¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

jueves, 20 de marzo de 2014

Intentarlo

Dibujaré sonrisas en los cristales cuando llueva.

Intentarlo:

            Entre cadáveres de promesas rotas, quizás entre los restos de una daga afilada como todo lo ajeno, tal vez con una venda en los ojos como cristales rotos, se había criado el miedo.
Aún era pequeño, pero entendía que la realidad era un espejo fracturado al que uno podía asomarse, del que no cabía sino esperar una visita llena de odio. Los múltiples reinos del mundo apenas eran más que escondrijos para la palabra alrededor de los cuales él caminaba, allí donde moraba el aséptico vacío de la ignorancia.
Ante la soledad se entretenía él creando sombras de amos y esclavos, cautivo de su propio juego que discurría como una tela de araña de conceptos dibujándose bajo su pesar. Nadie iba nunca a visitarlo, o al menos él no era capaz de ver a nadie.
Creció ante una encrucijada –postes de madera y dirección–, la cual nacía de la misma paradoja de su corazón: todo cambio, todo afuera, todo otro, era sin duda el pavor que se acurrucaba en su interior robándoles los latidos a los extraviados. Pocas cosas le atemorizaban tanto como seguir siendo él mismo, encadenado a los dominios de todo lo que no era él, de todo lo que temía, de todo lo que no quería sino dejarle unas cicatrices que alimentaran su terror. Necesitaba quedarse allí, porque si se escapaba aunque fuera sólo un segundo, ¿no significaría el fin de una existencia desgraciada pero que era todo cuanto poseía? ¿Cómo podía huir hacia la fuente de su destrucción? ¿Cómo podía atravesar un océano de inevitable dolor sin saber siquiera si existía otra orilla en la que la esperanza pudiera recordar y soñar? Dudaba mientras le encadenaba las manos al tiempo, atándolas con mucha fuerza al pasado, amordazando cada instante con días de tristeza, anticipando temeroso nuevas noches, con el silencio –padre e hijo de la desconfianza– acallando unas palabras que no se atreven a nacer. Y tal era su necedad que era incapaz de verse a sí mismo, de comprobar cómo su oscuridad le consumía y robaba la luz.
Lo más curioso de esta historia es que el miedo sólo quería la sencilla ternura que mora en los abrazos, pero todo cuanto hacía no era sino obliterar la posibilidad, porque todo cuanto hacía se asentaba en la mentira.
No obstante un día alguien se olvidó algo, o quizás era la realidad que brillaba igual que todos los días, el caso es que el mundo entero crujió como si realmente creyese que estaba duro.
            Y –si no me equivoco– algo se dio cuenta de que no era alguien y que las decisiones sólo eran decisiones.
            Y donde estuvo el miedo quedó únicamente el mundo sin punto de vista y, a la vez, con todos los puntos de fuga contenidos en todas partes. Desde ese momento nunca hubo necesidad de coger nada prestado –porque nunca había existido nada que demandara algo, ni mucho menos cosas que pudieran darse–.
Todo quedó liberado, perdiendo el control al que la violencia le sometía.
El miedo se presentó a partir de entonces sólo cada vez que nacía –ni un segundo antes– y desapareció cada vez que moría –ni un instante después–, sin deducirse ni evitarse. De alguna forma –y aunque siempre sería igual a sí mismo– ya no era miedo, era más bien algo que abría todos los límites; era la otra cara del intento, el reverso de la prueba, el dorso del avance, el camino en el camino.
Era el motivo para intentarlo.
          Y era hermoso porque nunca había sido de otra manera.

lunes, 10 de marzo de 2014

Igualitudes


Igualitudes:

