¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 15 de enero de 2014

Su segunda oportunidad

Сонные реки, мертвые камни
Скрыты туманом, тайну храня
Новые боги спят на ладони
Новую кровь пустила земля”.
АРКОНА.

Su segunda oportunidad:

Desde aquel claro Liev contemplaba la bóveda del cielo nublada sobre él y un halcón recortándose en lo alto, escuchaba el viento soplando mudo sobre la hierba y entre los troncos y las ramas de las coníferas cercanas.
Estaba apoyado sobre una roca.
Ya no notaba el pomo de su espada bajo sus dedos.
Y observaba cómo la sangre manaba de la herida, con un brillo oscuro, con un rojo ennegrecido, como si fuese la sangre de algún otro, como si él no estuviera ocupando su cuerpo. Aferró con sus manos el puñal que, clavado en su costado, allí donde el cuero le dejaba desprotegido, se había hundido minutos antes en su piel.
Sobre él su hermana lloraba, arrodillada y apoyada en la espada familiar que se hincaba en la tierra, en esa tierra lejos de su tierra, entre los bosques de la taigá, junto a su querido Liev. Había llegado demasiado tarde.
Ella, Nadia, se volvió enfurecida hacia aquel hombre que permanecía allí de pie, expectante, insultándola con la mirada, esa mirada sostenida que se burlaba de su impotencia diciéndole que su hermano ya estaba muerto, asegurándole que no había nada que pudiera cambiar eso, recordándole que del reino de los muertos jamás puede uno regresar.
No obstante ella, arrastrada en su propio llanto, tomó la empuñadura de la espada con su mano derecha, y se irguió alzándose sobre la hierba, sacando el acero de entre la tierra y el barro. Se puso en guardia con un movimiento firme y definido que contrastaba con el temblor de su rostro mientras luchaba contra aquel torrente derramándose, aquel torrente que convertía sus ojos en el espejo del pesar más profundo.
–Sois una mujer –le aclaró aquél que había malherido a su hermano como si tratara de explicarle la situación.
Ella hizo en respuesta un molinete con la espada, recordándole que el hierro no estaría menos afilado de ser empuñado por la rusalka que nacía bajo las ondas del río de su llanto.
Y dio un paso adelante, atravesando la cascada de sus propias lágrimas.
Una voz llegó a duras penas a sus oídos, serpenteando entre toses y gruñidos de dolor contenido, suplicando y deteniendo el avance de Nadia:
–Hermana –y ella no pudo evitar mirar abajo, a su lado–, no lo hagas.
–¿Qué dices, hermano? –los ecos de sus sollozos se le secaban en las mejillas consumidos por la ira.
–No acabes con su vida.
–No preciso de vuestra protección –le espetó el hombre a Liev con sumo desdén.
–No acabes con su vida –insistió su hermano, haciendo caso omiso de las palabras de su asesino–. Acabo de comprenderlo.
–¿Comprender qué? –se impacientaba su hermana.
–Que tienes una segunda oportunidad. Yo he venido hasta aquí lleno de odio: mi corazón era sólo lo que de él había dejado el rencor. He vivido buena parte de mi vida deseando matar a este hombre.
–¡Y es justo que se reúna hoy con su destino! –le reprochó su hermana, mientras él se apretaba la herida con retales de sus propias ropas, envolviendo el puñal que ninguno de los dos se había atrevido a extraer.
–Su destino es otro y más tarde se reunirá con él –le contradijo su Liev–. ¿Por qué íbamos nosotros a convertirnos en su sombra? Aquí me hallo, ante las puertas de la muerte, rezándole a Mara, su custodia, y no tengo mucho tiempo, ¿cómo puedo disuadirte de tu error?
–¡Ese hombre es malvado y nadie impedirá que acabe con él! –cada una de las palabras de Nadia gemía de dolor al contacto con sus labios, ahogándose en la rabia de su alma.
–Puedes, sé que puedes matarlo –luchó por decir su hermano–. Pero tu vida no será más vida, ya estarás muerta, tu rostro será la cicatriz de una historia triste, las huellas y las arrugas de la muerte. Él no es malvado, es estúpido al igual que yo –tosió sangre, se atragantó con ella, consiguió escupirla con dificultad a un lado–. Escúchame, mi vida no tenía sentido, Niusha. ¿Vivir para matar? Escúchame, nada de lo que he hecho ha mejorado mis días, nada de lo que he hecho me ha hecho mejor persona… –tomó una bocanada de aire con dificultad–. ¿Para qué has venido?
