¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Más allá de las palabras

Miss Carrousel, el final se me hizo tarde. xD

Más allá de las palabras:



Nebulosa –de un tono intenso, como el dibujo del amanecer al trepar por la aurora– es esa silueta que escapa a mis pensamientos, porque darte forma sería soñar la realidad en lugar de atraer al sueño. Las letras se deshacen al intentar decirse y se contemplan unas a otras estrellándose contra el anhelo de lo posible, al otro lado de lo que no se puede cercar. Los segundos no consiguen adelantar al tiempo y las palabras son sólo fragmentos de realidad que nunca se transformarán en carcasa porque el mundo las mantiene en el límite del relato, allí donde callan un silencio sencillo que grita todos los secretos.

Intentar encerrar a alguien en una idea debería estar penado con la decepción, afortunadamente los cerrojos aún no saben atrapar una sonrisa en la forma de sus llaves ni son capaces de susurrar la cadencia de la lluvia cuando respira el otoño. 

A fin de cuentas los grilletes y las alas comparten la almohada cuando se escapan del poema y renuncian a ponerle un nombre a tu voz.

Así pueden escuchar y liberarse, sin quebrarse bajo la grandeza de un solo verso.

Entonces la infinitud resuena como la inmortalidad de las palabras, las cuales nunca fueron mártires a punto de ser fusiladas por la estrechez del significado, sino un movimiento lleno de curiosidad por señalar esa creación que no gobierna el color de tus labios.









sábado, 15 de noviembre de 2014

Buscadores de palabras

“Mientras estamos dormidos en este mundo, estamos despiertos en el otro”.
SALVADOR DALÍ.

Buscadores de palabras:

