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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de marzo de 2013

La Señora de las Pesadillas



Lo prometido es deuda.

La Señora de las Pesadillas:

Luces y sombras se colaban entre los arcos ruinosos que debían haber guardado los colores de una vidriera, claroscuros que notaba resbalando sobre mis párpados cerrados.
            Decidí abrir los ojos, las legañas dolían.
Una tarde plateada drenaba todo calor contenido en mi cuerpo permaneciendo entre el brillo difuso de un crepúsculo detenido en el tiempo. Una bañera desconchada y llena de agua sucia se colmaba además con mi cuerpo encogido en su interior. Una casa negra se recortaba contra las nubes plomizas y unos árboles nudosos y muertos la flanqueaban como guardianes silenciosos.
            El pálido cadáver de una chica de cabello azabache avanzó en el inicio de un espasmo hacia mí y desapareció apenas empezado el movimiento. Y reapareció más cerca y así, mediante pesadas materializaciones, fue recortando la evanescente distancia que debía de haber entre las dos.
Estaba desnuda.
Como yo.
            Sus ojos nadaban en un tono blanco azulado y estaban muy abiertos, y eso provocaba en mí el preludio de algún sentimiento emparentado con el terror y las náuseas. De sus heridas abiertas larvas y gusanos se alimentaban y eso me procuraba una honda repugnancia. Su cara era bella, increíblemente bella, y el fuerte contraste en aquel conjunto resultaba simplemente estremecedor.
            Un tono sostenido y sin vida se abrió paso a través de unos labios congelados, inmóviles:
            –No hace frío. Me encanta estar aquí contigo –la dulzura de su voz no emitida se aferraba a mi cuerpo y me sabía incapaz de echarla de allí.
            Yo tiritaba, no muy segura si de frío o debido al espanto. La confusión pasaba la noche bajo mi piel.
            La muerta se abalanzó sobre mí y me cogió de las muñecas, apretándomelas con fuerza hasta causarme un dolor tan penetrante que, fluyendo a través de mis venas, se enraizó en mi corazón. Cuando el dolor comenzó a treparme hasta la boca en un grito, ella me soltó rápidamente, creo que alarmada, no podía estar segura. Su rostro inexpresivo cambió sólo por una décima de segundo, como un fotograma perdido en una bobina, tomándolo la impresión y la culpa; tan rápido que no supe si aquello había sido real o imaginado.
Invariablemente ella me había dejado ir.
De repente se arrojó al suelo, como si se lanzase desesperada a los brazos de alguien que no estaba allí, liberando un chillido inhumano que asoló aquel tergiversado plano onírico en una ola de puro ruido, rabia y fuerza invisible. La madera de la casa explotó en astillas y la vivienda se derrumbó. Yo seguía allí, junto al resto de aquel sórdido paisaje que parecía nacido de una mente enferma.
La joven me contemplaba con un desconcierto discordante en los ojos, tirada en el suelo. Su cuerpo fue cubierto rápidamente por una armadura de metal oxidado y quemado, placa sobre placa cerrándose a golpes, desde los pies hasta la cabeza.
Dudé por un momento de algo que ignoraba, tenía mucho frío y ya no entendía lo que el miedo me quería decir.
            No sé cómo pero me atreví a erguirme, el agua negra que huía de mi piel en su resbalar parecía cálida comparada con el tacto helado de aquella horrible pesadilla. Todo pareció apagarse un poco más y vi a la chica lejana entre los árboles, mirándome, desnuda de nuevo. Al instante apareció ante mí, demasiado cerca. Pero ya no quedaba más turbación en ese mundo a la que yo pudiera dar vida y, a pesar de que había recogido cuanta había quizás se había escondido de mí la angustia, asustada.
