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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Oscuridad

A Damián Damián, que ha creado uno de los más interesantes espacios de intercambio cultural que conozco.

Oscuridad:

Siempre fue el dibujo. El dibujo tenía vida y un alma pulsando bajo ella.
Faltaba la oscuridad. Porque la oscuridad lo era todo y sin oscuridad nada podría ser jamás.
Llevaba días sin apenas dormir, quería volver a la fuente, la fuente de todo. El Trattato de pictura de Da Vinci era bastante antiguo y mencionaba mezclas para dar con materiales de alta calidad, pero era sin duda insuficiente, no era en ningún caso lo que yo estaba buscando –reconozco que en cierto modo había anticipado mi decepción–. Las reglas descritas en el Hermeneia o en el Manual de Estrasburgo eran papel mojado por los mismos motivos. No me servían para nada: profanadas por el hombre, teñidas de cultura, de creencias, de costumbres. Necesitaba algo anterior, algo anterior al claroscuro, a la perspectiva aérea, al mosaico, a las pinturas rupestres, ¡a todo! Algo más antiguo. Algo que no fuera.
Pero esta noche –porque ya sólo descansaba de día– me he despertado sobresaltado. ¡Lo había visto! ¡El dibujo! Estaba en mi cabeza otra vez, crepitando de oscuridad. Aparecía más nítido que nunca, latiendo en el sótano de mi casa, llamándome, convocándome… conjurándome.
Perdonen mi exaltación, discúlpenme, quizás debería remontarme a los hechos acaecidos hará cosa de un mes… Sí, de lo contrario ignorarán ustedes detalles importantes, aunque debo advertirles de que cada minúsculo paso dado en mi empresa es el reflejo de su totalidad.
Hace un mes soñé con el dibujo, el dibujo que se convertiría en el centro de mi vida a partir de entonces, la razón de ser de cada segundo que se colaba en cada uno de mis días. La existencia comenzó rápidamente a volverse traslúcida y sin color comparada con la presencia en mi cabeza de la obra que debía llevar a cabo.
Tenía la convicción de que había algo más allá de la realidad tal y como la conocemos. Algo que debía cruzar, algo que debía venir. Algo antiguo. El dibujo era un sello.
Comencé a investigar entre mis libros, en internet, fui a la biblioteca. No encontré nada útil.
¿De qué estaba hablando?
Por supuesto nada más despertar había realizado un apresurado boceto, confiando en encontrar algo, sabiendo que muy a menudo lo que se sueña, de ser por casualidad recordado en la vigilia, en seguida se desvanece, deshaciéndose al contacto con la realidad.
Pero estaba completamente seguro de que faltaba algo en aquel dibujo. Era un círculo, pero necesitaba algo más. Sé que cualquiera lo hubiera subestimado: un círculo, el símbolo de… ¡Pero yo no! ¡No era nada de eso! La interpretación no haría sino que errara mi destino. Mi destino, podía sentirlo, como si estuviera aguardando al otro lado de una pared de cristal a punto de resquebrajarse en grietas como venas del cuerpo humano.
¿Hablaba de la información?
En esta época en que vivimos la cantidad de información manejada es inmensa, el volumen resulta simplemente ridículo. El trabajo, por supuesto, consistía en separar la información útil de aquélla que obviamente sólo supondría un obstáculo para mí. Y durante mis búsquedas entre hojas, índices, títulos, bibliografías, artículos y trabajos fui desviándome, fui saliendo de la red tejida, escapando de lo que nos era indicado, de lo que nos era obligado, forzando poco a poco los estrechos límites de la imaginación. Gradualmente fui encontrándome con lo que escapaba al poder de la razón interpretativa: primero lo más experimental, después las escuelas olvidadas en los márgenes de los libros y, finalmente, lo oculto. ¡Lo oculto! Los textos parecían querer insultarme, riéndose de mí en una nube de cándida sencillez que, de crédula y simplista, me resultaba angustiosa. ¡No eran esos los problemas a los que yo me enfrentaba! ¡Esos así llamados secretos apenas eran un conjunto de técnicas sórdidas y salvajes, y rituales y supersticiones absurdos! Resultaba exasperante saber que la respuesta tenía que estar allí mismo, al otro lado de…
Pero no bastaba. Nada bastaba, nada era suficiente, nada podía contener mi proyecto, ni lienzo ni pincel. No había soporte para mi obra.
Encontré De Tenebrae Natura, un ejemplar del monasterio soriano de Santa María de la Huerta –aunque no constaba en los inventarios oficiales y tuve que mover muchos hilos–. Era un códice cristiano que databa del siglo XVI. Comentaba el copista que era un texto que había sido traducido al latín medieval desde el árabe, de ahí nos podíamos remontar al griego y del griego al copto… se hacía alusión al egipcio arcaico… vagamente. Conocimientos que nacían en la noche de los tiempos, secretos poderosos, prohibidos. Podían ser cenizas sin valor, debía andarme con cuidado.
Pero, ¿de qué hablaba?
Empezaba a darme por vencido mientras me afeitaba al anochecer, iluminado por la luz fosforescente del baño, ante un espejo que me mostraba un rostro olvidado. No me sentía representado por ese agotamiento, por esas ojeras, por esa barba de una semana que iba rasurando. Por supuesto aquella era mi cara, ¿quién lo dudaba? Dicen que los ojos son el espejo del alma. Y no obstante mi alma sin embargo era el dibujo. Ese dibujo para el cual no encontraba respuesta. Quizás me estaba equivocando al hacer las preguntas…