Me levanté con un terrible pensamiento rondándome junto al despertar: “el mundo hoy está un poco más muerto”. Así de simple, así de crudo. Era un pensamiento seco, como si fuera producto de una erosión inevitable, sólido, inamovible e impenetrable, descorazonadoramente macizo. Un pensamiento que en definitiva ya había caído ante la lámpara de una reflexión infructuosa. La resaca tras una noche de abstinencia.
            Expulsé el humo de mi cigarro, hoy teníamos caso.
El primer paso era siempre el mismo: una búsqueda rutinaria y minuciosa por los diccionarios, porque a veces –sólo a veces– las palabras se habían refugiado en su interior como si fingieran ser cadáveres o criminales –en ocasiones incluso se escondían en lugares que no les correspondían–. Pero, para ser sincero, eso apenas ocurría.
Claro que había que asegurarse, al fin y al cabo somos profesionales de la investigación, el aburrimiento es casi preceptivo.
El caso anterior había sido complicado: sinceridad. Ésa fue la palabra desaparecida, la verdad es que durante aquella semana se notó su ausencia. Por supuesto que había palabras como honestidad o franqueza, pero no eran la pura sinceridad. Teníamos suerte si un pequeño porcentaje de esas palabras desaparecidas u olvidadas eran como oligofrenia: empleada en un contexto específico que delimitaba la búsqueda, divertida, sonora y totalmente incapaz de no llamar la atención. Claro que pedirle a una palabra que se estuviese calladita nunca podía ser algo demasiado inteligente…
Nos montamos en el aerodeslizador con destino a la Planicie de la expresión. El sol quemaba las grietas que se abrían sobre el desierto y los árboles retorcidos y secos se erguían en rebeldía contra el texto.
Y yo no dejaba de pensar en aquella mujer columpiándose sobre los relojes, Elli, que pensativa nos había ofrecido una recompensa exorbitante. Y no dejaba de darle vueltas a sus últimas palabras “el problema es que creo que no es un término como tal, que no es una palabra al uso, pero es…”, se quedó en blanco tras pronunciarlas, bloqueada en medio de una frase que se desvanecía en su génesis. No podía continuar y sus ojos pedían una respuesta. Ella no tenía miedo, sólo estaba confusa, pero a mí había algo en todo aquello que sí me inspiraba un profundo temor. Respeto, decían los ancianos. Yo no usaría esa palabra: el respeto me lo inspira la gente respetable, no las situaciones que me dan escalofríos. Y había algo en todo aquello que no me cuadraba en absoluto.
Aunque durante días no habíamos encontrado nada que pudiera describirse como una pista –siquiera como un indicio–, unos rumores que no resultaron baratos nos susurraron el lugar en el idioma de los óleos anegando la fantasía: la Torre de la golondrina, más allá de la Planicie de la expresión. No me gustaba jugarme la vida por rumores, aunque les hubieran puesto un precio muy alto y aunque ese precio jugara a ser la ilusión de que la información era realmente útil.
Basia conducía, llevaba gafas de sol y una camisa hortera.
–Se dice que la Planicie de la expresión es segura por la noche –comento recordando una partida de billar, unos labios llenos de picardía y un whisky que no me hizo olvidar tantas cosas como me hubiera gustado.
–Se dicen muchas gilipolleces, por eso nosotros buscamos palabras perdidas –me contesta ella sin apartar la vista de la carretera–. Puedo poner música, si quieres –dice mirándome de reojo, sabe que he tenido un mal despertar. Ella siempre lo sabe.
–Muchas gracias, pero lo estoy dejando.
–Intentas darme la razón –me espeta riéndose.
–Falta algo –le aseguro.
–Nunca paras de trabajar –la afirmación se le resquebraja en los labios.
–Se ha roto, lo notas –también en los míos.
–Joder… sí que falta algo –se da algo de tiempo y vuelve a intentarlo–. Nunca paras de trabajar ni en el trabajo… –se esfuerza en decir, pero parte del mensaje se pierde antes de rozar la realidad, desfragmentándose en imposibles. Después ella se queda en silencio, pensativa.
Falta sátira, falta filosofía, ironía y curiosidad. Falta amor y falta vida. Y Basia aguarda cavilando entre posibles como manantiales y escaleras de imposibles que se cruzan por doquier. Y reflexiona porque se muerde el labio y se muerde el labio porque reflexiona.
Llegamos a la Planicie de la expresión, donde moran esos extraños gigantes que arrojan letras a lo lejos –generalmente allí donde haya algo que se parezca a gente–. Un territorio inhóspito, arrasado por letras capitales de un tamaño que a nadie le acaba de convencer –exceptuando por supuesto a los atareados gigantes–. Basia conduce bien y es una maga escribidora, no tenemos de qué temer. Aún no.
Poco a poco los gigantes se van perdiendo en el horizonte de los desiertos y llegamos ante un árbol nudoso y negro como el carbón. Y, sobre todo, llegamos ante una torre, azul y alta como una aguja recortándose contra los soles.
Basia detiene el aerodeslizador. Nos bajamos. Cuando pone un pie sobre la arena la argolla de su muñequera de hierro comienza a vibrar en contacto con los vientos blancos que están por llegar.
–¡Ponte detrás de mí! –me ruge contra el viento, mientras el color blanco va llevándoselo todo, mientras va barriendo el paisaje y va engullendo la realidad–. No son palabras –recita ella mientras crea un círculo sintagmático en cuyo interior estamos a salvo–. No son palabras, son promesas y recuerdos que usamos cuando el camino se esfuma, cuando desconocemos el mundo. Son el círculo al que le robamos el tiempo, el mismo tiempo que sólo devolveremos con nuestra vida –el hechizo que trazan sus manos y sus cánticos nos protege del color blanco. Yo cojo mi pincel y, sobre ese lienzo que es el mundo, murmuro mis plegarias y dibujo y pinto las cosas hasta que éstas, conjuradas, deciden regresar. Y respiro hondo al acabar. Y me digo:
–Hay algo obvio que nos ha faltado desde que comenzamos a investigar –lo saboreo, pero aún no sé qué es.
–Explosivos –señala ella contrariada porque, de nuevo, no logra decir lo que se propone.
Miro la torre y pienso en lo que habrá en su interior… De repente mi cabeza estalla en un aluvión de ideas haciendo equilibrio sobre lo evidente.
–¡Pero qué idiota he sido! ¡Los ojos de Elli no pedían una respuesta, pedían una pregunta!
–¡El puto signo de interrogación! –recuerda Basia llegando a la misma conclusión–. Me cago en la puta… ¡con razón estábamos diciendo cosas sin gracia, ¡yo quería preguntar! –me abraza con alegría, sonríe–. Aunque estamos en el culo del mundo…
–Pero al menos ahora ya sabemos a qué le estamos siguiendo la pista –digo animado.
–Espero que se haya escondido por aquí –dice revisando el aerodeslizador–, en serio. No me apetece nada tener que irme al quinto coño para poder preguntar idioteces. Me sorprende que hayamos podido aceptar siquiera este caso si nadie podía interrogar acerca de nada de nada…
Yo extraigo un sello terminológico de uno de los bolsillos de mi guardapolvo. Si el signo de interrogación está en la torre no tendrá escapatoria, si bien reconozco que es una aberración tomar una palabra por la fuerza y dejarla impresa en un papel, aunque sea temporalmente. Sobre el papel la palabra muere… o al menos entra en un coma profundo que se parece demasiado a la muerte o a la exégesis.
Confieso que ardo en curiosidad por saber qué demonios hizo que la interrogación tuviera que huir. Tenía, por supuesto, numerosos enemigos, fanáticos de todo tipo, contenidos sin ideas, y toda esa calaña que decían defender la libertad para añadir un significativo pero más o menos a la mitad de la frase. No obstante y del mismo modo había importantes grupos de gente que hubieran dado su vida por las preguntas. No creo que tuviera deudas y, sinceramente, dudo mucho que precisamente ella, la interrogación, le hubiese puesto fin a absolutamente nada.
Me enciendo un cigarro.
Mucho antes de exhalar la primera calada ya he decidido guardar el sello terminológico, estoy convencido de que emplearlo sería un grave error.
Siento ganas de romper el papel, pero no lo hago. En cualquier caso hablaré. Me odiaría a mí mismo si no pudiese hablar en este momento. Siempre hemos ido en busca de respuestas. Hoy no. Y me alegro.
Basia y yo nos miramos, nos ofrecemos pasar primero y, tras unos amagos de cortesía abiertos por lo ridículo, entramos en la torre.
Esta vez en busca de preguntas.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Æternodux

