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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Kaleidoskopio

Kaleidoskopio:

            Nunca me he sentido a gusto siendo clasificado, y no se trata simplemente del sentimiento del orgullo herido al saberme una persona formada, con mis propios pensamientos, emociones, interpretaciones y aspiraciones. Tampoco tiene que ver con el hecho de que no me sienta cómodo al pertenecer a un grupo determinado, por más que se me pueda alegar que si no estoy en un grupo, estoy en otro. No creo que la realidad, contemplada en sus propios términos, tenga esa necesidad de clasificación que tenemos nosotros porque no creo que tenga necesidad alguna. Podría parecer que la realidad, curiosamente, no es tanto un estado como un proceso. Yo por mi parte empiezo a sospechar que es algo que no puede ser aprehendido en esos conceptos.
En mi opinión pretender limitar la realidad a los estrechos confines de la lógica, sistemas, algoritmos o lenguajes no es más que una variante sutil del argumento paternal del “porque sí”. Es presuntuoso. Y esto me lleva a considerar qué es la inteligencia –porque no me parece que la presunción sea una de sus manifestaciones–. No paro de ver series de televisión en las cuales la inteligencia –si es que hay una sola cosa que pueda recibir ese nombre, lo cual dudo– se confunde con una verborrea pedante de pobre contenido o leo libros en los cuales un individuo puede sistematizar la realidad en base a un lenguaje determinado, muy evolucionado, eso sí, verbal, matemático, simbólico o tal vez una mezcla de todo lenguaje posible, llegando incluso a realizar certeras predicciones, puesto que, por lo visto, la realidad es reductible a nuestros toscos sistemas humanos de categorización y clasificación. Es tan ridículo como cuando los vanguardistas quisieron derribar el lenguaje sustituyéndolo por otro sistema de símbolos en su lugar, es decir otro lenguaje, de forma que el experimento –al menos en ese punto– fracasó. He de añadir que como experimento en sí fue un éxito, aunque se tratase casi de un éxito tautológico: el mero hecho de intentarlo ya suponía llegar a la meta.
Volviendo al tema, no niego que una inmensa capacidad de relación sea síntoma de inteligencia –lo es–, pero la inteligencia también está presente en el deportista de élite con especiales aptitudes, que toma decisiones precisas en intervalos de tiempo mínimos, y no sólo en decisiones que podríamos considerar puramente intelectuales... porque eso sería como intentar introducir todo el conocimiento del mundo en una diminuta prisión.
A mi entender la base del problema de una hipotética reducción de la realidad a un sistema escrupulosamente organizado radica en la circularidad del pensamiento y en la arbitrariedad de nuestros conceptos –irónicamente esta arbitrariedad está condicionada por nuestra constitución psicológica o biológica. Por un lado el pensamiento no puede salir de la esfera del pensamiento. Al ser una esfera –bueno, en realidad la forma es más o menos opcional, intento señalar las fronteras inherentes al discurso racional–, es un terreno limitado y nuestros movimientos filosóficos están condenados a una rotación cíclica, no somos mucho más que un ratón corriendo en una rueda y presento todos mis respetos al ratoncillo. Desde el pensamiento resulta imposible salir del pensamiento dado que lo único que encontramos es más pensamiento en toda su estrechez. Por otro lado los conceptos que manejamos están absolutamente sesgados y se basan en cortes caprichosos, tanto es así que los diversos idiomas humanos tienen palabras intraducibles entre sí. Se podría aducir que la mayoría de las palabras de una lengua sí puede verterse a otras, no obstante, siempre nos las tendríamos que ver con los confines del individuo, cuya trayectoria vital es inimitable y está provista de un significado único que se transfiere a los significados que pueden tener las palabras que tal sujeto emplea a lo largo de su vida, variando entonces no sólo de una persona a otra, sino de un momento a otro.