Ya no cogía las llamadas. Dejé un mensaje por varias redes sociales de internet diciendo que me había ido de viaje, que ya volvería. Sabía que con De Tenebrae Natura en mi poder podía correr peligro si salía de mi casa. No obstante yo no era ningún estúpido.
Me sentía débil a ratos, debatiéndome entre dolores de cabeza, y sin embargo cuando me ponía a trabajar en mi estudio, lo hacía febrilmente, sabedor de que la respuesta estaba cerca y que si no la veía, era porque me cegaba la pregunta.
Tuve un segundo sueño. El dibujo tenía que ser infinito, carecer de límites. Lo percibí como notas sobre el vacío de mi sueño. Era como una ráfaga de certeza pura que tomaba mi cuerpo, que guiaba mi mano. Desperté, estaba ante el espejo. El tubo de luz blanca parpadeaba y emitía un zumbido suave e intermitente. ¿Seguía allí? La cuchilla estaba en mi mano, mi mano a la altura de la cara, y yo, por afeitar. Tenía trazas de espuma en la cara. Me aclaré con agua y me miré a los ojos. A través del espejo. Mis ojos.
Entonces advino a mí.
Había encontrado el soporte apropiado.
Me deshice de todos los muebles del sótano, el cual había pasado por varias fases: al principio como garaje, más tarde almacén de leña, durante una breve temporada hizo las veces de gimnasio, también momentáneamente trasladé allí mi estudio del ático, y finalmente se convirtió en el salón que era, ahora vacío. Encargué un par de mamparas consistentes –me preocupaba que no fueran lo suficientemente sólidas– de cristal azogado con las proporciones apropiadas. Asimismo contraté mano de obra de calidad a la que solicité vehemente que siguieran mis indicaciones al pie de la letra, ya que se basaban en unas mediciones muy precisas. Les hice entender la relevancia del asunto sin exponerme demasiado.
Sin embargo yo nunca le tuve miedo a la oscuridad.
De Tenebrae Natura, De Tenebrae Natura… Una de sus líneas rezaba: Lux vera obscuritate subripitur. No paraba de decirme a mí mismo que ahí estaba la clave: “la verdadera luz es robada por la oscuridad” o tal vez “la luz es robada por la verdadera oscuridad”. Tenía que hallar alguna forma de destilar esa oscuridad verdadera, de deshacerme de todas nuestras obscenas ficciones, filtrarlas, para quedarme con la realidad.
De momento ya tenía una habitación cúbica en el sótano, y paredes de espejo en cada una de las seis caras de la estancia.
A veces me sentía cansado y no obstante apenas podía dormir y mis miembros trabajaban vigorosamente mientras yo hacía dibujos una y otra vez. ¿Estaba más delgado que hacía un mes? En el espejo veía mis costillas sobresaliendo, dibujando dunas de sombra sobre mi piel, que era como papel.
Y mi último sueño era, inequívocamente, un mensaje. Ya llevaba días sintiendo que el dibujo estaba cerca, deseando irrumpir en mi cabeza, salir a la luz, porque la oscuridad real es invisible. Pero yo fui capaz, yo pude verla en sueños, brillante de alguna manera paradójica, robando efectivamente toda luz alrededor. Las tinieblas penetraban en el mundo, con un color del cual el negro sólo podía ser la más ingenua tentativa.
Había salido del abismo de perdición: había encontrado oscuridad pura.
Y sólo había un medio de traerla a este… lado del espejo, de que atravesara el intersticio de la realidad alzado ante nuestros ojos.
Descendí por las escaleras que llevaban al sótano.
Encendí una vela en medio de la habitación, reflejada infinitamente más allá de las perspectivas: era el sacrificio de luz. Lo sentía de veras, pero así debía ser. Esa llama joven y danzarina sería engullida por un poder superior, anterior al mismo universo, un poder que yo iba a traer a este mundo. Un poder que tenía que regresar.
Armado con una brocha y un cuchillo, me rajé el brazo.
Sin embargo yo nunca le tuve miedo a la oscuridad.
La sangre era casi negra, la observé con atención: el preludio de todo, la vida de las tinieblas cayendo sobre el espejo. El rojo guiado por mi mano experta engullía todo brillo contoneándose levemente como si fuera una serpiente.
La herida tenía que permanecer abierta.
La oscuridad iba tomando forma mientras yo seguía trazando el círculo. Y la luz de la vela empezó a atenuarse, a perderse, cayéndose por las aristas de los espejos, deslizándose más allá de la habitación, pero sin poder huir, atrapada en el infinito. A punto de ser devorada por la verdadera oscuridad.
Moverme era una proeza, me sentía exhausto a cada pincelada, a cada apoyo que me prestaban mis muñecas y mis rodillas, el suelo me pesaba sobre el cuerpo y la llama seguía allí, danzando con un leve brillo negro, insoportable, sin color ni sentido. Veía las sombras proyectadas ondulándose como jirones de oscuridad. Cuando logré terminar el dibujo ya no emitía fulgor alguno, estaba muerta.
Ya no emitía fulgor…
Estaba muerta…
Pobre
llama
de
fuego, pobrecita… pero así debía ser.
Vi moverse algo, algo entre la oscuridad infinita de los espejos, pero mi cuerpo empezaba a desfallecer…
Algo que venía hacia mí veloz…
Y yo sonreía…
Sonreía…