A Mole que no sabía arquear las cejas pero bajaba el pelo y a lo feliz que me hizo su amistad.

Æternodux:

            ÆTERNODUX. En cada lívida pared de la habitación puede leerse esa palabra, grabada en un negro intenso. No sé dónde estoy, pero la palabra en cuestión me sugiere inevitablemente una larga cadena de información, connotaciones y sucesivas emociones. Dicen que fue el nombre de una empresa, que tal vez es el nombre del sistema socioeconómico que nos rige… un sistema que entra en una crisis cíclica y aceptable en costes humanos. El término en sí es usado con un significado invariablemente positivo, de hecho es tan empleado que no quiere decir nada en absoluto. Y en cierto modo es apropiado porque no sé dónde estoy y supongo que podríamos decir que la cualidad de lo incierto es la que modela mi presente más inmediato.
            La superficie del techo emite una luz fosforescente muy potente, blanca, que daña mis ojos al alzar la cabeza.
Activo la red, está inhabilitada. Jamás había visto nada igual. Sólo me comunica la presencia de dos personas. ¡Dos personas, nada más! Comienzo a sentirme solo y desgobernado, escupido a un vacío absurdo e irreal. Las paredes de mi estómago se están cerrando y siento la acidez del vómito que se anticipa a mi terror. Me transmito atrapado, sin aire, intento respirar pero me cuesta, apenas puedo… las piernas no responden. Trato de aferrarme a una pared sin aristas ni asideros y acabo deslizándome por ella hasta el suelo y vomito. Las dos personas me miran como un espectáculo tan ajeno que no parece que nos separen siete metros, sino todas las distancias virtuales a la vez. Esas figuras ante mí están quietas y apenas reaccionan ante esa pantomima que es mi cerebro colapsado por una realidad que no puedo manipular. Ni siquiera puedo activar otros entornos, no puedo conversar ni viajar. Por primera vez en mi vida me siento atrapado en este cuerpo. Y siento el terror más absoluto al saberme en una soledad extrema, intensificada si cabe por la presencia de extraños. Y me resulta sórdido y grotesco tener que asistir a una escena que no deseo contemplar. Mis derechos se están fracturando ante el precipicio de las imposibilidades más impensables y mi mente late acorralada, obstinándose bajo la esperanza de futuras reclamaciones.
Intento salir de la habitación, pero la red está confinada a estas seis paredes, como si se tratara de una cárcel para mi mente. No lo entiendo: ni siquiera en una prisión de máxima seguridad puede mutilarse la red. La red es eterna.
Es cierto que hay dos personas ante mí, un hombre asiático, tal vez japonés, y una mujer alta y caucásica, probablemente eslava. Les miro. Me sincronizo con ellos, qué remedio. Sienten miedo y confusión. Seguro que ellos ya se han sincronizado con mis sentimientos. Y seguro que yo siento miedo y confusión.
–Who are you? –pregunto, pero el traductor no se activa, en realidad no quiero hablar con ellos, quiero estar lejos. Retrocedo un par de pasos.
ここはどこだ?閉じ込められたんだ? –interroga el hombre. Huelga decir que no entiendo lo que dice. Está muy quieto. La pared no me deja seguir hacia atrás, pero intento alejarme todo lo que puedo.
–Не знаю почему мы здесь, но надо что-то делать –dice la mujer hablando rápidamente y mirando a todas partes como un ratón en una jaula, como si ya hubiera comprendido que no podrá distanciarse de nosotros dos más allá de los límites de la sala.
Hubo un tiempo en el que había una lengua común que la gente aprendía. Pero ahora necesito salir de aquí. Introduzco la mano en el hueco que dejan los grabados que forman las letras de ÆTERNODUX, no encuentro resorte ni irregularidad alguna. Miro hacia la chica posiblemente eslava y noto cierta determinación a través de los canales emocionales, resolución por sobrecompensación. Intenta saltar en un fútil gesto hacia el techo que, por lo demás y como todos los techos, está demasiado alto. Se cubre los ojos con el brazo para protegerse de ese fulgor fluorescente. Yo continúo palpando la pared, aunque lisa, quizás me dé alguna pista: hemos entrado a esta sala de algún modo.
Paso varios minutos buscando en vano y el mundo que es esta sala y sus ocupantes va perdiendo color, adquiriendo un tono grisáceo, demasiado brillante.