            –Supongo que lo mismo podría decirse de las diferencias entre ricos y pobres… o sobre los hombres y las mujeres –se aventuró Fede.
–Creo que, o sea… no es para nada lo mismo –se indignó ella con cautela, todavía por debajo del límite que le dejaba la confianza que apenas tenían.
–Sólo digo que hay un doble rasero para unos y para otros –insistió él.
–Eso sí –admitió ella– pero, ¿sabes?, aún nos queda mucho camino por delante a las mujeres.
Él se recostó sobre el sofá, tendiéndose mientras se acercaba el botellín de cerveza a los labios con cierta timidez porque no hacía tanto que Patricia le había presentado a su novia Susana y Susana y él, conversación mediante, empezaban a adentrarse en aguas turbulentas.
El bar había cerrado hacía una media hora, pero los dos conocían a las dueñas: Patricia y Julia, amigas de la infancia de Fede. Y aunque en aquellos momentos de clausura al público se alternaban canciones punk y metaleras a un volumen bajísimo, el bar contaba con varios niveles –uno de ellos destinado a conciertos más o menos improvisados–, cómodos asientos con estilo, una estudiadamente tenue iluminación, y carteles cuidadosamente enmarcados de Miles Davis, los Blues Brothers, Aretha Franklin, Muddy Waters, Benny Goodman, Coltrane y por último Clapton, que iban –por este orden– desde la entrada del establecimiento hasta la puerta de los aseos.
–Yo creo –comenzó Fede– que ese cambio que mencionas, eso de que a las mujeres aún les queda mucho por delante, es en realidad un camino a recorrer en común –apostó él.
–Vosotros no sois a los que os lapidan en países tercermundistas porque os hayan violado.
–¿Esa afirmación no es un tanto… demagógica? No digo que no sea cierto pero… –inquirió él. Patricia y Julia dejaron las tareas en las que se atareaban y se volvieron emocionadas. Fede por su parte sintió que el tiempo se detenía y que sobre él –probablemente desde las fosas nasales de su interlocutora– se cernía algo… amenazador. De hecho el ambiente parecía haberse enrarecido, o al menos había variado de alguna forma.
–¡Oh, sí, nena! –estalló Julia llena de júbilo–. ¡Va a haber batalla dialéctica! ¡Con dos cojones!
–¡Vaya, hombre! –exclamó Patricia–. Me he dejado la bolsa de palomitas en los otros pantalones…
–¡En la esquina derecha –empezó Julia a declamar como un locutor deportivo–, con los gayumbos de un color fucsia muy gaylor, tenemos a Feeede-el-que-nunca-ceeede!
–Oye, eso no es verdad –se defendió él.
–¡Y con las braguitas de vieja color carne –siguió Julia haciendo caso omiso del comentario– tenemos a Susaaana Fuerteee! Que parece ser una de esas chicas alérgicas a todo lo remotamente fálico –añadió rápidamente.
–No seas tan exagerada, hombre, mi novia sólo quiere arrancarle la cabeza a algunas personas, que Fede se encuentre entre ellas no es ni digno de mención –dijo Patricia divertida.
–¡Eh! –exclamó Federico fingiéndose ofendido–. Mi cabeza mola.
–Dices que también os queda a vosotros camino –Susana retomó la conversación–, pero yo diría que la jerarquía superior y “deseable” es la masculina: si queremos ser iguales, tenemos que llevar pantalones; si queremos ser iguales, tenemos que adoptar roles masculinos…
–Bueno, a mí eso no me parece “deseable”. A ver… ¿por dónde empiezo? –se dio unos instantes para empezar rechazando con la mano un porro que le ofrecía Patricia–. Mira, a mí las faldas no me gustan mucho, pero creo que es cuestión de gustos y los escoceses llevaban –sopló un par de veces la boquilla de su botella como si fuese un instrumento de viento, también para proporcionarse algo de espacio, pensando en que tal vez debiera evitar decir idioteces–. A… a lo que yo me refiero es a que tú hablas de esto en términos de “jerarquía”, “superior” o “inferior”, “masculino” y “femenino”…
–Evidentemente, de eso estamos hablando, ¿no? –saltó Susana enardecida, de repente se puso colorada –algo que su novia Patricia encontraba encantador– y le hizo un gesto a Fede para pedirle perdón y que, por favor, continuase.
–Pues yo propongo saltarnos eso –dijo Federico convencido, agarrando en el último momento un botellín vacío que había estado a punto de tirar a base de gestos peligrosamente vehementes.
–¡Vamos –voceó Julia retadora–, enséñale su merecido a ese botellín! –Patricia intentaba recogerse la risa con las manos.
