¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 10 de diciembre de 2013

El grito

El grito:

Con un ojo contemplo el mundo como es,
Con el otro, ciego, veo más allá.
Con él penetro tus palabras
y detrás de cada una
sólo puedo escuchar un grito.
Un grito desgarrador que nace
desde el centro de tu ser.
Un grito de puro dolor,
alto, claro, intenso.
Un grito que lo llena todo.
Dices que no te escucho y sin embargo,
digas lo que digas,
siempre oigo el mismo torrente de voz
suplicando socorro.
A cada cosa que haces,
a cada decisión que tomas,
cada vez que buscas el placer más rápido,
le acompaña un grito agónico
saturado de sufrimiento,
fuente anegada de terror.
Tu corazón pide ayuda desesperadamente.
Siempre me quedo extrañado al notar
cómo tus gritos pasan desapercibidos
entre toda esa gente que dice quererte,
que te rodea, te escucha y te da la razón.
Porque lo que más perplejo me deja es saber
que tú misma deseas permanecer sorda.
Sorda a tu propio grito.
Y, sin ser nadie, lo escucho descarnado.
Un grito desgarrador que nace
desde el centro de tu ser.
Un grito de puro dolor,
alto, claro, intenso.
Un grito que lo llena todo.
Atrapado en un espacio irreal.

Y yo grito contigo.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Ensayo de Serie Z

“Pero, en realidad, nosotros no vemos con el ojo, y no hay nada en el campo visual que nos permita inferir que vemos a través de él”.
MARTIN HEIDEGGER.

Ensayo de Serie Z:

            Antes de que se lleven a engaño quisiera aclararles que esto no es tanto un ensayo como un desfile de ideas cuya conexión en muchos casos no es explícita y que recorren los campos de la estética, la ética y la metafísica un poco como les da la gana. Sin demorarnos más y dado que bastante están ustedes perdiendo el tiempo con esta lectura, damos comienzo a este despropósito.

Estética:

            Dicen que sobre gustos no hay nada escrito y, sin poner en cuestión el mensaje profundo que encierra el refrán, lo cierto es que sobre gustos hay una ingente cantidad de información escrita. Dicho esto no pienso definir el arte ni defender canon alguno: considero el canon arbitrario –basado en la incorporación de los llamados temas universales (denominación igualmente problemática), la ruptura con lo anterior, o una buena descripción de alguna realidad histórica, por ejemplo–, cuando no está el canon al servicio de pretensiones ajenas al arte, si es que el arte es acaso libre. Además el arte puede obedecer a infinidad de motivos –catarsis por parte del autor, el arte por el arte, deseo de asombrar o de escandalizar, etc.– y estar supeditado a infinidad de objetivos. Mi percepción estética es bastante infantil, supongo –como tantas otras percepciones que tengo sobre la vida–, burda y sencilla, y leo porque me gusta y escribo porque me gusta –y reconozco que lo de la catarsis también lo trabajo–.
            Hay quien piensa que la fantasía es un “género menor”, yo prefiero ver la fantasía como una ambientación –potencial o abierta– dentro de la cual cabe cualquiera de esos llamados géneros –quizás empiecen a intuir ustedes que los límites no son lo mío–. Por un lado toda ficción, por realista que sea, es esencialmente eso: ficcional –aunque sea a causa de la misma naturaleza de la memoria y la subjetividad– y al mismo tiempo, por fantástica que sea, remite a un referente real. En mi opinión la fantasía, al introducirnos en contextos tan alejados, se tiene que acercar con más ahínco a nosotros, para mostrarnos otra más de nuestras facetas, algo más de nuestro espíritu o como deseen ustedes llamarlo. Pero eso es sólo porque yo leo así y analizo y disfruto de esta manera la literatura, el cine, el teatro, los videojuegos, la música, etc.
Otra cosa que me resulta curiosa de la fantasía es que como nos empeñamos en categorizar y en describir categorías asumimos ciertos patrones dentro de un relato –llamémosle– fantástico y en este sentido quizás resulte chocante –tanto más para los adeptos– el hecho de que mis personajes, lleven armas o no, suelen rehusar a emplear la violencia porque saben que ésta siempre supone una derrota, aunque se disfrace de victoria parcial –esto tampoco quiere decir que vaya a pasarme la vida escribiendo sobre estos personajes, quién sabe…–. Quien perdona, ha resuelto el problema.
Coincido con ustedes, esta última línea constituye una forma un poco torpe de engarzar este tema con la ética, pero, sinceramente, no creo que la obra artística deba ser ejemplo de nada en concreto: de no apetecerme, no leeré aquello cuyos valores me resulten una patochada –a no ser que sienta interés– y doy por sentado que ustedes harán más o menos lo mismo.

Ética:

