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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de junio de 2013

Descubriendo el rastro

Descubriendo el rastro:

            Ella seguía su rastro, jadeando.
            Había dado en el blanco y la madera de la flecha había atravesado el músculo rojo.
La sangre que manaba fluyendo por el astil de cedro marcaba su ruta.
Los marineros decían que ningún viento era bueno para quien no tenía rumbo. Para ella la caza y el bosque eran, no ya su hogar, sino parte de sí misma. Sabía cómo caminar sin hacer un solo ruido, entendía el canto de los pájaros y los secretos que traía el rumor del río.
 Ahora sin embargo corría a toda prisa sobre el musgo de las piedras y la hierba agreste que las primeras nieves dejaban a la vista. Corría sin parar con el arco en ristre y la flecha preparada, quebrando ramas caídas y apartándose las que desde los árboles la hostigaban en su camino.
El reno de astas majestuosas, herido en el muslo, no podía andar lejos. Ni muy deprisa.
Notaba ella cómo el aliento helado quería agotársele: quemándole los pulmones cuando expiraba, congelando su pecho cuando tomaba aire bajo las capas de pieles que la calentaban. Estaba agotada, pero ya lo veía. Y sabía que su presa iba a derrumbarse, lo leía en cada uno de sus movimientos, en la longitud del dibujo de sus ligamentos acortándose, en el vaho cada vez más pesado, en sus bramidos sentenciados.
Torció el animal a la izquierda de repente, y tropezó.
Ella no dudó. Se detuvo en seco y adoptó la postura precisa. Su mano derecha fue hacia atrás guiada por el más puro instinto, tensando la cuerda. Su mano izquierda deslizó el arco ante sus ojos. Apuntó conteniendo el aire.
Los segundos se dilataron alrededor de su concentración.
Y el momento justo llegó hasta ella de la mano del tiempo.
Soltó el aire y la flecha que, cabalgando el viento, trajo consigo el sonido del impacto.
La sangre no se contuvo, precipitándose contra el suelo.
El reno se debatía aferrado a la vida, si bien sus patas no podían sostener el peso de su orgullo. Cayeron primero sus cuartos traseros y, postrado, sus pezuñas delanteras se unieron a su suerte.
El último mugido era un estertor largo que aún trataba de desafiarlo todo, que sólo cedería ante el fin de toda posibilidad, que iba arrancándose de la vida.
Su mano, no obstante, tomó otra flecha del carcaj. Había algo más allí, ocultándose en el límite del rabillo del ojo.

Tenía que huir, tenía que alimentarse, tenía que galopar, tenía que entender. Cuando había suelo de nieve el tacto del frío se sumergía bajo él, distante. La velocidad corría por sus venas siendo la savia de los troncos que brotaban ante sus ojos. El olor de aquel animal amenazado era el único camino, el único mundo. Había no obstante otro aroma, el de una humana tras su caza. Él le había visto primero, el perfume del agotamiento de la humana se transformaba en su propia marcha, en pura energía. Humanos. Humanos queridos de los que conocía el nombre. Él no quería matarles, no quería. Galopar, galopar. La caza. No hay amigos. Ya no hay familia. Su furia, ¿de dónde vino? Ahora el bosque era su calma. Ya nada podía transformarle en el monstruo que jamás volvería a ser. ¿Años? ¿Lustros? Ahora no. Apretar el paso. La carrera sin fin, eterna huella de una caza intemporal, ahora, ahora, su movimiento ardiendo. El rastro de feromonas de miedo eran sus piernas corriendo, y sus piernas corriendo eran el barro y las hojas caídas del bosque que pronto serían esa sepultura de color blanco. Exhalar, inhalar. El sabor de la carne estaba cerca.

