¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 10 de agosto de 2013

¿Quieres una birra?

“Tenemos una niña a la que, a veces, digo –también con alegría–: no sirves para nada”. JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO.

¿Quieres una birra?:

Me follo a Ana.
Me follo a Sara.
Me follo a Estefanía. A ésta hay que pagarle.
Me follo a Alba.
        Alba me mira, le digo que podemos volver, que he cambiado, que ya no soy el hombre que era, que no volveré a engañarla. Me dice que no me cree, así que contraataco. Le digo que fue culpa suya, que no debería ser tan severa, que no debería hacer según qué cosas. Ella me dice que me meta mi chantaje emocional por el culo, si es que el karma no me lo ha destrozado ya. Que no quiere volver a verme. Me voy.
El humo de un cigarro sobrevuela la calle.
La boquilla se enciende.
Se apaga.
Despierto.
Mis hijas me sonríen a la hora de cenar, yo les digo que el karma es una tontería de los putos chinos, que si existiera el karma la gente mala debería morirse, ¿y no estaban ahí los multimillonarios apestosos, pudriéndose entre millones, y los dictadores y esa gente?
El tubo fosforescente del baño parpadea por la mañana, como la advertencia de la estupidez de la vida, de pensar sobre la vida. Parpadea intermitentemente, con un zumbido. Parpadea más que de costumbre, y finalmente se funde. Porque eso es nuestra vida, joder, fundirnos trágicamente, olvidados, solos… sustituidos por otra fuente de luz que también se va a apagar.
Quedo con Sonia.
Tengo unas hijas preciosas, le digo a ella.
Nunca confiéis en nadie, les digo a ellas.
Se portan bien, y a veces aprueban todas las asignaturas, le digo a ella.
La gente es esencialmente hija de puta, les digo a ellas, pero vosotras sois mis colegas, ¿no? No soy mal padre y les dejo acostarse tarde, bueno, tampoco demasiado, que no soy mal padre.
Sonia desaparece.
“¿Quieres follar?”, me pregunta Silvia. “Yo quiero”, me dice, hay una dulce impaciencia en su voz, es una voz de… de… de guarra. Tendré que darle lo que está deseando.
Me emborracho con Juan y con Sergio, hablamos de mujeres, de cómo son.
“Nadie me ha follado como tú”, me dice Ana un día al encontrármela por la calle, y claro, me dan ganas de tirármela, porque no hay nada mejor que se le pueda decir a un hombre. La respuesta a todo es exactamente esa bendita frase.
Tengo que encargarme de mis hijas, y lo hago cada día. Y eso que me gustaría estar en el bar o yendo con mis amigos de marcha… algo que no fuera estar tan pendiente de ellas…
“¡Todos los hombres sois iguales!”, me suelta Lucía, la mayor de mis hijas. Algún hijoputa la habrá dejado o algo así. Cierra la puerta de un portazo y se encierra en su habitación. “¿Quieres una birra?”, le pregunto, no responde. Yo voy a por una.
Abro el frigo.
No sé ni para qué viene a decirme esa mierda.
Cierro el frigo con el sonido del portazo amortiguado.
Vanesa, la pequeña, es más inocente aunque su nombre sea una horterada que le impuso la irresponsable de su madre. Abro la lata, suena ese siseo burbujeante escapando a toda prisa. Doy un sorbo. De todas formas Vanesa ya empieza a preguntar y claro, ¿cómo voy a mentirle? La vida es una puta mierda y se lo digo.
Me emborracho con Juan, otra vez. Lucía estará de fiesta por ahí enrollándose con algún gilipollas que espero que no traiga a casa. Detesto oír a otras personas follando cuando yo no tengo el gusto. Vanesa se habrá ido a ver la tele, seguro. Le doy un sorbo al whisky mientras se lo explico a Juan. Yo creo que no se duerme a su hora ni de coña, seguro que se levanta, enciende el televisor y cuando oye la puerta lo apaga y se va corriendo a la cama. Es demasiado lista.
Saludo a Pablo por la calle. El muy cabrón no me devuelve el saludo. ¿Quién se habrá creído que es?
“Un puto gilipollas, eso es lo que eres” me espeta mi hija Lucía, a saber por qué… “Hay padres solteros que saben qué significa ser padres”, continúa, “¿tener hijas que te insultan?”, le respondo, ella se va a dar una vuelta.
Vanesa me pregunta qué le pasa a su hermana “tendrá la regla”, le digo. ¿Yo qué sé qué le pasa? Dios, me dieron una niña contestataria sin un puto manual de instrucciones… es injusto, joder. Y encima si me descuido, Vanesa empieza a pintar las putas paredes con un rotulador o lo primero que pilla… Pero en vez de vigilar las paredes le digo: “No confíes en nadie, Vanesa, la vida no es como en las películas, a los malos no se les ve venir de lejos ni nada, los tíos te van a engañar por otra con mejor culo y no vas a ser una estrella de rock, te lo aseguro. Y te lo digo porque te quiero, no quiero que te lleves más hostias de lo debido, ¿me oyes?”. Ella asiente obediente.