            Todo pensamiento nos modifica y predispone en una retroalimentación de sutiles proporciones. Un pensamiento negativo nos hará peores personas al dar paso a una serie de acciones torcidas de las que nosotros seremos protagonistas: algo que parece pequeño como hablar mal de otras personas nos acabará llenando de amargura y desconfianza. Tener pensamientos positivos desencadena efectos positivos, aunque sea bajo la forma de un modelo constructivo de entender la realidad, que no es poco –porque evidentemente tener pensamientos positivos no nos hará evitar los acontecimientos negativos, pero sí afrontarlos desde un punto de vista edificante–. Intuyo que hay una retroalimentación psicológica, como decía antes, y me parece que los trastornos son más integrales de lo que uno podría suponer, como si se incrustaran en la personalidad o en las relaciones sociales y el mundo de quien los padece, forjando un continuo en ellas.
Porque además de que los pensamientos “resuenen” –por decirlo de algún modo– en nuestras acciones, nuestras acciones vienen a resonar a su vez en el mundo entero haciéndolo vibrar. En cada individuo existe un amplio espectro ético por el cual moverse, una persona puede realizar auténticas proezas tanto en uno como en otro sentido. Analizo una situación en la que me he encontrado mal y pienso en la misma situación en un momento en que me he encontrado bien. La situación en sí no cambia y sin embargo mi estado sí lo hace, concluyo que, dado que la situación se ve enteramente transformada por mi estado, tengo más capacidad de la que pienso para construir la realidad –en realidad no creo que existan límites tales como situación, pensamiento, acción o individuo, pero ya bastante tienen ustedes con haberme soportado hasta aquí–. Aunque tarde, he comprendido que alguien desgraciado traerá la desgracia a su alrededor aunque tenga la mejor de las intenciones a su lado, y que alguien feliz compartirá su felicidad sin darse cuenta.
Por cierto, hay algo que siempre me ha llamado la atención sobremanera: dicen que uno es más infeliz cuanto más inteligente es –es al menos una creencia muy extendida aunque, en mayor o menor proporción, falsa–. A mí me parece una soberana insensatez no poner a la inteligencia al servicio del bienestar –ya esto igual son cosas mías–.
O ando yo muy errado o eso que los mortales llamamos el mal es la expresión del sufrimiento en el mundo. Y esto tiene importantes corolarios fluyendo por todas partes, como que no existe la gente mala, existen historias de sufrimiento, aunque finja estar sepultado en la indolencia, aunque uno pueda haberse acostumbrado mal que bien –es un tanto ridículo seguir manteniendo la maniquea postura de las películas y relatos convencionales–. Hay casos y casos pero el castigo no es la justicia sino más bien un encogimiento de hombros ante el hecho de comprendernos sabedores de nuestra propia ignorancia y aunque hay casos extremos con los que es difícil –si no imposible– lidiar, no parece que el castigo sea el mejor método de transformación social.
Volviendo al tema central: teniendo en cuenta la plasticidad del cerebro y las enormes capacidades del ser humano, creo en la bondad humana y sé que no todo es bueno, pero creo en nuestras aptitudes, en la potencialidad y en nuestra adaptabilidad como certeza de lo incierto, como un sinfín de caminos abiertos. Ahora bien, hay gente que no desea ayudarse a sí misma y también es una necedad pretender perder el tiempo con estas personas, amén de que nadie debería ir en contra de la naturaleza de los demás. Las palabras pueden decir lo que quieran, los actos reflejan lo que es una persona y las cosas suceden solas.
Quizás el hecho de que lo que la gente llama el mal suponga desde mi punto de vista un reflejo del sufrimiento tenga que ver con la percepción tan holística que tengo de las cosas, así que, si lo aguantan ustedes, pasemos a la metafísica que –quizás– sustenta esta ética como puede.

Metafísica:

