¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 22 de enero de 2014

Interferencias

Interferencias:

¿Por qué vienes a mis sueños? Conoces el camino recorriendo cada uno de los nexos infinitos pero, ¿no deberías ser más responsable? ¿Acaso no hay en los tuyos –retales de olvido del camino, imposibles paradojas retorciéndose– espacio de sobra? Estoy aquí, en el color naranja, preguntándome: ¿es que no cabe en el jersey gemelo la destrucción de mundos? El recuerdo engulle los lazos que conforman el sendero nocturno, ¿no prefieres descansar en tu propia noche? Podrás hacer de sueños tu colcha y yo con los míos tejeré la realidad. Te prometo que uniré todas las letras en una sola.


miércoles, 15 de enero de 2014

Su segunda oportunidad

Сонные реки, мертвые камни
Скрыты туманом, тайну храня
Новые боги спят на ладони
Новую кровь пустила земля”.
АРКОНА.

Su segunda oportunidad:

Desde aquel claro Liev contemplaba la bóveda del cielo nublada sobre él y un halcón recortándose en lo alto, escuchaba el viento soplando mudo sobre la hierba y entre los troncos y las ramas de las coníferas cercanas.
Estaba apoyado sobre una roca.
Ya no notaba el pomo de su espada bajo sus dedos.
Y observaba cómo la sangre manaba de la herida, con un brillo oscuro, con un rojo ennegrecido, como si fuese la sangre de algún otro, como si él no estuviera ocupando su cuerpo. Aferró con sus manos el puñal que, clavado en su costado, allí donde el cuero le dejaba desprotegido, se había hundido minutos antes en su piel.
Sobre él su hermana lloraba, arrodillada y apoyada en la espada familiar que se hincaba en la tierra, en esa tierra lejos de su tierra, entre los bosques de la taigá, junto a su querido Liev. Había llegado demasiado tarde.
Ella, Nadia, se volvió enfurecida hacia aquel hombre que permanecía allí de pie, expectante, insultándola con la mirada, esa mirada sostenida que se burlaba de su impotencia diciéndole que su hermano ya estaba muerto, asegurándole que no había nada que pudiera cambiar eso, recordándole que del reino de los muertos jamás puede uno regresar.
No obstante ella, arrastrada en su propio llanto, tomó la empuñadura de la espada con su mano derecha, y se irguió alzándose sobre la hierba, sacando el acero de entre la tierra y el barro. Se puso en guardia con un movimiento firme y definido que contrastaba con el temblor de su rostro mientras luchaba contra aquel torrente derramándose, aquel torrente que convertía sus ojos en el espejo del pesar más profundo.
–Sois una mujer –le aclaró aquél que había malherido a su hermano como si tratara de explicarle la situación.
Ella hizo en respuesta un molinete con la espada, recordándole que el hierro no estaría menos afilado de ser empuñado por la rusalka que nacía bajo las ondas del río de su llanto.
Y dio un paso adelante, atravesando la cascada de sus propias lágrimas.
Una voz llegó a duras penas a sus oídos, serpenteando entre toses y gruñidos de dolor contenido, suplicando y deteniendo el avance de Nadia:
–Hermana –y ella no pudo evitar mirar abajo, a su lado–, no lo hagas.
–¿Qué dices, hermano? –los ecos de sus sollozos se le secaban en las mejillas consumidos por la ira.
–No acabes con su vida.
–No preciso de vuestra protección –le espetó el hombre a Liev con sumo desdén.
–No acabes con su vida –insistió su hermano, haciendo caso omiso de las palabras de su asesino–. Acabo de comprenderlo.
–¿Comprender qué? –se impacientaba su hermana.
–Que tienes una segunda oportunidad. Yo he venido hasta aquí lleno de odio: mi corazón era sólo lo que de él había dejado el rencor. He vivido buena parte de mi vida deseando matar a este hombre.
–¡Y es justo que se reúna hoy con su destino! –le reprochó su hermana, mientras él se apretaba la herida con retales de sus propias ropas, envolviendo el puñal que ninguno de los dos se había atrevido a extraer.
–Su destino es otro y más tarde se reunirá con él –le contradijo su Liev–. ¿Por qué íbamos nosotros a convertirnos en su sombra? Aquí me hallo, ante las puertas de la muerte, rezándole a Mara, su custodia, y no tengo mucho tiempo, ¿cómo puedo disuadirte de tu error?
–¡Ese hombre es malvado y nadie impedirá que acabe con él! –cada una de las palabras de Nadia gemía de dolor al contacto con sus labios, ahogándose en la rabia de su alma.
