¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 15 de febrero de 2014

Sangre de demonio

A Iñaki, porque no dedicarle esto probablemente supondría que el universo se replegara sobre sí mismo o algo…

Sangre de demonio:

            Ellos siempre habían dormido plácidamente en primavera.
Hubo una semana en la que el pequeño Shinta tuvo pesadillas y ella le pidió a su padre, señor de la aldea de K… situada en tierras del clan de los Toyotomi, que le acogiesen en su casa aunque aún fuera invierno. Pero Shinta ya tenía once años y sus pesadillas infantiles hacía mucho que se habían desvanecido en el olvido.
La joven Haruko había cumplido diecisiete años aquella semana y paseaba bajo los cerezos en flor junto a él, bajando el curso del río. Hablaban sobre la madre de Haruko, la cual era en realidad un diablo rokurokubi que se hacía llamar Annaka Itsuki, casada con un samurái para el cual las normas no significaban mucho y que no temía a los demonios.
Shinta y Haruko caminaban bajo los pétalos rosados, siguiendo el sendero junto a los meandros del río y su fluir.
–¿Tu madre se ha comido alguna vez a alguien? –preguntó Shinta.
–Ha vivido mucho, desde mucho antes que mi padre –respondió Haruko.
Siguieron andando.
–Ta-kun –interpeló ella–, ¿te preocupa la sangre de demonio que corre en mi interior? –quiso saber Haruko sorprendida.
–No –respondió él, que gracias a ella no temía a ninguna criatura.
Eran amigos desde que Shinta tenía memoria y estaban prometidos.
Su padre le dijo un día de fiesta en la aldea de K… a Haruko –que por entonces contaba apenas trece años– que podría casarse con quien quisiera. El mercado, iluminado por faroles y luciérnagas cantaba y bailaba. Ella dijo “Shinta”, aguardó unos instantes, “pero él debe estar de acuerdo” sentenció y su madre le dijo a Haruko que hablara con el pequeño y que cuando lo deseara ella misma se presentaría en casa de la familia de Shinta –amigos también de la familia Annaka y tolerantes con sus extravagantes maneras– y tendría una conversación con sus padres.
Sin duda los Annaka no eran como el resto de familias.
–Si no hubiera demonios, ¿cómo podría haber dioses? –preguntó Haruko observando el río bajo los cerezos, quieta como la superficie de un estanque.
–¿Qué son los dioses? –inquirió Shinta deteniéndose–. El río, las piedras... –se respondió a sí mismo pensativo, como si el resto de palabras que había en el mundo fuesen sólo un sueño atrapado antes del amanecer.
–Los dioses son demonios –le dijo Haruko decidida, dándole un beso en la mejilla, sincero, sencillo.
La sonrisa de Shinta viajaba feliz en medio de su rubor.
Reanudaron la marcha por la orilla del río y el camino se bifurcó, internándose en el bosque, siguiendo un nuevo curso bajo innumerables torii de color rojo, en silencio.
Siempre hablaban. Solían hablar durante horas cada día y eso jamás había cambiado en años al contrario de lo que parecía que la vida ofrecía, pero también era cierto que se sentían cómodos en ese silencio que –aunque fuera en raras ocasiones– creaban juntos.
Haruko estaba dispuesta a ser el acero que defendiera a Shinta de todos los demonios, pero sabía que el pequeño necesitaba sabiduría para comprender aún, para luchar por sí mismo, porque nadie debía salvar a nadie. Por otro lado no había nadie como Shinta, Haruko lo sabía y no era tan tonta como para renunciar a él. Él tenía una mente libre, hasta tal punto que casi parecía de su propia e indómita familia. Era joven, sí, pero ya era único.
–Tú me tratas como a una persona, Shinta, no como a una mujer… –comenzó a decir Haruko para detenerse de pronto, observar lo que le mostraba el bosque y comenzar a correr.
Shinta se detuvo desconcertado, hacía tiempo que había dejado de pensar que Haruko desperdiciaba las palabras –como tanta gente le había insistido– y que, tras la obviedad, al escucharla uno podía sumergirse en la más sencilla sabiduría. Y pese a todo no podía evitar sentirse confuso cuando la escuchaba, porque ella tampoco le trataba como a un hombre ni como a un niño, y la escuchaba como si desenvolviera un regalo.
Salió de su estupor y se echó a correr.
Haruko observaba el pequeño templo sintoísta que se hallaba a las afueras de la aldea de T… el sacerdote Heihachi y su ayudante Sakura estaban muertos. Desde fuera se podían apreciar rastros de sangre que habían teñido las paredes en el interior del edificio. Shinta llegó junto a ella.
–¿Habrán sido demonios? –interrogó él considerando el sacrosanto lugar mancillado.
–Los demonios nacen del miedo, de los espíritus perdidos de los hombres débiles, sin ellos no habría hombres fuertes… –comentó Haruko, guardándose el final de la frase para sí “…hombres fuertes como tú”.
La samurái se dirigió al interior del templo, cuidando de no rozar la sangre ni los cadáveres de que manaba, llevando automáticamente la mano a su katana mientras su dedo pulgar la retiraba de la vaina, sólo un ápice, al tiempo que la otra mano se asentaba, apoyada con una cauta suavidad sobre el puño de su espada. Una vez dentro se cercioró de que el templo estaba vacío y relajó su postura. Después se acuclilló y tocó el suelo con la mano conjurando los poderes prohibidos que se escondían en ella.
Sintió la energía palpitando con suavidad en su cabeza, como una corriente cálida tras las orejas, y cerró los ojos para ver.
Vislumbró entre ráfagas de imágenes la figura de un hombre empuñando una katana por un segundo, después un fugaz rostro acerado, el brillo del metal al amanecer, gotas carmesíes salpicando la madera y el papel.
–No ha sido un demonio, Ta-kun –le informó Haruko–. Ha sido un guerrero.
–Tenemos que ir a T… –afirmó Shinta, que ahora se veía más resuelto.

