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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Pasar la tarde

Pasar la tarde:

El cielo se elevaba ante ellos como la paleta gigante del multiverso, con sus acostumbrados tonos verdes, azules, morados y naranjas. Resplandecía en la noche clara de la quinta hora después de que el gato se bajara del poste. Las tres lunas en lo alto se vislumbraban tenuemente en ese momento del día en el cual los dos soles estaban cada uno en un horizonte, señalando el camino de los misterios y la senda de los laberintos unidireccionales más allá de la explanada paradójica.
Dos figuras –una alta aunque levemente encorvada y otra menuda– cruzaban despreocupadas sobre la enorme rama de El Árbol de los Dioses sin Nombre un abismo de cientos de metros de profundidad. La sima era conocida como La Garganta del Mundo, en cuyo fondo el agua rugía cuando había tormenta, allí donde la vida se gestaba para luego subir a través de sus propias raíces y darle un abrazo al cielo.
–Los ancestros nos escucharán, ¿verdad, Yayotal?
–¿Quiénes son los ancestros? –dijo el anciano Yayotal apoyándose en su bastón al caminar.
–¿Hay otros aparte de éstos? –quiso saber la pequeña Tikal extendiendo sus pequeños brazos hacia la inmensidad del mundo.
–Hay quien no sabe verlos, hay quien no aprende jamás.
–Y, yyyy… si uno no aprende… ¿Cómo perdona?  –interrogó ella.
–No lo hace.
–Jo, pues eso es como si quisieras ir río abajo agarrado a una piedra muy, muy grande, ¿no, Yayotal?
–Claro. El mundo es más sabio que un solo individuo aferrándose a aquello que ya no está.
–¡Por eso si la gente dice que se ha hecho a sí misma es porque se deshace, ¿verdad, Yayotal?! –exclamó entusiasmada, corriendo alrededor de él y dando volteretas de vez en cuando.
–Así es. La gente es siempre lo que hace, rara vez lo que dice o lo que piensa de sí misma.
Sus pies descalzos salvaron la distancia entre ambos lados del precipicio y llegaron hasta la pequeña isla suspendida en la nada, de la que las raíces de El Árbol de los Dioses sin Nombre sobresalían, agitadas de vez en cuando por el viento, donde los deseos a veces se quedaban enredados durante unos instantes antes de seguir su vuelo. Llegó Tikal seguida de Yayotal a La Charca sin Forma y se tumbaron ambos sobre la hierba verde y brillante que bajaba por el terraplén.
El sonido de la aguda voz de la pequeña se deslizó por el silencio como si quisiera jugar al pilla-pilla con él y se atraparan el uno al otro constantemente.
–Pues yo creo que si una persona dice algo, la persona es lo que dice.
–A mí también me lo parece, pequeña Tikal.
–Pero la gente que dice mucho puede tener muchos pensamientos en la cabeza yyy… y la gente que dice poco puede tener muchos pensamientos en la cabeza, ¿verdad, Yayotal?
–La gente es como olas en el océano.
–Y nunca se ahogan, seguro que no.
–Nacen y mueren en el océano.
–¡No es cierto! ¡Porque son el océano! –aseguró la pequeña Tikal amohinada, rompiendo luego en carcajadas, como hacía siempre después de enfurruñarse.
–Por supuesto –el anciano Yayotal, satisfecho, pensó que Tikal ya conocía a los ancestros que no eran, no habían sido ni fueron jamás, no iban a ser y nunca serían.
Tikal por su parte se acercó a La Charca sin Forma reptando como las serpientes y bebió agua.
Luego se levantó y empezó a saltar riendo y disfrutando de las salpicaduras y de las gotas brillando ante los dos soles, contemplando sus múltiples reflejos acuosos en los que viajaban fluyendo los secretos.

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