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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 20 de junio de 2014

Red Punk (2ª parte)

Red Punk (2ª parte):

–¿Cómo se llama? –quiso saber Matt esposado y atado a la silla.
–Capitana Ayano Kimura de la Red Punk –contestó ella apagando el cigarro en un cenicero que había sobre la mesa entre ambos. También estaba sentada en una silla.
–Tiene buenos compañeros, capitana Ayano Kimura –el hombre tragó la poca saliva que tenía, habría que darle algo de beber–. Esa chica es excelente disparando con un revólver.
–Apenas falla, pero es aún mejor como artillera.
–¿Cómo me han descubierto? –quiso saber Matt.
–Di por hecho que, dado que es usted un ladrón de guante blanco, todo el mundo asumiría que trataría de ocultarse del modo más difícil de todos: en Mir o en Perséfone, de modo que removerían sus contactos en Perséfone y que los torturarían y encarcelarían en Mir, que habría una pila de datos que revisar e inmuebles que registrar. Pagaban mucho dinero por su cabeza y consideré improbable que hubiera querido arriesgarse a perderse en mundos de los cuales no conocía usted nada ni a nadie. De modo que pensé que iría al sitio más estúpido: su árido hogar, no donde se crió, claro, sino donde nació. En su situación, digamos… precaria, era una posibilidad con cierto potencial. Es muy considerado con la inteligencia de sus adversarios. No así con la suya propia.
–Yo diría, capitana –le restregó la palabra por la cara–, que ha tenido un golpe de suerte –se jactó él. Ayano pensó que era uno de esas personas, de ésas para los cuales los triunfos ajenos dolían.
–Llámelo como le plazca –le dijo ella altiva.
–He robado secretos de estado de Mir, asesinatos políticos y también de civiles que implican no sólo a Perséfone sino a la misma Confederación. ¿Se acuerda del accidente en la central de Verbena? Tengo información para reabrir el caso, rodarán cabezas y puede incluso que alguien se cabree de verdad. Tienen que dejarme en libertad.
–Siéntase libre de corregirme si me equivoco pero usted no es un buen samaritano, ¿no es cierto?
–La información es la base de la vida, la ley de la oferta y la demanda su culminación. ¿Qué puedo decir?, tengo compradores –Matt ensayó una sonrisa radiante, hipócrita, insolente.
–Esa información va a pasar de mano en mano –aseveró Ayano–, de chantajista a chantajista. Deme a mí la información, dígame dónde está, la meteré en el ansible, frecuencia quinientos dieciocho: no habrá nadie que no lo sepa. Le aseguro que yo no creo en los secretos de estado.
–No puedo hacer eso que me pide.
–Por supuesto que no –Ayano se levantó para irse, su paciencia se había agotado.
La puerta de la habitación se deslizó al abrirse.
–Capitana Kimura, usted tiene sus métodos, yo los míos.
Escuchó el zumbido de una pistola de impulsos.
De haber tenido tiempo para ello, se habría preguntado cómo un particular podía haber adquirido esa tecnología cuando el precio en el mercado de uno de esos artefactos era desorbitado y cuando apenas unas pocas unidades en unos pocos ejércitos tenían acceso a ese armamento. Se hubiese vuelto loca intentando averiguar cómo se había liberado estando esposado y habiendo sido registrado. Y probablemente hubiese querido echarle un vistazo al detector de metales con su caja de herramientas a un lado.
Pero no hubo tiempo, sólo ruido.
Escuchó un sonido de alta frecuencia que laceró sus tímpanos. Una fracción de segundo antes de que se hubiera doblegado a él, justo antes de que su expresión se hubiese empezado a contraer llevándose dolorida las manos a los oídos, un instante antes de que todo aquello que no pasó hubiera podido ocurrir, sintió una descarga extrañamente dulce incrustándose en su cuerpo y tomándolo. Y con la descarga sintió un temor paralelo, eléctrico.
Ni siquiera pudo pensar que aquello había sido una estupidez.
Con el cerebro apagado no se puede pensar.

