¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 1 de abril de 2013

Tras un error

Tras un error (revisado):

            –Mi ira tomó la forma de una espada ante un hombre desarmado.
Tomó la forma del sonido sordo del peso inerte que acompañaba a su cadáver.
La cabeza separada dio con el suelo, golpeando la madera con un rumor de acertijos desatados.
El filo rojo del acero atravesando los caprichos de la luz de un candil era mi respuesta ante el mundo.
Sus hijas pequeñas y su marido cruzaron el umbral del valor y se acercaron.
Me había equivocado, mi espada era mi pregunta.
El odio, mi respuesta.
La noche se ha teñido con los colores de una pesadilla extraña y sin angustia a la que acude desterrada la culpa que no encuentra hueco en mi espíritu.
He matado a un hombre y ahora no sé nada. –la poetisa finalizó aquella parrafada, segura de que no lograba explicarse con claridad.
Unos ojos verdes la observaban ecuánimes a través de unos cabellos anaranjados. Su interlocutora la escuchaba jugando a hinchar los carrillos contra la jarra de la que bebía. La madera crujía bajo los pies pero la gente ya se iba y el bullicio de las conversaciones empezaba a resonar como el sonido metálico de los utensilios de cocina desde más allá de la barra. Afuera había noche y frío, pero el calor del establecimiento les hacía olvidar la nieve que dibujaba formas cristalinas en las ventanas empañadas.
Aquella vieja amistad trataba de encontrarse a sí misma en una mirada: paciencia a un lado, decepción extraviada al otro y dos cervezas en medio.
–¿Y qué hace una poetisa matando? –quiso saber su interlocutora de ojos verdes.
¿A hierro?
–Matando.
¿Qué hace pues una guerrera escuchando?
–Luchar, ¿qué cojones crees que hago? Una espada no resuelve ningún problema, joder. Sólo sirve para darles forma a los que ya hay. Y ni siquiera es una forma agradable, no te creas. Menuda mierda…
Lo sé…
–No, no lo sabes y por eso estás justo aquí –resolvió la pelirroja golpeando con el dedo índice en la barra manchada de bebida.
¿Con qué suerte de guerrera ha dado mi ebriedad sedienta de perdón, Lerian?
–¿Yo qué sé? ¿Con una que sabes cómo se llama? Al menos cuentas con la ventaja de que no te voy a cruzar la cara aunque tengas esa forma de hablar tan… tan… “el miedo se me enrosca con fuerza allí donde termina mi intestino” –declamó burlona elevando el brazo en pose teatral–. Nah, es broma. Te invito a otra ronda si me cuentas cómo estás. No me interesa saber por qué lo hiciste.
¿No?
–No, si te digo la verdad no me vale de nada –afirmó Lerian, dio un trago con gesto apreciativo–. Ni a ti tampoco –eructó con potencia.
Sin embargo te será preciso distinguir los destellos que atraviesan la llama de oscuridad que roba luz en mi pecho.
–¿Qué…? –Lerian tardó unos segundos en comprender lo que su amiga había querido decir, no pudo evitar poner una exagerada expresión de extrañeza–. Oye, no necesito tus excusas ni tus mierdas. Oye, en serio, ¿crees que si te excusas, puede haber perdón?
Has de comprenderme… –suplicó la poetisa.
–Eso no sería comprenderte, sería todo lo contrario, hombre –le aseguró como si fuera algo obvio–. Eso de comprenderte está al fondo, y un poco a desmano si sigues así. Sólo necesito saber si quieres ponerle fin a esta historia. Y no me cuentes qué te pasó para acabar haciéndole eso a un imbécil, te repito que eso no importa una puta mierda. Por más que tú creas que sí. Sólo te dirán que importa los que no te comprenden, ¿entiendes?
No.
–Bueno, da igual… así que, eso, ¡resume, resume, resume! –gesticulaba vivaracha.
He sido una estúpida –apuntó la poetisa, demasiado consciente como para avergonzarse.
–Muy cierto. ¡Brindemos! –solicitó la alegría de Lerian.
La poetisa sonrió con la sonrisa derrotista de quien está acostumbrado a charlar al amparo de la tristeza y de la conmiseración. Se retiró las finas hebras castañas que cubrían sus ojos celestes en un gesto que, por elegante, a Lerían le hubiese resultado absurdo realizar, demasiado artificio. Cerró la primera el puño sobre el asa de la jarra, débil y sin convicción, mirando alrededor entre pensamientos de cautela consentida, amurallada frente a un mundo que no podía hacerle daño. Al brindar casi toda la cerveza se le derramó sobre la mesa. Miró a Lerian. Hacía varios inviernos que no se veían pero no la recordaba tan enérgica.
He devorado mis propias lágrimas mientras el resentimiento anochecía en mis facciones, he amordazado las preguntas.
Envejezco cada vez que cierro los ojos.
No obstante a ti acudo, a ti vengo, porque me he apartado los retazos de esta pesadilla con las manos al despertar, porque he descubierto que las mentiras y los años convergen en un ahora triste. El sufrimiento me ofrecía ese espejismo y yo tenía miedo y lo creía, pero sólo eran apariencias sobre el polvo de lo que no existe. Él lo merecía, me decía a mí misma. Y si me reiteraba con tanto ahínco su maldad era porque me llenaba de horror aceptarme tal y como me he demostrado que soy. Porque es difícil apreciarse a uno mismo sabiéndose malvado.
Cadenas de mentiras se quiebran mientras observo el horizonte roto en mil pedazos que iba a ser el mañana de mi ayer.
Mi pecho ardía lleno de rabia y el mundo era el estandarte de la culpa que yo no tenía, el dolor que me negaba irónicamente en una espiral de amargura.
He estado ciega durante una eternidad y abrir los ojos ahora y mirar atrás es… –su labio inferior se derrumbó tembloroso, las lágrimas acudieron a sus ojos.
Lerian simplemente la observaba, bebiendo sosegada.
Gracias –dijo la poetisa cuando paró de llorar–. Gracias por no sentir lástima.
–Si combates contra ti misma nadie queda en pie, pero creo que eso ya lo sabes. Ese miedo que te hace engañarte y mentir a los demás y traer sufrimiento al mundo o como quieras llamarlo… creo que ésas son las cadenas de las que hablabas, te acomodas en el dolor o algo... Pero eso no es la realidad. No es como… no es que todo sea nuestra responsabilidad, pero no somos marionetas indefensas ante las circunstancias ni nada, podemos cambiar a cada segundo, sólo hay que entrenar. Entrenamiento –la guerrera bebió–. Para la cabeza, lo mismo da. Nadie se merece lo que ha pasado –Lerian soltó un bufido animado–. En serio, no sé ni para qué hablo, todo eso ya lo sabes.
Por eso vengo aquí desnuda de apariencia, para aceptar lo que he hecho, porque si no lo hago volveré al error de la incomprensión.
Sé que ha sido mi rencor el bastión de mi más profunda debilidad. Es hora de alzar algo hermoso en su lugar.
Y de pedir perdón por haber provocado tanto daño.
Y de pedirme perdón por haberme provocado tanto daño.
–Eres valiente.
Estoy aquí porque he salido de la prisión de mi violencia.
Y quiero ver qué hay más adelante.
–Ven, anda, tenemos mucho de qué hablar –y, ahora sí, Lerian le dio un buen abrazo.