¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 20 de mayo de 2013

Dar vida



Dar vida:

            Las estanterías se reproducían hacia lo alto, repletas de frascos, extraños recipientes, libros dispersos y recetas prohibidas por poderosas instancias ya desaparecidas. La sala –oscura, circular y reducida– no parecía capaz de contener tantos objetos, pero al elevar la vista hacia arriba uno jamás acababa de mirar hacia un más allá que se extrapolaba en la más vasta eternidad –la eternidad que, al fin y al cabo, era–, y las baldas comenzaban a enroscarse en una espiral imposible.
Depositó la caja repleta de redomas tintineantes en el suelo, con el sonido de cristales chocando de fondo: un brindis privado con el infinito.
Le lanzó una mirada a U´shqr y éste se la devolvió con expresión afectada.
–R´lgrn, sostén esto –un gesto cuidadoso y el matraz cambiaba de dueño.
Había una gran mesa ante ellos, contenía estrellas y planetas, entre volutas de humo, viales y retortas dispares apretujadas contra el borde del tablero del cual emanaba toda la luz que necesitaban.
U´shqr alargó uno de sus miembros y de las estanterías advino a él una de tantas botellas almacenadas.
–Posibilidad de confianza/desconfianza es lo que andaba buscando.
–Y esto… –comenzó a decir R´lgrn leyendo la etiqueta del matraz–. ¿Esto es posibilidad de amor/indiferencia? ¿No le has echado mucho?
–Nunca es mucho.
–¿No te preocupan las opciones?
–Las disfruto –aclaró U´shqr.
–Hablas como si siempre fueran a escoger la felicidad.
–No. Hablo como si a cada segundo tuvieran esa alternativa.
–Eres muy optimista, joven e iluso.
            –¿Tú crees? Te propongo algo. Con éste jugaremos tú y yo –afirmó U´shqr–. ¿Tú qué te apuestas?
            –Su felicidad. ¿Aceptas?
            –Por supuesto.
            Se cogieron de uno de sus miembros, cerrando con lo que tal vez pudiera llamarse un apretón su juramento. Un gesto antiguo para un reto nuevo.
–Yo me apuesto mi vida –dijo U´shqr.
–He visto los ingredientes de la mezcla. Nada especial.
–Precisamente por eso, amigo R´lgrn: es una criatura común y corriente.
Acabaron sin más ceremonias y el fluir de los años se distorsionó como hacía siempre que pasaba por allí, fluctuando azarosamente.
Entre las brumas del tiempo el ser alzó el rostro y entornó la mirada con su espíritu preclaro, dándose cuenta de la intriga que se tramaba en otro espacio-tiempo. Y súbitamente ellos se supieron observados.
–No os hablo para desafiaros –comenzó la criatura a decir en una comunicación afónica, ya tras vidas de experiencia–, os hagáis llamar dioses o demonios a los que no venero. No hay nada entre vosotros y yo, no hay preposiciones que vinculen esta relación. No tenéis poder sobre mí. No os he creado, no dependéis de mí ni yo de vosotros, sois un símbolo de la ficción del lenguaje. No existe ni la libertad ni el destino. Y vosotros ya habéis desaparecido.
Y efectivamente el viento barría arena pigmentada y oscura, iluminada por tres lunas moribundas en una dimensión que se esfumaba en menos de lo que dura el ahora en la ilusión del tiempo.

–¿Qué te parece? –curioseó U´shqr mientras la nada se resquebrajaba reajustándose de nuevo en la oscuridad de los estantes repletos de redomas.
–Sería injusto quitarte la vida –respondió R´lgrn–, pero no has ganado –le advirtió.
–Me parece un mero tecnicismo, no obstante será como desees… –se rindió momentáneamente U´shqr–. Entonces, ¿apostamos otra vez?
–Soy anciano… y paciente.
–Me lo tomaré como un sí.

viernes, 10 de mayo de 2013

Política de la casa



Política de la casa:

            La ciudad rugía: cláxones gritando en vano que ellos no eran el tráfico que les rodeaba, mil conversaciones acerca de la tierra y los cielos cubiertos de humo y los pasos apresurados de demasiada gente.
–Yo me apuntaría a cenar contigo, loco –ella mascaba chicle impertinente, no había nadie en el mundo que le pudiera decir qué podía o no hacer.
–Y yo, pero, entonces, ¿te apetecería un desayuno? –él no dejaba de pensar en cuánto le atraía ella, pese a que nunca antes le había cautivado una chica así.
–Por mí bien. Pero yo soy activa, a mí me gusta encima.
–Me parece bien. Yo soy pro-cama.
–Alberto, no me vengas con exigencias tú ahora, que conmigo así no, ¿eh?
–Pues como quieras. Bastante hago ya con no parar el ascensor para que nos dediquemos al fornicio…
–Lo llego a saber y me pongo falda, que andarme bajando los pantalones...
Salieron del ascensor, escupidos del edificio. Ambos alegres en su juego nada sutil, disfrutando del pasatiempo que habían creado. Y ambos preguntándose hasta dónde llegaría tanto jugar. Había química entre los dos, eso le resultaba obvio a cualquiera que los viera juntos. Él había sentido esa química con muy pocas personas en su vida, todas –en general modosas, femeninas y educadas– absolutamente distintas a Jennifer, esa joven seductora y poligonera sacada de algún barrio de Alcorcón tan echada para adelante, borde y, a su extraña manera, risueña. A ella sobre todo le gustaba el juego, saber que atraía a otras personas le levantaba el ánimo como era natural y ese tío parecía un buen tío, un poco engreído, pero un buen tío. Parecía un señor, vestía muy bien y era cortés, un tipo raro y, tal vez por ello, atractivo a sus ojos. En cualquier caso era entretenido el juego, su compañía era agradable y eso merecía la pena.
–Pero yo tengo novio –soltó ella, caminando por la calle, siempre honesta.
–Entonces nada.
–¿Cómo que nada?
–No pongo los cuernos si tengo una relación y no ayudo a ponerlos –hizo un gesto conciliador–, política de la casa.
–¿Pero qué clase de tío le dice que no a un polvo? ¿Tú de donde sales, loco?
–Yo no creo en eso de que los hombres son tal y las mujeres, cual –dijo desenvuelto, inclinándose ya a un lado, ya al otro para enfatizar sus palabras.
–¿Cómo que no crees? ¿Pero qué dices, tú? Si eso no es que te lo creas o no, es que es así –le espetaba asombrada con la goma de mascar entre los dientes, tomándoselo con humor a pesar de que no lo comprendía.
–Pues no creo –afirmó él llanamente, con una sonrisa.
–¿Y qué más te da a ti que yo tenga novio?
–Simplemente no ayudo a poner los cuernos, no me parece bien.
–Oye, chaval, que yo hago lo que quiero –aseveró con toda la dignidad herida de la noche en la ciudad.
–Eso me parece muy bien –repuso él sincero–, pero hazlo con otro.
–¿Y entonces? ¿Así se queda? ¿Y a ti por qué coño te importa eso?
–No lo sé, hay cosas que no hago. Tampoco es muy importante.
–¿Política de la casa? –dijo sonriendo pícara, mirándole de reojo, intentando esconder en algún rincón esa incredulidad que la embargaba, intentando recuperar un juego que había terminado.
–Eso mismo.
El aire olía a chicle de fresa.