¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 13 de marzo de 2012

A veces


A mi padre, sin rencores.

A veces:

           A veces nos equivocamos, a veces tratamos mal a las personas que tenemos cerca, a veces decimos cosas que no sentimos por padecer odio, a veces juzgamos a los demás, a veces queremos buscar culpables, a veces nos sentimos solos y abandonados, a veces nos tratamos mal a nosotros mismos.
              A veces sufrimos.
            A veces tenemos que aprender a perdonarnos, a veces conviene tratar de ver las cosas con perspectiva, a veces conviene hacer un esfuerzo por cambiarnos a nosotros mismos aunque cuando cambiemos nos demos cuenta de que nunca hubo cambio y de que sólo se trataba de la más simple aceptación sin esfuerzo.
             A veces observamos el cielo sobre nuestras cabezas y entendemos que todo es como debe ser, a veces nos insultan y nosotros seguimos nuestro camino pensando en el dolor ajeno y en el propio que ya no está. A veces echamos la vista atrás y comprobamos cuánto hemos aprendido, cuánto hemos madurado y cómo los sentimientos negativos poco a poco –y aunque tengamos recaídas- dejan de hacer mella en nuestro espíritu. A veces necesitamos ayuda para cambiar pero los males desaparecen cuando efectivamente cambiamos.
            A veces dudamos sin saber a dónde dirigirnos vagando perdidos por el mundo de nuestra mente, a veces necesitamos apoyo y se nos da. A veces nos engañamos a nosotros mismos para sobrevivir y eso en poco se parece a vivir. A veces culpamos a los demás por nuestro universo y nuestros padecimientos, a veces no somos capaces de perdonar y entonces dejamos de ser capaces de aprender. A veces nos quedamos atascados y nos vamos alejando de la realidad, luchando porque ésta se amolde a nuestra mente y no porque nuestra mente se amolde a ella. A veces tratamos de poseer el mundo en la más vana ilusión de control, avasallando a los demás en agonía. A veces nos ahogamos en un vaso de ginebra y huimos de los problemas, a veces nuestros elocuentes discursos se quedan en promesas vacías, a veces nos olvidamos de nuestras responsabilidades y a veces somos olvidados por nuestros propios hijos.
            Ni siquiera tienes tumba, ¿no es así?
            No es que te merezcas un epitafio.
            Siempre pudiste elegir cómo vivir tu vida y elegiste el sufrimiento y la cobardía.
            Pero a cada paso que diste hacia atrás, yo di uno hacia adelante.
Sí me enseñaste algo, papá.
Me enseñaste a no ser como tú, a no odiar ni a esconderme, a comprender que no existe la gente mala, aunque me ha costado, lo reconozco.
Gracias por ser un mal ejemplo.
No seguiré tu camino.
Y hoy…
Hoy yo mismo te entierro con mis propias manos.

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sábado, 10 de marzo de 2012

Ragnarok

A Guille y su pasión por los zombis.

Ragnarok:

            El golpe en la cabeza dolía, se sentía a sí mismo frío, sobre la nieve húmeda. Los copos caían sobre él, dando vueltas, arremolinándose arrastrados por el viento, junto con la ceniza. Percibía el olor acre del humo, quizás no muy lejano. Era todo dolor.
Intentó incorporarse, pero el mundo daba vueltas. Vio una figura tambaleándose y su cabeza dejó el dolor suspendido en una burbuja de emoción pura. Se centró. El mundo se aproximó levemente a su lugar natural regalándole cierto equilibrio, él en correspondencia se apoyó con los brazos en el suelo, incorporándose con esfuerzo, y consiguió erguirse.
No obstante el mundo, que se había acercado tímidamente al principio, de repente irrumpía en su conciencia presentándole toda clase de grotescas imágenes y Nóvgorod se consumía en las implacables llamas de una pesadilla que no podía ser. Unos muertos, cerca de él, devoraban sin solemnidad el cadáver de un sacerdote cristiano crucificado mientras él se volvía confundido hacia ellos y los observaba, luchando por comprender qué estaba ocurriendo.
Escuchaba innumerables gritos. Gritos de terror, de socorro y de dolor que rasgaban el viento.
Sus ojos, que habían visto ya nueve inviernos, nunca reflejaron uno como aquel.
¿Qué hacía Velés en aquellos momentos? Recordaba correr, aunque no recordaba haber caído. Recordaba huir de ellos. Bendito cristiano aquél por el cual se habían tomado tantas molestias los habitantes de la ciudad, que había hecho vacilar la atención de los muertos que caminaban, porque moría en su lugar.
Un pensamiento cruzó su cabeza repentinamente, un pensamiento que le advertía de que aquél no era momento para pensar. Tenía que salir de la ciudad.
Giraba la cabeza y veía cómo un grupo de cinco de aquellas criaturas acorralaban a una madre que llevaba a su bebé en brazos sofocando el agudo llanto del hijo y poniendo fin a los ruegos a los dioses de la madre. Volvía la vista a causa del espanto y veía innumerables cadáveres sobre la nieve, algunos de ellos levantándose tras la muerte. Uno le aterrorizó particularmente: se arrastraba pesadamente sobre su torso cercenado, tirando a duras penas de sus tripas sanguinolentas, dejando un rastro oscuro tras de sí, estirando unos brazos hambrientos en un gesto desesperado por acortar distancias con respecto a los vivos. Retiraba espantado de allí sus ojos y éstos se posaban involuntariamente sobre un anciano que huía apoyándose en su bastón, consciente de que su lento caminar no le ofrecía ninguna posibilidad de escapar de los brazos de la muerte que se cernían poderosamente sobre él para arrancarle la piel de la mejilla de un mordisco. Y después del torso, de los brazos y las piernas al tiempo que llegaban con rapidez más de aquellos cuerpos sin vida y se aglutinaban en torno a él, lanzándose como una jauría de lobos sobre su presa, un hombre que aún trataba de revolverse, apagando sus ya débiles e inútiles súplicas.
Y el miedo tomaba su cuerpo y aferraba su mente con cadenas forjadas a través del sufrimiento, eslabones de terror aprisionaban su espíritu apresándolo sin encontrar resistencia, resonando con un espanto que se asentaba, paralizándole hasta tal punto que no podía más que llorar, acuclillado, a punto de arrojarse al suelo.
Impotente, cerró los ojos para escapar de aquel tormento, en un gesto que sabía baldío, y, pese a sus denodados esfuerzos, en su lugar sus oídos se llenaron del sonido de la tortura y el terror, su boca saboreó la condenación del mundo y la piel que le cubría sintió el gélido viento que llevaba la destrucción.
Súbitamente, en medio del horror, unos brazos le aferraron con fuerza las sienes.
Y chilló hasta que una voz femenina le contuvo en un equilibrio inestable, desbordada por una inquietud rayana en la angustia:
–¡Niño, ¿cómo salir de la ciudad?! –demandó con uno de los acentos de las tierras lejanas  del norte–. ¡¿Tú… sabes?! ¡Rápido, rápido! –vio unos agitados ojos verdes que exigían una respuesta inmediata y un cuerpo envuelto en pieles y anillas de acero.