En cualquier caso estos cortes se mueven entre los opuestos, y éstos los condicionan. Y a su vez los cortes condicionan a los opuestos. Es un sistema cerrado que no para de zozobrar mientras parece sumido en una aparentemente férrea estabilidad. Se podría pensar que los opuestos son valores absolutos, sin embargo sólo adquieren significado reflejados en su contrario, es decir, que nuevamente son producto de una escisión casual en el tejido de la realidad. Una vez más, el intersticio entre ellos queda vacío de significado cuando reparamos en el absurdo de estos conceptos contrarios condicionados entre sí. Y curiosamente el mundo humano muy a menudo no nos presenta situaciones que puedan resolverse mediante la simple lógica. Al entrar las emociones en juego para permitirnos actuar y tomar decisiones, constatamos que nuestro mundo es ilógico –en un extraño sentido puesto que la lógica tiene indudablemente su espacio–. Quizás las emociones sean sólo un síntoma de esa realidad que parece resistirse a nuestra obsesiva codificación y racionalización. Nuevamente tenemos una división arbitraria: caos y orden, bien y mal, son herramientas útiles más que conceptos reales, fluctúan por nuestra conciencia despertando reacciones en nosotros, sin embargo no deberíamos olvidar lo que son.
Así desaparece todo concepto incluida la petrificada idea que pueda tener de mí mismo, por ejemplo en una infinita red de interrelaciones causales, tan vasta como el tiempo y el espacio.
Esos pretendidos esquemas globalizadores que todo lo engullen y organizan suelen olvidar la naturaleza de la realidad, en un alarde de esa especial y pueril arrogancia propia de nuestra especie. Nuestros constructos, por burdos, son complicados. No pueden jamás dar cuenta de la sencillez de la realidad. Todo intento de confinar esa sencillez es, por forzado y violento, demasiado complicado porque la sencillez sencillamente transcurre y fluye.
La creatividad está vacía y por eso está llena, porque va mucho más allá de los límites del pensamiento –el cual sólo se mueve a través de conceptos–, cruzando esa frontera sin pedir permiso, yendo a un terreno que no tiene límite alguno y por tanto, no existe.
El intento de codificar la realidad es un mito derribado por el principio de incertidumbre –o porque uno se asome a la ventana, tanto da–, y al igual que el paso del mito al logos, deberíamos pasar del logos a la unidad. Se trata de reconocer que esto, más que una codificación, es un juego que se juega a sí mismo y que el lenguaje y todo ese intento por organizarlo no es más que parte de ese juego.
Personalmente estoy convencido de que la creatividad está en todas partes. No soy barrendero por ese motivo, por supuesto, soy barrendero porque me gustan los movimientos que ejecuto, porque trabajo al aire libre y porque puedo conversar con algunos ancianos muy interesantes –y con otros que no lo son tanto–. Dicen que tengo talento para realizar algunas actividades más enriquecedoras –el concepto de “lo enriquecedor” se incardina dentro del baremo de alguien o de la sociedad, tanto da porque, en cualquier caso, no es el mío–, pero el hecho de que yo me dedique a cultivar este oficio como un arte no es un acto de rebeldía contra el sentimiento de pertenencia a un grupo ni contra los estándares de lo que se considera un empleo atractivo, ni tampoco busca dar ejemplo de nada –de ser así todo el hilo de pensamientos hasta ahora hilvanados no serían más que una especie de tratado hipócrita–, sino que hago lo que hago porque me siento bien al hacerlo. Si quisiera realizarme a través de mi trabajo –algo por otra parte estimable– tendría que lidiar con límites autoimpuestos. En lugar de eso, prefiero que cada instante de mi vida se libere de todo significado y así el significado vuelva a él constantemente, si es que alguna vez ha habido algo capaz de cargar con el peso de ese nombre.
De este modo, si mirase a través de un caleidoscopio, me quedaría maravillado por las relaciones de las formas geométricas y los colores al transformarse. O tal vez simplemente me quedara embobado con los colorines y punto.
–¿Cómo va? –pregunta el viejo Matías desde el otro lado de la calle.
–Pues nada, aquí, pensando en los caleidoscopios.
–¿Tenían tres espejos? –era de los interesantes. No porque supiera o no lo de los tres espejos, claro.

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