¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 20 de agosto de 2013

Sólo una frase

Sólo una frase:

De pie –ante la belleza de la realidad– estaba a punto de darse cuenta de que siempre había creído en la sencillez de la magia.

sábado, 10 de agosto de 2013

¿Quieres una birra?

“Tenemos una niña a la que, a veces, digo –también con alegría–: no sirves para nada”. JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO.

¿Quieres una birra?:

Me follo a Ana.
Me follo a Sara.
Me follo a Estefanía. A ésta hay que pagarle.
Me follo a Alba.
        Alba me mira, le digo que podemos volver, que he cambiado, que ya no soy el hombre que era, que no volveré a engañarla. Me dice que no me cree, así que contraataco. Le digo que fue culpa suya, que no debería ser tan severa, que no debería hacer según qué cosas. Ella me dice que me meta mi chantaje emocional por el culo, si es que el karma no me lo ha destrozado ya. Que no quiere volver a verme. Me voy.
El humo de un cigarro sobrevuela la calle.
La boquilla se enciende.
Se apaga.
Despierto.
Mis hijas me sonríen a la hora de cenar, yo les digo que el karma es una tontería de los putos chinos, que si existiera el karma la gente mala debería morirse, ¿y no estaban ahí los multimillonarios apestosos, pudriéndose entre millones, y los dictadores y esa gente?
El tubo fosforescente del baño parpadea por la mañana, como la advertencia de la estupidez de la vida, de pensar sobre la vida. Parpadea intermitentemente, con un zumbido. Parpadea más que de costumbre, y finalmente se funde. Porque eso es nuestra vida, joder, fundirnos trágicamente, olvidados, solos… sustituidos por otra fuente de luz que también se va a apagar.
Quedo con Sonia.
Tengo unas hijas preciosas, le digo a ella.
Nunca confiéis en nadie, les digo a ellas.
Se portan bien, y a veces aprueban todas las asignaturas, le digo a ella.
La gente es esencialmente hija de puta, les digo a ellas, pero vosotras sois mis colegas, ¿no? No soy mal padre y les dejo acostarse tarde, bueno, tampoco demasiado, que no soy mal padre.
Sonia desaparece.
“¿Quieres follar?”, me pregunta Silvia. “Yo quiero”, me dice, hay una dulce impaciencia en su voz, es una voz de… de… de guarra. Tendré que darle lo que está deseando.
Me emborracho con Juan y con Sergio, hablamos de mujeres, de cómo son.
“Nadie me ha follado como tú”, me dice Ana un día al encontrármela por la calle, y claro, me dan ganas de tirármela, porque no hay nada mejor que se le pueda decir a un hombre. La respuesta a todo es exactamente esa bendita frase.
Tengo que encargarme de mis hijas, y lo hago cada día. Y eso que me gustaría estar en el bar o yendo con mis amigos de marcha… algo que no fuera estar tan pendiente de ellas…
“¡Todos los hombres sois iguales!”, me suelta Lucía, la mayor de mis hijas. Algún hijoputa la habrá dejado o algo así. Cierra la puerta de un portazo y se encierra en su habitación. “¿Quieres una birra?”, le pregunto, no responde. Yo voy a por una.
Abro el frigo.
No sé ni para qué viene a decirme esa mierda.
Cierro el frigo con el sonido del portazo amortiguado.
Vanesa, la pequeña, es más inocente aunque su nombre sea una horterada que le impuso la irresponsable de su madre. Abro la lata, suena ese siseo burbujeante escapando a toda prisa. Doy un sorbo. De todas formas Vanesa ya empieza a preguntar y claro, ¿cómo voy a mentirle? La vida es una puta mierda y se lo digo.
Me emborracho con Juan, otra vez. Lucía estará de fiesta por ahí enrollándose con algún gilipollas que espero que no traiga a casa. Detesto oír a otras personas follando cuando yo no tengo el gusto. Vanesa se habrá ido a ver la tele, seguro. Le doy un sorbo al whisky mientras se lo explico a Juan. Yo creo que no se duerme a su hora ni de coña, seguro que se levanta, enciende el televisor y cuando oye la puerta lo apaga y se va corriendo a la cama. Es demasiado lista.
Saludo a Pablo por la calle. El muy cabrón no me devuelve el saludo. ¿Quién se habrá creído que es?
“Un puto gilipollas, eso es lo que eres” me espeta mi hija Lucía, a saber por qué… “Hay padres solteros que saben qué significa ser padres”, continúa, “¿tener hijas que te insultan?”, le respondo, ella se va a dar una vuelta.
Vanesa me pregunta qué le pasa a su hermana “tendrá la regla”, le digo. ¿Yo qué sé qué le pasa? Dios, me dieron una niña contestataria sin un puto manual de instrucciones… es injusto, joder. Y encima si me descuido, Vanesa empieza a pintar las putas paredes con un rotulador o lo primero que pilla… Pero en vez de vigilar las paredes le digo: “No confíes en nadie, Vanesa, la vida no es como en las películas, a los malos no se les ve venir de lejos ni nada, los tíos te van a engañar por otra con mejor culo y no vas a ser una estrella de rock, te lo aseguro. Y te lo digo porque te quiero, no quiero que te lleves más hostias de lo debido, ¿me oyes?”. Ella asiente obediente.

