¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 1 de julio de 2014

El error de crear un mundo


El error de crear un mundo:

            Las ideas suelen ser más interesantes que las conclusiones: las ideas viven, las conclusiones están atrapadas. Este pensamiento fue el detonante que me llevó a concebir la creación de un mundo con el papel como intermediario. Aclararé que no me refiero a un mundo sobre el papel, una empresa que sería, por lo demás, mundana. Debo remarcar la creación como desarrollo y meta en movimiento de mi ambicioso cometido dado que, ciñéndome a la primera frase que abre este esbozo, no puedo concebir un producto solidificado en lo que está ya realizado. Es decir, no debo concebirlo como acabado ni como futurible mundo acabado, una falacia digna de los hombres: criaturas tan limitadas por sus cortas entendederas que me han impulsado precisamente a esto. No me malinterpreten, no estoy en contra de las incoherencias ni de la irracionalidad, es más, en cualquier caso no estoy a favor de un temible imperio de la Razón cartesiana configurándolo todo –transfigurándolo todo–, siendo su única razón de ser y la única instancia a la que debiera rendir cuentas.
Volviendo al tema que nos ocupa –la creación de un mundo–, el primer campo de trabajo no obstante bien podría haber sido el dibujo de multitud de culturas, cada una ramificándose quizá en multitud de sociedades, reflejadas a su vez en multitud de mentalidades para las cuales deberían existir límites más o menos claros –bajo una apariencia de fronteras difusas–, como si este proyecto no fuese más que una pobre imitación de lo que experimentamos en nuestro planeta. Todo ello, claro, pasando por alto –impensadas– las condiciones biológicas que podrían dar lugar al poco probable aunque no imposible milagro de la vida bajo ésta u otra forma, y otro u otros soles y astros.
Sin embargo yo no estaba acostumbrado a ese proceder sino que, por lo que tenía entendido, debía dejar al proceso desarrollarse por sí mismo. Dado que al principio sólo tenía una intuición muy remota de lo que todo aquello suponía para mi cuerpo, tardé un día en olvidar que el mundo era el mundo, tres días en olvidar todo aquello que me había propuesto y tal vez cinco días en olvidarme de mí mismo, al menos, me esforcé mucho para que esas cosas ocurrieran. Me sentía ser un clavo resistiendo contra el viento.
Lo primero que deberíamos hacer –me dije– es deconstruir la delimitación. No parecía una tarea nada fácil, pero Hume ya había demostrado la falacia que suponía la causalidad y Nietzsche había refutado la volición como causa del movimiento, además, sin ir mucho más lejos John Levy había usado de la intencionalidad como argumento en contra de la diferencia entre el sujeto y el objeto, señalando que el sujeto debe quedar hipostatizado para trabajar con él, funcionando así como un nuevo objeto. Paralelamente se me ocurrió pensar en la cárcel como heterotopía –en los términos que emplearía Foucault– y en la errónea concepción del mundo de aquéllos que poblaban las cárceles de nuestro mundo: encerrados y tratados como si críos fueran, pero sin comprenderse como parte del problema a solucionar, naciendo de la separación entre víctimas y verdugos. Decidí dejar el tema para más adelante, probablemente dar forma a aspectos como éstos me convertiría en una especie de demiurgo y eso, inevitablemente, daría al traste con todo mi plan al suponer un agente separado del universo.
Acerca de la epistemología y las posibles teorías del conocimiento, ¿no serían juegos de niños? ¿Meros ejercicios intelectuales sobre aquello que, al ser observado, es modificado por el observador? ¿Sobre lo que cambia sin cesar? Esto me llevó a considerar una educación práctica y humanista para fomentar la creatividad, totalmente alejada de la estúpida mnemotécnica empleada para medir lo que alguien consideró que era el conocimiento: por supuesto los exámenes en las escuelas estaban descartados.
Por otro lado y para concluir mi obra con acierto, pensé en lo idóneo que sería evitar el solipsismo –jaque mate filosófico donde los haya– y decidí introducir este mundo mío en una pequeña y colorida canica.
Con este gesto sin embargo acabé por disolverlo entre letras, ante una perpleja Incomprensión que se había presentado allí mismo, muy alterada por la urgencia.
–Macho, tú no te has enterado de nada –me dijo fingiendo que se le acababa la paciencia y, a la vez, con una convicción extrañamente inocente.