–¿Cómo que “saltarnos eso”? –interrogó una Susana que no sabía si sentirse intrigada o escandalizada.
–Verás, siempre he pensado que quienes participan en una guerra de estas proporciones serán incapaces de ver la victoria, aunque sea porque siempre estarán pensando en los términos de la guerra.
–Rebobina, tronco –le pidió Julia. Hizo como si pulsara un botón en el cuerpo de Fede e imitó el sonido de una cinta de casette yendo hacia atrás a toda velocidad, para decir a continuación con voz grave:
–Gran bola sebosa, dale caña.
–¿Por qué dices lo de “gran bola sebosa”? –quiso saber Susana mirando a Julia, extrañada porque Fede era un palillo.
–Es de una serie –aclaró Patricia.
–Oye –intervino de nuevo Julia–, aquí no estoy viendo hostias argumentativas ni nada de eso, ¿qué mierda de polémica cutre es ésta?
–Que sepáis que acabo de perderme oficialmente –atajó Fede.
–Vale, tú estabas diciendo no sé qué de saltarnos algo –le socorrió Julia.
–Excelente explicación –la felicitó Patricia.
–¡Gracias! –dijo Julia llena de orgullo.
Tras intentar contenerse sin éxito, ambas se empezaron a reír a carcajadas y Fede y Susana se miraron y decidieron ignorarlas.
Susana se levantó y cogió un botellín de cerveza.
–Si en vez de hablar de hombres y mujeres, hablas de personas, ¿qué tienes? –preguntó Fede con audacia mientras su interlocutora volvía a su asiento.
–Antes de eso, o sea… ¿no hay que conseguir la igualdad? –repuso Susana repantigándose en el sofá.
–¿Y si la igualdad consiste en pensarla y vivirla en lugar de luchar por ella? Yo no veo diferencias… Por ejemplo, me parece muy violento para con uno mismo tener que ser un machote o una mujer liberada. ¿No le coarta mucho a uno tener que forzarse para ir en una determinada dirección, para interiorizarla hasta tal punto que olvide quién fue? Es mucho más sencillo dejar a la sociedad de lado de cuando en cuando y…­ –dio un trago­– ser una persona.
–Es un pensamiento bonito, ¿sabes? –Fede sonrió ante el halago de Susana–, pero en el mundo hay mujeres que tienen que luchar por sus derechos, que realmente dan la vida por ellos, que tienen que desafiarlo todo. Reconozcámoslo: ser un hombre es mejor en muchos aspectos. Y tu postura es la de un hombre cómodo que no quiere ser testigo de la realidad.
Fede asintió, sabía que solía ser demasiado… ¿cómo decirlo de forma elegante?, utópico, sí, porque utópico queda mucho mejor que ingenuo gilipollas.
–Dices que son mujeres defendiendo sus derechos –reformuló él–. Pero, ¿por qué no son seres humanos defendiendo sus derechos como tales?
–¡Anda! –saltó ella–. ¡Porque son mujeres!
–¿No te das cuenta de que la diferencia la creas tú también?
Susana se enfadó, amohinada durante un segundo, irritada no por las palabras del pobre Fede, sino consigo misma, con las cosas, con la situación... A Patricia le encantaba cualquiera de las infinitas muestras de expresividad de las que su novia solía hacer gala y en aquellos instantes la estaba mirando embobada. Susana por su parte, después del breve enfurruñamiento, miró hacia la izquierda pensativa, a ratos girando la vista a la derecha y poniendo caras a medida que su discurso mental se desarrollaba en su interior para terminar diciendo:
–Entonces… ¡la socialización diferencial nos ha comido la cabeza!
–Nos está troleando –concordó Fede acercando su botellín al de ella para darle un toque, ella cogió el suyo y brindó–. Menuda rallada, ¿eh?
–Y pensar que por eso me vestían de rosita cuando era niña… –comentó Susana con una sonrisa feliz para después poner cara de extrañeza. Luego eructó.
–Pues yo pensaba que ibas a ser más cerrada con este tema –le confesó Fede.
–Vale, vale –accedió Susana–. Pero sigo pensando que el asunto es muy complejo y que la realidad es… dura. Y –añadió con énfasis– que sigues siendo muy ingenuo.
Fede sonrió.
–¡Pero qué me cuentas! –intervino Julia nuevamente–. Vaya mierda de combate dialéctico, aquí me prometen un desfile de cabezas cortadas y me venís con margaritas, panda de maricones. ¡¿Es que nadie se va a montar una trifulca tabernaria de ésas de camino a Mordor, joder?! –protestó mirando a su escaso auditorio–. ¡Coño, es que para esto no he abierto un bar! –se quejó antes de empezar a reírse.
–Otro día será, Julia… –la animó Patricia siguiéndole el juego–. Otro día será…

