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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Dormí, amanecí y escribí

Dormí, amanecí y escribí:

En los sueños llueven recuerdos de ridículas prisiones llenas de párvulos, de mentiras que no desean ser objeto de la decisión digital, de guerras que no saben ser de pintura, de diferencias que se deslizaron desde lo real en aras de la metafísica.
Hazle el boca a boca a la niña que fuiste si no queda rencor por el odio que engendró en su terror, si caíste ya en la cuenta de que sólo el amor existe, si deseas aprender otra vez a ser el mismo atardecer, si crees más bien que ahora no eres cada una de mis palabras o si deseas desprenderte de unos ojos cerrados mientras despiertas a los sueños de los que nunca te fuiste.
Las ilusiones de poder escupen verdades entre miedos y máscaras afiladas de dudas, certezas que navegan por el linaje fingiendo una libertad encadenada, incapaz de entregarse a sí misma, arrinconada contra los prejuicios de una pequeña sociedad transfigurada pero apropiada y llena de cardenales.
Del océano de la elección sin custodios nacen todas las preguntas que no necesitan más reflejos que ellas mismas, renunciando a todo límite acuñado por la más incauta y convencida de las respuestas. Los hombres se hacen y deshacen por doquier, ajenos al tiempo que nunca pasó. Por eso nadie podrá nunca pedir nada y por eso siempre habrá lo que deba haber. Por eso nadie quiso escribir y por eso la prosa ansiaba salir.
Y creo que por estas cosas mi abuela sonríe, porque el ser humano es lo que de sí mismo hace. Y es imposible no aceptarlo con la sonrisa de quien pregunta los porqués y es, a la vez, el signo de interrogación. Dios –llamémosle así– no puso nunca un precio, siempre te lo habrá dicho mil y una veces el cariño de la que dio a luz a mi madre. Y no deja de ser fascinante: la libertad sólo puede amar y el temor sólo puede atar.

En respuesta a miss Carrousel.