¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Igualitudes


Igualitudes:

            –Supongo que lo mismo podría decirse de las diferencias entre ricos y pobres… o sobre los hombres y las mujeres –se aventuró Fede.
–Creo que, o sea… no es para nada lo mismo –se indignó ella con cautela, todavía por debajo del límite que le dejaba la confianza que apenas tenían.
–Sólo digo que hay un doble rasero para unos y para otros –insistió él.
–Eso sí –admitió ella– pero, ¿sabes?, aún nos queda mucho camino por delante a las mujeres.
Él se recostó sobre el sofá, tendiéndose mientras se acercaba el botellín de cerveza a los labios con cierta timidez porque no hacía tanto que Patricia le había presentado a su novia Susana y Susana y él, conversación mediante, empezaban a adentrarse en aguas turbulentas.
El bar había cerrado hacía una media hora, pero los dos conocían a las dueñas: Patricia y Julia, amigas de la infancia de Fede. Y aunque en aquellos momentos de clausura al público se alternaban canciones punk y metaleras a un volumen bajísimo, el bar contaba con varios niveles –uno de ellos destinado a conciertos más o menos improvisados–, cómodos asientos con estilo, una estudiadamente tenue iluminación, y carteles cuidadosamente enmarcados de Miles Davis, los Blues Brothers, Aretha Franklin, Muddy Waters, Benny Goodman, Coltrane y por último Clapton, que iban –por este orden– desde la entrada del establecimiento hasta la puerta de los aseos.
–Yo creo –comenzó Fede– que ese cambio que mencionas, eso de que a las mujeres aún les queda mucho por delante, es en realidad un camino a recorrer en común –apostó él.
–Vosotros no sois a los que os lapidan en países tercermundistas porque os hayan violado.
–¿Esa afirmación no es un tanto… demagógica? No digo que no sea cierto pero… –inquirió él. Patricia y Julia dejaron las tareas en las que se atareaban y se volvieron emocionadas. Fede por su parte sintió que el tiempo se detenía y que sobre él –probablemente desde las fosas nasales de su interlocutora– se cernía algo… amenazador. De hecho el ambiente parecía haberse enrarecido, o al menos había variado de alguna forma.
–¡Oh, sí, nena! –estalló Julia llena de júbilo–. ¡Va a haber batalla dialéctica! ¡Con dos cojones!
–¡Vaya, hombre! –exclamó Patricia–. Me he dejado la bolsa de palomitas en los otros pantalones…
–¡En la esquina derecha –empezó Julia a declamar como un locutor deportivo–, con los gayumbos de un color fucsia muy gaylor, tenemos a Feeede-el-que-nunca-ceeede!
–Oye, eso no es verdad –se defendió él.
–¡Y con las braguitas de vieja color carne –siguió Julia haciendo caso omiso del comentario– tenemos a Susaaana Fuerteee! Que parece ser una de esas chicas alérgicas a todo lo remotamente fálico –añadió rápidamente.
–No seas tan exagerada, hombre, mi novia sólo quiere arrancarle la cabeza a algunas personas, que Fede se encuentre entre ellas no es ni digno de mención –dijo Patricia divertida.
–¡Eh! –exclamó Federico fingiéndose ofendido–. Mi cabeza mola.
–Dices que también os queda a vosotros camino –Susana retomó la conversación–, pero yo diría que la jerarquía superior y “deseable” es la masculina: si queremos ser iguales, tenemos que llevar pantalones; si queremos ser iguales, tenemos que adoptar roles masculinos…
–Bueno, a mí eso no me parece “deseable”. A ver… ¿por dónde empiezo? –se dio unos instantes para empezar rechazando con la mano un porro que le ofrecía Patricia–. Mira, a mí las faldas no me gustan mucho, pero creo que es cuestión de gustos y los escoceses llevaban –sopló un par de veces la boquilla de su botella como si fuese un instrumento de viento, también para proporcionarse algo de espacio, pensando en que tal vez debiera evitar decir idioteces–. A… a lo que yo me refiero es a que tú hablas de esto en términos de “jerarquía”, “superior” o “inferior”, “masculino” y “femenino”…
–Evidentemente, de eso estamos hablando, ¿no? –saltó Susana enardecida, de repente se puso colorada –algo que su novia Patricia encontraba encantador– y le hizo un gesto a Fede para pedirle perdón y que, por favor, continuase.
–Pues yo propongo saltarnos eso –dijo Federico convencido, agarrando en el último momento un botellín vacío que había estado a punto de tirar a base de gestos peligrosamente vehementes.
–¡Vamos –voceó Julia retadora–, enséñale su merecido a ese botellín! –Patricia intentaba recogerse la risa con las manos.
