¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 25 de diciembre de 2012

Lo más llevadero



Lo más llevadero:

Se oyó a sí mismo lejano, cayendo contra el suelo en una calle nocturna y vacía de ojos.
Ella comenzó a pegarle tras haberle derribado.
Él dejó de ser un rato, dejó de existir un ratito. Fue nadie, él fue nadie un momento.
Y esperó y esperó, notando cómo los segundos le torturaban, implorando algo parecido a la absoluta inconsciencia o al menos a una anestesia que nunca acudía a su alma pese a sus ruegos. Si no era nadie, ¿por qué sentía los golpes de su amada sobre él, arrancándole cada uno de ellos un pedazo de lo que le pudiera quedar de autoestima?
Se cubría la cara de miedo, de vergüenza.
Ella llorando de rabia le insultaba, le decía toda clase de cosas terribles mientras le daba puñetazos.
Después dejó de pegarle.
Él se levantó y la abrazó.
“Pobrecita”, pensó, “yo tengo la culpa de que esté así”.
Ella únicamente le recordaba que era él quien le hacía a ella enfadar, que él era el único motivo de que su vida le fuera mal y que él era lo único que le iba mal en la vida.
Y es que hacía tiempo que ese novio había dejado de ser una persona y accedía a todo cuanto se le ordenara. Callaba y observaba cómo no importaba nada de lo que pudiera sentir. Erraba demasiado y por eso ella le pegaba de vez en cuando, aunque la mayoría de las veces tan sólo le insultaba o se lo recordaba directamente. Él se sabía sin derecho a la fidelidad de su pareja ni al bienestar, y hacía tiempo que había renunciado a cosas así, porque él era malo. Estaba asumido.
De modo que el castigo era lo justo.
Luego harían el amor y ella le recordaría cuantísimo le amaba.
Sólo era una pequeñísima parte de lo que ocurría, lo demás era mucho peor así que hoy estaba de suerte, y es que resultaba ser lo más llevadero: sólo eran golpes al fin y al cabo.
Y todo el mundo sabía que no era maltrato, porque los maltratadores sólo podían ser hombres.
¡Cuánto la quería!

jueves, 6 de diciembre de 2012

Por qué Iara sonríe



Por qué Iara sonríe:

Aquéllos fueron días apacibles, quizás de los más apacibles de su vida y por eso guardaba tan buen recuerdo de ellos. Pese a todo la comparación no le robaba ninguna clase de satisfacción presente y ella sonreía.
Él no le habló nunca de su enfermedad, sólo le dijo que su perro Stigs había muerto. Y a ella le pareció ver dolor. Pero cuanto más lo pensaba, más le parecía que en el fondo de esos ojos no había dolor –quizás debido al pasar del tiempo–, sino que había algo, algo bello. Algo que poseía la hermosura de lo que había sido reconstruido con ilusión. Algo hermoso y fuerte que sabía que el fin estaba cerca. Al principio a veces le daba la sensación de que quizás Stigs no había existido y de que él, Sol, trataba de enmendar algo. No sabía qué era y no le importaba. Más tarde lo confirmó y siguió sin importarle en absoluto. A Iara se entregó siempre con una bondad de la que ella jamás volvió a ser testigo. Al principio no le parecía nada especial: era un hombre que cuidaba de ella, que siempre se lo dio todo y deseó que estuviese bien sin ninguna razón aparente, pero por aquel entonces no tenía motivos para pensar que aquello pudiera ser algo extraño o inusual. Y además ella aprendió a cuidar de él cuando la enfermedad le postró en una cama, cuando tenía que limpiarle tras defecar, cuando tenía que apretarle la mano intentando que el cariño se abriese paso entre esos delirios que le invadían durante las últimas noches, cuidando de que el candil no se apagase hasta que no tuviera él los ojos cerrados, tratando ella de discernir dónde estaban las mentiras de las fiebres y dónde las memorias vergonzosas, tratando de reconstruir la vida de alguien por simple curiosidad con la mirada clara de quien sabe de alguna manera hacia dónde mirar y qué contemplar. Porque ella veía su alma. Y en su alma todo era prístino como aquel estanque junto al que un día comieron juntos…

