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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Entrevista con el demonio

Entrevista con el demonio:

            Era de color negro. El mundo era de color negro y uno no sabía dónde estaba el suelo o si había paredes. Sólo se veía al demonio, que había renunciado a decirse a sí mismo con la ”D” mayúscula por considerarlo excesivo o –tal vez– sencillamente inapropiado. Se sentaba en un sillón mientras fumaba un cigarrillo que había estado liando. Tenía junto a él un vaso de chupito con licor de manzana sin alcohol y se entretenía haciendo dibujos con el humo que iba exhalando.
–¿Cómo crees que será el destino? –preguntó, y con la pregunta se manifestó la conversación entera.
–¿El destino? –dudó el niño. Porque –aunque con anterioridad no se haya comentado– había un niño, ni muy mayor ni muy pequeño. Tenía esa mente infantil que no entiende algunos aspectos de la vida adulta –demasiado hipócritas como para tener sentido– pero entiende con claridad la realidad a su alrededor –su dureza y su suavidad–, atrapándolo absolutamente todo. Lo que viene siendo un niño, vamos.
Y el niño había preguntado: “¿El destino?”, porque no acababa de ubicar el concepto en su diccionario particular, el léxico pasivo aún se le escurría.
–El futuro, el porvenir –le aclaró el demonio.
–¡Ah! Bueno… –el niño hizo una mueca pensativa frunciendo el ceño–, yo creo que en el futuro la gente no irá a la guerra.
–¿No?
–No, y además, seguro que no tienen muchos malos pensamientos, como cuando alguien te hace algo que no te gusta y te da por hacerle daño. Eso es de gente muy tonta.
–¿Y eso?
–Es como cuando antes había racismo y sexismo, eso nos lo explican en el cole. Antes la gente pensaba –comenzó el pequeño a exponer– que estaba bien pegarle a alguien porque tuviera tal color en la piel o porque fuera niño o niña y… ¡O no pegarle! ¡Tratarle distinto! Eso es de gente tonta: pensar que hay algo ahí que es especial… especial de…
–Ya, ya, en todos los sentidos posibles –continuó el demonio.
El niño volvió a fruncir el ceño de nuevo, pensativo, aunque se le notaba un poco más relajado.
–¡Anda! ¡Pues sí! –exclamó el pequeño entusiasmado–. Son como caminitos, ¿no?
–Algo así –repuso el diablo–. Debes disculparme –suplicó avergonzado–, no te he ofrecido asiento, ¿deseas sentarte?
–Vale –soltó el niño desenfadadamente, tirándose sobre un sofá que apareció ad hoc.
–Entonces, ¿crees que hay una evolución social marcada, que describe una senda particular?
–¿Qué? No sé… espera… Sí, sí, o… creo que sí. Eso es lo que estoy diciendo yo, ¿no?
–Creo que sí –dijo el demonio.
–Yo también creo que sí –admitió el niño–. Mira, ahora la gente paga para tener muchas cosas y… las cosas y eso de poder pagarlas es como… como más importante que las personas, ¿verdad? Es muy tonto, pero es así. Y eso que antes había cosas más tontas como reyes y gente que mandaba y nadie les había elegido y todo eso, ¿no? Y campesinos que vivían mal, muy mal. Pero yo creo que esto que hay ahora se esfumará y vendrá algo mejor y seguro que, igual que a la gente le parecía bien antes meter en la cárcel a un hombre por besar a otro hombre… pues seguro que en el futuro la gente nos verá y dirán, “jo, pues mira cómo vivían, que se mataban por dinero y por cosas así, y votaban y compraban cosas que no necesitaban para nada como las pastillas esas para adelgazar en un santiamén y creían en la cárcel y… y se pegaban y se insultaban, y se trataban de forma distinta unos a otros y no se dejaban pasar cuando se abren las puertas del metro”, ¿sabes?
–Supongo que crees que la gente es intrínsecamente buena –resumió el demonio.
–No lo sé… sí, creo que la gente no sabe que tiene una chispa que ilumina como el sol. Bueno, hay mucha gente que sí lo sabe y, claro, la enciende.
–No faltaba más –convino el diablo.
–Demonio –le llamó el pequeño–, es ortografía y eso, pero, demonio, tú que estás para castigar a los malos, dime, ¿qué es la gente mala?
–Gente buena –repuso.
–Ah, ¡pero eso también tiene varios sentidos! –soltó el niño.
–Así es.
–¿Sabes? De todos los amigos imaginarios que he tenido, eres el más interesante. Y eso que a mí lo del castigo ese tuyo me parece como lo del dinero, en el futuro no habrá.
–Eres un niño muy listo –le aseguró él.
–Eres mi amigo imaginario, no deberías decirme eso, no estás aquí para eso. Estás para lo otro, para hacerme pensar.
–Entonces, cuéntame –se animó el demonio– qué te joroba de ser pequeño.
–Lo malo de ser pequeño es que el mundo no está a tu altura –le aseguró el niño riéndose.
Una discreta pedrada en el cristal de su ventana y el color negro se convirtió en su cama con sábanas azules, en sus peluches, en el armario de madera de nogal y en el ordenador, en los pósters y la ropa tirada por el suelo de su habitación, en el papel pintado de las paredes con imágenes del mundo de Super Mario Bros. Y se transformó también en el flexo que tenía para leer por la noche. Sus amigos esperaban afuera y le gritaban que bajara a jugar. Y aunque solía tener al menos un amigo imaginario, claro que bajaba a jugar.
–Pero seguiremos hablando de las tonterías –susurró el niño mientras salía de su habitación con una sonrisa en la cara.
En realidad él no pensaba que la gente no tendría problemas, que no se mataría. No, nada de eso. Pero no sabía decir lo que pensaba.