El japonés, deseoso de fingir utilidad, se lanza a explorar el suelo con un afán que roza el ridículo.
No encuentra nada.
Y nos miramos los tres, separados por un abismo de gélida ruptura que, pese a todo, no consigue dejarnos en una zona de confort a ninguno de nosotros. La decepción por triplicado se digitaliza a través de nuestras neuronas mientras la desconfianza se funde con estas paredes que dicen ÆTERNODUX en el más flagrante mutismo.
–And… how long have we been in here? –probablemente no iba a ser una pregunta muy esclarecedora ni aunque pudieran entenderla– ´Cause more than two minutes is enough to be so fucked up –sólo era una constatación de los hechos.
No sé qué hacer, de modo que, –como un inevitable acto reflejo– intento entrar a la red sin resultado. No tenemos ningún mensaje público, yo no tengo ningún mensaje privado y… ¿¡cómo no lo he mirado antes?! ¡Mi historial! ¡Está borrado! No hay rastro que permita contactar con absolutamente nada. No queda rastro de mí y me siento una carcasa muerta y vacía y perpleja, sin más información que estos nuevos registros incomprensibles para mí. El tiempo decide esquivarme en su transcurrir mientras intento asimilar la realidad que se presenta ante mí como una onda distorsionada. La desesperanza lejos del mundo me atraviesa y me siento náufrago en una soledad tan profunda que ni siquiera tiene lugar mi existencia. El japonés y la eslava me miran con una expresión estúpida, naturalmente encierro este último análisis bajo un código que siempre consideré –erróneamente supongo– infranqueable.
El japonés da una palmada para llamar nuestra atención y señala al suelo. Hay dos oquedades esféricas.
種類のドアかもしれん –declara con cierto entusiasmo haciendo un gesto que sugiere pasar a través de algo.
–I don´t know what the hell´s that –respondo desanimado–, but it doesn´t seem to be a damn door.
А зачем такие странные дыры? –se lanza la eslava, con la palma de la mano hacia los agujeros–. В любом случае, поскольку у нам нет доступа к сети, вероятно мы не выживем. Так что... это пиздец.
De repente, su carga emocional me llena como una ola de inefable resolución, me mira y cabecea hacia el japonés.
Y vuelve a mirarme significativamente.
Y dice:
–Ну, все заебало, помоги мне!
La luz del techo, como si se hubiese activado alguna clase de sensor, comienza a parpadear a un ritmo frenético.
Ella barre las piernas del japonés de una patada que sugiere entrenamiento, flexibilidad, violencia… Él cae, ella se pone encima y comienza a golpearle puñetazos, apenas encuentran resistencia, resuenan con una fuerza tremenda, secos, casi ahogados. Coge su cabeza, la estrella contra el suelo una y otra vez. El hombre grita algo incomprensible. Hay sangre en el suelo. Ella hunde sus dedos en sus globos oculares, le arranca los ojos. Sus manos están llenas de sangre. El hombre simplemente grita, pegando unos alaridos espantosos mientras intenta cubrirse las cuencas sanguinolentas con las manos. Comienza a temblar. Luego se para.
La chica introduce los ojos en las pequeñas oquedades y la luz fosforescente se detiene, se establece y baña la habitación en un continuo blanco y purificador que aparece con alivio para mí.
No logro comprender nada de lo que está pasando. No sé lo que estoy viendo, no capto su finalidad ni el posible beneficio y siento verdadera preocupación por mi integridad física.
Una voz robótica y masculina, metálica, inunda la sala hablando en lo que creo que es español.
–El sujeto de pruebas 7-3-5 ha sido eliminado en el entorno B-13. Si usted forma parte de la muestra de nivel 1, aléjese del sujeto de enlace tanto como le sea posible. Si por el contrario usted forma parte de la muestra de nivel 2, por favor, no dude en acercarse al sujeto de enlace.
La mujer y yo nos miramos, aguardando.
El mensaje se traduce. No obstante no entiendo lo que dice.
Pero ella pone cara de circunstancias y la luz comienza a temblar intermitente.
Tengo que pensar, seguro que hay una forma de ponerle fin a todo esto.
Espere, creo que usted tiene el poder de detenerlo.
¿Acaso disfruta usted con esto?
¡Escúcheme, sé que no es la forma más inteligente de conseguirlo!
            ¡Pero pare de leer!
                        ¡Se está acercando!
                                    ¡Pare ahora, por favor!