Que el cuerpo y la mente carezcan de diferenciación última, como un todo indiscernible es algo que casi cualquier filósofo de por aquí me rebatirá inmediatamente y sin dificultad: yo suscribo que la separación entre ambos es arbitraria –y no digo exactamente que sea una escisión irreal, además es muy útil en lo que concierne a ciertos estudios y actividades, véase sin ir más lejos la ciencia médica y su muy conveniente especialización en algunas áreas, aunque también en las ciencias haya un obvio sincretismo–. Y es que tenemos unas categorías cuya línea se ha trazado consuetudinariamente. Desde luego no sugiero que nuestras categorías carezcan de sentido ni mucho menos –me quedo en la extraña isla de lo que ni siquiera es absurdo: el sentido sin sentido, y no es absurdo y es muy gracioso, de verdad–. Pero si alguien defiende que las categorías –en el fondo categorías de la estructura del lenguaje– son una suerte de ilusión de la Razón, ¿no debería renunciar esta persona a toda comunicación? O sin llegar a ser tan dramáticos, ¿no debería esta persona dejar la metafísica y metérsela por…? Y sin embargo caeríamos en la trampa de un Vacío o un Todo cosificado –como un objeto de consciencia opuesto al sujeto pensante–, un presunto ente sin distinción que irónicamente se distingue a la fuerza, ignorando que, al establecerse una oposición entre este supuesto Ente Total vs. Categorías (round 1, fight!), nos hallaríamos ante una necesaria extrapolación al infinito, porque siempre habría un nivel superior de indiferenciación absorbiendo esta dicotomía como un agujero de gusano loquísimo.
Es decir: tenemos a un lado las categorías, al otro la Unidad –hala, con mayúsculas–, y entonces, ¿no tendría que haber una Unidad ulterior que aglutinara ambos conceptos en oposición –que se convertiría a su vez en otra categoría, ya cosificada–, y después otra que aglutinara esta categoría así creada y la Unidad de nuevo una y otra vez y otra y otra y…? El cuento de nunca acabar.
Y todo esto sin hablar de la dualidad entre el sujeto y el objeto…
La Unidad, pues, no puede ser cosificada ni entendida ni, de hecho, denominada.
Ahora el filósofo puede decirme que mi postura ni es un argumento ni es nada, con razón. Pero para mí es algo: algo muy rebelde, tanto que llega a ser como un juego, porque es tan rebelde que se rebela contra lo que es rebelde y más o menos serio –y deja de ser nada de nada–. Además y obviamente no es tan sólo aplicable a la dicotomía cuerpo-mente, nótese que he pasado a emplearla directamente sobre el conjunto de las categorías y todo eso –¡falacias, falacias de inducción!–. Pero no es una falacia de inducción si hablo de las categorías, porque las categorías son realidades abstractas –sus límites más bien, porque a fin de cuentas el ser, es– y lo mismo me da cuerpo y mente que correcto o incorrecto, y no se equivoquen, que de eso es de lo que estamos hablando: del campo de la oposición entre dos contrarios que no hacen referencia sino a la misma… ¿cosa? Uno podría pensar que la piel es el límite entre nuestro cuerpo y el mundo exterior, otro podría pensar que la piel es precisamente lo que nos conecta al mundo exterior. Y la frontera no es más que algo cosificado, entendido de un modo concreto que se pierde entre palabras. Que sin árboles no hay bosque, vamos. El lenguaje es un sistema de significación –descriptivo, comunicativo, transformador, etc.– que quiebra y despieza la realidad para hacer comprensible el mundo, ¿es el mundo incomprensible sin el lenguaje? Tal vez, ¿pero podemos mediante el lenguaje responder a qué es el mundo sin que la nuestra sea una respuesta parcial precisamente debido a la propia constitución del lenguaje? Si el mundo está más allá del lenguaje, en tanto que le precede, parece una ardua tarea… arrogante incluso. Y además volvamos a esa pregunta antes mencionada: ¿es el mundo incomprensible sin el lenguaje? Tal vez no tenga por qué ser comprensible, aunque pueda serlo en mayor o menor medida: dentro de la realidad en bruto no hay nada para responder, dentro del conocimiento humano sí –¡otro agujero de gusano, ja!–. Las palabras fluctúan como el agua… e incluso tenemos una voz que se dice “inefable” y que, aunque pueda parecer poco, expresa algo de la realidad cuando menos revelador: hay cosas que no se pueden describir con palabras. A fin de cuentas la definición es convencional y limitada; la realidad, sin límite alguno, es inabarcable meramente a través de un lenguaje llenito de trampas. El tiempo es otra trampa del lenguaje y del señor Newton –no, no el de las tartas, el otro–, la eternidad es… real. La causalidad es otra trampa, si ya lo dijo Hume –¡falacias, falacias de inducción!–. Por supuesto las trampas no son trampas, sino herramientas olvidadas dentro de la superestructura organizativa que es un idioma o dentro de la gramática universal para los seguidores de Levi-Strauss –el francés, no el alemán–. ¿Cómo va a ponernos trampas el lenguaje?
Sujeto y objeto son objetos separados de conciencia, ¿nadie ha reparado en lo divertido que es eso? Pues claro que sí.
Como seguramente habrán ustedes advertido, hablo de algo de lo que no se puede hablar y que no es otra cosa que lo que trato de decir cuando Tikal le dice a Daluna: “Tú lo eres todo”. Ni más ni menos. Este texto es esencialmente incomprensible –o algo así– y está lleno de bromas y chistes –algunos hasta son sutiles–. Pero esa frase es muy sencilla y no tiene más miga el asunto.
En cualquier caso estas mismas reflexiones las hice literatura en “Kaleidoskopio”, con “k”, en plan modenno/hipster.
Hace tiempo pensaba en el cambio social como una respuesta deseable –leyes injustas, roles estúpidos, costumbres idiotas, etc.–, pero también hace muchos años llegué a la conclusión de que el cambio interno es el que funciona: luego llega todo lo demás. Es curioso que sólo lo haya empezado a poner en práctica recientemente. Lo básico es la libertad de pensamiento, lo básico y lo valiente, porque al principio no es fácil.
No es que a día de hoy comprenda todas las implicaciones de las payasadas que pienso, pero voy tirando.

Por último, reparen ustedes en que estos apuntes no son sólo los que guían mi forma de hacer arte, sino también mi forma de vivir… Continente y contenido y esas cosas.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Oscuridad

A Damián Damián, que ha creado uno de los más interesantes espacios de intercambio cultural que conozco.

Oscuridad:

