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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 16 de junio de 2014

La contradicción errante

La contradicción errante:

            Los cuervos de llamas que conjuró mi amiga revolotean en un mundo que no se pierde ni se destruye. Aquí los sentimientos no son consumidos por un arder voraz sino que son avivados. Porque en este lugar sólo hay calor y nada que pueda sucumbir será. Mi viaje me había llevado por las lomas de los tiempos y reconozco que al llegar aquí tuve miedo. Sólo había conocido un fuego que quemaba el papel, que secaba las lágrimas sin destruirlas, dejando intacta la tristeza, que advertía palabras como enemigos, sobornando al cariño con emigrantes del reino de lo posible, donde todo existe y no existe a la vez y el presente se quema en el tiempo.
Lo curioso es que ahora todo es igual que siempre y no dejo de pensar en lo diferente que es todo. Y en el amor que se derrama poderoso lo quiera yo o no, que devora lo que no es mío y lo hace desaparecer, que me quita la careta y me deja un guión idiota y me lanza a un vacío tan absoluto que no tiene explicación, un vacío sin lugar en el que no soy. Un amor infinito al que mis sentimientos no perturban. ¡Así no hay quien se enfade! Contemplo mi espada, le doy las gracias a mi zaino y pienso que usar el hierro es tan absurdo que sólo lo llevo encima porque me gusta reír.
Dicen que estoy loco, que no se puede amar todo, que no se debe vivir como vivo, que tengo que controlarme a pesar de mi serenidad. Ignoran que no todo es para mí, que no creo en el control ni en los caminos.
Yo sonrío. Claro que estoy loco, pero no importa demasiado.
Envaino la espada que uso para ejercitarme, el dorso de la mano resbala por el sudor de la frente, le pego un par de palmadas a mi zaino y tomo impulso para saltar a la silla de montar mientras el cuero me cuenta que se siente con confianza.
Avanzo al paso a través del bosque, siguiendo el sendero pedregoso junto al río.
Mi amiga, la maga, ha transformado la hoguera en la que cocina en fuegos artificiales para entretenerse.
–¡Hoy cocino yo! –me dice sonriendo–. Es increíble, ¿no? ¡Bebemos agua! ¡Y dormimos! –añade sin caber en sí de gozo.
Mi otra amiga está bañándose en el río, jugando con el agua, a veces con suavidad, a veces tirándola por ahí, recordándonos el mundo. Ella no habla tanto, pero sonríe tranquila y me mira. Tiene un hacha de doble filo entre las manos, no la deja nunca aunque opine lo mismo que yo, pero es que su arma le gusta.
–Si no hay enemigos, no hay ataque ni defensa que valga –afirma, enigmática como los meandros y la piedra gris, haciendo un esforzado molinete con sus dos manos que danzan sobre el mango de su hacha con una rapidez admirable.
Nos reímos, claro.
Tres locos, supongo.