miércoles, 15 de octubre de 2014

Entre noches de luna nueva...

Entre noches de luna nueva…:

            Hacía frío, tanto que le daba la sensación de que la nieve casi estaba caliente afuera: el fuego rojo de las brasas que se abrían en el centro de la taberna no la calentaban y las antorchas parecían sólo otorgarle su luz, olvidándose del calor, abandonado en alguna otra realidad. Y ella, Talvikki, sentía algo en el corazón, un dolor con cinchas de cuero que quería cabalgar en su alma. Nunca se había sentido así y las preguntas que no sabía formular se agolpaban frente a su cerveza.
Se sentaba sola, porque aquél con quien quería estar no podía entrar allí. Sabía que si miraba por la ventana vería unos ojos amarillentos atravesando la noche. Y tal vez no fueran los que su imaginación en su juego creaba, lo cierto era que él también se sentía intranquilo. Algo iba a ocurrir y ambos eran capaces de olerlo en el aire, él entre los susurros agitados del bosque y ella en el inquieto ajetreo del pueblo.
Y por supuesto el hecho de que se hubiera puesto precio a la cabeza de su querido licántropo resultaba revelador.
Las puertas de la taberna crujieron al abrirse, una capucha de un marrón que tal vez hubiera sido rojo en tiempos entró, imponente mientras el viento se recogía ante ella. Todos se giraron para verla pasar, también Talvikki.
Bajo aquella capa nevada resonaban unos pasos imperiosos y fuertes que se dirigían al centro de la sala. La figura, que cargaba con un enorme tahalí a la espalda, extendió una mano mostrándoles a todos un papel con el dibujo de un monstruo y una cifra desorbitada.
–Le daré muerte –sentenció la capucha roja con voz de mujer–. Y vosotros diréis que ha sido Punahilkka quien ha puesto fin a la existencia del Carnicero de Lahti –esos ojos azules parecían sonreír mientras a Talvikki se le congelaba el tiempo en los suyos.
Talvikki había oído ese nombre con anterioridad, junto a rumores y leyendas sobre la muerte del temible lobo que amenazó la región de Heinola. Se levantó aterrorizada, escondiendo la mirada bajo su pesar. Pietari la esperaba al otro lado de la barra, tenía una cerveza que cobrar.
–¿Hoy no cenas? –quiso saber un Pietari más extrañado de lo habitual.
–En casa –dijo escueta Talvikki buscando respuestas en la preocupación que se le derramaba por el suelo.

