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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 1 de enero de 2014

El fin de un etarra

El fin de un etarra:

            Estoy esperando en la terraza de la cafetería, fumándome el primer cigarrillo de la tarde como puedo, preguntándome si no será el nerviosismo el que puede conmigo.
Repaso quién soy, ordenando los principales capítulos de mi vida, como si fueran apuntes de una novela que uno debe revisar, intentando dar respuesta a una pregunta viva, consciente de que si estoy donde estoy –sentado en una terraza de Bilbao casi vacía porque aún es demasiado pronto, esperando aquel encuentro– es porque todo cuanto he hecho en mi vida me ha llevado hasta este punto.
Aborrezco quien he sido, lo que he hecho y lo que he sentido. Detesto haber creído que la violencia podía transmutarse en solución, haberme insistido en que hacíamos algo grande que iba a ser recordado por las generaciones venideras. Y sonrío con amargura, porque habíamos hecho algo grande y que sería recordado…
A veces me pregunto qué es una mala persona. Mis compañeros en la prisión de Nanclares de Oca se habían alejado de la banda y todos habíamos pasado muchísimos meses hablando con psicólogos porque –deduzco– queríamos ver una realidad más objetiva. Yo creía que hacía el Bien o un bien mayor al menos… Tenemos familia, amamos a nuestros cónyuges, familiares e hijos… La vida no es esa ficción ridículamente sesgada que nos presentan en las películas. Creo que el error más importante que uno puede cometer es ser un ignorante. Nosotros lo éramos y tuvimos la fortuna de verlo.
Y decimos sin orgullo que hemos cometido errores, de esos para los cuales no hay rectificación posible.
Y aquí me hallo, habiendo dado uno de los pasos más importantes de mi vida y a punto de dar el siguiente.
Sé que algunos compañeros de antes de que me dieran la prisión condicional ya habían asistido a estos encuentros, en muchas ocasiones con excelentes resultados para su autoestima y estabilidad psicológica, compartiendo con las víctimas abrazos y hasta correspondencia electrónica en ocasiones. Siendo franco, nadie se esperaba esto. Así que nos empezamos a ayudar con más ahínco porque, habida cuenta de los episodios que vivíamos cuando alguno de nosotros llegaba a comprender lo que habían supuesto nuestros actos, resultaba obvio que necesitábamos mucha ayuda. Las ideas eran sólo ideas, pero tenían filo y desgraciadamente no era nada que estuviera en nuestro desconocimiento.
Habíamos cometido un error y eran otros los que pagaban por ello. Y saber algo así era mucho más complicado que enunciar una frase y largarse a casa mientras uno se decía a sí mismo que no se había marchitado.
Cuando maté a aquella concejala creí que hacía algo sinceramente bueno, una suerte de sacrificio por la libertad del País Vasco. Sólo pensarlo me llena de vergüenza.
Dicen que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Mi dolor y sufrimiento pasados son mi responsabilidad, así como es mi responsabilidad todo efecto desencadenado, y no tengo tiempo ahora para perderme en esas consideraciones. Pero siempre seré plenamente consciente de que son el reflejo del dolor y el sufrimiento que yo he causado a otros, magnificados en los demás por la grave injusticia cometida. Nada ha sido fácil de aceptar. Fui un asesino y robé una vida, y llegar a la verdad, dejar las justificaciones a un lado y verme como realmente yo era fue tan absurdo que no sabría decir si adjetivarlo como inhumano es adecuado.
De hecho me parece increíble que Xabier, el marido de aquélla a la que quité la vida, se haya prestado a este encuentro, que tenga fuerza para recibirme. Espero que no le parezca inmoral mi postura porque a mí me parece lo único que debo hacer. Sin embargo yo, sin negar la aberración por mí cometida, considero que también soy una víctima de mí mismo –esta frase quizás requiere de matices porque realmente es un asunto complicado–.
Me preguntará por qué lo hice, qué me llevó a tomar contacto con esas ideas, tal vez qué pensaba de mí mismo o de lo que había hecho después de hacerlo, quizás en qué momento y cómo me di cuenta de qué significaba realmente haber matado, qué pensé entonces, si podía mirarme al espejo… No podía, no pude durante dos años, tres meses y veintisiete días. Ahora soy otra persona. Hay errores que no se pueden enmendar, lo sé. Y ahora soy otra persona.
Dios, cuantísimas veces me habré imaginado este día y hoy soy un manojo de nervios. Veo a la gente aproximarse y pasar de largo y me pregunto si seré capaz de reconocerle, de estrecharle la mano, de pedirle perdón, de transmitirle lo que quiero decirle al pedir perdón…