–¿Alguien ha visto mi móvil?, no encuentro mi móvil –se produce un silencio incómodo hasta que Javier vuelve a lanzar su pobremente soterrada acusación al aire–. ¿Mi móvil? Lo había dejado aquí. ¿Nadie lo ha tocado?
–No lo he visto –finalmente me veo forzado a responder.
–Tú nunca ves nada, cariño, no sé ni para qué pregunto.
–¿Qué pasa, papá? –dice Raúl sin apenas interés, mirándonos a ambos vagamente, dejando en nuestra mano decidir a quién se dirige.
–No sé dónde está el móvil –le responde Javier–, seguro que alguien me lo ha cogido.
–Lo he visto encima de la mesa hace un momento –indica Raúl.
–Vale, ahí está.
Nos metemos en el coche, me detengo unos instantes pensando en algunas cosas relativas a la exposición que tengo organizada para hoy, repasando mentalmente cada punto, como si necesitase un impulso para…
–Manuel –me interpela él malhumorado–, ¿vas a arrancar hoy? –su tono de voz me hace sentir como un idiota. Pero arranco.
–No me hables así, por favor –siento la tensión carcomiéndome, ¿mis piernas se estremecen con un temblor? Sólo son palabras…
Pero él se sorprende, ¿cuándo me he atrevido yo a decirle no ya lo que siento, que no he sido capaz; sino simplemente “no” a algo?
–¿Así, cómo? –me inquiere muy erguido, casi tenso, clavándome al asiento del conductor con una mirada que trato de contener más allá de la periferia de la mía–. ¿Qué pasa, tengo que soportar consejos de un tío que me puso los cuernos, es eso? –lo hice y juré no hacer nada parecido jamás… fue horrible, la estúpida respuesta que comúnmente se conoce como un ataque de cuernos, y él me lo recuerda, como si fuera casto y puro, cuando tiene la menor ocasión. No sé si es una ironía o un absurdo o…–. ¿Así, cómo, Manuel? –insiste.
Me quedo callado durante unos instantes sintiéndome culpable, ni siquiera me veo con fuerza para decirle que no hablemos de eso delante de Raúl.
La culpa…
La culpa es como LSD en mi cerebro –aunque yo no sé cómo es el LSD en el cerebro de nadie–, el caso es que va transfigurándolo todo. Pero en vez de tener una experiencia mística de ésas que te acercan a Dios, a Buda o al puto mundo del Mago de Oz, tengo un mal viaje. En fin, siempre es un mal viaje. Como el de cada mañana al trabajo, más o menos.
–Olvídalo… –dice él reteniéndolo en la memoria–. Raúl, pórtate bien en el cole –le pide con una sonrisa radiante.
Raúl está cada vez más… apagado. AYER LE PEGÓ A UN NIÑO. Por lo visto no fue exactamente una pelea sino más bien una agresión bastante unilateral. Nos llamaron del colegio. Tengo que hablar con él… ¿Por qué demonios ha hecho algo así? No es mal chico, recuerdo cuando era un poco más pequeño y pasábamos horas jugando en el parque al columpio, al balancín y esas cosas… Es un chico muy bueno. ¿Por qué le habrá pegado a otra persona?
Se cierra la puerta, el coche vuelve a ponerse en marcha con un ronroneo. El magnánimo silencio de Javier no dura mucho, en seguida vuelve a saltar con el tema:
–Manuel, no eres nadie para hablar de moralidad. ¿Quién te crees que eres? Tú también lo hiciste –me recrimina, afortunadamente ahora a solas.
–Tienes razón –me rindo, como siempre.
Está bien, pronto le dejaré en el trabajo, tal vez hoy no salga del coche gritando. Gritándome. Tampoco es que grite en general. Me grita a mí.