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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

jueves, 1 de agosto de 2013

Matanza

Matanza:

La gravilla gris parecía un todo fundiéndose con los escombros ennegrecidos de la casa calcinada y en ruinas. Retazos de hierba luchaban por verdecer el paisaje aunque tan sólo alcanzaban a parecer manchas oscuras en medio de una nada lítica.
Las nubes cubrían el cielo, el viento rugía y se abría paso ululando entre los árboles desnudos, entre los cuerpos de las cinco personas que estaban allí.
Cuatro desmontaron junto al linde del bosque, aún en el camino, armas en ristre.
La espesura constituía un terreno demasiado peligroso para los caballos: los árboles, aunque desnudos, estaban demasiado cerca unos de otros y sus raíces descomunales saltaban aquí y allí, salvando piedras y socavones, buscando un lugar por el que horadar un suelo duro y macizo que les expulsaba.
Nai –la quinta figura sin montura–, observándolos al abrigo de los árboles, tomó su hacha y su escudo, ajustándose las correas al brazo cuidadosamente, sin prisa. Después dejó planear su mirada por encima de cada uno de ellos: tres hombres y una mujer.
Los animales inquietos olían el tiempo cambiante a la intemperie y lo recibían con aprensión, piafaban y resollaban intranquilos tras los guerreros.
El vendaval arreciaba pugnando por transformarse entre torrentes gélidos y cálidos, desatándose y comenzando a rugir. Los rayos asolaban implacables las llanuras más allá, cada vez más cerca. El cielo oscurecía.
Nai esperó…
Y, en un momento dado, se tensó.
Se tensó sin una palabra cuando se lanzaron tres de ellos al ataque, la cuarta quería cubrir más distancia para pillarla desprevenida por detrás.
Correr, blandiendo espadas, una maza… Correr y saber que bien podría acabar la vida ahí mismo.
Un preciso movimiento de cadera y Nai esquivó un precipitado tajo horizontal que quería encontrar su cabeza.
Cercenó la mano del arma de su oponente notando la endeble resistencia del hueso contra el acero afilado y los tendones seccionados bajo su mandato.
La sangre la salpicó. El rostro de un hombre atractivo que tenía por nombre Maer se contrajo de dolor y profirió un alarido que reverberó en la cabeza de Nai mientras caía de hinojos con un sonido sordo. Se aferraba a lo que sólo era un muñón sanguinolento en vano.
Nai tuvo que interponer su escudo contra un golpe y una estocada de dos de sus enemigos, cuidando de desviar esta última hacia la izquierda, lejos de sí. Había un hueco abierto entre el torso y la maza que portaba uno de sus adversarios y Nai clavó su hacha en aquel tronco expuesto con un movimiento ascendente.
Maer gritaba.
El cuerpo de Thearas se desplomó sin vida junto a su maza, arrastrando a Nai con su peso que, ladeada de mala manera, asía el mango de su arma y tanteaba y forcejeaba para sacarla de aquel tórax con rapidez.
Nai consiguió detener otra estocada de Vaesel, un tipo con mirada de asco, con su rodela mientras desencajaba el hacha de las costillas del cadáver con un crujido.
Los aullidos del guerrero sin muñeca no cesaban, llenando el bosque muerto.
Unos cuervos comenzaron a graznar, esperando su justo banquete.
Escuchó el sonido de unos pasos tras ella, corriendo.
Le dio un hachazo en el cuello al de la mirada de asco tras balancear y equilibrar su arma. Le rajó la carótida.
Las gotas de sangre se deslizaban por el filo curvo de su hacha mientras ella se daba la vuelta para encarar a la mujer que debía de estar ya muy cerca.
Al tiempo que giraba sobre sí misma se agachó mientras flexionaba las rodillas barriendo con el escudo las piernas de Nallalon, la mujer tuerta. Su contrincante salió despedida, cayendo justo detrás de Nai la cual, volviéndose de nuevo y sin poder detenerse a calcular apropiadamente el golpe, descargó toda su potencia hacia abajo, clavando el arco que describía la cabeza de su hacha en el estómago de la tuerta Nalallon. Extrajo la hoja con una estela carmesí tras ella.
Nalallon trataba de recogerse las tripas mientras vomitaba sangre, sintiendo cómo se le escapaban los intestinos con cada respiración, con cada contracción que le asestaba el dolor.
El tipo atractivo del muñón, Maer, era persistente y sus chillidos seguían eclipsando el sufrimiento ajeno.
Nai decidió recompensar las súplicas de la tuerta con un tajo en la garganta y el sonido de un gorgoteo grotesco extinguiéndose en el silencio roto que eran los gritos.
Después volvió su atención a Vaesel, el de la mirada de asco, que malherido en el cuello sollozaba, pálido, de rodillas, intentando contener la sangre que manaba de una herida demasiado profunda y se derramaba oscura por entre la suciedad de sus dedos manchados, sabiéndose muerto, pidiendo clemencia con los ojos.
Ella incrustó el hacha en su sien y, con el crujido del hueso al quebrarse, dio término a su patético lloriqueo.
El filo tenía pegados pedazos de vísceras y pequeñas astillas óseas entre surcos rojos.
Maer, apoyado sobre un árbol, no había dejado de chillar durante aquellos largos trece segundos.
La guerrera se dirigió hacia él.
Empezó a llover. Primero cuatro gotas arrastradas por el viento que ya soplaba con fuerza, luego torrencialmente.
Los gritos cesaron para dar paso a unos terribles graznidos que tomaron el mundo bajo el estruendo de la tormenta que se alzaba sobre los caídos.
Plumas negras y lluvia limpiando sangre.
Y Nai.

–Los hombres siempre buscan una respuesta en la sangre –le había dicho la eterna Sonrisas a Nai hacía ya tiempo, mientras extendía sus alas negras sobre una montaña de calaveras, iluminada por el fuego de las nubes ardiendo–, y a la vez temen que detrás de la violencia no haya nada, que alguien pueda matar sin justificación. Lo sienten vacío, lo sienten absurdo. Siempre me ha parecido curiosa esa distinción. Y la estúpida ilusión de que hay una violencia que tiene alguna razón de ser, por remota que ésta sea. Sólo eres otra humana con un montón de motivos que no existen –liberó una carcajada al viento y desapareció entre sus ecos.
–¡No me importan tus palabras! –le había gritado Nai al vacío que quedaba–. ¡Estás loca! –exclamaba mientras el mundo de los hombres volvía a ser lo que ella recordaba y desaparecían la muerte y el fuego de la vagabunda Sonrisas para dejar paso a otra muerte, a otro fuego y a otras alas de plumas negras.
Llovía.
Y Nai seguía ahí, rodeada de cadáveres siendo devorados.
Sonrisas, perdida entre los ángulos del espacio-tiempo, sonrió divertida: esa gente seguía empuñando una espada en nombre de la justicia. Absurdo.