–Puedes, sé que puedes matarlo –luchó por decir su hermano–. Pero tu vida no será más vida, ya estarás muerta, tu rostro será la cicatriz de una historia triste, las huellas y las arrugas de la muerte. Él no es malvado, es estúpido al igual que yo –tosió sangre, se atragantó con ella, consiguió escupirla con dificultad a un lado–. Escúchame, mi vida no tenía sentido, Niusha. ¿Vivir para matar? Escúchame, nada de lo que he hecho ha mejorado mis días, nada de lo que he hecho me ha hecho mejor persona… –tomó una bocanada de aire con dificultad–. ¿Para qué has venido?
–Para devolverte a casa. Ahora… –Nadia apretó con fuerza la empuñadura de su espada, tratando en vano de contener la cólera entre sus dedos, esa cólera que se le escapaba como la fina arena de los tiempos.
–Si has venido para ocupar mi lugar… –no tenía fuerzas para dar término a aquella frase–. Por favor, hermana, te estoy cediendo mi segunda oportunidad –su mentón tomó la forma de un arroyuelo rojo mientras hablaba.
–¿Qué? –inquirió ella sin comprender.
–Veo a la diosa Mara, aquí, al lado de su hermana Zhiva –balbució su hermano en un hilo de voz–. Ambas me miran, me susurran que mi camino sigue bajo tus pies. Las estaciones cambian una detrás de otra y todo permanece igual.
–¿Qué dice Mara? –quiso saber Nadia, perdida entre las brumas de la confusión.
–Calla y me abraza –le respondió su hermano.
–¿Qué dice Zhiva? –interrogó ella.
–Sonríe y te abraza, Niusha –el nombre de su hermana en el aire quedó sostenido por su último aliento.
Ella sintió que su nombre estaba ahí, vivo, como una criatura mágica, con la fuerza de la rusalka ascendiendo desde los dominios de los muertos, más allá de las profundidades de los ríos, hasta el reino de la hierba, las bestias y los hombres. “Mi camino sigue bajo tus pies…”, se repitió a sí misma en su mente las palabras que había pronunciado su hermano.
Él expiró y ella le abrazó. Sus lágrimas cayeron fluyendo sobre la piel de su Liev, corriendo como riachuelos sin mar.
Lloró, tenía que llorar.
Y de repente gritó, tenía que gritar.
–¡Nooooooo! ¡No, no, no, no! –una riada de tristeza arrasaba con todos sus latidos y estrellaba sus restos contra su pecho. Su rostro se inundaba bajo su llanto.
Y tras unos minutos de dolor las aguas volvieron a su cauce y comenzó a vislumbrar algo sobre su rielar…
Los rayos de sol, llenos de curiosidad y traspasando el manto de las nubes como fantasmas, lidiaban entre sí por ser testigos de lo que la eternidad olvidaría en el tiempo aquel día.
Nadia se alzó, espada en ristre.
Su cabeza gacha y sus labios apretados dieron paso a una mirada fulminante dirigida al desconocido que observaba el horizonte distraído.
No obstante la diosa Zhiva, que guardaba la vida, le dio sus ojos a Nadia por un instante y Nadia miró a través de ellos: ante ella sólo se alzaba una persona sin nombre, ni pasado ni futuro.
–Soy Vadim Sergiéievich –dijo el hombre sin siquiera mirarla, en un tono ausente–, natural de Rostov, ciudad de la Rus, aunque haya huido a estas tierras del norte, lejos de la estepa. Tu hermano no ha querido oír de los crímenes que cometió vuestro padre ni antes ni después de la contienda –las palabras le llegaban huecas, sin significado. Porque ante ella sólo aparecía una persona sin nombre, ni pasado ni futuro.
Vadim Sergiéievich había sido compañero de su padre y ambos habían cometido crímenes. Según los relatos de la madre de Liev y Nadia, aquél había dado muerte a su padre para conseguir más beneficio. Nadia pensó que no es que su padre y él fuesen malvados, sólo eran estúpidos. Todo era estúpido.
–Ayudadme a dar sepultura a mi hermano o marchaos –dijo Nadia–, vuestras mentiras sólo pueden daros paz bajo la luz del sol –le miraba y sólo veía a una persona desnuda y debilitada por su propio mundo, y no sentía rencor ni odio, ni tampoco lástima.
Nadiezhda se agachó, retiró solemne la vaina del cuerpo muerto de Liev y enfundó la espada dando gracias a Stribog –el dios soberano de los vientos– por las palabras de su querido hermano. De pronto se sintió extraña, como si sus sentimientos fuesen las ondas de una piedra tirada en un estanque, haciéndose cada vez más grandes.
Sólo quería continuar. Era su deber seguir el camino de su hermano que se abría ahora a sus pies, ella debía tomar el relevo de su destino.
Porque ella era su segunda oportunidad.