–¿Alguien ha visto mi móvil?, no encuentro mi móvil –se produce un silencio incómodo hasta que Javier vuelve a lanzar su pobremente soterrada acusación al aire–. ¿Mi móvil? Lo había dejado aquí. ¿Nadie lo ha tocado?
–No lo he visto –finalmente me veo forzado a responder.
–Tú nunca ves nada, cariño, no sé ni para qué pregunto.
–¿Qué pasa, papá? –dice Raúl sin apenas interés, mirándonos a ambos vagamente, dejando en nuestra mano decidir a quién se dirige.
–No sé dónde está el móvil –le responde Javier–, seguro que alguien me lo ha cogido.
–Lo he visto encima de la mesa hace un momento –indica Raúl.
–Vale, ahí está.
Nos metemos en el coche, me detengo unos instantes pensando en algunas cosas relativas a la exposición que tengo organizada para hoy, repasando mentalmente cada punto, como si necesitase un impulso para…
–Manuel –me interpela él malhumorado–, ¿vas a arrancar hoy? –su tono de voz me hace sentir como un idiota. Pero arranco.
–No me hables así, por favor –siento la tensión carcomiéndome, ¿mis piernas se estremecen con un temblor? Sólo son palabras…
Pero él se sorprende, ¿cuándo me he atrevido yo a decirle no ya lo que siento, que no he sido capaz; sino simplemente “no” a algo?
–¿Así, cómo? –me inquiere muy erguido, casi tenso, clavándome al asiento del conductor con una mirada que trato de contener más allá de la periferia de la mía–. ¿Qué pasa, tengo que soportar consejos de un tío que me puso los cuernos, es eso? –lo hice y juré no hacer nada parecido jamás… fue horrible, la estúpida respuesta que comúnmente se conoce como un ataque de cuernos, y él me lo recuerda, como si fuera casto y puro, cuando tiene la menor ocasión. No sé si es una ironía o un absurdo o…–. ¿Así, cómo, Manuel? –insiste.
Me quedo callado durante unos instantes sintiéndome culpable, ni siquiera me veo con fuerza para decirle que no hablemos de eso delante de Raúl.
La culpa…
La culpa es como LSD en mi cerebro –aunque yo no sé cómo es el LSD en el cerebro de nadie–, el caso es que va transfigurándolo todo. Pero en vez de tener una experiencia mística de ésas que te acercan a Dios, a Buda o al puto mundo del Mago de Oz, tengo un mal viaje. En fin, siempre es un mal viaje. Como el de cada mañana al trabajo, más o menos.
–Olvídalo… –dice él reteniéndolo en la memoria–. Raúl, pórtate bien en el cole –le pide con una sonrisa radiante.
Raúl está cada vez más… apagado. AYER LE PEGÓ A UN NIÑO. Por lo visto no fue exactamente una pelea sino más bien una agresión bastante unilateral. Nos llamaron del colegio. Tengo que hablar con él… ¿Por qué demonios ha hecho algo así? No es mal chico, recuerdo cuando era un poco más pequeño y pasábamos horas jugando en el parque al columpio, al balancín y esas cosas… Es un chico muy bueno. ¿Por qué le habrá pegado a otra persona?
Se cierra la puerta, el coche vuelve a ponerse en marcha con un ronroneo. El magnánimo silencio de Javier no dura mucho, en seguida vuelve a saltar con el tema:
–Manuel, no eres nadie para hablar de moralidad. ¿Quién te crees que eres? Tú también lo hiciste –me recrimina, afortunadamente ahora a solas.
–Tienes razón –me rindo, como siempre.
Está bien, pronto le dejaré en el trabajo, tal vez hoy no salga del coche gritando. Gritándome. Tampoco es que grite en general. Me grita a mí.