Aunque Talvikki hubiese intentado dormir, la angustia no le habría dejado. Había esperado pacientemente a que el pueblo entero se acostara. Después aguardó un par de horas más, recelosa de los planes del destino, refugiada en sus desvelos. Temía ser una hoguera en la oscuridad, un señuelo, una presa herida dejando un rastro de sangre tras de sí. Así que esperó en su cabaña quitándose los puñales de las horas que se clavaban en su espalda. La noche le pesaba eterna…

Más tarde echó a andar. Ocultaba sus huellas en el bosque bajo el auspicio de la luna menguante, y su silueta se recortaba contra un tenue brillo blanco en la noche. Estaba cansada, pero no había sueño en el cual reposar, no para ella. Debía seguir adelante. Se anticipaba a sí misma como la punta de una flecha de cedro, clavándose en aquella extraña. Y aquel pensamiento le provocaba pavor.
Tenía que encontrar a Ilmarinen, su lobo, pero no podía aullar al viento su nombre pues sería arrastrado lejos, quizás a oídos que no debían escucharlo. No podía dejar que se llevara el aire su deseo de vida dejándola a solas con aquella parca de capucha roja.
De momento nadie la seguía. Los humanos eran ruidosos en el bosque, ninguno sabía caminar como ella, ella no llevaba perros ni trineo, aunque aquella noche avanzar no le era fácil: la oscuridad apenas dejaba espacio para nada más. Los animales salvajes aguardaban al verla pasar, pero el bosque no callaba ante su caminar. Ella no detenía la vida, ni siquiera cuando la flecha atrapaba a su presa. Ella era la misma cacería. Y ahora trataba de que Ilmarinen diera con ella. Él olería su preocupación deslizándose entre los árboles, impregnando la resina y la savia, haciendo crujir la nieve.
En cualquier caso tenía que dar con él antes de que lo hiciera aquella encapuchada, advertirle, ponerle a salvo. Había visto una hoguera en la lejanía, confiaba en que no fuera él, en caso contrario serían las primeras llamas a las que recurría Ilmarinen desde que ella le conocía.

