señalándole con el dedo–. ¡Amas a alguien que no existe, aunque no sé cómo eres capaz porque, tú lo has dicho, eres como todos y por eso tienes horchata en las venas! ¡Escúchame! –clavó sus ojos en él agarrándole la cabeza con fuerza para asegurarse de que le prestaba atención–. ¡Si no quieres mi ayuda, lárgate de aquí, págales una pasta a los cabrones que te metieron ese puto virus para que restauren tu estúpido cerebro computerizado o pide a la Comisión que investigue el caso durante meses mientras tú te sientes imbécil y sufres, y déjame en paz! –le dio la espalda mientras gesticulaba con los brazos en un intento de expulsar los nervios de su cuerpo–. ¡No tengo por qué soportar a alguien que se ha metido en mi casa por las buenas y encima, muriéndoseme de ansiedad, se permite el lujo de rechazar mi ayuda!
A él le sorprendió que Sakchai estuviese hablando en serio, que sin conocerle de nada estuviera dispuesto a restaurar su memoria. Pero se sentía totalmente desubicado, si lo que decía aquel chico era cierto, Philippe no existía y todo lo que había vivido a su lado era el producto de un pirateo informático.
Le dolía la idea, se sentía defraudado, creía que estaría bien con Philippe.
A Sakchai, por su parte, le desesperaba el hecho de que él ni siquiera pudiese expresar su dolor, que sólo mostrase un cierto desorden, él probablemente ni siquiera entendía sus propios sentimientos. “Y mejor, porque está solo, todos ellos están solos, aunque estén rodeados de amigos a los que no se abren, y muchos son esclavos que dejan en manos de la tecnología su estabilidad psíquica, mental, espiritual o como quiera que se llame”, pensó. No tenía ni idea de por qué, pero era así, cada vez la gente se sentía más sola, lo sabía.
–Mi padre trabajaba en el Departamento de Programación y Neurociencia, por eso yo no llevo nanomáquinas integradas, no soy un puto sistema, ¿sabes? –le confesó acercándose a la ventana y mirando al exterior.
–Pero entonces cualquier enfermedad podría matarte con facilidad –declaró él sorprendido. Sakchai pensó que, o bien él no era una persona especialmente lista, o bien, independientemente de su capacidad intelectiva, sencillamente no era capaz de combatir contra algo que siempre había dado por sentado. Aunque en realidad no le faltaba razón en lo que había dicho.
–Mis anticuerpos están acostumbrados a las agresiones, por si quieres saberlo, pero eso no es nada importante. Yo no temo al mundo, para mí eso es lo importante. Al menos, aún no me he muerto.
–¿Y qué más da que tengas anticuerpos que te permiten sobrevivir si yo tengo nanomáquinas capaces de funcionar durante dos siglos?
Finalmente el inesperado anfitrión se dio por vencido. No era nada fructífero hablar con alguien que simplemente era incapaz de entender su postura, sus inquietudes y sus motivaciones. No serviría de nada decirle a un fanático que era estúpido tener una fe ciega en que la ciencia libraría a la humanidad de problemas que ella misma causaba. Y la ciencia no era ningún dios. Y la ciencia no podía decirnos qué hacer, y ni mucho menos cómo hacer lo que hacíamos ni por qué. No serviría de nada explicarle que no era una enemiga tampoco, que sólo era ciencia. Así que optó por decirle algo útil:
–Mira, da igual. ¿Quieres que te ayude o prefieres irte tomar por culo ya?
Él meditó largamente sobre la respuesta, sobre si sería legal ese procedimiento, y sobre un Philippe que no existía.

Licencia Creative Commons
Metáfora del ordenador por Jorge Roussel Perla se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en parafernaliablablabla.blogspot.com.es.