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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

La puerta, la llave



A Gabi y a Joti, y a su churumbel.

La puerta, la llave:

            Era el cansancio. El cansancio vagaba por mi mirada, más disociativo que la oscuridad de las pesadillas que habían hostigado mis noches durante aquella última semana. Mis visiones, incomprensibles y oscuras, se cerraban sobre mi temor con más fuerza que las rancias correas de cuero que inmovilizaban mis muñecas, que me oprimían el pecho hasta casi robarme la respiración, que me herían los tobillos en ese sórdido silencio de Bedlam que sólo llegaba con la puesta de sol. Ellos decían que mis pensamientos habían destruido mi mente, como larvas devorando el cadáver de la madre. Afirmaban que el agua helada sobre mi cabeza sería purificadora, apaciguaría el horror y limpiaría mis males. Únicamente reavivó mis anhelos de separación, y comencé a envidiar a esos dementes que ya no tenían que cargar con el peso de esta realidad. La celda en la que me recluían en St. George Fields era mi tumba de piedra, porque por más que hubiesen llevado a cabo reformas en el hospital mental londinense, respondía bastante más a mis ideas sobre las instituciones penitenciarias que sobre las sanitarias. Quien entraba aquí aquejado de locura, jamás salía. Los barrotes daban a la negrura del patio. La gotera me contaba el tiempo con diligencia, cada tres segundos. Piedras y tres segundos, piedras y tres segundos. Mi prisión. Y palabras más antiguas que los miedos de los hombres escritas en mi piel. Presagios de poder que cicatrizaban en mi carne.

