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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de febrero de 2014

El reloj de arena

“The distinction between past, present and future is only a stubbornly persistent illusion”.
ALBERT EINSTEIN.

El reloj de arena:

–¿Quién eres? –preguntó una voz entre dulce y chillona que atravesaba las tinieblas como luz espectral.
Elevó la vista. Una muñeca de trapo le miraba –si acaso podía aquélla ver con los dos botones negros que eran sus ojos– sentada ante él que, encadenado, hacía una eternidad había desistido en liberarse de los grilletes que le retenían mientras el metal rechinaba obstinado su negación. Sentía un dolor en los omóplatos que le trepaba por el cuello, que danzaba en sus sienes, que barría sus pensamientos. Unos vestigios de hueso cubiertos de sangre asomaban en su espalda, relatos de plumas negras que ya no poseía.
“¿Quién soy?”, se preguntó, pero tenía que responder en voz alta:
–No hay memoria de la que rescatar nombre alguno –dijo el ángel sin alas, no sin esfuerzo.
–No preciso de tu nombre, sólo de tu poder. ¿Portales? –preguntó como si esa sola palabra hubiera de activar un resorte en su mente.
–Eso creo… –respondió él dubitativo.
–Los nombres nunca me han servido de mucho: son confusos –le aseguró ella–, la realidad, en cambio, es algo revelador, ¿no crees?
Él exhaló prudencia en su silencio y no respondió, aunque estaba de acuerdo por el momento.
La muñeca de trapo se irguió de un brinco, no mediría más de cuarenta centímetros y, arrastrando costuras deshechas con una extraña presteza descoordinada, caminaba hacia una palanca empotrada contra la pared de piedra al tiempo que le decía:
–He venido para hacerte una petición: abrir un portal puesto que eres el único ente capaz de hacerlo. Si lo haces, te liberaré. Ayúdame o continúa con tu emocionante eternidad en esta prisión –sus ojos de botones quizás se mostraban impacientes, pero era difícil saberlo.
–¿Qué deseas? –inquirió el ángel tratando de mantener la cabeza erguida sobre el dolor.
–Instaurar el Tiempo –respondió la muñeca de trapo mientras apoyaba su mano en la palanca, dejándola descansar allí, expectante, jugando a cerrar ese ensayo de pulgar que tenía.
–¿El Tiempo? –el ángel sin alas luchó por comprender el concepto, rescatarlo de entre las grietas y abismos de la mente, donde se guarecían lo impensado y lo inexistente, a salvo del torrente del ser.
–Robaré el Ahora y me lo quedaré. Y luego alguien lo codiciará –apuntó la muñeca.
–Pocas cosas hay tan vulgares como lo que puede ser adquirido.
–Grandilocuentes palabras para un traidor –dijo ella con voz estridente, casi desaparecida la dulzura en su tono–. ¿No fuiste tú quien liberó la Verdad?
El ángel sin alas más que agachar la cabeza la dejó caer, muy cansado, derrumbándose con todo el peso de su cuerpo aplastado por el arrepentimiento, con los brazos en alto aún sujetos por cadenas tomadas por la herrumbre. Creía que haría la realidad más sencilla, creía que daría esperanzas. Pero todo fue malinterpretado, y demasiadas cosas fueron engendradas por la recién nacida ignorancia. Se sentía flaquear, colgado allí, mientras sus pies rozaban a duras penas el suelo frío y lleno de manchas de sangre. Fue un error, pero saberlo no le suponía ningún consuelo.
La muñeca de trapo siguió hablando:
–Seré la señora del Tiempo –dijo.
–No se puede intercambiar el Ahora.
–Te falta imaginación –le advirtió ella accionando la palanca– cuando haya Tiempo, el Ahora pasará inadvertido y será, por ello, deseado.
Él cayó al suelo, de hinojos, moviendo los miembros amputados que eran ahora sus alas en un vano gesto reflejo. Los muñones sanguinolentos punzaban, como si fueran puertas a través de las cuales el dolor del mundo se introdujera en su interior, un vacío de tormento físico. Trataba de ignorar aquel sufrimiento lacerante sondando su memoria. No recordaba nada a excepción de la vaga presencia de una traición por él perpetrada que a duras penas comprendía. ¿Estaba siendo castigado? ¿Era su incapacidad para recordar el castigo la eternidad, los grilletes…?
No entendía nada.
–En marcha –dijo la suave voz de la muñeca de trapo, sacándole de ese ensimismamiento al que se había entregado, tan farragoso como inconcluso.
Ella le señaló unas inmensas puertas de cobre labrado con motivos incomprensibles, figuras que de alguna forma era incapaz de interpretar pese a intuir que le eran familiares. Tal vez le advertían de la importancia de la condena que debía cumplir, pero ni siquiera ese pensamiento consiguió despertar sensación alguna en él.
Apoyó ambas palmas en las hojas. Hizo fuerza, mucha, aunque no gruñía ni sentía resistencia alguna, sólo el dolor fundiéndose con las puertas cediendo y abriéndose.
La muñeca de trapo echó un vistazo al exterior, parecía intranquila. El ángel sin alas contempló a su vez lo que a allí fuera había: ante él se extendía una pequeña aurora boreal que jugaba con las perspectivas, brillando sobre una plataforma de piedra. Más allá sólo quedaba la más pura nada, no merecía la pena intentar imaginársela.