jueves, 1 de agosto de 2013

Matanza

Matanza:

La gravilla gris parecía un todo fundiéndose con los escombros ennegrecidos de la casa calcinada y en ruinas. Retazos de hierba luchaban por verdecer el paisaje aunque tan sólo alcanzaban a parecer manchas oscuras en medio de una nada lítica.
Las nubes cubrían el cielo, el viento rugía y se abría paso ululando entre los árboles desnudos, entre los cuerpos de las cinco personas que estaban allí.
Cuatro desmontaron junto al linde del bosque, aún en el camino, armas en ristre.
La espesura constituía un terreno demasiado peligroso para los caballos: los árboles, aunque desnudos, estaban demasiado cerca unos de otros y sus raíces descomunales saltaban aquí y allí, salvando piedras y socavones, buscando un lugar por el que horadar un suelo duro y macizo que les expulsaba.
Nai –la quinta figura sin montura–, observándolos al abrigo de los árboles, tomó su hacha y su escudo, ajustándose las correas al brazo cuidadosamente, sin prisa. Después dejó planear su mirada por encima de cada uno de ellos: tres hombres y una mujer.
Los animales inquietos olían el tiempo cambiante a la intemperie y lo recibían con aprensión, piafaban y resollaban intranquilos tras los guerreros.
El vendaval arreciaba pugnando por transformarse entre torrentes gélidos y cálidos, desatándose y comenzando a rugir. Los rayos asolaban implacables las llanuras más allá, cada vez más cerca. El cielo oscurecía.
Nai esperó…
Y, en un momento dado, se tensó.
Se tensó sin una palabra cuando se lanzaron tres de ellos al ataque, la cuarta quería cubrir más distancia para pillarla desprevenida por detrás.
Correr, blandiendo espadas, una maza… Correr y saber que bien podría acabar la vida ahí mismo.
Un preciso movimiento de cadera y Nai esquivó un precipitado tajo horizontal que quería encontrar su cabeza.
Cercenó la mano del arma de su oponente notando la endeble resistencia del hueso contra el acero afilado y los tendones seccionados bajo su mandato.
La sangre la salpicó. El rostro de un hombre atractivo que tenía por nombre Maer se contrajo de dolor y profirió un alarido que reverberó en la cabeza de Nai mientras caía de hinojos con un sonido sordo. Se aferraba a lo que sólo era un muñón sanguinolento en vano.
Nai tuvo que interponer su escudo contra un golpe y una estocada de dos de sus enemigos, cuidando de desviar esta última hacia la izquierda, lejos de sí. Había un hueco abierto entre el torso y la maza que portaba uno de sus adversarios y Nai clavó su hacha en aquel tronco expuesto con un movimiento ascendente.
Maer gritaba.
El cuerpo de Thearas se desplomó sin vida junto a su maza, arrastrando a Nai con su peso que, ladeada de mala manera, asía el mango de su arma y tanteaba y forcejeaba para sacarla de aquel tórax con rapidez.
Nai consiguió detener otra estocada de Vaesel, un tipo con mirada de asco, con su rodela mientras desencajaba el hacha de las costillas del cadáver con un crujido.
Los aullidos del guerrero sin muñeca no cesaban, llenando el bosque muerto.
Unos cuervos comenzaron a graznar, esperando su justo banquete.
Escuchó el sonido de unos pasos tras ella, corriendo.
Le dio un hachazo en el cuello al de la mirada de asco tras balancear y equilibrar su arma. Le rajó la carótida.