–¿Cómo que “saltarnos eso”? –interrogó una Susana que no sabía si sentirse intrigada o escandalizada.
–Verás, siempre he pensado que quienes participan en una guerra de estas proporciones serán incapaces de ver la victoria, aunque sea porque siempre estarán pensando en los términos de la guerra.
–Rebobina, tronco –le pidió Julia. Hizo como si pulsara un botón en el cuerpo de Fede e imitó el sonido de una cinta de casette yendo hacia atrás a toda velocidad, para decir a continuación con voz grave:
–Gran bola sebosa, dale caña.
–¿Por qué dices lo de “gran bola sebosa”? –quiso saber Susana mirando a Julia, extrañada porque Fede era un palillo.
–Es de una serie –aclaró Patricia.
–Oye –intervino de nuevo Julia–, aquí no estoy viendo hostias argumentativas ni nada de eso, ¿qué mierda de polémica cutre es ésta?
–Que sepáis que acabo de perderme oficialmente –atajó Fede.
–Vale, tú estabas diciendo no sé qué de saltarnos algo –le socorrió Julia.
–Excelente explicación –la felicitó Patricia.
–¡Gracias! –dijo Julia llena de orgullo.
Tras intentar contenerse sin éxito, ambas se empezaron a reír a carcajadas y Fede y Susana se miraron y decidieron ignorarlas.
Susana se levantó y cogió un botellín de cerveza.
–Si en vez de hablar de hombres y mujeres, hablas de personas, ¿qué tienes? –preguntó Fede con audacia mientras su interlocutora volvía a su asiento.
–Antes de eso, o sea… ¿no hay que conseguir la igualdad? –repuso Susana repantigándose en el sofá.
–¿Y si la igualdad consiste en pensarla y vivirla en lugar de luchar por ella? Yo no veo diferencias… Por ejemplo, me parece muy violento para con uno mismo tener que ser un machote o una mujer liberada. ¿No le coarta mucho a uno tener que forzarse para ir en una determinada dirección, para interiorizarla hasta tal punto que olvide quién fue? Es mucho más sencillo dejar a la sociedad de lado de cuando en cuando y…­ –dio un trago­– ser una persona.
–Es un pensamiento bonito, ¿sabes? –Fede sonrió ante el halago de Susana–, pero en el mundo hay mujeres que tienen que luchar por sus derechos, que realmente dan la vida por ellos, que tienen que desafiarlo todo. Reconozcámoslo: ser un hombre es mejor en muchos aspectos. Y tu postura es la de un hombre cómodo que no quiere ser testigo de la realidad.
Fede asintió, sabía que solía ser demasiado… ¿cómo decirlo de forma elegante?, utópico, sí, porque utópico queda mucho mejor que ingenuo gilipollas.
–Dices que son mujeres defendiendo sus derechos –reformuló él–. Pero, ¿por qué no son seres humanos defendiendo sus derechos como tales?
–¡Anda! –saltó ella–. ¡Porque son mujeres!
–¿No te das cuenta de que la diferencia la creas tú también?
Susana se enfadó, amohinada durante un segundo, irritada no por las palabras del pobre Fede, sino consigo misma, con las cosas, con la situación... A Patricia le encantaba cualquiera de las infinitas muestras de expresividad de las que su novia solía hacer gala y en aquellos instantes la estaba mirando embobada. Susana por su parte, después del breve enfurruñamiento, miró hacia la izquierda pensativa, a ratos girando la vista a la derecha y poniendo caras a medida que su discurso mental se desarrollaba en su interior para terminar diciendo:
–Entonces… ¡la socialización diferencial nos ha comido la cabeza!
–Nos está troleando –concordó Fede acercando su botellín al de ella para darle un toque, ella cogió el suyo y brindó–. Menuda rallada, ¿eh?
–Y pensar que por eso me vestían de rosita cuando era niña… –comentó Susana con una sonrisa feliz para después poner cara de extrañeza. Luego eructó.
–Pues yo pensaba que ibas a ser más cerrada con este tema –le confesó Fede.
–Vale, vale –accedió Susana–. Pero sigo pensando que el asunto es muy complejo y que la realidad es… dura. Y –añadió con énfasis– que sigues siendo muy ingenuo.
Fede sonrió.
–¡Pero qué me cuentas! –intervino Julia nuevamente–. Vaya mierda de combate dialéctico, aquí me prometen un desfile de cabezas cortadas y me venís con margaritas, panda de maricones. ¡¿Es que nadie se va a montar una trifulca tabernaria de ésas de camino a Mordor, joder?! –protestó mirando a su escaso auditorio–. ¡Coño, es que para esto no he abierto un bar! –se quejó antes de empezar a reírse.
–Otro día será, Julia… –la animó Patricia siguiéndole el juego–. Otro día será…