–Responde –dijo el ángel–, ¿cómo has llegado tú aquí?
–De la única forma posible: con una pluma de fénix. Deducirás ahora que no puedo escapar de tu prisión sin ti –le contestó con una sonrisa traviesa mientras él intentaba disimular su sorpresa–, como comprenderás no tengo más plumas –dijo ella con una falsa modestia que le resultaba de lo más divertida.
–No puedes escapar y no obstante has venido, y… ¿has tratado de engañarme? –dudó él.
–Ha sido arriesgado, Constructor de portales, no acababa de entusiasmarme la posibilidad de pasar mi eternidad con un desconocido, pero necesito instaurar el Tiempo y supongo que tú desearás tu libertad. Estoy siendo sincera contigo. Además, tú eres el único que abre portales entre los mundos y yo he traído esto –la muñeca de trapo señaló una cremallera que tenía en el pecho y se lo quedó mirando. Él alzó su pequeño cuerpo con una mano y con la otra abrió la cremallera y extrajo de ella una especie de canica púrpura y coruscante que puso en el suelo–. Sé que hay un lugar al cual no puedes acceder libremente –continuó la muñeca–, no obstante con este objeto llegaremos a nuestro destino. Me ha costado eones de ese tiempo que no existe dar con él.
–Tú me necesitas tanto como yo a ti, ahora estás atrapada –atajó él.
–¿Vas a hacerme creer que pudiendo escapar de la eternidad aquí harías otra elección? –replicó ella altanera–. Abre un portal, ángel sin alas, encima de la esfera.
Él así lo hizo.
Realizó unos movimientos con los brazos mientras la piel sobre sus omóplatos se retorcía y se ahogaba bajo el sufrimiento. El silencio se rompió con un chispazo quebradizo, fluctuaba acuoso como el color bermellón del portal recién creado, sobre la plataforma que ahora conectaba dos realidades distintas.
–Entremos –ordenó la muñeca de trapo.
Cruzaron el portal.
Era cálido.
Aparecieron en un pequeño terreno que se transformaba por completo a cada paso que uno de los dos daba, sin embargo todo era tan borroso que apenas se distinguía qué era qué.
Pero lo que sin ninguna duda estaba ahí de forma constante era un enorme reloj de arena vacío y una oxidada manivela a su lado.
–Éste es nuestro destino: el cementerio de la oposición. Donde descansan inertes los conceptos creados e increados. Pondré en marcha el Reloj del Tiempo y lo llenaré de arena muerta –dijo señalándose otra cremallera. En esta ocasión la abrió ella misma y extrajo un saco pequeño, aunque entre sus manos parecía un pesado fardo–. Has cumplido el pacto y ahora quedas liberado –dijo la muñeca de trapo–, cuando el Tiempo cobre vida no necesitaré que estés aquí para marcharme y tú puedes crear un portal unidireccional desde aquí –le dijo la muñeca de trapo echándose a caminar mientras una sucesión de mundos se engullían unos a otros a su alrededor.
Él estaba pensando, intentando comprender lo que estaba ocurriendo, intentando comprender las implicaciones que todo podría tener más allá del desconcierto. Y a pesar de sus esfuerzos el concepto surgió de pronto, cristalino, brotando de los fértiles terrenos de la inspiración, y el ángel sin alas sintió que esta vez –y ya que estaba ahí y tenía la oportunidad– debía hacer algo.
–Espera –dijo él, ella se volvió–, ¿el Tiempo no es esa encrucijada inexistente que queda entre la memoria y el cambio, ésa que devalúa la eternidad del Ahora?
–Cuando las criaturas transiten por esa encrucijada el Ahora tendrá un precio, sí –convino la muñeca de trapo–. No eres tan estúpido como parecías a simple vista –afirmó admirada mientras giraba la manivela con lo que tal vez fuera esfuerzo y el reloj comenzaba a emitir un ruido desagradable.
Él pensó que aquel reloj de arena vacío era más cierto que todas las mentiras encerradas en cada grano de esa arena muerta que debía recibir.
El ángel sin alas cogió a la muñeca de trapo y le arrebató el saco, y lo tiró al portal abierto a la prisión, por el que habían venido, para sellarlo después. Las alas que no tenía le dolían, como si cada movimiento le serrara los omóplatos, pero eso no era importante.
–¡Noooooooo! –gritaron al unísono todas las ambiciones de poder de la muñeca, saliéndole espantadas por la boca –¿¡Qué has hecho, necio?!
–Saldar mi cuenta con la Verdad –dijo él depositándola en el suelo, sin ofenderse.
Abrió otro portal y le dijo a la muñeca de trapo:
–Puedes acompañarme a mis dominios si es tu deseo o si lo prefieres puedes quedarte aquí por toda la eternidad –ella lo miró llena de una rabia sin fuerzas–. Como prisión no parece mejor de lo que fue la mía –añadió él con franqueza.
La muñeca cayó de hinojos al suelo sintiéndose devastada mientras el mundo alrededor cambiaba sin parar.
–¿No deberías destruir el reloj de arena? –quiso saber la muñeca de trapo, con la mirada clavada en el suelo, sin estar muy segura de por qué pronunciaba esas palabras en las que, por otra parte, tampoco estaba muy segura de hallar consuelo.
–El tiempo siempre ha sido una ilusión, lo sabes perfectamente –le dijo él para intentar animarla–. ¿Vienes?