Una noche en Bedlam y aquella lengua prehumana quedaba inscrita en mi cuerpo de nuevo, en los muslos, en los hombros, en los brazos, sobre la tripa o en el pecho, allí donde quedara espacio. La sangre reseca cubría las heridas al amanecer y los celadores acordaban con el director del centro un catre con correas para fijarme a un tortuoso sueño que nunca llegaba. Mis gritos sólo eran más gritos en un manicomio. Reflexionar sobre ellos sería como pensar en una minúscula perla carmesí dentro del torrente sanguíneo, sería pecar de inocencia. Eran gritos, pero no menos gritos que los de todos aquellos locos que me rodeaban, ahogándose la obscenidad de los unos en la desesperanza de los otros. Cuando llegué, anteayer, representaban los internos una obra de teatro en el patio. Las risas burlonas de los ciudadanos de bien sólo costaban un penique. El director había sugerido algo respecto del valor médico de recitar a Shakespeare. Los pacientes no lograban realizar más que una grotesca interpretación de sí mismos… los condenados, los desafortunados, los despojos. La gente se reía, yo me asusté.
Pasadas las primeras horas de mi inadaptación a toda esa violencia mental alguien se me acercó aunque en aquel momento, y debido al estremecimiento de ánimo ante el espectáculo que ofrecía el hospital psiquiátrico, sólo era capaz de percatarme de la realidad inmediata de una forma muy fragmentaria. Habría dado lo que fuera por que esa distorsión se hubiera mantenido inalterada desde entonces, en lugar de recuperar posteriormente la percepción normal, demasiado clara, incómodamente inequívoca. El hombre que vino a mí no llevaba uniforme de celador. Apenas sí tenía unos pantalones raídos por vestimenta. Su expresión era la de alguien cuyo rostro estaba permanentemente a punto de desencajarse; su mirada, espiral y ajena.
–A los papeles les gusta que les acaricien –me dijo–, por eso te devuelven la sonrisa, ¿entiendes? Si tomas una copa en Venus, tu caballo te soportará bien. Es importante, porque el viaje es largo. Pero no deberías olvidarte de los papeles, es decir… ellos no se olvidarían de ti. Se pegan como... como las pezuñas. Es importante.
Le separaron de mí. Ante aquellas palabras mi espanto no hizo sino crecer. Otros ojos se clavaron en mí. No se clavaron en los míos sino en mí entera, parecían desear algo sucio. No logré arrancar mi mirada de ellos, atenazada por el más frío de los miedos. Estaba convencida de que ansiaban violarme aquellos ojos. Nunca había estado segura con ese nivel de certeza de algo así –jamás me vi en una situación siquiera remotamente parecida–, pero en ese momento lo supe. Las piernas como colinas de aquel hombre comenzaron a correr hacia mí. A duras penas lograba contener su agresividad en la mirada. Dos vigilantes le derribaron al suelo y comenzaron a golpearlo hasta reducirlo. Después continuaron golpeándolo mientras lo arrastraban a un sótano donde iba a quedar confinado durante –le aseguraban– un mes. Creo que él no podía escucharles. Creo que ya estaba inconsciente cuando le arrojaron por las escaleras a la oscuridad. Se rompió más huesos.
Un hombre enjuto que, a juzgar por mis primeras impresiones, parecía más equilibrado que los demás –y debía serlo, porque los celadores le ignoraban con alegría– me dijo que para los custodios, nosotros no teníamos alma, que todos éramos lo mismo, como animales, que les había oído decirlo; luego me habló del determinismo y el destino. Me preguntó por qué estaba allí y yo se lo dije. Me miró como se mira a un perro moribundo y se fue.
Al final del primer día la ilusión de cordura que el manicomio ejerce entre los que están fuera de él me comenzaba a afectar. No obstante con el notable inconveniente de que yo estaba dentro, irremediablemente dentro. A la luz de esta nueva angustia pensé en el acérrimo determinista y me dio la sensación de ser un tipo bastante lúcido y de que, en consecuencia, no volvería a aproximarse a mí otra vez.
Atemorizada yo en el pasillo se topó conmigo un joven, Jake Thackeray. Nada más verme dijo que reconocía la curvilínea escritura que de forma involuntaria yo exhibía, que no era alfabética y que era una variante arcaica del siríaco casi perdida y apenas estudiada. Yo no entendía nada, ni sabía tampoco qué era el siríaco, si bien en ningún momento se me pasó por la mente que el espíritu humano hubiera podido engendrar aquellos trazos. Había algo en ellos que rozaba la irrealidad, la completa ausencia. El tal Thackeray me aseveró en varias ocasiones que para evitar nuevas cisuras, debía él dibujar unos garabatos en las paredes de mi habitación. Me pareció absurdo. Tanto como que una grafía desconocida sajara mi cuerpo al anochecer desde hacía ya siete días, de modo que una parte de mí, amoldada quizás a la terrible perspectiva de esos muros o quizás simplemente desesperada, creyó que tal vez podría funcionar. Después de aquella conversación comencé a considerar seriamente la posibilidad de no estar sana. Comencé a pensar que quizás lo que resultaba ser de hecho mi enfermedad se estaba agravando y que la esencia de mi alma se desgajaba a marchas forzadas arrastrada por un artilugio impulsado por mi más primitivo pavor. Pero no podía ser, pues, ¿no veía Jake al igual que yo mis heridas? ¿No las veían todos?