–Para devolverte a casa. Ahora… –Nadia apretó con fuerza la empuñadura de su espada, tratando en vano de contener la cólera entre sus dedos, esa cólera que se le escapaba como la fina arena de los tiempos.
–Si has venido para ocupar mi lugar… –no tenía fuerzas para dar término a aquella frase–. Por favor, hermana, te estoy cediendo mi segunda oportunidad –su mentón tomó la forma de un arroyuelo rojo mientras hablaba.
–¿Qué? –inquirió ella sin comprender.
–Veo a la diosa Mara, aquí, al lado de su hermana Zhiva –balbució su hermano en un hilo de voz–. Ambas me miran, me susurran que mi camino sigue bajo tus pies. Las estaciones cambian una detrás de otra y todo permanece igual.
–¿Qué dice Mara? –quiso saber Nadia, perdida entre las brumas de la confusión.
–Calla y me abraza –le respondió su hermano.
–¿Qué dice Zhiva? –interrogó ella.
–Sonríe y te abraza, Niusha –el nombre de su hermana en el aire quedó sostenido por su último aliento.
Ella sintió que su nombre estaba ahí, vivo, como una criatura mágica, con la fuerza de la rusalka ascendiendo desde los dominios de los muertos, más allá de las profundidades de los ríos, hasta el reino de la hierba, las bestias y los hombres. “Mi camino sigue bajo tus pies…”, se repitió a sí misma en su mente las palabras que había pronunciado su hermano.
Él expiró y ella le abrazó. Sus lágrimas cayeron fluyendo sobre la piel de su Liev, corriendo como riachuelos sin mar.
Lloró, tenía que llorar.
Y de repente gritó, tenía que gritar.
–¡Nooooooo! ¡No, no, no, no! –una riada de tristeza arrasaba con todos sus latidos y estrellaba sus restos contra su pecho. Su rostro se inundaba bajo su llanto.
Y tras unos minutos de dolor las aguas volvieron a su cauce y comenzó a vislumbrar algo sobre su rielar…
Los rayos de sol, llenos de curiosidad y traspasando el manto de las nubes como fantasmas, lidiaban entre sí por ser testigos de lo que la eternidad olvidaría en el tiempo aquel día.
Nadia se alzó, espada en ristre.
Su cabeza gacha y sus labios apretados dieron paso a una mirada fulminante dirigida al desconocido que observaba el horizonte distraído.
No obstante la diosa Zhiva, que guardaba la vida, le dio sus ojos a Nadia por un instante y Nadia miró a través de ellos: ante ella sólo se alzaba una persona sin nombre, ni pasado ni futuro.
–Soy Vadim Sergiéievich –dijo el hombre sin siquiera mirarla, en un tono ausente–, natural de Rostov, ciudad de la Rus, aunque haya huido a estas tierras del norte, lejos de la estepa. Tu hermano no ha querido oír de los crímenes que cometió vuestro padre ni antes ni después de la contienda –las palabras le llegaban huecas, sin significado. Porque ante ella sólo aparecía una persona sin nombre, ni pasado ni futuro.
Vadim Sergiéievich había sido compañero de su padre y ambos habían cometido crímenes. Según los relatos de la madre de Liev y Nadia, aquél había dado muerte a su padre para conseguir más beneficio. Nadia pensó que no es que su padre y él fuesen malvados, sólo eran estúpidos. Todo era estúpido.
–Ayudadme a dar sepultura a mi hermano o marchaos –dijo Nadia–, vuestras mentiras sólo pueden daros paz bajo la luz del sol –le miraba y sólo veía a una persona desnuda y debilitada por su propio mundo, y no sentía rencor ni odio, ni tampoco lástima.
Nadiezhda se agachó, retiró solemne la vaina del cuerpo muerto de Liev y enfundó la espada dando gracias a Stribog –el dios soberano de los vientos– por las palabras de su querido hermano. De pronto se sintió extraña, como si sus sentimientos fuesen las ondas de una piedra tirada en un estanque, haciéndose cada vez más grandes.
Sólo quería continuar. Era su deber seguir el camino de su hermano que se abría ahora a sus pies, ella debía tomar el relevo de su destino.
Porque ella era su segunda oportunidad.