¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de febrero de 2013

Pararse cinco minutos



Pararse cinco minutos:

            Estaba sentado en un banco. Era un mauritano de sesenta años y no se encontraba muy bien ni estaba tampoco muy seguro de en qué ciudad se encontraba. Desconocedor igualmente de números de teléfono y demás detalles concretos de los servicios médicos españoles, detuvo a un hombre por la calle diciendo:
            –Necesito un médico.
            –Entonces llamaremos al hospital, jefe –repuso el hombre con naturalidad, tecleó un número con su móvil y aguardó unos instantes–. Pssst, el teléfono no lo cogen. Voy a intentar llamar un poco más, ¿vale? Me pondré ahí, en la glorieta, a ver si se para algún policía y le aviso, a ver.
El mauritano, temiendo que tal vez la ayuda no llegase, decidió llamar la atención de una de esas jóvenes de veintimuchos que iba sonriendo por la calle.
–¿Puedes llamar a un médico? –dijo, pero la joven sin lograr entender la situación le dio algo de calderilla que llevaba encima, algo extrañada porque aquel anciano quisiese hablar con ella y retirándose los cascos de su reproductor de música a destiempo– ¿Esto es Madrid? –preguntó el anciano ante la buena disposición de su auditorio.
–Sí –contestó la joven deteniéndose alegre.
–¿Puedes llamar a un médico? Yo soy de Mauritania y me encuentro mal.
–Pues es que no llevo el móvil encima, tendrá que disculparme. Pero, mire, ese hombre ya está llamando –comentó fijándose en aquél que le había escuchado primero.
–A él no le cogen –aclaró el mauritano–. Habla tú con ellos –dijo cabeceando hacia los transeúntes–. Tú les caes bien –la veinteañera cercana a la treintena sonrió.
–¿Que hable con la gente?
–Sí. Me encuentro mal.
–Bueno, vale –dijo planteándose el asunto con sencillez.
El otro hombre volvía a marcar y la joven se dirigió a un tipo de paso ligero y cuarenta y pico otoños. Aunque aparentemente tenía prisa, se detuvo.
–Disculpe, ¿puede llamar a una ambulancia?
–¿Pero qué pasa?
–Este hombre dice que se encuentra mal y que quiere ir al hospital.
–Yo no le veo tan mal.
–Ni yo, pero no soy médico y él sabrá, que es el que quiere una ambulancia. Llamaría yo, pero no llevo el móvil.
–Yo es que llevo el móvil del trabajo, no puedo llamar…
–¿No puede llamar al uno-uno-dos? ¡Si eso es gratis! –exclamó incrédula la joven.
–Emmm… no.
La veinteañera, no dándose por vencido, paró a una mujer. El hombre cuyo móvil del trabajo no servía para llamar al hospital, sin embargo, no se fue de allí.
–Perdone, ¿podría llamar a una ambulancia? –preguntó sonriendo–. Lo haría yo, pero me he dejado el teléfono en casa.
–¿Esto es una broma?
–No, es un señor que dice que se encuentra mal.
–Es que como me lo dices así sonriendo…
–Lo siento –había que reconocer que no había estado atinada con la expresión, de modo que puso una cara algo más grave–. ¿Puede llamar?
La mujer miró al mauritano, un negro viejo con un chándal usado que pasaba el tiempo sentado en un banco con expresión desgastada.
–Yo no veo que sea ninguna urgencia.
–Ni yo tampoco –intervino el del móvil del trabajo adhiriéndose activamente a la evasiva al tiempo que seguía molestándose en permanecer allí.
–¿No eres un poco mayor para ir por ahí ayudando a la gente? –inquirió la mujer. La chica, desconcertada, no supo qué responder, un “gracias” dubitativo se le pasó por la mente, pero lo cierto era que apenas entendía lo que le querían decir.
–Es un hombre que pide ayuda, ¿cómo voy a negársela? –repuso la joven demasiado mayor para según qué cosas.
–Oye, yo tengo prisa, y al final me voy a enfadar –el tono de su femenina voz de mujer irritada fue subiendo hasta rozar el grito, atrancado por casualidad en un volumen que sólo con muy buenas intenciones podría calificarse de diplomático–. Me paras aquí para ayudar a este hombre, ¿y qué? ¿Qué hago?
–Disculpe, pero sólo le estoy pidiendo un favor, puede usted aceptar o no, no tiene por qué sentirse culpable de nada… nadie le obliga a usted a…
–¿Y luego qué, me quedo yo esperando con él a la ambulancia, joder? –siguió despotricando la mujer en su interrupción.
–No. Es un hombre que dice que se encuentra mal… –insistió a su vez la joven confundida, tratando de resultar conciliadora en vano–. Sólo hay que llamar.
–Pues me voy a enfadar al final, ¿eh?
–¿Conmigo? –volvió a inmiscuirse el hombre del móvil exclusivamente laboral en otro gesto de valentía.
–No, hombre. Y además, si ya está ese hombre de ahí llamando, yo es que esto no lo entiendo –se quejó la mujer airada que, pese a todo, tampoco se marchó.
Y aquél que desde el principió le hubo brindado auxilio al mauritano había logrado contactar con el hospital e iba contestando a sus preguntas. En un momento se giró hacia el anciano y le preguntó:
–¿Estás mamao? –haciendo el gesto español del bebedor, inclinando la mano como si diera un trago.
–¿Qué? –el extranjero no acababa de entender.
–Que si has bebido, jefe.
–No.
–Dice que no –aseveró a quien fuera que estuviese al otro lado del teléfono–. Ajá, vale. Ahora vienen –añadió el hombre mirando a los demás y pensando que si el mauritano hubiera llevado traje y corbata y un aspecto más aseado, nadie hubiese dudado de él.
La chica de veintimuchos ni siquiera había llegado a ese nivel porque ni siquiera entendía por qué se le negaba el socorro a un hombre que lo pedía, independientemente de ulteriores consideraciones.
El hombre del móvil que funcionó como una excusa pensaba por otro lado que tendría algo raro que contar hoy al volver a casa.
La mujer se fue furiosa, harta de que completos desconocidos le hiciesen perder el tiempo con asuntos que obviamente no eran graves y que en última instancia daban bastante igual.
El mauritano por su parte sólo encontró en su interior la más sencilla gratitud.