Siempre fue el dibujo. El dibujo tenía vida y un alma pulsando bajo ella.
Faltaba la oscuridad. Porque la oscuridad lo era todo y sin oscuridad nada podría ser jamás.
Llevaba días sin apenas dormir, quería volver a la fuente, la fuente de todo. El Trattato de pictura de Da Vinci era bastante antiguo y mencionaba mezclas para dar con materiales de alta calidad, pero era sin duda insuficiente, no era en ningún caso lo que yo estaba buscando –reconozco que en cierto modo había anticipado mi decepción–. Las reglas descritas en el Hermeneia o en el Manual de Estrasburgo eran papel mojado por los mismos motivos. No me servían para nada: profanadas por el hombre, teñidas de cultura, de creencias, de costumbres. Necesitaba algo anterior, algo anterior al claroscuro, a la perspectiva aérea, al mosaico, a las pinturas rupestres, ¡a todo! Algo más antiguo. Algo que no fuera.
Pero esta noche –porque ya sólo descansaba de día– me he despertado sobresaltado. ¡Lo había visto! ¡El dibujo! Estaba en mi cabeza otra vez, crepitando de oscuridad. Aparecía más nítido que nunca, latiendo en el sótano de mi casa, llamándome, convocándome… conjurándome.
Perdonen mi exaltación, discúlpenme, quizás debería remontarme a los hechos acaecidos hará cosa de un mes… Sí, de lo contrario ignorarán ustedes detalles importantes, aunque debo advertirles de que cada minúsculo paso dado en mi empresa es el reflejo de su totalidad.
Hace un mes soñé con el dibujo, el dibujo que se convertiría en el centro de mi vida a partir de entonces, la razón de ser de cada segundo que se colaba en cada uno de mis días. La existencia comenzó rápidamente a volverse traslúcida y sin color comparada con la presencia en mi cabeza de la obra que debía llevar a cabo.
Tenía la convicción de que había algo más allá de la realidad tal y como la conocemos. Algo que debía cruzar, algo que debía venir. Algo antiguo. El dibujo era un sello.
Comencé a investigar entre mis libros, en internet, fui a la biblioteca. No encontré nada útil.
¿De qué estaba hablando?
Por supuesto nada más despertar había realizado un apresurado boceto, confiando en encontrar algo, sabiendo que muy a menudo lo que se sueña, de ser por casualidad recordado en la vigilia, en seguida se desvanece, deshaciéndose al contacto con la realidad.
Pero estaba completamente seguro de que faltaba algo en aquel dibujo. Era un círculo, pero necesitaba algo más. Sé que cualquiera lo hubiera subestimado: un círculo, el símbolo de… ¡Pero yo no! ¡No era nada de eso! La interpretación no haría sino que errara mi destino. Mi destino, podía sentirlo, como si estuviera aguardando al otro lado de una pared de cristal a punto de resquebrajarse en grietas como venas del cuerpo humano.
¿Hablaba de la información?
En esta época en que vivimos la cantidad de información manejada es inmensa, el volumen resulta simplemente ridículo. El trabajo, por supuesto, consistía en separar la información útil de aquélla que obviamente sólo supondría un obstáculo para mí. Y durante mis búsquedas entre hojas, índices, títulos, bibliografías, artículos y trabajos fui desviándome, fui saliendo de la red tejida, escapando de lo que nos era indicado, de lo que nos era obligado, forzando poco a poco los estrechos límites de la imaginación. Gradualmente fui encontrándome con lo que escapaba al poder de la razón interpretativa: primero lo más experimental, después las escuelas olvidadas en los márgenes de los libros y, finalmente, lo oculto. ¡Lo oculto! Los textos parecían querer insultarme, riéndose de mí en una nube de cándida sencillez que, de crédula y simplista, me resultaba angustiosa. ¡No eran esos los problemas a los que yo me enfrentaba! ¡Esos así llamados secretos apenas eran un conjunto de técnicas sórdidas y salvajes, y rituales y supersticiones absurdos! Resultaba exasperante saber que la respuesta tenía que estar allí mismo, al otro lado de…
Pero no bastaba. Nada bastaba, nada era suficiente, nada podía contener mi proyecto, ni lienzo ni pincel. No había soporte para mi obra.
Encontré De Tenebrae Natura, un ejemplar del monasterio soriano de Santa María de la Huerta –aunque no constaba en los inventarios oficiales y tuve que mover muchos hilos–. Era un códice cristiano que databa del siglo XVI. Comentaba el copista que era un texto que había sido traducido al latín medieval desde el árabe, de ahí nos podíamos remontar al griego y del griego al copto… se hacía alusión al egipcio arcaico… vagamente. Conocimientos que nacían en la noche de los tiempos, secretos poderosos, prohibidos. Podían ser cenizas sin valor, debía andarme con cuidado.
Pero, ¿de qué hablaba?
Empezaba a darme por vencido mientras me afeitaba al anochecer, iluminado por la luz fosforescente del baño, ante un espejo que me mostraba un rostro olvidado. No me sentía representado por ese agotamiento, por esas ojeras, por esa barba de una semana que iba rasurando. Por supuesto aquella era mi cara, ¿quién lo dudaba? Dicen que los ojos son el espejo del alma. Y no obstante mi alma sin embargo era el dibujo. Ese dibujo para el cual no encontraba respuesta. Quizás me estaba equivocando al hacer las preguntas…
