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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 1 de octubre de 2012

El vampiro que cayó sobre Lagash (1ª parte)



El vampiro que cayó sobre Lagash (1ª parte):

La ciudad de Lagash, tan concurrida a ambas orillas del río Éufrates respiraba aquel otoño templado y lleno de vida con la calma y el ritmo de una ciudad antigua y poderosa.
Eshargamelat fue a dar un paseo, a esas horas de la tarde la temperatura era perfecta para caminar junto al río y si no andaba, solía encontrar dificultades para que su mente se abriera a ese extraño vacío del cual emergían los números brincando y saltando para luego colocarse ordenadamente ante ella. Se había pasado la tarde trabajando sobre un estudio acerca de matemáticas, sus pensamientos habían huido para tomar una visión de conjunto ajena a todo y que terminó por desaparecer disuelta en sí misma. Necesitaba la cadencia de sus pasos para concentrarse.
El número cero le había dado la idea de la nada y después en su consciencia apareció la noción de la contingencia, pensó en la sencilla ecuación Y x Y = 25 y terminó de distraerse con lo que en un principio le ocupaba: las ventajas del valor posicional del número cero. ¡Qué le iba a hacer! Aquello le ocurría con frecuencia. Con eso y con todo era una reconocida escriba y una aplicada aprendiz de matemáticas, pero cuando su mente se lanzaba a vagar sin cesar, ella había aprendido a dejarse llevar y a no obligarla a ir a ningún sitio en concreto. “Que se tome su tiempo” se decía a sí misma a menudo. La mente y el cuerpo eran una misma entidad, más sabios que la propia Eshargamelat, o eso pensaba ella, que cada día se veía a sí misma más como una espectadora de su propia vida que la actora que ponía todo en funcionamiento. Ahora se detenía en la respuesta a la ecuación de más/menos cinco y se figuraba que, del mismo modo, más/menos templo o más/menos palmera, configuraban la esencia de esa escisión en la realidad de la que los hombres extraían la palmera o el imponente templo de E-ninnu, cosas que, de alguna manera, no existían por sí mismas. Porque el templo era todo lo que se pretendía dejar dentro y fuera de aquel concepto, como quien saca un ladrillo de barro del molde. Desgraciadamente no podía ir más allá y expresar sus ulteriores pensamientos con palabras, so pena de desvirtuarlos completamente. De hecho no estaba muy segura de poder pensar eso, fuese lo que fuese. Después volvió su atención sobre el diario del viejo Kianu –que releyó ayer una vez más– y el vampiro de Lagash.
¡Maldita sea! ¡Ahí estaba de nuevo! ¡Había estado cinco días pensando en aquello y volvía de nuevo, sin poder evitarlo! Creía que hoy podría entregarse otra vez a su trabajo, distrayéndose sí, aunque tal vez sin caer en aquella idea recurrente, pero no le había sido posible. El viejo Kianu siempre había dicho que las equivocaciones se pagan constantemente mientras uno persiste en su error, y a veces, incluso después. Su diario no era sino la confirmación de sus propias palabras sobre su misma persona. Ella por su parte debía hacer su elección. Porque cuando alguien elegía algo, elegía también quién era.
Hacía unos pocos meses ni siquiera sabía lo que era un vampiro. Hacía unas semanas aún se decía a sí misma que aquello no podía ser posible. Que un ser humano no podía alimentarse de la fuerza de otros y que, por supuesto, había excusas muy razonables para explicarlo todo. Hacía unos días había comprendido que hasta las excusas más válidas eran parte del mecanismo que usaba el vampiro para ocultar su verdadera naturaleza a los hombres, era su territorio: el de las justificaciones que le daban cada vez más libertad de movimiento. Sabía qué sentimientos debía despertar en las personas para lograr su perdón, y cuáles arrebatarles.
En algún momento tuvo que admitirse a sí misma una terrible verdad que, además, estaba vinculada con sus mejores deseos. La gente normal superaba la tristeza con el cariño de los suyos, era algo elemental. Por esta razón aquellos que estaban tristes encontraban siempre a otros dispuestos a tenderles la mano. No obstante había una enfermedad que se alimentaba de sí misma en un ciclo sin fin, para la cual las tentativas de solución tradicionales sólo suponían nuevas oportunidades de autofagocitosis.
Decidió examinarse a sí misma ante toda aquella información y cayó en la cuenta de quién era. Echó la vista atrás y reparó en su propio miedo, en su egoísmo, en su deseo de ver la realidad como sus necesidades le exigían que fuera, en lugar de objetivamente, tal cual era. Ése había sido su problema, había intentado defender al vampiro de Lagash porque deseaba protegerle y tal vez porque a ella le convenía, escuchando sus palabras e ignorando constantemente sus actos. Y consecuentemente ella no se había encontrado bien haciendo todo eso y por eso –cavilaba– se había transformado en una persona mucho peor porque, tal como acostumbraba a pensar, el malestar era el mal mismo. Ella había hecho todo eso y sin embargo no se había dado cuenta, ¿cómo era posible?