jueves, 6 de marzo de 2014

Melomanía y amistad

Melomanía y amistad:

            –¿Qué es eso? Alguna mariconada de Chopin.
–¡Es Debussy, pringao!


La sabiduría idiota

La sabiduría idiota:

            Antes decía que los problemas no existían. A pesar de que fuera cierto, no podía estar más equivocado.


sábado, 1 de marzo de 2014

Miedo amordazado


Life´s gotta always be messing with me.
Can´t it chill and let me be free?
Can´t I take away all this pain?
I tried to every night all in vain… in vain.
KORN.

Miedo amordazado:

            “Acabarás sola”, decía mi mamá.
Mamá se fue a vivir y a morir al otro lado de una aguja.
Y cosas.
Sirioshka juega con Vika, no sé por qué. ¿Él no tenía que estar conmigo? Le dije que no jugara con ella.
Yo no quería que Sirioshka me dejara, ¿qué iba a hacer yo allí sin él? Tenía miedo, así que le dije a Stav que podíamos escondernos en un armario y le di un beso y se lo dije a Sirioshka. Y Sirioshka se echó a llorar y dijo que hablaba con Vika y jugaba con ella, pero que sólo quería darme besos a mí.
Tenía miedo de que Sirioshka no estuviera a mi lado, mucho miedo… tanto miedo que…
Stav no valía para nada y además unos americanos lo adoptaron.
Y los guardias bebían mucha cerveza porque los americanos habían pagado.
Así que nos pegaban menos antes de beber.
Y más después de beber.
Sirioshka no quería ir a dormir y se escapó del dormitorio. Tenía miedo de que le escuchara llorar. Sus lágrimas... ¿me quemarían si las tocaba? Yo no quería estar sin él. Yo no quería que se acercase, él era demasiado… ¿bueno? Me daba asco… pero le quería, ¿sí?
Desperté de mis pesadillas con sus gritos en el pasillo de al lado.
Volvió con un brazo roto y la nariz sangrando.
¿Desayunaremos té y pan hoy también?
¿Desayunaremos? Porque tengo hambre…
Yo no podía confiar en nadie y Sirioshka hablaba con Vika. Y sabía que poquito a poco Sirioshka no querría hablar conmigo porque yo iba a acabar sola. Así que él acabaría hablando con Vika.
Ayer me tocaba ver a Arkadi y como mi sonrisa se había roto hacía ya tiempo me había dedicado a afilar un cuchillo durante el amanecer de… ¿ayer? Ayer, porque Arkadi iba a venir a mi cama, después, por la noche, cuando todos los niños estuvieran durmiendo, y me iba a llevar a ese cobertizo donde dejaban las escobas.
Y me iba a hacer daño. Y yo tenía miedo.
Aunque gritara nadie haría nada.
Niños fingiendo dormir… Creo que nos metían miedo en la comida.
Y… y Arkadi hizo todo eso de llevarme donde las escobas.
Cuando empezó a desnudarme agachó la cabeza, bajó la vista y mi cuchillo hizo en su cuello lo que él me hacía cada martes. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. No podía gritar y su garganta sonaba así: “agghhh, agghhh”, pero casi no hacía ruido. Y el ruido se apagaba.
Así que mi sonrisa rota apareció ayer, más alegre que nunca. ¡Y yo que creía que se había perdido! ¡Qué rojo está mi cuchillo!
¿Qué hay hoy para comer?
“Acabarás sola”. Yo escuchaba a mamá y pensaba que me agarraba de los hilos de los que colgaban sus palabras. “¿Qué haré si Sirioshka me deja? ¿Si me deja aquí sola? Sola… aquí. Moriré.”.
“Arkadi no ha venido hoy a trabajar, ¿le habéis visto?”, preguntaban los adultos, las cocineras, los demás guardas. “Ha ido, ha ido”, pensaba yo.
“Está en el foso desde ayer por la noche”, decía mi sonrisa rota. Me había revolcado con su cuerpo por el barro hasta tirarle al foso, pesaba mucho. Allí no iba nadie, ni siquiera había muro para que no nos escapáramos, porque nadie podía bajar. ¿Bajar a dónde?