Los gritos provenían de todas direcciones, mirase a donde mirase ellos estaban allí, corriendo por las calles, inagotables, entre las innumerables casas de madera.
Él, en respuesta, comenzó a moverse en dirección al muelle, sólo tenía en mente los drakkars.
–¡Nadie hay allí! ¡Yo soy varega! ¡Yo sé! ¡La muerte está allí y vuestro kremlin es fuego!
Él la cogió del brazo. Y rezó a Perún para que las puertas de la ciudad no hubieran sido cerradas.
O, al menos, no todas.
El sol parecía sangrar a lo lejos, allí donde no había nubes, pero había más motivos aparte de una noche que pronto se presentaría ante ellos para cerrar las puertas.
Una espada bañada en sangre coagulada inquiría por un camino seguro entre varias direcciones. Él escogió inmediatamente una de ellas, dispuesto a internarse entre los callejones del barrio de los carpinteros en el cual, de hecho, se encontraban.
Notó el tirón de unos dedos que se cerraban sobre su hombro a punto de derribarle al suelo, de los que emanaba un dolor punzante que le bajaba por el brazo.
Ella decía “no” con la mirada, “no” con la cabeza. Envainó. Paciente, juntaba las manos hasta dejar una estrecha rendija de espacio entre ellas como explicación. Él, aturdido aún, tardó unos segundos en entenderlo.  Ella se irguió, y ahora, con su torso a la altura de la mirada del chico, avanzó mientras él se giraba sobre sus talones. A juzgar por la sangre que cubría a la extraña joven, ella también sabía ya que aquellos que se levantaban de entre los muertos no conocían el cansancio. Y que no era fácil darles muerte definitiva. Una vez él se hubo dado la vuelta vio a uno de ellos que corría hacia donde se encontraban. Y vio a la extranjera ejecutando veloces y precisos movimientos.
Ella le dio la espalda al chico, cubriendo el espacio que había entre el muerto y el vivo.
Su mano buscó instintivamente la empuñadura de su espada.
Su espada buscó instintivamente a aquel cadáver andante que la contemplaba con ojos vacíos y estiraba los brazos hacia ella y, en un impacto que sonó como un chasquido sordo, quebró su cráneo.
El cuerpo cayó sobre la nieve en un crujido blanco y rojo.
–¿Cómo te llamas? –inquirió la extranjera.
–Aleksandr… –pareció dudar, quizás debido a la impresión del momento que ni siquiera le permitía darse cuenta del miedo que tenía–. Sasha –se decidió. Ella cerró en su menudo puño una daga que llevaba en una pequeña vaina atada al cinto, asegurándose de que la otra que llevaba en la caña de su bota aún seguía ahí.
–Ten –dijo. Echó a andar a paso ligero, ordenándole a cada pisada que lo siguiera de cerca y terminó por decantarse a favor del callejón que el chico le había señalado: ¿para qué preguntarle primero e ignorarle después? Había sido asombrosamente rápido al elegir, de modo que debía conocer el lugar perfectamente. Y probablemente él tampoco deseaba prolongar la vida de los muertos a costa de la suya propia.
Se movían deprisa. Los alaridos esta vez quedaban ensordecidos por la madera o, en ocasiones el crepitar de las llamas cercanas, sólo una vez les arrollaron con la potencia de la desesperación final al pasar junto a un umbral ensombrecido, obligándose ambos a no comprobar con la mirada qué ocurría dentro. Ella a veces derribaba o golpeaba o decapitaba a uno de ellos. No deseaba quedarse quieta, temía que entre aquellas callejas se agruparan esos demonios y les cerraran el paso. Pero tras girar unas pocas esquinas se encontraron en una calle reconfortablemente ancha.
Una buhonera trataba de recoger sus bártulos a escasos metros de ellos, seleccionándolos cuidadosamente y metiéndolos en una bolsa. Se tomaba su tiempo, pese a los últimos acontecimientos, y aquellos artículos que no le eran de utilidad comercial se los arrojaba a un grupo de tres muertos casi deshechos, con apenas harapos y tan podridos que eran incapaces de correr. Se acercaban a ella tambaleándose en pugna por coordinar su avidez de carne humana, aún a una distancia de veinte metros. Sasha, al tiempo que juzgaba que la señora no tenía mucha puntería, reconoció a Natasha Fiódorovna en aquella comerciante.