Ya no cogía las llamadas. Dejé un mensaje por varias redes sociales de internet diciendo que me había ido de viaje, que ya volvería. Sabía que con De Tenebrae Natura en mi poder podía correr peligro si salía de mi casa. No obstante yo no era ningún estúpido.
Me sentía débil a ratos, debatiéndome entre dolores de cabeza, y sin embargo cuando me ponía a trabajar en mi estudio, lo hacía febrilmente, sabedor de que la respuesta estaba cerca y que si no la veía, era porque me cegaba la pregunta.
Tuve un segundo sueño. El dibujo tenía que ser infinito, carecer de límites. Lo percibí como notas sobre el vacío de mi sueño. Era como una ráfaga de certeza pura que tomaba mi cuerpo, que guiaba mi mano. Desperté, estaba ante el espejo. El tubo de luz blanca parpadeaba y emitía un zumbido suave e intermitente. ¿Seguía allí? La cuchilla estaba en mi mano, mi mano a la altura de la cara, y yo, por afeitar. Tenía trazas de espuma en la cara. Me aclaré con agua y me miré a los ojos. A través del espejo. Mis ojos.
Entonces advino a mí.
Había encontrado el soporte apropiado.
Me deshice de todos los muebles del sótano, el cual había pasado por varias fases: al principio como garaje, más tarde almacén de leña, durante una breve temporada hizo las veces de gimnasio, también momentáneamente trasladé allí mi estudio del ático, y finalmente se convirtió en el salón que era, ahora vacío. Encargué un par de mamparas consistentes –me preocupaba que no fueran lo suficientemente sólidas– de cristal azogado con las proporciones apropiadas. Asimismo contraté mano de obra de calidad a la que solicité vehemente que siguieran mis indicaciones al pie de la letra, ya que se basaban en unas mediciones muy precisas. Les hice entender la relevancia del asunto sin exponerme demasiado.
Sin embargo yo nunca le tuve miedo a la oscuridad.
De Tenebrae Natura, De Tenebrae Natura… Una de sus líneas rezaba: Lux vera obscuritate subripitur. No paraba de decirme a mí mismo que ahí estaba la clave: “la verdadera luz es robada por la oscuridad” o tal vez “la luz es robada por la verdadera oscuridad”. Tenía que hallar alguna forma de destilar esa oscuridad verdadera, de deshacerme de todas nuestras obscenas ficciones, filtrarlas, para quedarme con la realidad.
De momento ya tenía una habitación cúbica en el sótano, y paredes de espejo en cada una de las seis caras de la estancia.
A veces me sentía cansado y no obstante apenas podía dormir y mis miembros trabajaban vigorosamente mientras yo hacía dibujos una y otra vez. ¿Estaba más delgado que hacía un mes? En el espejo veía mis costillas sobresaliendo, dibujando dunas de sombra sobre mi piel, que era como papel.
Y mi último sueño era, inequívocamente, un mensaje. Ya llevaba días sintiendo que el dibujo estaba cerca, deseando irrumpir en mi cabeza, salir a la luz, porque la oscuridad real es invisible. Pero yo fui capaz, yo pude verla en sueños, brillante de alguna manera paradójica, robando efectivamente toda luz alrededor. Las tinieblas penetraban en el mundo, con un color del cual el negro sólo podía ser la más ingenua tentativa.
Había salido del abismo de perdición: había encontrado oscuridad pura.
Y sólo había un medio de traerla a este… lado del espejo, de que atravesara el intersticio de la realidad alzado ante nuestros ojos.
Descendí por las escaleras que llevaban al sótano.
Encendí una vela en medio de la habitación, reflejada infinitamente más allá de las perspectivas: era el sacrificio de luz. Lo sentía de veras, pero así debía ser. Esa llama joven y danzarina sería engullida por un poder superior, anterior al mismo universo, un poder que yo iba a traer a este mundo. Un poder que tenía que regresar.
Armado con una brocha y un cuchillo, me rajé el brazo.
Sin embargo yo nunca le tuve miedo a la oscuridad.
La sangre era casi negra, la observé con atención: el preludio de todo, la vida de las tinieblas cayendo sobre el espejo. El rojo guiado por mi mano experta engullía todo brillo contoneándose levemente como si fuera una serpiente.
La herida tenía que permanecer abierta.
La oscuridad iba tomando forma mientras yo seguía trazando el círculo. Y la luz de la vela empezó a atenuarse, a perderse, cayéndose por las aristas de los espejos, deslizándose más allá de la habitación, pero sin poder huir, atrapada en el infinito. A punto de ser devorada por la verdadera oscuridad.
Moverme era una proeza, me sentía exhausto a cada pincelada, a cada apoyo que me prestaban mis muñecas y mis rodillas, el suelo me pesaba sobre el cuerpo y la llama seguía allí, danzando con un leve brillo negro, insoportable, sin color ni sentido. Veía las sombras proyectadas ondulándose como jirones de oscuridad. Cuando logré terminar el dibujo ya no emitía fulgor alguno, estaba muerta.
Ya no emitía fulgor…
Estaba muerta…
Pobre
llama
de
fuego, pobrecita… pero así debía ser.
Vi moverse algo, algo entre la oscuridad infinita de los espejos, pero mi cuerpo empezaba a desfallecer…
Algo que venía hacia mí veloz…
Y yo sonreía…
Sonreía…