Ayer, al inicio del segundo día –yo había llegado la tarde anterior–, me arranqué de mi propio sueño tirando de mí. Era como si estuviese yo unida a él mediante una infinidad de diminutos enclaves tejidos entre sí en el interior de mi cabeza. Cada uno de ellos temblaba y punzaba bajo la presión que los separaba del despertar. Y la vigilia me encontró entre alaridos al alba. Al instante sentí otro dolor, más vívido e indeciblemente más intenso. Conseguí abrir los ojos para notar cómo aquellos símbolos se abrían en mi carne. Veía mis propias manos, las abría y las cerraba, para cerciorarme de que no se me estaban ellas hincando en la piel al tiempo que seguía aullando de dolor mientras la sangre escapaba, esta vez manando a borbotones. Lloré. Lloré mucho. Durante las horas de sol me aislaron en mi habitación para evitar que los demás pacientes tuvieran cualquier contacto conmigo tras darme unas pobres curas. ¿Pero con qué instrumento podía yo haberme hecho eso? En todo caso era plenamente consciente de que no era yo quien me causaba esas lesiones. Era plenamente consciente, sí, estaba segura de que yo no podía… que yo…
La noche volvió inevitable a mi mazmorra de piedra negra, iluminaba tan sólo por la débil luz de las lámparas que aún no se habían apagado, que se colaban en mi celda desde el pasillo. Fue entonces cuando me ataron mientras me revolvía para evitarlo. Me inmovilizaron. Y yo grité.
Pero ahora había cansancio en mí. Cansancio y nada más. Anhelaba que el nebuloso ímpetu que movía toda esta situación extrema terminara retirando mi alma de este escenario sin aplausos. Así no padecería el sufrimiento de las garras invisibles que iban a llegar para usar mi carne como si fuera un lienzo de lo macabro. Y súbitamente se presentó un pensamiento en mi cabeza, también teñido de inquietud, ¿y si aquella noche no ocurría nada? ¿Y si eso, lo que fuera que fuese el escritor, decidía no utilizarme aquella séptima noche de las letras? ¿No me tomarían definitivamente por loca entonces? De tal modo que otro temor surgía en mí, retorcido, trastornado y renovado. Evidentemente la razón comenzaba a hacérseme esquiva y pese a mis sentimientos encontrados, descubrí que en el fondo aún deseaba más aferrarme a ella que evitarme el dolor de esos símbolos inexorables. Mi sistema nervioso se estaba desmoronando ante un abismo de terror puro. Sin embargo la extenuación pudo finalmente con mi expectación y me cerró dulce los ojos.
Se oía un ruido estridente, como de unas llaves rasgando una cerradura, laceraba los tímpanos. Era constante, casi armónico y se repetía a intervalos regulares junto con un sonido ronco y agrietado, inhumano, entrando y saliendo de la realidad, quebrando un silencio que, incluso cuando era, parecía no ser. Era la música del óxido, el himno de la depravación. Jake Thackeray se movía entre las sombras de un vacío húmedo de luz mortecina. Estaba claro que hacía mucho que había perdido el juicio, que los arameos nunca habían escrito nada parecido a lo que fuera que marcaba mi cuerpo. Pero él estaba lleno de seguridad, sabía algo que ocultaba con arrogancia… Se detenía y pese a su estatismo sus pasos seguían sonando allí, como zapatos caros pisando baldosas pulidas. Aquel sonido subía de volumen hasta fundirse en el agudo dolor de mis oídos al otro lado de la locura. Algo informe, anterior a la especie humana, tomaba el lugar que debía haber ocupado el mundo y me observaba esta noche, a través de mis sueños.
Abrí los ojos.
Jake Thackeray estaba escribiendo un complejo sistema de símbolos en las paredes de mi habitación, como una cenefa, con tiza blanca. Giró el cuello para devolverme la mirada que yo le lanzaba. Parecía asustado.
Yo estaba atada, sé que debía sentirme impotente. Y aunque no sentía una especial confianza por aquel joven que se había colado en mi mazmorra particular, no me sentía vulnerable. Y notaba claramente cómo esta última sensación era completamente antinatural, como si hubiera sido inducida por alguna sustancia química de la que nunca había oído hablar. Con todo tenía la certeza de no haber ingerido droga o medicamento alguno. La gotera seguía impasible contando el tiempo cada tres segundos. El miedo del muchacho llenaba aquel cuartucho.
De pronto mis labios se movieron, mi lengua se onduló, mi garganta vibró y mi voz escapó indiferente a los deseos que no tenía:
–La puerta, la llave.
Jake se contorsionó y crujió en medio de una fuerte convulsión y comenzó a chillar con toda la potencia de que sus pulmones disponían mientras su torso se desgarraba y se abría. ¿Acaso estaba haciendo yo eso? Más letras se escribían en mi cuerpo, entre mis piernas, en mi espalda, en mis pies, en el dorso de mis manos, pero ya no dolían. La sangre del muchacho cubrió sus dibujos, salpicó las paredes, me salpicó a mí. Estaba caliente y hedía. Sus gritos habían cesado. Sus órganos internos, no tan brillantes y no tan rosados debido al humo de la ciudad, caían al suelo como ropa mojada. La poesía de su cuerpo chocando contra las losas de piedra me era indescriptible. Tan sólo podía contemplar la belleza perfecta de la realidad manifestándose sin un solo juicio. No podía apartar la vista de esa masa sanguinolenta en la que se estaba convirtiendo. Lo miraba todo en un silencio solemne, como un recién nacido, cubierta de rojo y muy atenta, absorbiendo cada detalle que se llenaba en mis ojos, aprendiendo de ello con sumo interés, casi ilusionada mientras su carne se separaba. Entendía los dibujos más allá de la sangre. Estas correas no significaban nada, estas piedras, estos barrotes de acero, no eran nada. Nada que yo no pudiera despedazar. ¿Los humanos? Yo era un ente mucho más antiguo que cualquier cosa que un frágil mortal pudiera siquiera concebir. Eras perdidas se extendían en la infinitud del espacio ante mí. Por fin entendía quién era.
La destrucción.
–La puerta, la llave.
Comencé a reír sin control.