Los gritos alrededor se le incrustaban más allá de oídos, no creía que nunca jamás lograra hacerlos salir de ahí.
–Escape de aquí, Natasha Fiódorovna –le apremió el joven luchando por concentrarse.
–¿Adónde, pequeño Aleksandr Iúrievich?
–No lo sé, pero muévase.
–¿Y adónde vais vosotros?
–Pues a donde sea.
–¿Y se puede vender allí? No lo creo –afirmó obstinada.
–Señora –intervino la extranjera–, puede usted morir –tras aquellas palabras se puso en marcha de nuevo dando cuenta de aquellos tres muertos. Mientras, los copos caían sobre ella y una ráfaga de humo perdida pasaba de largo.
–Ya, ya, aunque más me preocupa a mí andar después de eso –la extranjera no parecía haber entendido todas las palabras de Natasha, quizás hablaba demasiado rápido o quizás su atención se estaba centrando más bien en comenzar a caminar–. Bueno, ¿queréis algo o sólo vais a mirar? –inquirió la buhonera tirando despreocupada los últimos productos al suelo tras evaluar el posible grado de interés de sus potenciales clientes en ellos.
–Escúcheme, Natasha Fiódorovna –siguió Sasha–, los demonios son muy peligrosos. Yo me marcho, ya le he advertido. Ah, y deles en la cabeza con algo que pinche o que sea muy fuerte. Así se mueren –el pequeño movió rápidamente las piernas para ponerse a la altura de la extranjera.
–¿Cómo? ¿Pero no están muertos ya? –se oyó tras ellos.
La varega se encontraba exhausta, había matado a unos cuantos, el viento frío del invierno les azotaba robándoles energía y su espada debía de ser muy pesada. No obstante también parecía la extranjera recuperarse con rapidez. El vaho iba saliendo de entre sus labios con más calma a medida que se aproximaban a una de las puertas de la ciudad, afortunadamente abiertas y ella iba recobrando el aliento. Vio a algunos hombres corriendo por los adarves de la muralla, guardias que parecían estar huyendo aterrorizados de todo aquello y a otros que no podían apenas reaccionar.
La extranjera los observó, mientras no cerraran las puertas los demonios podrían escapar, sí, si bien ellos también.
Los gritos lo inundaban todo.
Sasha creía que iba a morir ahogado en ellos.
Y es que no eran los únicos que habían tenido la misma idea: las puertas, aunque abiertas, no podían dar cuenta de toda la marea de gente que intentaba salir de la ciudad y la lentitud con la que se desarrollaban los acontecimientos no acaba de agradar a la vikinga. Por otra parte los muertos también se habían acumulado allí para disfrutar de la congregación.
La extranjera meditó acerca de que tal vez tenía que haberle preguntado al chico por la puerta principal, presumiblemente más grande, pero no quería ni pensar cómo estaría la situación de ser así tras hacer un simple cálculo mental. Y además tampoco estaba muy segura de cómo se diría aquello en el idioma de los eslavos, aunque enseguida se le ocurrió cómo hacerlo. Desafortunadamente no había podido reunirse con el resto del grupo de mercaderes vikingos cuando se inició el ataque, y cuando logró llegar a los muelles la mayoría de barcos habían desaparecido y los pocos que quedaban eran pasto de las llamas o habían sido abandonados. No había sido la única norteña que se había quedado en tierra, pero por lo que ella sabía, era la única que aún estaba viva. Sin embargo no era desafortunada del todo, por alguna razón le había preguntado, desesperada y sin un ápice de razón, a un niño llamado Sasha el cual probablemente había salvado su vida –la vida de ambos– guiándola hasta allí.
En cualquier caso ella iba a salir. E iba a salir con su pequeño salvador.
Tomó su mano.
No importaba qué o quién se le pusiera por delante.
–¡Jeg er Fenja Gjukisdatter! –exclamó al cielo, espada en ristre, para invocar al dios de los viajeros, al Padre de Todo–. ¡Og vi skal komme til Uppsala eller til Åsgard! ¡Det avhenger av deg, Allfader! ¡Derfor, Odin, hjelp oss!*
Entre vivos y muertos había de abrirse paso.
Y tal vez durante tres inviernos seguidos.