domingo, 20 de octubre de 2013

Unas horas en La Coquette


A Vito. Jajaja.

Unas horas en La Coquette:

            –Pero no te voy a engañar: echo de menos el sexo. –dijo ella
–Yo también –aseveró él–, pero soy un poco más gay: echo de menos los mimos. Que me acaricien y me abracen… Aun así… siempre he sido muy dependiente. Y debería ser una naranja entera, no una media naranja.
–Es un pensamiento reconfortante y, coño, más saludable –afirmó la chica.
–Me pregunto, con todo lo que ha pasado… por qué la gente se deja manipular, por qué la gente se equivoca y la caga, tronca.
–Es una pregunta difícil de responder.
–Es que… –comenzó él dubitativamente– ¿Sabes?, creo que es el sufrimiento, que… la gente que sufre… En fin, si te lo he dicho mil veces, soy un poco pesado. Pero a veces me parece que la gente la caga y se reafirma, y tal, en lo que hace sólo… sólo por orgullo o algo así. Como si echarse atrás fuese un error. Aunque obviamente estén defendiendo algo que a todas luces se pasa la ética por el forro de los cojones.
Ella asintió y comenzó a decir:
–La verdad es que cuanto más reflexiono, más me da la sensación de que la capacidad que tiene una persona de rectificar es uno de los mejores indicadores de su calidad humana.
–Eso mismito pienso yo y ya sabes… rectificar de verdad. Y… es un alivio oírlo de otra persona. Pero, ¿sabes?, desgraciadamente si alguien te dice “lo siento” y repite el error, te está engañando. Y puede estar realmente arrepentido en el momento por lo que ha hecho, pero, oye, que lo vuelve a hacer. Y miente, lo quiera o no. Eso es mentir, vamos, se mire como se mire.
–Desde luego no deberíamos permitir que una disculpa equivaliese a una justificación.
–¿No, verdad? –coincidió él.
–Del mismo modo que una explicación no es una justificación, aunque de hecho una disculpa sea algo cualitativamente distinto.
–Sí, es como una promesa hacia el futuro. Es jodido que uno rompa su palabra.
–¿Te gusta la cerveza? –quiso saber la chica.
–Está cojonuda, tú. Nunca había tomado cerveza roja, es muy dulzona. Bueno, eso creo, con lo constipado que estoy igual me como un pedazo de cartón corrugado de ocho capas y me sabe a cerdo agridulce. No, pero sí. Cojonuda.
–Yo la de trigo la tolero cada vez menos –le confesó ella.
–A mí nunca me gustó, es como la coca light. Te va bajando por la garganta y va sabiendo cada vez peor, es increíble.
–Da mucho asco.
–Hace poco me dijeron que no sé quién (un famoso o algo) dijo que eso de beber coca light es de gordos –comentó él.
–Jajaja.
–Es inteligente. Es decir, igual es estúpido. Pero es inteligente, ¿eh?
–Jajaja.
–Tronca, ¿te acuerdas del tuto? Molaba. Te pusieron un parte.
–Sí –afirmó ella.
–A mí otro, pero el mío fue muy tonto –le aclaró el chico.
–Sí.
–Tú defendiste nuestros derechos, fue genial –declaró él sonriendo.
–Jajaja.
–“No nos insulte usted más” o algo así –dijo él tras un intento fallido de hacer memoria a través de los años.
–“Sí, sí, pero deje ya de insultarnos, por favor” –le recordó ella.
–Jajajaja.
–Esa señora no paraba de insultarnos –le ilustró ella–, nos llamó tontos unas cuantas veces: “es que sois unos tontos”, “porque sois tontos, de verdad”…
–Valiente imbécil. Vaya mierda de persona que se aprovecha de la ignorancia de unos críos de dieciséis años. Porque, joder, se estaba aprovechando de nuestra absoluta incapacidad para defendernos –explicaba él con cierta incredulidad a pesar de haberlo vivido–. Es fácil manipular a unos chavales…
–Mi madre me echó la bronca, mi padre me dijo que muy bien hecho. Jajaja.
–Jajaja. Sí, tía, no es como esos casos en los que un padre idiota pega al profe de su nene porque ha cateao con todas las de la ley. Tú hiciste lo que debías. Bueno, siempre has sido muy así.
–Tampoco está muy bien que una señora empiece a denigrarle a una impunemente –reflexionó la chica tras dar un trago.
–Ah, volviendo a lo de antes, la mezcla de “jar rok” y “pank” –comenzó a decir él, cambiando de tema.
–“Jar rok” –repitió ella con sorna.
Hard rock –rectificó él poniendo un acento exagerado–. En España está mal visto decir las cosas bien en inglés.
–Y es cómico –resolvió ella alzando el dedo índice–, porque da la casualidad de que las cosas bien dichas es como se dicen.
–Jajajaja. Sí. Pero la gente se ríe de ti si hablas bien. Bueno, total, que Nashville Pussy están de puta madre. Ya ni me acordaba de que me los enseñaste tú.
–Fíjate, qué tontería, ¿eh? Parece que no, pero tampoco.
–Jajajaja. Yo qué sé, tú, no me acordaba. Ya ves… Bueno, pagamos ya la cuenta, ¿no?
–Por mí sí –convino ella–. Yo ya no voy a tomar nada más y se va haciendo tarde.
–Pero tenemos que volver. Además hacía mucho que no veníamos y el blues mola.
–Sí que mola.

martes, 1 de octubre de 2013

Kalani

“People don´t fail because they aim too high and miss, but because they aim too low and hit”.
LES BROWN.

Kalani:

Kalani escuchó risas y conversaciones subiendo por las escaleras. No tenía tiempo para pensar. No tenía tiempo… ¿Qué estaba bien, qué estaba mal? Pegó un tiro. Luego salió al sol. No sabía muy bien qué acababa de pasar. Sabía que las piernas le ardían mientras corría sobre el cemento de los tejados, y que sus hombros le dolían indeciblemente cuando trepaba hasta las escaleras de incendios después de atravesar de un salto un espacio vacío entre los edificios. Oía muchos pasos corriendo tras ella, muchas amenazas y una cantidad moderada de insultos tomando aire. Y entonces las piernas volvían a quemar. Corría, se escabullía, saltaba, trepaba, corría… Apenas le llegaba el aire a los pulmones. Se había golpeado en la carrera, notaba un moratón en el brazo. Aunque dejó de oírles, no paró de correr. ¿Había salvado algo? El pellejo, claro, ¿pero aparte? Creía… creía que no se había equivocado. Seguía siendo Kalani cuando, exhausta, trataba de recuperar el aliento, y el ritmo de su respiración se asentaba con una tos, muy lejos de allí y muy aliviada. Seguía siendo Kalani, no había ninguna duda.
Entonces… ¿podía caminar como antes?

