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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

jueves, 8 de mayo de 2014

No tengo palabras


No tengo palabras:

No tengo palabras, tal vez por eso los segundos en tu voz vibran en el idioma de una lluvia que cae sobre el tiempo. Quizás por eso no acabo de entender el por qué mientras el resto de la pregunta se desliza por mis dedos huyendo como arena sobre cristal… porque la respuesta fluye a ambos lados de la interrogación, atravesando un vacío vasto e infinito, y desaparece. Aquí no estoy yo, pero sin embargo hay algo que late y lo llena todo. No tiene nombre, pero lo contemplo absorto y no puedo dejar de pensar en tu alma transformándose en tinta y verso sobre un mundo blanco, liberándote en la creación que te deshace diciéndote. Evoco tus cuatro borradores perdidos en un intento de decir lo que se esfuma en mis labios, y me inclino ante las horas haciéndose un hueco entre una sonrisa sin dueño. Jugando a no caerse, encima de un beso que sabe al atardecer y a chocolate. Y entonces me acuerdo de que elijo relajarme y narrar el relato del mundo, porque no existía en ningún ahora ni nadie ni Norte. Las palabras no podían izar la realidad y enarbolarla como una bandera invisible, la brújula siempre estuvo rota. La clepsidra no sabía contar las horas y la brisa tan sólo acariciaba las líneas que no podían escribirse, ésas que buceaban entre palabras antiguas como piel o cariño, que –por supuesto– tampoco quedaron atrapadas en letra alguna. No tengo credo, soy un reflejo errabundo que comparte el cielo con el cielo mismo, soy que no soy. Si por darme papel lo prefieres, soy un viajero surto que, al recorrer el camino al lado de la causalidad y la casualidad, se ha topado con la dulzura andando sus huellas, preguntándose si no sería acaso que esas huellas no eran suyas y la dulzura sí en la más evidente confusión sin sentido. Deseando con curiosidad otro instante de deseo, de relato siendo que tal vez se hiciera una visita al reloj. Dibujándole una reverencia a la ternura cuando ha vuelto a comprender que no existían nombres ante ella. Y que sólo recordaba el recitar dulce y trémulo inundándolo todo, imaginando momentos enteros a través de un solo gesto.