* “¡Yo soy Fenia Giukisdatter! ¡Y vamos a Uppsala o a Asgard! ¡Depende de ti, Padre de Todo! ¡Así que, Odín, ayúdanos!”

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Capitalismo afectivo


Capitalismo afectivo:

–Te propongo –comenzó él– una relación de sexo sin compromisos, de follamigos. Ya somos amigos, ¿verdad? Sencillamente echamos un polvo de vez en cuando y punto, sin sentimientos ni resentimientos, ¿qué te parece?
Su amiga sonrió intentando disimular el ligero temblor que recorría su cuerpo, que le llenaba de felicidad y que hacía palpitar su pecho rebosante de alegría pura. Estaba ilusionada. Ambos sabían que ella estaba enamorada y ella veía en aquella situación una ventaja potencial: quizás podría conquistarle, y si no, al menos disfrutaría de él. Como poco gozaría más de lo que podía hacer como mera amiga. Y ella deseaba con todo su corazón tener una relación con él… una relación… la que fuera, pero que no se limitara a la de sencilla amistad sin garantía alguna, sin apenas caricias, sin ese calor...
            Él contemplaba el asunto como un acuerdo beneficioso. Eran amigos sí, ¿pero acaso tenía que preocuparse él por sus sentimientos? Es decir, ¿no era mayorcita a sus veintiún años ella como para saber lo que se hacía? Por otro lado ella no podría reprocharle nada si jugaba con las cartas por encima de la mesa.
Sus sentimientos eran cosa suya, él sólo era su amigo, ¿qué daño podía hacer? Además ella también quería y consentía.
La gente que opinaba que un amigo, sólo por el hecho de ser un amigo, merecía una atención especial ignoraba el hecho de que cada persona es libre de elegir su camino y éste siempre había sido un punto de crucial relevancia.
Ella, por supuesto, iba a sufrir, tanto que quizás algún día pensara que un amigo jamás debería haberse aprovechado de su evidentemente privilegiada posición para obtener sexo a cambio, bueno, ni sexo ni nada. Tal vez llegara a pensar que eso no había sido amistad sino mercantilismo y que no había habido respeto alguno, que sólo la había estaba usando y que las personas no tenían demasiado valor real para él. Quizás llegara a pensar que aquel comportamiento era ruin y mezquino, propio de alguien sin escrúpulos, de alguien que en definitiva no podía ser una buena persona.
Que eso nunca fue un amigo.
Tal vez.
Para no forzarse a ver su grado de responsabilidad siempre era conveniente juzgar a los demás con la severidad con la que no se miraría a sí misma.
Quizás, por el contrario, podría amilanarse y acostumbrarse al dolor, con una pequeña retribución periódica, suficiente para aguantar a ratos el sufrimiento de un amor no correspondido, de una amistad vacía. Tal vez soportara años, hasta que, o bien encontrara él a otra persona, o bien encontrara ella una salida basada en una fuerza de voluntad de la que, desgraciadamente, en aquellos momentos carecía. El amor le robaba la percepción y ella no se quería lo suficiente como para querer entender la realidad.
Él opinaba que sin duda lo pasarían bien juntos, ¿y acaso no era eso la amistad, compartir buenos ratos el uno con el otro, sin preocuparse por lo que pudiera pasar? Tenía ganas de gozar de ella, aunque sabía perfectamente que jamás la amaría. Ella le caía bien, pero no le gustaba en absoluto, no más de lo estrictamente necesario para tener sexo con ella, en definitiva.
Y lo cierto es que, independientemente de las reflexiones en las que cada uno se ocupaba, la realidad no cambió.
–Me parece bien –contestó finalmente.
El ser humano se convirtió en algo un poco más frívolo en toda su miserable grandeza y egoísmo.
No obstante este contrato cumple con todos los requisitos y estatutos legales.
Firmado por un corazón lleno y otro corazón vacío.
Dos víctimas del sistema.

Las aventuras de Gúsenitsa

Para los que flipan con Finn y Jake.

