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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 10 de mayo de 2013

Política de la casa



Política de la casa:

            La ciudad rugía: cláxones gritando en vano que ellos no eran el tráfico que les rodeaba, mil conversaciones acerca de la tierra y los cielos cubiertos de humo y los pasos apresurados de demasiada gente.
–Yo me apuntaría a cenar contigo, loco –ella mascaba chicle impertinente, no había nadie en el mundo que le pudiera decir qué podía o no hacer.
–Y yo, pero, entonces, ¿te apetecería un desayuno? –él no dejaba de pensar en cuánto le atraía ella, pese a que nunca antes le había cautivado una chica así.
–Por mí bien. Pero yo soy activa, a mí me gusta encima.
–Me parece bien. Yo soy pro-cama.
–Alberto, no me vengas con exigencias tú ahora, que conmigo así no, ¿eh?
–Pues como quieras. Bastante hago ya con no parar el ascensor para que nos dediquemos al fornicio…
–Lo llego a saber y me pongo falda, que andarme bajando los pantalones...
Salieron del ascensor, escupidos del edificio. Ambos alegres en su juego nada sutil, disfrutando del pasatiempo que habían creado. Y ambos preguntándose hasta dónde llegaría tanto jugar. Había química entre los dos, eso le resultaba obvio a cualquiera que los viera juntos. Él había sentido esa química con muy pocas personas en su vida, todas –en general modosas, femeninas y educadas– absolutamente distintas a Jennifer, esa joven seductora y poligonera sacada de algún barrio de Alcorcón tan echada para adelante, borde y, a su extraña manera, risueña. A ella sobre todo le gustaba el juego, saber que atraía a otras personas le levantaba el ánimo como era natural y ese tío parecía un buen tío, un poco engreído, pero un buen tío. Parecía un señor, vestía muy bien y era cortés, un tipo raro y, tal vez por ello, atractivo a sus ojos. En cualquier caso era entretenido el juego, su compañía era agradable y eso merecía la pena.
–Pero yo tengo novio –soltó ella, caminando por la calle, siempre honesta.
–Entonces nada.
–¿Cómo que nada?
–No pongo los cuernos si tengo una relación y no ayudo a ponerlos –hizo un gesto conciliador–, política de la casa.
–¿Pero qué clase de tío le dice que no a un polvo? ¿Tú de donde sales, loco?
–Yo no creo en eso de que los hombres son tal y las mujeres, cual –dijo desenvuelto, inclinándose ya a un lado, ya al otro para enfatizar sus palabras.
–¿Cómo que no crees? ¿Pero qué dices, tú? Si eso no es que te lo creas o no, es que es así –le espetaba asombrada con la goma de mascar entre los dientes, tomándoselo con humor a pesar de que no lo comprendía.
–Pues no creo –afirmó él llanamente, con una sonrisa.
–¿Y qué más te da a ti que yo tenga novio?
–Simplemente no ayudo a poner los cuernos, no me parece bien.
–Oye, chaval, que yo hago lo que quiero –aseveró con toda la dignidad herida de la noche en la ciudad.
–Eso me parece muy bien –repuso él sincero–, pero hazlo con otro.
–¿Y entonces? ¿Así se queda? ¿Y a ti por qué coño te importa eso?
–No lo sé, hay cosas que no hago. Tampoco es muy importante.
–¿Política de la casa? –dijo sonriendo pícara, mirándole de reojo, intentando esconder en algún rincón esa incredulidad que la embargaba, intentando recuperar un juego que había terminado.
–Eso mismo.
El aire olía a chicle de fresa.