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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

El vampiro que cayó sobre Lagash (2ª parte)




El vampiro que cayó sobre Lagash (2ª parte):

Ilu-asu no se encontraba bien aquella noche, y se sentía muy solo, así que se acercó a casa de Eshargamelat y llamó a su puerta. Ella le abrió.
–Hola, Eshargamelat, traigo unas pastas para cenar si me dejas entrar en tu hogar.
–No eres bienvenido aquí, Ila-asu. No vengas más.
Él no entendía qué ocurría, la semana pasada estuvo en aquella misma casa, tal y como venía sucediendo desde hacía ya nueve largos años, semana tras semana.
–Dame una respuesta, ante el cuerpo muerto de nuestra amistad.
Ella le miró fijamente mientras los ojos de él la acusaban. Escucharle podía ser peligroso, pero incluso para eso estaba preparada. Sabía exactamente lo que le iba a decir.
–Eres el vampiro de Lagash –dijo saliendo de su casa y cerrando la puerta tras ella, sin dejar de mirarle, asegurándose que con esa mirada le estaba prohibiendo la entrada para siempre en su hogar que él ya se conocía de memoria–. Vamos al río.
–¿Vas a matarme allí?
–No pienso tocarte, Ila-asu. Puede que juzgue para mí, pero no osaría robarle lo que es suyo a Enki. ¿Sabes cuánto le he rezado a Gula por ti? Y eran mis rezos los que te daban fuerza, vampiro. Era mi energía la que drenabas. Verás –carraspeó–, encontré este diario en la casa del viejo Kianu, ahora muerto, como bien sabes –le mostró un humilde estuche cilíndrico de madera, de los que se usaban para conservar pergaminos en su interior.
Eshargamelat intentaba no decirse a sí misma que tal vez, sólo tal vez, Ila-asu había podido ser el responsable activo del fatal desenlace del anciano. Era imposible que, por más que el joven hubiera perdido la perspectiva, hubiera llegado a tales extremos. Completamente imposible.
Caminaron hasta el río.
Era extraño: Ila-asu no estaba tratando de culpabilizarla a ella por sus males desde que dejaron la puerta de su casa, no le estaba diciendo que estaba tan triste que sería muy egoísta por su parte no tenderle la mano, no intentaba discutirle por primera vez en años.
Ila-asu se sentó junto a la orilla, pero ella permaneció erguida, junto a él. Extrajo el pergamino de su estuche y lo tomó con su mano derecha para desenrollarlo con la izquierda y comenzar a leer.
–Día 20 del mes de Abu –dijo para abrir la lectura– del vigésimo año de la dinastía de Sargón. Ila-asu ha vuelto a mi casa mendigando compasión. Obviamente se siente mal. Una vez más, aunque ahora con cautela pese a la unión del parentesco que nos une, le he ofrecido mi compañía y mi ayuda y él la ha aceptado. Si ahora había tenido relaciones sexuales con una mujer casada, antes robó de nuevo en el mercado (bueno, aquí vine una lista larga, prefiero omitirla) –Eshargamelat tomó aire, Ila-asu contemplaba el río, no parecía muy alterado–. Día 5 del mes de Tashritu y demás. Ila-asu se presentó ante mi puerta. Esta vez había golpeado a un hombre en una riña inducida por el alcohol dejándole en un estado grave. Se sentía abatido, decía que todo cuanto hacía salía mal, que su vida era terrible y que las pesadillas le acosaban cada noche. Tras años de sus frecuentes visitas resulta inútil decirle que debería dejar de hacer aquello que causa su malestar pues su malestar es también el motivo de sus faltas: es totalmente incapaz de escuchar. Pero aún más importante, llorando Ila-asu, le he echado de mi casa. He descubierto que, si bien la gente reacciona al perdón, él lo devora, así como el cariño y la compasión. Mi joven sobrino cabalga sobre esas pasiones y las utiliza para seguir llevando su vida. Mis conversaciones con (alguien que a ti no te importa, además no he copiado su nombre), han dado sus frutos. Yo había demostrado ser un inepto en lo que respectaba a contemplarme a mí mismo, pese a mi edad, hasta entonces. Supuse