Las aventuras de Gúsenitsa:

            En la tierra Bizcoché llovía chocolate caliente. Eso le fastidiaba a todo el mundo porque los edificios en general estaban hechos de galleta o, tratándose de gentes de clase alta, de azúcar.
Entretanto en Tranquilandia…

            –Jo, Marta –comenzó a decir él preocupado–, yo no quiero que te vayas a rescatar a la Princesa Masajeador-Craneal. Tendrás que enfrentarte al Dragón de Obsidiana y dicen que es muy peligroso y eso.
            –Tienes que amarme en la libertad, Kerala. No te preocupes, que yo volveré de una pieza.
            –¿Y qué hay de la convención social según la cual el caballero que rescata a la princesa ha de casarse con ella?
           –Bueno, he oído que a la princesa no le gustan las chicas como yo. Bueno, ni tampoco las que no son como yo. Además, yo hago esto por un único motivo: me apetece –aseguró sonriendo.
            –¿Pero y si entonces hay alguna cláusula extraña que me obliga a mí a casarme con ella o con el dragón? ¿Y si tengo que plancharles la ropa? ¡Odio planchar!
            –Kerala, todos odiamos planchar, pero deja de quejarte y deja de tener miedo, tío. De verdad que te quiero, pero estás un poco loco. Además la torre está ahí.
            –¡Hola! –Saludó desde la ventana de la torre la Princesa Masajeador-Craneal dejando escapar una de sus patas por entre los barrotes de hierro.
            –Bueno, ¿y cómo vas a entrar? –quiso saber Kerala no sin cierta impaciencia–. Porque sólo hay una puerta y el Dragón de Obsidiana –aseveró al tiempo que señalaba a la roca de tres metros– es su temible guardián.
            El Dragón de Obsidiana en respuesta permaneció impasible donde se encontraba.
            –¡Hala! ¡Es como un pisapapeles muy grande! –comentó asombrada Gúsenitsa, la risueña oruguita que Marta la guerrera llevaba casi siempre al hombro–. Quizás podríamos invocar el poder de la lluvia y dejar que la piedra de la torre y del dragón se erosionaran gradualmente, aunque, no sé… llevaría tiempo y la vida media de una oruga de mi especie creo que son unas tres semanas aprox.
            –No… –se negó Marta sumida en una profunda reflexión–. Tendríamos que hablar con Gran Happ y le tengo que devolver los pantalones que ahora mismo está llevando Kerala, sería raro y tal.
–Bueno, esto… yo me voy antes de que cambies de idea –se despidió Kerala.
–En fin, Gúsenitsa, yo diría que podríamos intentar moverlo o algo.
–¡Pues vale!
Gúsenitsa descendió hasta el suelo deslizándose enérgicamente, Marta contó hasta tres y empujaron con todas sus fuerzas.
No obtuvieron resultados positivos, pero se cansaron mucho.
–Uff… esto no sirve para nada, tú –afirmó Marta hastiada–. ¿Y sí le decimos que se aparte? Eh, Dragón de Obsidiana, ¿podrías apartarte un poco, por favor?
Ante su esperanzada expectativa, el dragón exhibió una pétrea y remarcadamente inamovible obstinación.
–Gusénitsa, ¿puedes hacer algo?
–Sí, se me está ocurriendo que la piedra es muy dura y no puedo atravesarla y el dragón apoyado en la puerta impide abrirla, pero creo que si en vez de horadar la piedra o empujarla intentase colarme entre las letras, sería más fácil, creo, no lo sé, la verdad es que lo intenté una vez y pasé encerrada dos semanas entre ellas y no recuerdo cómo hice para escapar. En fin… tú espera y a ver qué sale.
–Oye, pero si puedes ver el mundo en letras… ¡¿qué pasa con el suelo, la gravedad, la física y esas mierdas?! –le gritó a Gúsenitsa mientras ésta desaparecía en otro plano.
“Bueno, tengo una página entera para moverme, pero mientras siga pensando, aparecerán nuevas letras… y yo tengo que llegar hasta la puerta”. La descripción de su avance entre los pequeños espacios abiertos que dejaban las letras sólo suponía un obstáculo provisional hasta alcanzar su objetivo. O tal vez no… se encontraba en un mundo paradójico en el que cualquier tentativa de moverse únicamente la retrasaría más y más porque, como ustedes pueden leer, había más entes que podían decidir el destino de la arrojada Gúsenitsa, no obstante ella, decidió aceptarlo sin resignación, dándose cuenta de que sólo la paradoja podría guiarla a través de la paradoja.
Y dejó de intentar hacer nada sin intentar dejar de intentar, claro.
Y apareció al otro lado de la puerta.
–He aprendido, no está mal –se dijo a sí misma, orgullosa, aunque sabía que no había sido ella quien había llegado de un sitio a otro.
Marta, que estaba tumbada tomando el sol, escuchó el sonido de unos goznes cediendo pesadamente.
–¿Puedes pasar por este hueco? –inquirió su oruguita.
–Creo que sí. Oye, ¿cómo has abierto la puerta?
