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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 1 de abril de 2014

Sentada delante de casa

Sentada delante de casa:

            Mi nombre es Irena Sobczak y hoy, como cada día, he ido al trabajo leyendo un libro, después del trabajo he ido al gimnasio y luego, tras un tiempo de esparcimiento con mis amigos y mi mejor amigo –que casualmente es mi novio–, he ido al parque de enfrente de casa a sentarme después de dar un paseo por la Uniwersytet Marii Curie-Skłodowskiej.
Y me he sentado mientras el sol de verano atardecía dorado entre los árboles y las nubes jugaban entre rayos y sombras en lo alto, o eso me ha parecido a mí, que soy un poco así. Olía el perfume a flores del estío, escuchaba el piar de los pájaros y las risas de los niños y los ancianos, y todo eso. Era agradable.
Debo aclarar que yo no hago absolutamente nada especial cuando me siento, es más, nunca he ido al parque a sentarme como una costumbre. Deberíamos decir más bien que me he sentado en el parque porque sí y he disfrutado de la vida. ¡Algo rarísimo! Tenéis razón, os estaba tomando el pelo: en realidad esto tampoco es nada especial o, al menos, no difiere en nada de cualquier otra cosa que hago en mi vida.
Hoy hemos tenido un buen atardecer, uno muy feliz. Claro que, ¿acaso hay atardeceres malos? Lo habéis adivinado, soy una cursi, ¿será porque no soy muy lista? ¡Vamos, no seré muy lista, pero esto sí que es humor inteligente!
Cuando me he ido a levantar he visto a una vecina y la he observado con curiosidad. Es una señora anciana que ha estado soltera toda su vida, ¿hay gente a la que ver a un soltero le parece raro? Bueno, en cualquier caso su actitud siempre ha sido despreciable: insultando a los demás, deseándoles cosas terribles… Siempre vigila lo que sucede en el portal y cuando alguien sale a la calle, se asoma por la ventana y le sigue con la mirada. Y en mi opinión es casi una paradoja: cree que controla porque vigila, pero vigila porque no controla. Es una persona manipuladora, sin embargo  cuando la gente a la que manipula llega a una determinada edad se deja de juegos, no aceptan sus triquiñuelas y así empieza el rechazo hacia la vecina que no hace sino reforzar su postura para luchar contra él, un círculo viciosillo. Por supuesto ella siempre tiene la razón y, por más injustas que sean sus palabras, se ampara en unos supuestos derechos de lo más universales para cometer cualquier injusticia. En la práctica se reducen a que no le hagan a ella lo que ella hace a los demás. Es gracioso. Creo que ha puesto, ¿cuántas serán?, unas treinta y pico denuncias entre todo el vecindario: llamó incluso a la policía diciendo que unos vecinos fabricaban droga en casa. No se da cuenta de que, llegados a cierto punto, no se trata de que ella tenga mejores o peores argumentos –no tiene argumentos en absoluto–, se trata de que hace daño a los demás y que eso no se debería argumentar. Y les hace daño porque se hace daño, porque se mueve por el mundo así. No siento lástima por ella, creo que ella ha decidido vivir la vida como mejor ha sabido hacer, pero sí siento compasión. Sufre y no sabe amar, aunque yo alguna vez me he reído cuando ha venido a casa con sus quejas surrealistas –aunque, por supuesto, jamás me reí de ella–, la verdad es que no me gustaría estar en su piel. Tiene mucho miedo, pero tampoco es la única persona que conozco llena de negatividad en su interior, ni es tampoco la única persona que opina que un argumento presuntamente apoyado en la moral le exime a uno de responsabilidad moral, ¡venga, no me digáis que no es una risa! Es triste, pero… sí, lo siento, es triste, pero reírse es un deber hacia la realidad.
Y lo cierto es que ella está ahí y actúa así y, en el fondo, no hay nada que añadir ni restarle a eso. Si quisiera otra cosa, habría hecho algo distinto.
Yo llevo el cambio dentro y no creo que el mundo sea un sitio en el que uno deba tener miedo, y aunque he tenido momentos de pasarlo muy mal nunca he considerado que el miedo pudiera solucionar nada.
Creo muchas cosas, como por ejemplo que es mi responsabilidad ser feliz o que la gente común es la gente especial… porque nadie es especial. Tiene truqui. ¿Os dije ya que soy tan cursi que casi da asco? Pero, ¡eh, es divertido!
Siempre me he preguntado por las vidas de otras personas –sobre todo cuando voy en autobús– y siempre he visto a la gente y he creído que ésa es la gente más interesante y misteriosa.
Por eso cuando miro a mi vecina, lo hago llena de curiosidad…
Tiene que ser agotador pensar como ella, ¿qué es lo que le lleva a alguien a olvidarse así?
Esa mujer tiene tan poco que ni siquiera puede compartir este magnífico atardecer.
Y es un atardecer que me ha quedado fetén.