que el perdón sería la solución, si bien puerilmente él lo entendía como la laxitud de los límites de lo permitido y, en última instancia, como la corrupción de lo que los mismos límites significan. La realidad innegable es que soy demasiado ingenuo, y he deseado ver cambio donde había estatismo y a una víctima donde estaba el verdugo. He estado viendo sólo lo que he deseado ver y yo, queriendo ayudarle con mi debilidad, que tomaba equívocamente como fortaleza, no hice sino reforzarle en todos sus engaños –Eshargamelat buscó alguna reacción en él, encontró una honda tristeza y, al poco, el llanto de un joven que de alguna manera conseguía despertar una enorme simpatía en todos los que le rodeaban, pero afortunadamente ahora sabía darles un nombre apropiado a esas emociones que se deslizaban desde él hasta ella. Siguió leyendo–. Día 11 del mes de Tashritu y demás. Yo no quería ver la verdad sencillamente porque la mentira, más cómoda, resplandecía con belleza. Ahora reparo en que él, nulo a la hora de procesar las emociones positivas, tenía que robarle la energía vital a aquellos incautos que, como yo, se le acercaban para tratar de curar sus heridas. Observo que eran mis movimientos los que, lejos de mitigar su dolor, alimentaban los suyos. Cargar con la verdad que supone el apoyar a una persona que toma malas decisiones me ha costado mi felicidad y mi integridad. Me es imposible… (escucha esta parte atentamente, porque yo creo que te interesa). Me es imposible negar mi responsabilidad y tomo por deber dar parte en breve a la comunidad para poner fin a este saqueo que se produce dentro de las murallas de nuestra amada ciudad y para que me sea impuesto el castigo adecuado. Ignoro qué puede ser mayor castigo para Ila-asu que el propio hecho de sobrellevar la profunda infelicidad que tiñe su vida, el dolor que se desata cada vez que busca controlar a los demás para alimentarse de ellos, y la soledad que le consume y de la cual se nutre como una serpiente que muerde su propia cola. La oscuridad de su corazón es impenetrable y se encuentra plácidamente arraigada en él. Y el texto sigue con imágenes parecidas: “podredumbre”, “maldad” y esas cosas.
–¿De dónde has sacado eso? –inquirió Ila-asu.
Eshargamelat sintió miedo ante el tono sombrío de su voz que ahora parecía agazaparse, contenía un rencor totalmente desconocido para ella. Retrocedió un paso. La desconfianza se encogía tras las pupilas de Ila-Asu, Eshargamelat arrancó de él su mirada temiendo que las dudas delataran su temor.
–Somos amigos, Ila-asu –le aseguró reuniendo fuerzas para mirarle, recordando que esa culpabilidad que sentía era tan sólo otra quimera, recordando por qué estaba ella allí–. Por eso he decidido avisarte de que no podrás abandonar la ciudad: a partir de ahora y más que nunca las murallas de Lagash serán verdaderas barreras para ti. Creo que éste es el único medio para poner fin a tu dolor. Allí donde Kianu flaqueó, yo he de erguirme. Ya he avisado a todos en el templo de E-ninnu, donde tienen las tablillas en las cuales fue escrito el diario del anciano Kianu. No puedo seguir a tu lado. Me ha costado mucho encontrar las fuerzas necesarias para hacer esto. Tú me las habías quitado, pero he llegado a las mismas conclusiones que él. A diferencia de él no creo que seas una mala persona, pero…
Ila-asu no se lo pensó dos veces. Se levantó y sacó un puñal de entre los pliegues de su túnica. Y lo clavó en el corazón de Eshargamelat, quebrando sus costillas. Ella quiso gritar, pero fue incapaz. La muerte la encontró entre estertores apagados, con los ojos desorbitados, intentando comprender lo que para ella era un sinsentido. Luchando inútilmente por seguir con una vida llena de sentimientos que le habían robado y que había querido recuperar. Ella sólo quería ayudarle.
Aquella noche el vampiro de Lagash huyó hacia Uruk, una ciudad rebosante de vida.