¡Cuánto pesaba su cuerpo! La luz de una linterna que iba y venía casi da con su pie izquierdo y, además, se le cayó un zapato. Pero lo recogí y también lo tiré. Y las linternas no me vieron.
Había estado tirando de él durante horas porque pesaba un montón pero ahora el foso se lo había comido.
Cuando volví a la cama la luna que atravesaba los barrotes estaba rota, como yo. A ratos era blanca y a ratos no, una y otra vez, a cada barrote, a ratos era blanca. Y a ratos no.
¿Pero qué hay hoy para comer?
Los policías nos preguntaron cosas en clase y yo me eché a llorar, pero no les importó.
A nadie le importa nunca.
Luego me fui del comedor, escabulléndome con la comida, para comer debajo de la escalera. ¿Había parado de llorar en algún momento? Creo que no.
Sirioshka siempre iba a buscarme allí. También sabía escabullirse.
Sirioshka me miró entre las sombras. Yo intentaba comer pero las lágrimas no me dejaban, querían verme morir de hambre. “¡Parad! ¡Parad!” les decía, y no paraban. Pero yo no quería llorar… de verdad. ¿Y si un día no podía parar de llorar? ¿Y si sufría tanto que…? ¡¡¡Parad!!!
–¿Qué te pasa? –dijo Sirioshka, ¿estaba preocupado?
–¿Tú me quieres? –le dije yo.
–Yo sólo te quiero a ti –me lo había dicho tantas veces... que era mentira y tenía miedo de que fuera mentira, así que le dije:
–¿Y esa puta de Vika? ¿La has besado?
–Nunca, pero ella no ha hecho nada, no la insultes –dijo sonriéndome.
Su sonrisa no estaba rota. No sé por qué. Nunca se quejaba por nada. Y eso que a él le tocaba Arkadi los lunes. Bueno, ya no.
–¿Tienes miedo? –dije.
–Ha venido la policía –él hablaba, yo le oía y le veía mover la boca, pero era raro porque parecía que no estaba allí.
–¿Me quieres? –dije.
–Han encontrado sangre en el cobertizo.
–Yo quiero que me quieras –dije.
–Y ese cerdo no está.
–Quiéreme, Sirioshka –¡dije! ¡Dije y dije!
–Creo que está muerto.
–Quiero besarte –“¡mírame!”, pensé. “¡A los ojos! ¡Quiero estar contigo! Sólo contigo…”.
–Creo que es malo estar cerca de ti… –¿había miedo en sus ojos? Le pegué un puñetazo. Sonó como pegar al colchón y llorar. ¿Cómo podía él tener miedo? ¡¿Miedo?! ¿Por qué? ¡No! ¡Él no podía! Me miró, creo que quería llorar, pero yo no le iba a dejar. Intenté explicárselo así:
–No digas eso, mi Sirioshka. Yo tengo miedo… y tú lo eres todo para mí.
Pero algo me dolía y empecé a pegar a las paredes, le di una patada a una mesa, tiré algo, desencajé un cajón a golpes y lloré. Estaba muy enfadada. Y cuando me enfadaba así quería… destrozar algo, lo que fuera. Me volví para pegarle a él… pero Sirioshka me abrazó con un brazo sano y el otro roto.
–Marchémonos, la policía volverá mañana –me susurró.
Sé que abrí mucho los ojos.
Y le besé.
En los labios.
Pero no podíamos marcharnos, además fuera del orfanato yo tendría miedo, más que aquí dentro. Porque aquí sabía lo que hacían todos. Aquí sabía lo que hacía Sirioshka. Y si Sirioshka no hacía lo que yo quería, siempre podría dárselo de comer al foso. No podía permitir que hiciera lo que yo no quería, porque se equivocaría, porque haría algo malo… Tenía que cuidar de él. Él era todo lo que… ¡Tenía miedo de que se hiciera daño!
Creo… creo que mi cabeza sonaba como una verja oxidada que intentaba retorcer con mis manos, no sé para qué.
–¿Por qué aquí está todo siempre tan oscuro? –le pregunté.
–¿Vamos al patio? –me preguntó, ¿eso era una respuesta?
–Está igual de oscuro –le dije.
¿El foso puede comerse a Vika?
Sirioshka me abrazó, porque yo tenía mucho miedo.
Me abrazó.
Y pensé: “a nadie le importo y además nadie me escucha, y sé que voy a acabar sola”.
“Por favor… no quiero”.