Atravesaron el bosque y llegaron a la aldea de T…, más allá de las tierras de su padre. Era un nido de cuervos alrededor de un pozo de piedra y casas vacías y muertas. Los cadáveres estaban siendo devorados por las plumas negras en el interior de los hogares, en los umbrales de las puertas, uno incluso estaba tendido en medio de la calle y había otro apoyado en la piedra del pozo. Shinta contempló aquel cementerio sin ocultar el asombro que sentía.
–Tú, ¿quién eres?, responde –ordenó Shinta al reparar en que el que estaba junto al pozo era un hombre vivo aunque en sus ojos se hubiese desvanecido todo brillo.
–Mi nombre es Kanaa, ya sabéis quién soy –respondió el hombre arrodillándose ante ellos. Llevaba una espada y unas pobres ropas de viaje desgastadas, estaba mal afeitado y muy sucio.
–¿Has matado tú a todas estas personas? –le interrogó Shinta.
–No. Cuando he llegado ya estaban muertos –Haruko creía que decía la verdad, al menos no era el hombre aparecido en sus visiones.
–¿Por qué no te has marchado? –siguió Shinta.
–Porque he venido a esta aldea desde tierras lejanas.
–Eres de Ryukyu, ¿verdad? –intervino Haruko–. Tienes un fuerte acento y tu nombre es extraño.
–Será mejor que os marchéis –repuso el hombre.
–Soy Annaka Haruko, hija de Annaka Ishinari, mi padre luchó en la batalla de Nagashino, en el bando de Oda Nobunaga –dijo Haruko–, y no veo por qué habría de abandonar este lugar si no fuera más que por los dictados de mi espíritu.
El hombre se alzó, era más alto de lo que parecía y se agitaba turbado.
–Sin duda habéis venido aquí buscando la muerte –dedujo Haruko. Cualquier otro samurái ya le hubiese cortado la cabeza.
–No atacáis –reflexionó el hombre, pronunciando sus pensamientos en voz alta–. Pero la muerte ya me ha encontrado.
–Explícate –dijo Shinta.
–Efectivamente –comenzó a decir Kanaa– soy de Ryukyu pero me casé con una japonesa y fui a vivir a su aldea. El hijo del daikan de la aldea y unos samurái entraron en mi casa una tarde y se llevaron a mi esposa, no pude impedirlo –aunque hasta ese momento Kanaa había mantenido la vista desviada al suelo, les miró–. Al día siguiente volvió el hijo del gobernador, en esta ocasión solo, y la tomó allí mismo, delante de mí y ante mis hijos –Haruko envolvió la mano de Shinta en una caricia y le cubrió con sus brazos, con un cariño que disipaba la impresión, Kanaa prosiguió su relato–. Yo le clavé un cuchillo en la sien. Cogí su espada y me marché pensando que quizás perdonarían a mi familia. Huyendo llegué hasta estas tierras, muy al norte, y hace unas horas he escuchado rumores de que un hombre de Ryukyu había masacrado una aldea después de matar al hijo de un importante daikan. He venido porque mi destino me espera y mi familia está muerta. No puedo seguir segando las vidas de los inocentes.
–¿Por qué no regresaste a tu hogar en el reino de Ryukyu? ¿Por qué robaste una katana? –quiso saber Shinta. Haruko posó su mano en el pecho de Shinta, pidiéndole silencio para aquel hombre destrozado.
El bosque se onduló en una reverencia a la brisa de la tarde.
–Sólo he visto esos ojos –comenzó a decir Haruko– en una cabeza cortada y sólo he visto ese corazón en un niño –esperó uno instantes–. ¿Deseas que te mate y te ahorre la tortura a la que te verás sometido cuando seas capturado?
Kanaa sopesó la cuestión.
–No es justo que también cargues con eso –añadió Haruko con convicción.
–¿Sois dioses? –inquirió de repente el hombre de Ryukyu, desbordado por aquella consideración hacia su persona.
–Como tú –repuso Shinta.
–Hacedlo pues.
Haruko se preparó alzando los brazos.
Descendieron en un movimiento exacto.
La cabeza cayó con un sonido apagado y rojo.
–¿Sabemos lo que es justo, Haru-chan? –quiso saber Shinta, necesitado de una respuesta que ya conocía.
–No a ojos de los demás, Ta-kun –dijo ella mientras limpiaba su katana.
–Cada noche sueño con otro mundo…
–Yo también, mientras duermo contigo.
Shinta cogió la espada robada, para devolverla más tarde a su dueño y aparentar que eran gente normal, y se marcharon.
El crepúsculo se internó bajo los cerezos, acompañándoles junto al río mientras hablaban sin parar.