Las gotas de sangre se deslizaban por el filo curvo de su hacha mientras ella se daba la vuelta para encarar a la mujer que debía de estar ya muy cerca.
Al tiempo que giraba sobre sí misma se agachó mientras flexionaba las rodillas barriendo con el escudo las piernas de Nallalon, la mujer tuerta. Su contrincante salió despedida, cayendo justo detrás de Nai la cual, volviéndose de nuevo y sin poder detenerse a calcular apropiadamente el golpe, descargó toda su potencia hacia abajo, clavando el arco que describía la cabeza de su hacha en el estómago de la tuerta Nalallon. Extrajo la hoja con una estela carmesí tras ella.
Nalallon trataba de recogerse las tripas mientras vomitaba sangre, sintiendo cómo se le escapaban los intestinos con cada respiración, con cada contracción que le asestaba el dolor.
El tipo atractivo del muñón, Maer, era persistente y sus chillidos seguían eclipsando el sufrimiento ajeno.
Nai decidió recompensar las súplicas de la tuerta con un tajo en la garganta y el sonido de un gorgoteo grotesco extinguiéndose en el silencio roto que eran los gritos.
Después volvió su atención a Vaesel, el de la mirada de asco, que malherido en el cuello sollozaba, pálido, de rodillas, intentando contener la sangre que manaba de una herida demasiado profunda y se derramaba oscura por entre la suciedad de sus dedos manchados, sabiéndose muerto, pidiendo clemencia con los ojos.
Ella incrustó el hacha en su sien y, con el crujido del hueso al quebrarse, dio término a su patético lloriqueo.
El filo tenía pegados pedazos de vísceras y pequeñas astillas óseas entre surcos rojos.
Maer, apoyado sobre un árbol, no había dejado de chillar durante aquellos largos trece segundos.
La guerrera se dirigió hacia él.
Empezó a llover. Primero cuatro gotas arrastradas por el viento que ya soplaba con fuerza, luego torrencialmente.
Los gritos cesaron para dar paso a unos terribles graznidos que tomaron el mundo bajo el estruendo de la tormenta que se alzaba sobre los caídos.
Plumas negras y lluvia limpiando sangre.
Y Nai.

–Los hombres siempre buscan una respuesta en la sangre –le había dicho la eterna Sonrisas a Nai hacía ya tiempo, mientras extendía sus alas negras sobre una montaña de calaveras, iluminada por el fuego de las nubes ardiendo–, y a la vez temen que detrás de la violencia no haya nada, que alguien pueda matar sin justificación. Lo sienten vacío, lo sienten absurdo. Siempre me ha parecido curiosa esa distinción. Y la estúpida ilusión de que hay una violencia que tiene alguna razón de ser, por remota que ésta sea. Sólo eres otra humana con un montón de motivos que no existen –liberó una carcajada al viento y desapareció entre sus ecos.
–¡No me importan tus palabras! –le había gritado Nai al vacío que quedaba–. ¡Estás loca! –exclamaba mientras el mundo de los hombres volvía a ser lo que ella recordaba y desaparecían la muerte y el fuego de la vagabunda Sonrisas para dejar paso a otra muerte, a otro fuego y a otras alas de plumas negras.
Llovía.
Y Nai seguía ahí, rodeada de cadáveres siendo devorados.
Sonrisas, perdida entre los ángulos del espacio-tiempo, sonrió divertida: esa gente seguía empuñando una espada en nombre de la justicia. Absurdo.