El zumbido de las moscas cubría los muertos.
Una figura menuda con una mochila a cuestas rebuscaba entre la pila de cadáveres. Se cubría la cara con un casco y unas gafas de piloto. Casi se había acostumbrado al hedor de la descomposición y de la sangre reseca. Llevaba una camisa de tirantes manchada, un brazalete de cuero y otro hecho con hilo de cobre trenzado que le arrancaba destellos rojizos al sol. Tenía una enorme cicatriz en el hombro izquierdo, de una época en la cual aún caminaba junto a gente que se había preocupado por ella. Sus pantalones vaqueros estaban desgarrados a la altura de las rodillas y sus deportivas, como sus calcetines, desparejadas. Su piel morena, al igual que sus ropas, estaba salpicada por la mugre y los restos de suciedad tras semanas en la meseta.
            Arrojó a su espalda un destornillador, luego bajó corriendo a por él, levantando una nube de polvo al llegar al suelo, riendo a carcajadas.
Volvió a trepar a la pila de cadáveres y metió el destornillador en su mochila. Tiró un pintalabios, cogió un reproductor de música estropeado, empujó con esfuerzo un par de cuerpos y trató de espantar a las moscas sin éxito dando manotazos al aire y gritándoles cosas. Lanzó por ahí un par de botas destrozadas, una dentadura postiza, la funda vacía de unas gafas, una venda muy usada y ennegrecida mientras ponía cara de asco, billetes, tarjetas, carnés. Nada útil.
Pero bueno, al menos había encontrado un destornillador.
Se quitó el casco de piloto, se pasó el dorso de la mano por la frente retirándose el sudor de sus cabellos y respiró hondo. Su pelo, corto y cortado caprichosamente, era rubio bajo la suciedad que lo cubría.
Hacía mucho calor.
La pequeña Kalani, esa figura menuda, miró alrededor: hacía una buena mañana pese al bochorno y la vegetación que había tomado la ciudad a unos kilómetros de allí respiraba verde e intensa.
Junto a la pila de cadáveres sobre la que se encontraba había un huerto arrasado y dos chozas construidas mayormente a base de planchas de uralita y madera adheridas de mala manera a los restos de una pared. Demasiados muertos para tan pocas casas...
Adultos… eran indeseables.
Los niños también, también eran indeseables y también había bandas de ellos saqueando y degollando al abrigo de la oscuridad. Bah, adultos pequeñitos.
Aunque, pese a todo, a veces podía hacer trueques en el camino. Adultos raros, tres o cuatro hasta fueron amables. Kalani se dedicaba a vender cosas y a escapar de gente, quizás por eso era increíblemente buena juzgando a los demás.
Hacía mucho tiempo, cuando le hicieron y le curaron la cicatriz, había tenido compañeros. No los recordaba bien… Suponía que iba a la ciudad con la esperanza –tan secreta como le obligaba la soledad– de encontrar a alguien, porque su cuerpo o sus tripas o lo que fuera que hubiese dentro de ella sabía que necesitaba contacto humano.
“Eres ingenua, Kalani”, se decía a sí misma, pensando en sus experiencias previas: poblados medio civilizados asaltados por bandidos, aldeas endogámicas, abusos, canibalismo...
Abrió su mochila y sacó su botella de agua de río. Dio un trago, volvió a guardar la botella y se echó la mochila al hombro. Se puso la mano sobre la frente a modo de visera y calculó la distancia que la separaba de su destino.
Luego se echó a andar sonriendo, a fin de cuentas hacía un día fenomenal.
Cuando ella andaba también bailaba un poquito mientras se imaginaba canciones llenas de ritmo. Tenía que vivir un poco, ¿no? Se pasaba el día sobreviviendo…