Le vio, humano y desnudo, a través de las ramas cubiertas de nieve, junto al fuego. Talvikki deseaba apagar las llamas de un soplido, deseaba decirle que la oscuridad de las sombras había de ser su refugio.
–No es tu culpa, Talvikki. Recuérdalo: yo he encendido la hoguera –señaló él. La extrañeza se fugó del rostro de la cazadora tan rápido como llegó a él la más contrariada comprensión, Ilmarinen asintió y siguió hablando–. Bienvenida al bosque, Punahilkka –aquel nombre reverberaba sobre sus cuerdas vocales, arqueándose con la tensión de la memoria convirtiéndose en tiempo y con un extraño tañer de melancolía, apenas audible pero presente.
–¿La conoces? –se asombró Talvikki.
–Si la conozco tan bien como creo, habrá venido hasta aquí para matarme.
Punahilkka apareció de entre los árboles, describiendo un círculo con su caminar alrededor de ellos, como una predadora midiendo a su presa.
–No te culpes, Talvikki –le instó la encapuchada a su vez, deteniéndose y mostrando un mandoble que se agitaba ahora entre sus ropas–, como dice Ilmari, le hubiera hallado de un modo u otro, aun sin que se hubiera expuesto. De hecho –siguió mirando ahora a Ilmarinen–, yo te encontré primero.
–¿Es el despecho el que empuña tu acero? –inquirió él.
–¿Crees que albergo motivos ocultos? –interrogó ella con sorna y cierto tono de reproche. Talvikki les miraba alternativamente, imaginando historias por detrás de las palabras.
–¿Es el miedo lo que te acorrala contra tu ira? –insistió él.
–Sólo tú podrías ser tan romántico –se burló ella.
–Tal vez yo esté en un error, pero sólo tú podrías estar tan ciega.
–Eso haría que sintieras una cierta retribución por parte del destino, ¿verdad? ¿Te sentirías cómodo si mi soledad me instigara y mi arrepentimiento me recibiera? –él negó con la cabeza.
–¿Eres feliz, Punahilkka? –le preguntó Ilmarinen, había verdadera preocupación en su voz.
–No importa ser feliz, importa acabar con la pesadilla del recuerdo –repuso la tristeza que se cubría con los retales de otro tiempo en los labios de la encapuchada.
–Siempre temiste incluso las consecuencias de tus decisiones.
Punahilkka comenzó a gruñir y a gemir, revolviéndose y creciendo bajo sus ropas que se rasgaban entre tirones, al tiempo que ella misma palpitaba, odiaba y aullaba, hasta que aquel mandoble se tornó una espada en sus manos. El fuego crepitaba danzando como luz entre sombras. Cuando una mole como un lobo antropomórfico se alzó ante Ilmarinen, éste tan sólo dijo:
–La violencia es el último recurso del que dispone la cobardía, es la hija maldita del miedo.
Contestó el rugido de una bestia.
Y la bestia preparó su hoja y Talvikki tomó el arco que tensaba su corazón. La cazadora tenía el pánico temblando ante sus manos, delante de la punta de la flecha que, insegura, le susurraba al oído vientos de negación. La certera Talvikki sentía un miedo que la atrapaba, apresándola contra el sueño de la noche, un miedo que provenía de un tiempo anterior a los humanos, un miedo que nacía tras la decadencia de la edad de los monstruos. Y se sentía a sí misma lejana, llorando.
No podía concentrarse y era incapaz de disparar. No podía difuminarse en el tiempo del bosque; cada una de sus pulsaciones, familiares como su propia respiración, habían desaparecido, escabulléndose tras la corteza de los árboles.
Ilmarinen, de pie, recibió un espadazo que cercenó su cabeza.
La sangre alimentó la nieve con un baño rojo, en una ofrenda de muerte al invierno de la mano de la más absurda necedad.
Y de la realidad de Talvikki sólo quedó el eco de sus latidos rotos.
Y sus lágrimas de terror se ahogaron en las de tristeza.
Resbalaban aún por sus mejillas cuando su mano rozó el carcaj, cuando la furia guio sus brazos mientras el tiempo se contraía de dolor, cuando la rabia soltó la flecha que impactó en ojo derecho de Punahilkka.
Y aquella bestia aulló, se arrancó la flecha y su ojo, y galopó hacia Talvikki veloz, y sus garras encontraron el tórax de la cazadora que se estaba derrumbando ante su propia ira, contemplándose como un error. La loba la empotró contra el tronco de un árbol, derribándola. La nieve cayó. Y Talvikki sintió el sonido de costillas rotas en su interior, la punzada gélida del hueso quebrado.
A cuatro patas, contra el suelo, la cazadora gemía, intentando alzarse sobre el sufrimiento en vano, mientras se aferraba al daño en su pecho con su mano izquierda y escupía sangre.
Punahilkka tomó distancia y la examinó al tiempo que caminaba a su alrededor. Después recuperó su aspecto de mujer y observó a Talvikki arrodillándose ante el dolor. Sopesaba su mandoble considerando la opción de darle uso.
–Te he hecho un regalo, Talvikki –dijo finalmente esa loba con forma humana y vestimenta desgarrada, clavando su espadón en la tierra–. Deberías estarme agradecida por la claridad que distinguirás en la oscuridad total sin necesidad de linterna alguna –uno de sus ojos era un coágulo de sangre cicatrizando a una velocidad sobrenatural.
–Quieres borrar tu pasado –gruñía Talvikki–, pero el olvido siempre sigue el rastro del tiempo –intentaba levantarse y volvía a caer.
–Y en cierto modo, te doy la razón –le confesó mientras se calentaba las manos junto al fuego–. Cuando llegue la luna llena, ven a buscarme –tomó su arma.
–Eres una estúpida –le aseguró Talvikki logrando erguirse finalmente.
–Te recibiré con esta espada de plata –Punahilkka la envainó en su tahalí, se dio la vuelta y echó a caminar.
–Eres… –Talvikki comenzó a vomitar y su herida empezó a arder lacerante, poco a poco. Y esa piel que sentía desgarrada por el sufrimiento y la impotencia devoró su mundo en una noche.
Eres una persona triste”.