El valle y el bosque era lo que veían sus ojos. Iara, aún una niña, miró hacia arriba: un techo de verde tapaba a ratos el sol y el cobijo de los árboles en los últimos días de primavera le resultaba gratificante y le procuraba una permanente distracción del mundo, que en aquellos momentos a ella no le parecía que estuviera comportándose precisamente bien. Llevaban un par de días andando y a ambos les habían salido ampollas a través de la piel curtida de las plantas de los pies. Además las provisiones estaban empezando a escasear y las cantimploras vacías les apremiaban en su marcha hacia una fuente de agua. Porque tenían sed, mucha sed.
Quizás ella era todavía demasiado pequeña para comprender el sufrimiento de Sol que muy de cuando en cuando se resistía a darse por vencido. Pero en cualquier caso no quería que estuviese triste. A fin de cuentas él la había salvado.
–Yo no te he salvado, Iara. Sólo pasé por ahí lo suficientemente tarde como para no morir y lo suficientemente pronto como para no verte muerta. Las personas no salvan ni ayudan a los demás –le explicó él. La pequeña se le quedó mirando: no sabía por qué, pero cuando él hablaba así parecía muy feliz.
–Cuando hablas así estás bien –comenzó a decir ella tirando del desconcierto por el suelo–. Y cuando la gente dice eso… pues le duele. Un tío mío decía eso y tenía cara de perro viejo –le explicó con la seguridad de quien no le teme a nada.
Y, además, claro que la había salvado. Su pueblo ya no existía tras el ataque y el posterior fuego del incendio. Ya no tenía nada salvo suerte. Y resultó ser muy buena.
Sol sonrió preguntándose si podía permitirse ese lujo… Aunque a decir verdad prefería entretenerse con la preocupación de encontrar o no el camino. Nunca se había perdido, y estaba casi seguro de que siguiendo el atajo que se había propuesto acortarían un par de días de viaje. Tenían que topar con las ruinas de la antigua calzada de un momento a otro…
–La gente sólo puede ayudar a los que ya se están ayudando a sí mismos, ¿entiendes? Es como un chiste.
Iara sonrió. Entendía el chiste y el chiste del chiste.
–Pasito a pasito –dijo la sabiduría de la niña, entre risas tras su mirada.
Siguieron andando. A Sol comenzaba a hacérsele pesado el espadón en el aparatoso tahalí que llevaba a la espalda: sus hombros soportando una tensión exagerada le pedían un respiro para engañar, aunque fuese sólo momentáneamente, al agarrotamiento de sus músculos. Una libélula pasó junto a ellos y, como si fuera un presagio, decidieron sentarse a comer algo de las pocas provisiones que aún les quedaran.
–¿Estás cansado? –curioseó Iara mirándole con esos ojos tan grandes que tenía, intentando disimular a su vez su agotamiento.
–Sí, y tú también –le aseguró Sol en una sonrisa, quitándose el tahalí y apoyándolo contra una piedra. En aquel acto sencillo de dejar la carga se olvidó de todo pesar…
–¡Yo no! –protestó enérgica cogiendo el mandoble por la empuñadora y tirando de él, al principio sin apenas moverlo de su sitio. Se alejó un par de metros con esfuerzo, socavando en su acarreo un surco a través del manto del bosque. Sol de repente reparó en algo:
–¡Coño, pero si el camino está ahí! –exclamó sin tratar de disimular su alivio.
–¡Coño! ¡Agua! –gritó Iara más fuerte aún y llena de ilusión al divisar un manantial junto al sendero empedrado.
–Menos mal, ¿eh? –se animó él.
Y sin embargo tardaron un par de segundos en terminar de creer lo que les ofrecían sus ojos. Tras asimilar la información se miraron y después corrieron a la fuente mientras Iara no paraba de reír, avanzando ambos con ese ansia que no conoce ni medida ni paciencia, propio de quien lleva alrededor de cinco horas y treinta y siete minutos de caminata bajo un sol de justicia y unas sombras insuficientemente continuas sin dar un solo trago. Y se saciaron con el agua ilimitada que manaba de una roca, llenándosele los sentidos con el murmullo del fluir transparente sobre un fondo gris y granulado.

Hacía tiempo que Iara ya podía cargar ese mandoble que tantas veces la había protegido a ella y con el que luego le había protegido a él. Pero a medida que transcurría el tiempo lo desenvainaba menos: en general había dejado de serle necesario.
De cuando en cuando le gustaba recordar… Sí, aquéllos fueron buenos tiempos.
Stigga, ése era el nombre que repetía Sol en sus delirios. Un viejo amor, compañera o compañero de asaltos y pillaje. La fiebre tomaba su lengua y decía entre sudores fríos que él no había saqueado el pueblo de Iara, pero que era como si lo hubiera reducido a sus cimientos. Decía que cada vez que veía a Iara quería llorar y quería reír, porque ella siempre le devolvía la mano y le decía que él lo había decidido todo, que era libre. Porque ella le ayudaba a avanzar al contrario de los que habían afirmado ser sus amigos, aquellos que le habían enseñado que el odio, la venganza y la tristeza eran caminos por los cuales transitar. Porque le regalaron al oído las palabras que siempre quiso oír, las que eran fáciles de escuchar, mientras que ella desde el mismo principio, desde que la encontrara Sol sucia de hollín entre los vestigios aún candentes de la aldea, le dijo tan sólo la verdad desnuda: que los malvados no existían. Y él fue feliz porque lo comprendió mucho antes de morir.
Y ahora Iara llevaba esa sonrisa que se habían inventado los dos.
Y así, aunque cada uno estuviera a un lado del filo de la existencia, siempre caminaban juntos.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Mis entradas favoritas de 2012