La nave dejaba desfilar imágenes de color rojo sobre una franja holográfica en cada habitación y compartimento, indicando que la capitana Ayano Kimura carecía de constantes vitales: sólo había una línea roja que discurría horizontal sobre un fondo negro a la altura del ojo izquierdo.
Cúbreme –dijo H´lran tras la barra de la cocina americana de la sala de estar armado con una escopeta solitaria entre tantas manos. El Zal´on tenía a su lado a Elden, armada a su vez con un revólver que estaba cargando con balas de plomo blando. H´lran se conectó a la red de cámaras de vigilancia, después parpadeó un par de veces con sus ojos brillantes–. Se dirige al muelle de carga, tiene un arma de impulsos.
–Dale una salida fácil, verde, reconfigura la estructura y que coja la VN-300, que está algo cascada. Quiero que salga, la idea de que pegue un solo tiro aquí dentro con esa cosa es muy loca. Tú déjale salir, voy a petar ese cacharro. Te necesito a los mandos de este trasto, ¿vale? Dame un buen ángulo. No voy a fallar.

–Vamos, grandísimo hijo de puta –decía Elden acomodada en su sillón, la cual no tenía problema alguno en hablar consigo misma en voz alta, observando el espacio al que estaba más que habituada desde la torreta de la nave– ponte a tiro, que te voy a enseñar qué les pasa a los gilipollas que atentan contra la vida de mi capitana y pegan tiros al tuntún con armas jodidas en la puta Red Punk.
La nave viraba. Vio a la VN-300 ante ellos, huía. Aquella vieja lanzadera sólo tenía un cañón delantero, así que, ¿qué más podía hacer ese idiota? De todos modos, ¿qué esperaba ese cretino que iba a pasar? La VN-300 era rápida, pero Red Punk no era una lanzadera de combate, era una nave. Y a esas alturas Elden no tenía reparo alguno en enviarles a Matt a las autoridades de Perséfone en cómodos plazos.
–Joder, este pringao ni siquiera sabe pilotar una nave… –Elden sentía todo el peso del esperpento sobre sí. Pero se soltó de todo como hacía siempre que hacía falta, no es que fuera una especie de decisión, simplemente ocurría. La torreta era una prolongación de su propio cuerpo, dejó de percibir distinciones entre sus manos y el cañón o el misil que albergaba porque ella era y siempre sería el mismo espacio. Ella era la danza vital de todos los soles, moría en todos los planetas y sonreía desde todas las estrellas. Vivía todas las vidas.
Y el tiempo se encontraba bajo su dedo pulgar.
Disparó.

Quince minutos más tarde habían recuperado lo que quedaba de la VN-300 amén del cadáver de Matt Cruz renegrido y parcialmente abrasado. El rifle de impulsos había quedado destruido pero las piezas se podían vender o aprovechar. La extraña biotecnología del cuerpo de Cruz, aunque estuviese dañada con total seguridad, probablemente tuviera algún valor, mucho valor incluso.
Habían llevado su cuerpo a la enfermería, por desgracia apenas había espacio para dos cuerpos.
–¿Este memo creía que no teníamos un sistema de vigilancia aquí dentro? –inquirió Elden que ni siquiera sabía cómo reaccionar ante aquel estado de cosas.
El hombre distorsiona la realidad con su deseo, el deseo de desear, se pierde en un laberinto de ambiciones y miedos hasta que se da cuenta de que todo es un juego. Este hombre sin embargo no entendía nada acerca de los secretos y Ayano lo ha pagado con su vida. Era una buena capitana, la mejor mecánico que he visto nunca y, por encima de todo, mi amiga y habré de llorarla. Pero no te dejes engañar Eldan, quien muere aquí hoy es y no es Ayano Kimura.
Elden le miró, no era momento para decir nada, querría haberle preguntado a qué se refería cuando decía “hombre” o si se encontraba bien. Querría haberle dicho que sufría por la muerte de Ayano, que recordaba su risa. A ratos sentía una alegría triste ante la muerte de ese cabronazo. Pero no era alegría, era el sufrimiento queriendo salir de su cuerpo disfrazado de culpa, seguro que algo así le hubiese dicho H´lran.
–Pues ha dejado de fumar –era estúpido. Eso era lo único que había podido decir: algo estúpido. La realidad reciente le venía demasiado grande. H´lran puso esa extraña expresión: si hubiera tenido boca probablemente habría sonreído un poco, con amargura.
“Qué mierda”, pensó Elden y, finalmente, como si aquel pensamiento le hubiera robado las últimas energías que le pudieran quedar, se echó a llorar, transformando el sufrimiento en unas lágrimas que se reunirían con el universo.
H´lran no dijo nada en su silencio, sólo la abrazó con sus cuatro brazos.
Puto trabajo.

See you, space cowgirl.