Marta se arrastró entre las rocas y se encontró en una habitación oscura. Repentinamente se iluminaron unas luces fosforescentes, tras unos breves parpadeos, como si tuvieran un sensor de movimiento incorporado. Se hallaban Marta y Gúsenitsa en una sala circular –en este sentido iba acorde con la forma externa de la torre– pero era bastante más grande y espaciosa de lo que uno podría haber calculado o imaginado desde fuera. Por dentro era de mármol blanco lo cual hacía resaltar la iluminación. Aparte de eso, lo único que había en la habitación era una escala de madera por la que las aventureras no tardaron en ascender.
Al llegar al piso de arriba vieron a un monstruo que custodiaba lo que esperaban que fuera la última sección de escaleras en la torre. Era un bicho sonriente de color amarillo, con tres ojos y traje de ejecutivo.
–¿Creéis que podéis entrar en la Torre del Exilio, así, por las buenas?– Inquirió el monstruo.
–Sí– respondieron al unísono ambas alegremente.
–De hecho… la verdad es que llevamos dentro un rato –le aseguró Marta –. Por cierto, el nombre mola un montón, “Torre del Exilio”, es muy épico, ¿no? Nosotras siempre la habíamos llamado “La-torre-esa-en-la-que-está-encerrada-la-Princesa-Masajeador-Craneal-desde-hace-unos-diez-minutos”, supongo que no suena tan cañero.
–¡Silencio! ¡Os halláis ante el Guardián del Calabozo!
–Fíjate, y todo con mayúsculas –musitó Gúsenitsa.
–Debe de ser un tío importante –le respondió a su vez Marta en un susurro.
–¡Tenéis que vencerme para entrar!
–¡Eso está hecho! –exclamó Marta ya con su hacha a dos manos en ristre–. Te presento a Retroalimentación, la llamo así porque impresiona tanto que invierte el sentido natural en que el esfínter procesa el material, algo que a juzgar por tu expresión de incredulidad luchando contra la realidad, acabas de comprobar.
–Te dije que la llamaras Comegayumbos– le reprochó Gúsenitsa–. Pero, no, porque “es demasiado gráfico, se le podría ocurrir a un mono y quiero que mis enemigos sepan que yo sé qué significa retroalimentación aunque ellos no sepan lo que significa”, pero, ¿sabes qué? ¡No creo que signifique lo que tú crees que significa! –le espetó enfurruñada, dándose la vuelta sobre el hombro de su amiga.
–Bien, esto… –el Guardián del Calabozo parecía estar buscando las palabras adecuadas –antes de que me despedaces con esa cosa… yo…
–Se llama Retroalimentación, Guardián del Calabozo –le recordó con paciencia y una sonrisa Marta.
–En fin… antes de que me despedaces con esa cosa, prefiero hacer un trato: ¿Qué tal si lo dejamos en una adivinanza y si averiguas la respuesta, te abro la puerta y si no, no me matas ni abres la puerta?
–¡Por mi bien!– respondió Marta despreocupada.
–A mí todo esto me parece un poco friki, ¿sabes? –comentó su oruguita.
–Bien, ahí va la adivinanza –anunció el guardián con cierta pompa–. ¿Por qué un hombre de gran fuerza es incapaz de mover sus brazos?
–Esto… ¿Podemos discutirlo entre las dos antes de responder?
–Sin problemas –respondió el Guardián del Calabozo.
Dieron unos pocos pasos a fin de alejarse de él.
–Vale, tú, ésta me la sé, yo creo que la respuesta es azafrán –dijo Gúsenitsa absolutamente convencida.
–¡Oye, qué buena! –admitió Marta–. Pero, ¿y si resulta que es porque, teniendo en cuenta el argumento contra la causalidad basado en la crítica del razonamiento inductivo, no hay experiencia alguna de que la volición pueda causar un efecto tal y que no hay forma de separar en última instancia el sujeto que se mueve, del moverse y la parte movida, y de la intención de moverse porque todo es una misma cosa y, total, que para qué íbamos nosotras a complicarnos tanto?
–Pues también es buena –concluyó la oruga.
Se volvieron al guardián y Gúsenitsa dijo:
–La respuesta es uno o vacío… o algo así. Bueno, no hay respuesta o hay no–respuesta o… ¡¿Pero cómo va alguien a levantar sus brazos?!
El Guardián del Calabozo asintió, pretendiendo en vano disimular su obvia frustración con una sonrisa poco convincente.
–En, fin –comenzó a decir con aire derrotista–, aquí está la llave, sacadla un poco de la cerradura antes de girar que es una copia y no va muy bien, ¿de acuerdo?
–Entendido. Te la bajamos en un momento, tronco –repuso Marta.
Subieron hasta la celda de la Princesa Masajeador-Craneal, envidiablemente amueblada, y se arrodillaron ante ella.
–Princesa, os hemos rescatado para pasar el rato –afirmó no sin cierta suficiencia Marta, aún arrodillada ante la princesa– pero habéis de saber que creemos Gúsenitsa y yo que podríais haber saltado por entre los barrotes, que cabéis perfectamente, y, además, que al caer sobre la hierba no os habría pasado nada. Hala, vámonos, que le tengo que devolver la llave al guardián.

