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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 1 de junio de 2014

El abuelo Tobías

El abuelo Tobías:

            Como ya era verano y apenas quedaban días de colegio nos despertábamos un poco más pronto para ir a desayunar con el abuelo Tobías en vez de tomar el desayuno en casa.
Era mi vecino así que yo cruzaba el huerto y saltaba la tapia que separaba las dos casas trepando por la parra que crecía por allí, y siempre era el primero en llegar. Pero el abuelo Tobías ya lo tenía todo preparado. Y Orejota me recibía ladrando.
El abuelo Tobías llevaba allí desde que papá y mamá eran chicos y era como los pájaros: no molestaba a nadie, salía cuando el cielo estaba claro y sin nubes y se echaba a andar por el pueblo arrastrando su espalda encorvada, y si llovía encendía la chimenea y leía en casa en su mecedora, tapado con una manta y con el viejo Cazacorzos a sus pies, el cual hasta cuando movía el rabo lo hacía lentamente. Orejota, la cría de Cazacorzos, en cambio siempre hacía guardia delante de la puerta y nos saludaba al pasar.
Para desayunar el yayo hervía la leche que le dejaba Maribel en la puerta y se hacía tostadas con nata en verano. En invierno se tomaba un par de bocatas de huevo frito con chorizo. Y le gustaba tallar figuritas de madera. En sus tiempos mozos había sido carpintero y como la vista la tenía bien y el pulso no le temblaba mucho aún, pues aprovechaba.
Aquel día estábamos todos desayunando allí y el abuelo Tobías sonreía, como siempre, y yo me preguntaba si siempre había sido él tan feliz:
–Abuelo Tobías, ¿siempre ha sido usté tan feliz?
–Claro que sí, Ramón, pero el caso es que no siempre me di cuenta.
Creo que la Andrea se encogió de hombros y le dijo sin más:
–¿Y cuándo se dio usté cuenta?
–Creo… –comenzó a decir masajeándose la sien, como si aquello del gesto le ayudase a recordar–. Creo que un día mi madre me pegó un grito por la ventana, yo me acerqué y me preguntó que qué tal estaba, nada inusual.
–¿Y eso fue to? –se quejó el Suso, se le notaba decepcionado.
–Oh, en realidad fue lo que hizo que me propusiera ir al psicólogo –comentó el abuelo Tobías con una candorosa sonrisa.
–¿Al sicólogo? –inquirió el Suso de nuevo–. Mi papá ma dicho… mi papá ma contao que a eso van locos que matan a otros, que les encierran en habitaciones blandurrias con camisas de fuerza y les dan con agua.
El abuelo Tobías no pudo evitar soltar una carcajada y el pequeño Mario se echó a llorar asustado.
–Claro que te dijo eso, sólo que no es del todo cierto. Si tienes un catarro vas al médico; si estás triste durante mucho tiempo, bueno, entonces puedes ir al psicólogo.
El pequeño Mario dejó de llorar, se enjugó los ojos con los puños y escuchó al abuelo Tobías.
–Pero –siguió el abuelo– por aquel entonces ya era muy feliz, y si tomé tal decisión fue porque descubriendo quién era yo, descubrí también que tenía cosas por solucionar, aunque todo era muy extraño.
–¿Muy extraño? –curioseé yo, a ver si el yayo soltaba prenda.
–Muy extraño –repitió mientras se reía–, por decirlo poéticamente “soy” era como una puerta que llevaba a “no-soy”, así que no ocurrió nada. Y lógicamente no había puerta, esto es de sentido común –volvió a reírse.
Todos nos quedamos mirándole, ¡ostras!, ¡sí que era extraño!
–Pero usté está aquí hablando con nosotros –me aventuré.
–Oh, claro, claro que sí. ¿Quién podría decir lo contrario? –pregunta a la manera del teatro. Desde luego que algo no me acababa de cuajar…
–Yayo –dijo la Andrea llamando su atención–, ¿cómo es que se dio usté cuenta de algo que ya pasaba, de que no ocurría nada? –me sentí perdido, pero es que Andrea era la más lista de nosotros. Siempre podía preguntarle cosas luego, explicaba genial.
–Si piensas –dijo el abuelo Tobías– que los hechos a los que me ando refiriendo tuvieron lugar en un momento determinado estarás en un error y si piensas que yo entendí algo estarás en un error.
–¿Entonces nada ni nadie encontró nunca nada?
–Ya ni siquiera importa que las cosas importen –dijo el abuelo–, no hay de qué preocuparse aunque te preocupes –la Andrea sonrió–. Aunque –siguió dirigiéndose a todos nosotros– no soy tan feliz como creéis, ¿sabéis qué hago yo cuando algo me duele? –negamos los chicos con la cabeza–. Sufro –aseguró antes de romper en carcajadas.
–Pero –le dije yo al yayo– usté cambió, ¿no? Es decir que usted sólo puede hablar de esto… lo que sea, después del grito de su madre y to eso –miré algo inseguro a los demás antes de añadir:–, ¿no?
–Verás, todo eso que asumes, todo eso que te permite o te hace preguntarte por un cambio desaparece. No queda nada –responde el abuelo Tobías.
–Pero es muy raro… –dice el Suso, para mí que piensa que el yayo chochea.
–¡Ah! –exclama Andrea entusiasmada–. Es que ni siquiera hay nadie, ¿no? Es… es… –chasqueó los dedos–. Es esto, ¿verdad? –dice chasqueando los dedos una y otra vez encantada–. Vamos, que ni es esto ni es na.
–Eso es –afirmó el abuelo Tobías.
–Y, claro –continúa la Andrea–, no hay forma de entender que yo soy Todo, ¿no? Es decir, no se entiende, sólo es Todo, ¿no?
El abuelito asiente y nos dice con una bondad a la vez plácida y apremiante:
–¡Tenéis que marchar ya, zagales, que no llegáis al colegio!
Y de camino al cole le pregunté a la Andrea:
–¿Cómo haces eso de decir Todo con mayúsculas?
–Como tú.
–Qué va, ¡si yo no puedo! Va, dímelo –insisto–. ¿Cómo se consigue eso?
–No lo puedes conseguir, Ramón, no seas tontico, por Dios. No puedes conseguir tener una cabeza, ¿no?
–Y… ¿entonces?, ¿qué hago?
–Nada de nada.
–¿Nada de nada? –repito yo sin entender.
–¡No te digo na y te lo digo to! –exclama la Andrea para reírse a carcajadas.
Para mí que esa vez no se explicó muy bien.