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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 28 de abril de 2014

En un mundo sin relojes


En un mundo sin relojes:

Más allá del tiempo que se sacude la lluvia
se encuentran los dominios sin dueño
que suenan como cañas huecas y profundas
entre los ecos del mismo silencio.
Yo sólo soy un viajero que camina por las letras,
que no tuvo nacimiento ni muerte,
que envejece siendo el niño que no dejó atrás,
y que abandona lo que fue, contento.
Me gustaría decir que hablo la lengua
que me enseñan tus latidos,
pero desconozco todo de ti:
tu nombre y la danza que le sigue por tu sombra,
la forma de tu ternura al desayunar cada mañana,
el ritmo de tus pasos y la cadencia de tus pensamientos
cuando se asoman a cada instante con curiosidad,
el calor de tu risa, la eternidad surcando tu voz
o cómo miras un atardecer en las olas.
Y yo no puedo esperarte encadenando un encuentro
a los brazos del destino
que nunca se llevó mi aliento.
Y yo no puedo esperarte en un poema quebrado,
ni siquiera en un columpio mientras me balanceo,
desde luego nunca en un combate contra la más pura nada,
pero tampoco en unas líneas manuscritas de sencillez
ni en la añoranza de un deseo inventado.
Por la misma razón que no puedo negar un encuentro
si me muevo errante deshaciendo equinoccios,
dibujando las ramas de los árboles en el cielo
mientras rompo los conceptos contra el vacío.
El calor y la luz no quisieron ser uno,
tampoco querrían ser dos.
Por eso sigo vagando tras escribir la última verdad
y dejarla correr por debajo de los ríos,
sobre la forma de todas las palabras
y entre las fisuras de los sueños.
Y supongo que por todo esto
decido no esperarte,
y elijo recibirte.