miércoles, 1 de enero de 2014

El fin de un etarra

El fin de un etarra:

            Estoy esperando en la terraza de la cafetería, fumándome el primer cigarrillo de la tarde como puedo, preguntándome si no será el nerviosismo el que puede conmigo.
Repaso quién soy, ordenando los principales capítulos de mi vida, como si fueran apuntes de una novela que uno debe revisar, intentando dar respuesta a una pregunta viva, consciente de que si estoy donde estoy –sentado en una terraza de Bilbao casi vacía porque aún es demasiado pronto, esperando aquel encuentro– es porque todo cuanto he hecho en mi vida me ha llevado hasta este punto.
Aborrezco quien he sido, lo que he hecho y lo que he sentido. Detesto haber creído que la violencia podía transmutarse en solución, haberme insistido en que hacíamos algo grande que iba a ser recordado por las generaciones venideras. Y sonrío con amargura, porque habíamos hecho algo grande y que sería recordado…
A veces me pregunto qué es una mala persona. Mis compañeros en la prisión de Nanclares de Oca se habían alejado de la banda y todos habíamos pasado muchísimos meses hablando con psicólogos porque –deduzco– queríamos ver una realidad más objetiva. Yo creía que hacía el Bien o un bien mayor al menos… Tenemos familia, amamos a nuestros cónyuges, familiares e hijos… La vida no es esa ficción ridículamente sesgada que nos presentan en las películas. Creo que el error más importante que uno puede cometer es ser un ignorante. Nosotros lo éramos y tuvimos la fortuna de verlo.
Y decimos sin orgullo que hemos cometido errores, de esos para los cuales no hay rectificación posible.
Y aquí me hallo, habiendo dado uno de los pasos más importantes de mi vida y a punto de dar el siguiente.
Sé que algunos compañeros de antes de que me dieran la prisión condicional ya habían asistido a estos encuentros, en muchas ocasiones con excelentes resultados para su autoestima y estabilidad psicológica, compartiendo con las víctimas abrazos y hasta correspondencia electrónica en ocasiones. Siendo franco, nadie se esperaba esto. Así que nos empezamos a ayudar con más ahínco porque, habida cuenta de los episodios que vivíamos cuando alguno de nosotros llegaba a comprender lo que habían supuesto nuestros actos, resultaba obvio que necesitábamos mucha ayuda. Las ideas eran sólo ideas, pero tenían filo y desgraciadamente no era nada que estuviera en nuestro desconocimiento.
Habíamos cometido un error y eran otros los que pagaban por ello. Y saber algo así era mucho más complicado que enunciar una frase y largarse a casa mientras uno se decía a sí mismo que no se había marchitado.
Cuando maté a aquella concejala creí que hacía algo sinceramente bueno, una suerte de sacrificio por la libertad del País Vasco. Sólo pensarlo me llena de vergüenza.
Dicen que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Mi dolor y sufrimiento pasados son mi responsabilidad, así como es mi responsabilidad todo efecto desencadenado, y no tengo tiempo ahora para perderme en esas consideraciones. Pero siempre seré plenamente consciente de que son el reflejo del dolor y el sufrimiento que yo he causado a otros, magnificados en los demás por la grave injusticia cometida. Nada ha sido fácil de aceptar. Fui un asesino y robé una vida, y llegar a la verdad, dejar las justificaciones a un lado y verme como realmente yo era fue tan absurdo que no sabría decir si adjetivarlo como inhumano es adecuado.