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Fuego


A Candela. Te deseo lo mejor posible en tu camino.

Fuego:


Eres la llama que contiene el fuego todo, eres el incendio que contiene el mundo… De ese fuego procede tu nombre, que, por supuesto, también es fuego sin significado.
¿Será cierto lo que dicen, que donde tú estuviste siempre quedan brasas?
Baila ante mí, escucha mi plegaria. Baila en una danza tan secreta que parece no moverse, que sin duda alguna es eterna.
Te preguntas qué bellezas miro más allá de tus ojos: son tus ojos.
Te preguntas qué maravillas veo más allá de ti: eres sencillamente tú.
Las llamas que fluyen por tu piel, nacen a la vez desde mi pecho deslizándose en suaves olas que van llegando hasta nuestras extremidades abrazándolas en su calor para atravesar después esa quimera que es la frontera del cuerpo y darle un regalo a esa parte de los mortales que ellos llaman “mundo”.
Cálidamente naces y mueres, al igual que el ígneo elemento destructor y creador, a cada instante; a cada instante te contemplo y lloro.
Porque cuando te miro, sólo perdura la belleza sin nombre.
Quien tratara de retenerte sería un necio, ignorante de tu verdadera naturaleza. Quien tratara de poseerte, ardería. Yo sólo puedo amarte y así, fundiéndome contigo, me quemo en tu presente.
Pero en realidad ya te has ido. Es más, nunca me conociste, pasión, y yo me quedé con ganas de descubrir la verdad de tu nombre.
Cierto: mis miedos y los tuyos jugaron juntos durante largo tiempo, engañándose. Cuando comprendí que nunca habían existido fue tarde, pero eso nunca impidió que el incendio se avivara. ¿En qué lugar? No lo sé.
Y no obstante reverencio tus misterios.
Escribo, por una vez, para recordar esas líneas que cayeron en el olvido, que por no poder tomar nota cuando se convirtieron en mundo no escriben tu nombre.
Lo que siento soy incapaz de reducirlo a palabras, parece tosco: demasiado difícil y demasiado fácil al tiempo.
Te amo.
No tienes por qué hacer nada.
Yo no entiendo nada.