La muchacha, ni viva ni muerta, comenzó a hablar, trabajosamente esta vez, como si cada palabra pronunciada hubiese atravesado una cámara de tortura sólo para introducirse en una dama de hierro.
–Ellos no quieren que te haga daño. Ellos no quieren que te asuste. Ellos no quieren que esté contigo. Eres la persona que más quiero en este mundo putrefacto, eres mi amor. Duermes en tu bañera y yo me hundo en la oscuridad de mi habitación contando el tiempo de la descomposición de tu cuerpo. Eres estúpida. No tendrías que haberte asustado. Hubiera podido dormir contigo, imbécil.
Mis piernas temblando dejaron de sostenerme y yo caí sin remedio. Pero ya no había bañera, sólo un banco cuyo respaldo recibía duro mis vértebras.
La joven cadavérica estaba sentada a mi lado. Sujetaba una esponjosa magdalena entre las manos como si fuera un grial, luego se la aproximaba y ésta se convertía en cenizas al entrar en contacto con su boca.
Me ofreció una de sus madalenas y yo, dubitativa, cerré los dedos una y otra vez ante la apetecible pieza de repostería. Después me decidí y la cogí.
La muerta se arrojó sobre mí de nuevo, derribándome al suelo. Me hice daño en la caída y ella me besó. No había calor en sus labios y su piel tenía un tacto desagradable y gélido. Empezó a asfixiarme con su beso, agarrándome con fuerza. Yo no podía zafarme y ella no me quería dejar marchar. Sus ojos estaban llenos de lágrimas de un negro impenetrable que se derramaban sobre mi rostro y robaban la poca luz que había. Me soltó de repente y soltó también una sonora carcajada de alegría que, desatada en estos extraños dominios, lo pudrió todo.
–Tardarás mucho en morir aquí –me aseguró, como si fuera parte de un tedioso proceso que hubiera de ser despachado–. A tu cuerpo le va a costar, pero no tienes más remedio que esperar.
Creo que me dormí.
Desperté a la pesadilla abriendo los ojos una vez más. Mi cabeza reposaba sobre los muslos de esa chica que me acariciaba.
–Tus trenzas son hermosas –dijo–. Y hoy es un día muy especial. Hoy no llueve aunque todo sea muy triste y gris –cerré los ojos sabiéndome cómoda de algún modo torcido.
Y de pronto me sentí sola. Notaba mi cuerpo recostado sobre el barro y ella no estaba conmigo. Alarmada, volví la cabeza a uno y otro lado y la hallé con la mirada, en la bañera, sin moverse bajo el espejo quieto del agua. Sentí la amargura y la impotencia de la pérdida, y el desconsuelo se abrió paso desde las entrañas de la tierra y emergió junto a los gusanos reclamándome, exigiendo lo que le pertenecía por derecho.
Yo tenía que morir. Tenía que ser como ella. Tenía que estar atrapada.
La realidad se arrugó como la hoja de papel destinada a la papelera.
Y la garra de sombras que ahora era todo me devoró sobre el fondo sin color del infinito.
Tras ello emergí al negro como dos ojos de vida latente e inmarcesible, manos pegadas con puntos de sutura a la piel del torso y una espiral que engullía el mundo en mi centro. Mis cabellos se ondulaban buceando en el océano de la fase más profunda y plácida de mi pesadilla. Yo era el movimiento de los delirios de un mal sueño, la película de cuadros impresionistas sin un punto de fuga. Quería morir y lo llenaba todo.
No tenía boca y necesitaba gritar.
Necesitaba chillar y no había nada ni nadie aparte de mí para escuchar.
Sabía que no iba a despertar a ningún mundo ajeno a éste. Yo era dolor y miedo. La pesadilla era tan poderosa que acabé caminando en las noches de otros en mi intento de huir, tornando sus sueños en reflejos rotos de agonía. Sólo quería escapar, no quería hacerle daño a nadie. No quería.
Pero no podía salir ni podía tampoco moverme. Necesitaba que alguien me ayudara pero el tiempo no significaba nada cuando sólo existían lágrimas ahogadas en mi presencia.
Y mi sufrimiento invadió vuestro lado de la realidad.