La cazadora aguzó la vista con el arco pegado al cuerpo. Hacia el sur había creído distinguir la silueta de… de un lobo que se detuvo entre los árboles, a unos escasos doscientos metros de donde ella estaba. Un imponente lobo de pelaje denso, albo y grisáceo había estado persiguiendo a su misma presa.
–¡Es mío! –gritó apuntándole, contrariada, sabedora de que tenía que decirle adiós a la pieza que otros se cobrarían.
La rigidez que había tomado sus brazos se relajó por una fracción de segundo y es que ante ella había un lobo pero, ¿acaso estaba solo?
No aullaba. Sólo la miraba con unos ojos amarillos.
Bajó el arma. El lobo hizo amago de dar un paso hacia ella y los brazos de la cazadora volvieron a elevarse en una tensión cautelosa. Y sus ojos feroces volvieron a rivalizar con los del antiguo depredador.
El animal no obstante se detuvo y se sentó sobre sus cuartos traseros.
Se mantuvieron en una mirada sin dueño durante varios minutos. Era extraño: no se medían, porque no había espacio para nada más aparte de la más pura contemplación.
Ella, desconcertada, dejó caer sus brazos demasiado cansados y entumecidos como para mantenerse vigilantes, resbalando por sus hombros el peso de la incomprensión. Al final también se sentó, extenuada su alma.
El bosque, que desde el inicio de la persecución había enmudecido, fue despertando tímidamente entre gorjeos y trinos y leves crujidos de nieve en la lejanía que se querían confundir con el viento.
Sin previo aviso el lobo se levantó, trotó adonde estaba el reno y tirándole del pescuezo fue arrastrándolo con dificultad hacia la cazadora que, asombrada, se mantenía inmóvil. Sentía que no debía hacer gesto alguno, temerosa de romper el presente como haría una piedra quebrando el aquietado reflejo de las aguas de un estanque.
El lobo depositó al reno junto a ella jadeando. Y ambos, cazadora y cazador, se dieron tiempo, para encontrar cada uno sus respuestas en el silencio.
–¿Quieres compartirlo? –se aventuró a decir tras unos minutos sentada allí, junto al lobo. El bosque volvió a callar, no estaba acostumbrado a tanto ruido y ella lo sabía. Pero el lobo no desapareció en la bruma del ensueño, seguía allí, a su lado–. Pensaba que no me ibas a dejar nada –aclaró ella sonriendo, como sonríe la gente que se lo está pasando realmente bien en la intimidad–. Para partirlo por la mitad voy a necesitar bastante tiempo. Pero supongo que lo hemos cazado entre los dos… ¿tú qué crees? –el lobo inclinó la cabeza como si hiciese una reverencia–. En un par de horas será de noche. Mañana estaré por aquí, aún se puede cazar, ¿sabes? –dijo desenvainando un puñal y comenzando a desollar al reno –No puedo desperdiciar ni un solo día –el lobo volvió a inclinar la cabeza. Ella se detuvo, muy extrañada y después se echó a reír de repente mientras seguía separando el pelaje del músculo con las manos ensangrentadas.
–¿Cómo te llamas?
El lobo aulló, ululando un sonido particular.
Ella, alarmada, se puso en guardia mirando en todas direcciones pero por increíble que pudiera parecer no había manada para él.
La cazadora se detuvo de pronto observando al extraño cazador, pensando muchas cosas, jugueteando con el puñal entre sus manos como con sus ideas en su mente.
Súbitamente aulló ella una vez, y el lobo dejó escapar un gemido poco optimista.
Repitió el sonido con una suerte de ligeros ajustes, que debieron de resultar insuficientes porque esta vez el lobo volvió a aullar con potencia, como había hecho para contestar a su pregunta.
Hizo ella un último intento y consiguió imitar el aullido del lobo, modulando su voz con la curvatura apropiada, durante el intervalo de tiempo exacto.
El lobo inclinó la cabeza.
–Pues yo me llamo Talvikki. Y sé como tú lo dura que es la vida del cazador. Ya sabes dónde vivo, por si quieres algo –continuó sajando piel diligente–. Si los humanos quieren cazarte, hazte humano, aunque estés desnudo, y así no te matarán. Y yo iré a por ti. Y no te preocupes por mí, ya sé cómo llamarte.
Aullaron juntos su nombre, y ella sonrió, invadida por una paz sin origen.
–Aunque un día me dirás tu otro nombre si lo tienes, ¿verdad? Si… si quieres.
Ella le miraba esperando una respuesta. Él miró al infinito con ojos que susurraban el bosque, también tenía preguntas que hacerse. Pensaba en los pasos dados que le habían sorprendido con las primeras nieves y con un encuentro tan inesperado como predestinado. En definitiva un encuentro que perfectamente podría haberse evitado.
Tras unos segundos de líneas mentales, que por holísticas se deshacían, inclinó la cabeza de nuevo.
–Pero me gusta mucho tu nombre –le aseguró Talvikki para volver a aullar.