Mis entradas favoritas de 2012:

Me imagino que probablemente tendrán sus entradas preferidas pero, como curiosidad, me apetecería compartir con ustedes esta lista de las que más me gustan a mí. Hela aquí:
           
  • La puerta, la llave (noviembre) 
Terror en la Inglaterra victoriana, idas de olla extremas y un manicomio en medio de la noche. Un viaje a R´lyeh y ya lo petamos (fíjense, qué bello empleo del plural sociativo).

  • El soneto de agua (noviembre)
Salió solo y me gustó. 

  • Soneto (octubre) 
Es la primera poesía por mi mano escrita que no recurre al verso libre y me siento orgulloso por eso. Dedicada a mi primer amor. Qué anacrónico, ¿no? Tiene su historia el tema.

  • Tóra Sigmunddóttir (octubre)
 Es una breve exposición de los mecanismos que causan y permiten la manipulación en los hombres y las trágicas consecuencias que estas cosas acarrean. Además aparece la hija ilegítima de Erik el Rojo, de sus descendientes era la que más parecía parecérsele (jijijí).

  • Te cortaré las alas (septiembre)
Como “Realidad negada”, sólo que es el verdugo el que sufre y, sin comprender la naturaleza de su dolor, utiliza su sufrimiento para perpetuarlo y reproducirlo además en otros.

  • Pasar la tarde (agosto) 
Es onírica y bastante filosófica. Leerla es como chupar uno de esos palitos de gelatina o comerse una gamba. Quizás me lo acabo de inventar, pero igual les entra curiosidad… (¡presionen ctrl+alt+supr, o moriremos todos!). La verdad es que le podría haber puesto otro título más molón (nah, demasiado trabajo).

  • Kaleidoskopio (agosto) 
Metafísica dura en monólogo mental. Al final me está gustando bastante, y yo creo que tampoco llega a hacerse largo, ¿no? Dos paginitas de nada.

  • Soy tuya/Realidad negada (julio) 
Una sucesión de ideas contradictorias en una situación de sumisión bien jodida, violencia en la pareja y dolor, que además suele obviarse por los motivos más idiotas. Ahí queda eso. Y a esta gente muchas veces o no se les ayuda, o se les ayuda mal (víctimas y víctimas, lo del verdugo no es del todo cierto, el crimen también es cometido contra el propio criminal).

  • Lluvia (abril) 
Moralina con patas en un entorno medieval fantástico. Problemas generales y soluciones prácticas. Para un blog es demasiado largo, pero merece la pena. A mí es de los relatos que más me gustan.
  • Capitalismo afectivo (marzo, en realidad es de febrero)
 Moralina con patas en un entorno realista. Habla sobre personas que se aprovechan de la situación (en cualquier dirección, que eso es lo de menos) socavándose a sí mismas. Muy cortito. Y suele gustar.
  • Ragnarok (marzo, en realidad es de noviembre de 2011)         
Fuego, noche, sangre y acero (presentación a lo tráiler cinematográfico, ¡vean qué nivel!). Vikingos, zombis y eslavos dándose de hostias en una ciudad de Nóvgorod en plena devastación (¡ha dicho una palabrota! ¡NoOoOoOoOo!). Es bastante metal el asunto, quizás más incluso que “La puerta, la llave”, aunque la cosa está reñida. El estilo tampoco está mal. Claro que si a uno no le gustan los zombis, pues nada…
  • Tormenta (marzo, en realidad es de mayo de 2011) 
Pese a que probablemente requiera muchas correcciones que en principio no voy a hacerle (no, no insistan), he aquí mi razón suficiente: es prosa romántica. Además viene con una dedicatoria a un amor largo e intenso.

Les dejo con dos haiku que, de todos cuantos he escrito (no es decir mucho porque no he escrito muchos), más me gustan:

Haru coge la piña,
mueve el rabo contenta,
llena de polvo.

El atardecer
en mi ventana
admira a los pájaros.

Además, como las entradas de diciembre son poca cosa, igual les apetece leer alguna de éstas que les puedan quedar pendientes. Yo por mi parte me tomo lo que queda del mes libre. ¡Feliz Navidad!