Un par de horas más tarde, al mediodía, paseaba por las calles de la ciudad. Los coches llenos de óxido, los carteles, el asfalto y las tiendas desiertas no dejaban de resultarle un paisaje extraño. Siempre que caminaba entre los edificios de una ciudad tan grande pensaba más o menos las mismas cosas: “¿quién habrá sido tan idiota como para construir algo así?” o “¿encontraré algún hueco para aparcar?”, porque todo era descomunal y no servía para nada. En fin, al menos había mucho musgo y hiedras. Kalani había oído que antes no había plantas en la ciudad. Qué asco.
Las grietas se abrían en el orgullo del hombre antiguo con la cadencia del tiempo. Y ella condensaba la profundidad de aquel pensamiento en un bufido elocuente pese a la falta de vocales:
–Pfff… –pero sólo su estómago contestaba.
Tenía que encontrar comida, así que rodeó un bloque de pisos que tenía buena pinta para hacerse una idea de sus dimensiones y comprobar posibles rutas de huida. Una ventana del tercer piso daba a tejados colindantes, bastaría.
De la entrada sólo quedaban los goznes. El sonido de sus pasos alertó a unos pájaros que alzaron el vuelo y salieron en desbandada por un enorme agujero en una de las paredes. Si había suerte, aún quedarían latas en conserva y si había gente, probablemente tendrían huertos en las azoteas y las plantas altas. En aquel vestíbulo vio un par de ascensores atascados entre los pisos, inaccesibles. Los observó recelosa, ella nunca le confiaría su vida a nada que funcionara con una batería o mecanismo alguno. Bastante le disgustaba ya llevar ese revólver tan viejo… Kalani llevaba cinco balas cargadas –y no seis, lo cual podía resultar peligroso si se disparaba el percutor, que era bastante sensible– y unas cuantas más en un bolsillo interior. Cogió su arma e intentó hacer el menor ruido posible mientras evitaba pisar los cascotes y piedras que había diseminados aquí y allí.
Subió por las escaleras. Entre el tercer y el cuarto piso había un boquete infranqueable en lugar de escalones.
Se internó por un pasillo entre luces y sombras y restos de escombros meticulosamente apartados contra las paredes, de modo que se andaría con ojo. Había una ventana al final, era la que llevaba a los tejados. Miró al techo, en algunos puntos podía ver el cielo abierto a través de los pisos superiores. En aquel corredor el papel de las paredes –desgarradas y desnudas por lo demás– estaba descolorido. Marcos de puertas flanqueaban su caminar, a veces en lugar de madera sólo quedaban manchas de pegamento. Uno de ellos tenía hoja: la penúltima puerta a la derecha. Se detuvo, aguzó el oído. Creyó reconocer el sonido de un murmullo que procedía de la habitación cerrada. Nunca estaba de más saber a dónde no ir.
Las primeras dos habitaciones estaban vacías.
En el segundo cuartucho a la izquierda había armarios. Se deslizó sigilosamente hasta ellos y los abrió con mucha calma, evitando que las puertas chirriasen. Una considerable cantidad de latas de conserva apiladas fue lo que encontraron las dilatadas pupilas de Kalani que, emocionada y conteniendo una risotada que quería escapársele de entre los dedos, dejó después correr la cremallera de su mochila cuidadosamente, sin bajar la guardia por un momento.
Ya tenía una ceja arqueada y la lengua sobresaliéndole sobre el labio superior –su habitual expresión de concentración– mientras comenzaba a extender los brazos lentamente, cuando de repente su cuerpo reaccionó tensándose, alerta, sin abismos en su mente por los que cayeran las dudas, más allá del silencio para que ni solo ruido pudiera escapar en él. Estaba oculta y muy erguida junto al marco de la puerta.
Había escuchado algo.
Miró de reojo hacia el pasillo: pudo distinguir la figura de un hombre sin camiseta –con toda seguridad un adulto indeseable– que salía de la habitación cerrada, se metía en la de enfrente y volvía después de unos segundos por donde había venido dando un sonoro portazo. Fenomenal, ¿sólo un adulto?, fenomenal. Pero no pensaba confiarse demasiado. Eran como los perros o los lobos: no solían estar solos.
Volvió a sus quehaceres entre los armarios y cogió siete latas. Cuando se trataba de comida nunca tomaba más de un cuarto de lo que se encontraba, quizás era arbitrario, pero... Bueno, vale, era arbitrario y punto.
Se disponía a marcharse cuando escuchó unos gritos… ¿eran de hombre? Sí, eran de hombre. Eran gritos de dolor cortos, constantes, continuados. No era la primera vez que Kalani los oía, y siempre que los oía acababa metiéndose en líos.
“Eres ingenua, Kalani”, se recordó, “no te digo más”.
Una vez un viejo dispuesto a intercambiar bienes le dijo “la curiosidad mató al gato” y ella pensó que menudo viejo. No recordaba de qué hablaban, pero seguro que el anciano no lo dijo al tuntún. Empezaba a entender eso del gato muerto cada vez más.
Avanzó silenciosa por el pasillo, preparada para esconderse en alguna de las habitaciones ante cualquier sospecha. Estaba rompiendo sus propias reglas: aparte de la entrada, su ruta de huida estaba al fondo del pasillo y no era muy sensato intentar escapar en la dirección de la que uno presumiblemente tendría que huir.
Deslizó el tambor de su revólver abriéndolo con cautela. Colocó la sexta bala sobre el percutor, despacito. Se quitó las gafas de piloto, sus ojos de color azul oscuro brillaban al sol que se colaba por el tejado. Esas gafas dejaban un surco de suciedad, mugre y sudor alrededor manteniendo sus ojos siempre limpios.
Giró el picaporte, le dio un empujón a la puerta y apuntó.
El hombre sin camiseta estaba mirándola de frente, sobre un colchón enmohecido, dándole por culo a un tipo que habría estado atado de pies y manos si no fuera porque tenía los codos seccionados, ahora muñones y puntos de sutura. Había una mesita de noche sobre la que descansaba un revólver y nada más que mereciera la pena. Paredes sucias, suelo agrietado, vómito, heces y agujeros en el techo, en aquellos momentos no eran detalles en los que ella fuera a reparar. Sin embargo la mano del hombre aproximándose lentamente a la pistola no le pasó desapercibida, aunque a la distancia que estaba le iba a costar mucho a aquel imbécil alcanzarla.
–No te muevas, pringao –le advirtió Kalani arrugando la nariz, parapetada tras el cañón de la suya.
–No quieres hacerlo, niña –observó el hombre, quizás leyendo algo en su rostro.
–Yo sólo quiero estar viva –aseveró ella dando un paso adelante, frunciendo el ceño, concentrada y convencida. Kalani se acercó poco a poco al revólver de la mesita, vigilante, lo cogió sin dejar de apuntar a aquel tipo, volvió a la puerta lentamente y allí contó las balas que tenía, se las quedó y guardó la pistola en su mochila.
–Mátame –musitó el hombre mutilado.
–¿Q-qué? –se le escapó a Kalani la realidad.
–Mátame, por favor –repitió aquel hombre roncamente, sollozando, implorando una salvación de plomo ante su agonía.
Kalani escuchó risas y conversaciones subiendo por las escaleras.
No podía permanecer allí ni un segundo más.
No tenía tiempo para pensar. ¿Qué estaba bien, qué estaba mal?
Sujetó con fuerza la culata del arma. Apuntó. Pegó un tiro.
El retroceso tomó la forma de un tirón en sus brazos, ella dio un par de pasos hacia atrás por el impulso.
La sangre manchó la pared y el cuerpo se desplomó inerte contra el colchón.
El indeseable –el que estaba violando al de los brazos amputados– aún tenía su miembro introducido en lo que ya era un cadáver. No parecía importarle.
Y ella oía el sonido de pasos que aligeraban y distinguía voces de alarma que se acercaban al pasillo, alertadas por el ensordecedor estruendo del disparo.
Se escabulló de sí misma y su mente y su cuerpo reaccionaron por ella, y salió disparada de allí.
Corrió y trepó y saltó ágilmente entre tejados, verjas y escaleras que se precipitaban al vacío del asfalto. Era rápida huyendo y ellos terminaron por dejar de perseguirla.
Aunque dejó de oírles, no paró de correr.
Después de un buen rato, apoyada sobre una alambrada, exhausta, llorando y tratando de recuperar el aliento, se puso a pensar entre bocanadas ahogadas y toses de agotamiento…
Creía… creía que no se había equivocado.
Así que, aunque vaciló unos instantes antes de hacerlo, empezó a bailar mientras caminaba. Primero con timidez, luego como siempre.