De hecho me parece increíble que Xabier, el marido de aquélla a la que quité la vida, se haya prestado a este encuentro, que tenga fuerza para recibirme. Espero que no le parezca inmoral mi postura porque a mí me parece lo único que debo hacer. Sin embargo yo, sin negar la aberración por mí cometida, considero que también soy una víctima de mí mismo –esta frase quizás requiere de matices porque realmente es un asunto complicado–.
Me preguntará por qué lo hice, qué me llevó a tomar contacto con esas ideas, tal vez qué pensaba de mí mismo o de lo que había hecho después de hacerlo, quizás en qué momento y cómo me di cuenta de qué significaba realmente haber matado, qué pensé entonces, si podía mirarme al espejo… No podía, no pude durante dos años, tres meses y veintisiete días. Ahora soy otra persona. Hay errores que no se pueden enmendar, lo sé. Y ahora soy otra persona.
Dios, cuantísimas veces me habré imaginado este día y hoy soy un manojo de nervios. Veo a la gente aproximarse y pasar de largo y me pregunto si seré capaz de reconocerle, de estrecharle la mano, de pedirle perdón, de transmitirle lo que quiero decirle al pedir perdón…

Una bala en el estómago, dos en el pecho. Una bala en el estómago y dos en el pecho, por aceptar un cargo político, por luchar por la libertad.
He tenido que engañar a psicólogos y mediadores. He tenido que… bueno, que decirles lo que querían oír y todo eso, he tenido que asentir a la injusticia. Porque si es esto justicia, que baje Dios y lo vea. Mi esposa está muerta y ese tipo, ¿qué pretende, hacer borrón y cuenta nueva? ¿No pesa la muerte sobre sus hombros? ¿Qué se ha creído que es la vida? ¿Piensa marcharse de rositas? Eso no es justicia. Ese hombre es un asesino y siempre lo va a ser, la gente no cambia. No así.
Porque, joder, la pena de prisión se queda corta, y no soy el único que lo piensa. Al muy cabrón le cayeron veinticinco años de cárcel y al final en quince tiene la puta condicional. ¿Cómo vamos a erradicar esta lacra si no acabamos con los terroristas? Muerto el perro se acabó la rabia, ¿no? Joder, he pasado toda mi vida en el País Vasco con miedo, ¿y ahora que se desarticula –o eso dicen– la banda de los huevos, no ha pasado nada? ¡Anda, coño! ¡Han matado a más de ochocientas personas! ¿Y ahora ese gilipollas quiere mi perdón? ¡Que se joda! ¡Que se joda! ¡Que se jodan todos!
Además, no han conseguido nada. Nada que merezca la pena.
Desde luego no hay justicia si alguien mata a otra persona, cumple su condena y le sueltan sin más. Yo no querría tener a alguien así como vecino, ¡vamos, hombre!
Él me robó lo que yo más quería: Leire era lo mejor que me había pasado en la vida y ahora está muerta. Lleva dieciséis años muerta y seguirá muerta porque ese hijo de puta la asesinó a sangre fría.
Y yo miro sus fotos cada día, temo olvidar su rostro. Recuerdo nuestra boda y el discurso de la tía Pati, recuerdo nuestras primeras vacaciones en Cádiz con nuestro hijo de dos años, recuerdo cómo me abrazaba y cómo cantaba la melodía de “Los Simpsons”, le encantaba esa serie. Recuerdo cómo repetía las frases de los personajes y yo me descojonaba y cómo le acariciaba las piernas sin depilar diciéndole que “eso de depilarse está de más” y que eran cosas modernas. Me acuerdo de un día que abrió el frigo y se cayó un huevo que se estampó contra el suelo y, no sé por qué, nos empezamos a reír a carcajadas y cuando llevábamos como un minuto partiéndonos de risa vino Spot y empezó a lamer los restos del huevo y, por lo que sea, nos reímos con aún más fuerza, mucho más tiempo… Y recuerdo como si fuera ayer cuando éramos niños y Leire y yo jugábamos a perseguirnos por el patio del colegio.
Todo eso y más me han robado y por eso estoy aquí. Por las promesas de un mañana que se ha jodido. Ya no tengo nada.