Una bala en el estómago, dos en el pecho. Una bala en el estómago y dos en el pecho, por aceptar un cargo político, por luchar por la libertad.
He tenido que engañar a psicólogos y mediadores. He tenido que… bueno, que decirles lo que querían oír y todo eso, he tenido que asentir a la injusticia. Porque si es esto justicia, que baje Dios y lo vea. Mi esposa está muerta y ese tipo, ¿qué pretende, hacer borrón y cuenta nueva? ¿No pesa la muerte sobre sus hombros? ¿Qué se ha creído que es la vida? ¿Piensa marcharse de rositas? Eso no es justicia. Ese hombre es un asesino y siempre lo va a ser, la gente no cambia. No así.
Porque, joder, la pena de prisión se queda corta, y no soy el único que lo piensa. Al muy cabrón le cayeron veinticinco años de cárcel y al final en quince tiene la puta condicional. ¿Cómo vamos a erradicar esta lacra si no acabamos con los terroristas? Muerto el perro se acabó la rabia, ¿no? Joder, he pasado toda mi vida en el País Vasco con miedo, ¿y ahora que se desarticula –o eso dicen– la banda de los huevos, no ha pasado nada? ¡Anda, coño! ¡Han matado a más de ochocientas personas! ¿Y ahora ese gilipollas quiere mi perdón? ¡Que se joda! ¡Que se joda! ¡Que se jodan todos!
Además, no han conseguido nada. Nada que merezca la pena.
Desde luego no hay justicia si alguien mata a otra persona, cumple su condena y le sueltan sin más. Yo no querría tener a alguien así como vecino, ¡vamos, hombre!
Él me robó lo que yo más quería: Leire era lo mejor que me había pasado en la vida y ahora está muerta. Lleva dieciséis años muerta y seguirá muerta porque ese hijo de puta la asesinó a sangre fría.
Y yo miro sus fotos cada día, temo olvidar su rostro. Recuerdo nuestra boda y el discurso de la tía Pati, recuerdo nuestras primeras vacaciones en Cádiz con nuestro hijo de dos años, recuerdo cómo me abrazaba y cómo cantaba la melodía de “Los Simpsons”, le encantaba esa serie. Recuerdo cómo repetía las frases de los personajes y yo me descojonaba y cómo le acariciaba las piernas sin depilar diciéndole que “eso de depilarse está de más” y que eran cosas modernas. Me acuerdo de un día que abrió el frigo y se cayó un huevo que se estampó contra el suelo y, no sé por qué, nos empezamos a reír a carcajadas y cuando llevábamos como un minuto partiéndonos de risa vino Spot y empezó a lamer los restos del huevo y, por lo que sea, nos reímos con aún más fuerza, mucho más tiempo… Y recuerdo como si fuera ayer cuando éramos niños y Leire y yo jugábamos a perseguirnos por el patio del colegio.
Todo eso y más me han robado y por eso estoy aquí. Por las promesas de un mañana que se ha jodido. Ya no tengo nada.

Estoy organizándome un guión en una servilleta mientras anoto las ideas que voy a plantear a fin de que el señor Xabier Zubiri no albergue duda alguna de mi postura, cuando veo a un hombre que se dirige hacia mí con aire decidido. Dando por sentado que es él, me levanto y le ofrezco la mano derecha mientras reparo en que aún estoy aferrándome a la servilleta, como si fuese alguna suerte de talismán protector, y torpemente le ofrezco la izquierda con una sonrisa levemente estúpida, pese a mis esfuerzos para que parezca lo más neutra y seria posible.
–¿Es usted Xabier Zubiri? –le digo en algo que suena más a una afirmación que a una pregunta.
–Y usted, Eneko Etxebarría –responde tras mi asentimiento.
–Señor Zubiri, permítame expresarle mi agradecimiento y mi más profunda admiración puesto que es usted la prueba viviente de que otro camino es posible: un camino ajeno a la violencia, un camino que desgraciadamente yo no supe ver, sepa usted que una persona como yo tiene una vida entera que aprender de alguien como usted –hay tensión en su rostro, comprendo que la situación debe ser indeciblemente dura, pero parece haber furia contenida… es algo… desacompasado, intento mantenerme firme, demostrarle quién he logrado ser–. Discúlpeme, con toda seguridad tendrá usted muchas preguntas por aclarar y ha de saber que yo se las contestaré todas, pero antes déjeme expli… –dejo de hablar.
Mi cuerpo se paraliza mientras veo cómo el hombre extrae una pistola que llevaba escondida bajo la chaqueta. Siento mi rostro lívido y frío y la brisa del otoño se desliza gélida sobre mi piel. No sé si entiendo lo que está sucediendo. La mano de mi cigarro desciende hasta el cenicero lentamente mientras expulso el humo de tabaco y apago el cigarro, preguntándome si el tiempo se ha detenido mientras las cenizas dejan su rastro negro en el cenicero de cristal.
–Es un error –logro articular, observando el cañón de la pistola apuntándome entre los ojos–. Por favor, créame. Es un error, no se haga usted eso.
Alguien grita al otro lado de la calle.
Y, de forma casi inevitable, suena un disparo.
Y el sonido de batir de alas asoma por detrás del estruendo.
Creo que las palomas alzan el vuelo, huyendo…

La pistola está caliente en mi mano y el cañón humea. Me siento enfrente de ese cabronazo despreciable, deposito el arma en la mesa con un golpe metálico y espero. En un par de minutos llegará el sonido de las sirenas subiendo por la calle.
Al menos se ha hecho justicia, joder.