Estoy organizándome un guión en una servilleta mientras anoto las ideas que voy a plantear a fin de que el señor Xabier Zubiri no albergue duda alguna de mi postura, cuando veo a un hombre que se dirige hacia mí con aire decidido. Dando por sentado que es él, me levanto y le ofrezco la mano derecha mientras reparo en que aún estoy aferrándome a la servilleta, como si fuese alguna suerte de talismán protector, y torpemente le ofrezco la izquierda con una sonrisa levemente estúpida, pese a mis esfuerzos para que parezca lo más neutra y seria posible.
–¿Es usted Xabier Zubiri? –le digo en algo que suena más a una afirmación que a una pregunta.
–Y usted, Eneko Etxebarría –responde tras mi asentimiento.
–Señor Zubiri, permítame expresarle mi agradecimiento y mi más profunda admiración puesto que es usted la prueba viviente de que otro camino es posible: un camino ajeno a la violencia, un camino que desgraciadamente yo no supe ver, sepa usted que una persona como yo tiene una vida entera que aprender de alguien como usted –hay tensión en su rostro, comprendo que la situación debe ser indeciblemente dura, pero parece haber furia contenida… es algo… desacompasado, intento mantenerme firme, demostrarle quién he logrado ser–. Discúlpeme, con toda seguridad tendrá usted muchas preguntas por aclarar y ha de saber que yo se las contestaré todas, pero antes déjeme expli… –dejo de hablar.
Mi cuerpo se paraliza mientras veo cómo el hombre extrae una pistola que llevaba escondida bajo la chaqueta. Siento mi rostro lívido y frío y la brisa del otoño se desliza gélida sobre mi piel. No sé si entiendo lo que está sucediendo. La mano de mi cigarro desciende hasta el cenicero lentamente mientras expulso el humo de tabaco y apago el cigarro, preguntándome si el tiempo se ha detenido mientras las cenizas dejan su rastro negro en el cenicero de cristal.
–Es un error –logro articular, observando el cañón de la pistola apuntándome entre los ojos–. Por favor, créame. Es un error, no se haga usted eso.
Alguien grita al otro lado de la calle.
Y, de forma casi inevitable, suena un disparo.
Y el sonido de batir de alas asoma por detrás del estruendo.
Creo que las palomas alzan el vuelo, huyendo…

La pistola está caliente en mi mano y el cañón humea. Me siento enfrente de ese cabronazo despreciable, deposito el arma en la mesa con un golpe metálico y espero. En un par de minutos llegará el sonido de las sirenas subiendo por la calle.
Al menos se ha hecho justicia, joder.