¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 20 de junio de 2014

Red Punk (2ª parte)

Red Punk (2ª parte):

–¿Cómo se llama? –quiso saber Matt esposado y atado a la silla.
–Capitana Ayano Kimura de la Red Punk –contestó ella apagando el cigarro en un cenicero que había sobre la mesa entre ambos. También estaba sentada en una silla.
–Tiene buenos compañeros, capitana Ayano Kimura –el hombre tragó la poca saliva que tenía, habría que darle algo de beber–. Esa chica es excelente disparando con un revólver.
–Apenas falla, pero es aún mejor como artillera.
–¿Cómo me han descubierto? –quiso saber Matt.
–Di por hecho que, dado que es usted un ladrón de guante blanco, todo el mundo asumiría que trataría de ocultarse del modo más difícil de todos: en Mir o en Perséfone, de modo que removerían sus contactos en Perséfone y que los torturarían y encarcelarían en Mir, que habría una pila de datos que revisar e inmuebles que registrar. Pagaban mucho dinero por su cabeza y consideré improbable que hubiera querido arriesgarse a perderse en mundos de los cuales no conocía usted nada ni a nadie. De modo que pensé que iría al sitio más estúpido: su árido hogar, no donde se crió, claro, sino donde nació. En su situación, digamos… precaria, era una posibilidad con cierto potencial. Es muy considerado con la inteligencia de sus adversarios. No así con la suya propia.
–Yo diría, capitana –le restregó la palabra por la cara–, que ha tenido un golpe de suerte –se jactó él. Ayano pensó que era uno de esas personas, de ésas para los cuales los triunfos ajenos dolían.
–Llámelo como le plazca –le dijo ella altiva.
–He robado secretos de estado de Mir, asesinatos políticos y también de civiles que implican no sólo a Perséfone sino a la misma Confederación. ¿Se acuerda del accidente en la central de Verbena? Tengo información para reabrir el caso, rodarán cabezas y puede incluso que alguien se cabree de verdad. Tienen que dejarme en libertad.
–Siéntase libre de corregirme si me equivoco pero usted no es un buen samaritano, ¿no es cierto?
–La información es la base de la vida, la ley de la oferta y la demanda su culminación. ¿Qué puedo decir?, tengo compradores –Matt ensayó una sonrisa radiante, hipócrita, insolente.
–Esa información va a pasar de mano en mano –aseveró Ayano–, de chantajista a chantajista. Deme a mí la información, dígame dónde está, la meteré en el ansible, frecuencia quinientos dieciocho: no habrá nadie que no lo sepa. Le aseguro que yo no creo en los secretos de estado.
–No puedo hacer eso que me pide.
–Por supuesto que no –Ayano se levantó para irse, su paciencia se había agotado.
La puerta de la habitación se deslizó al abrirse.
–Capitana Kimura, usted tiene sus métodos, yo los míos.
Escuchó el zumbido de una pistola de impulsos.
De haber tenido tiempo para ello, se habría preguntado cómo un particular podía haber adquirido esa tecnología cuando el precio en el mercado de uno de esos artefactos era desorbitado y cuando apenas unas pocas unidades en unos pocos ejércitos tenían acceso a ese armamento. Se hubiese vuelto loca intentando averiguar cómo se había liberado estando esposado y habiendo sido registrado. Y probablemente hubiese querido echarle un vistazo al detector de metales con su caja de herramientas a un lado.
Pero no hubo tiempo, sólo ruido.
Escuchó un sonido de alta frecuencia que laceró sus tímpanos. Una fracción de segundo antes de que se hubiera doblegado a él, justo antes de que su expresión se hubiese empezado a contraer llevándose dolorida las manos a los oídos, un instante antes de que todo aquello que no pasó hubiera podido ocurrir, sintió una descarga extrañamente dulce incrustándose en su cuerpo y tomándolo. Y con la descarga sintió un temor paralelo, eléctrico.
Ni siquiera pudo pensar que aquello había sido una estupidez.
Con el cerebro apagado no se puede pensar.

La nave dejaba desfilar imágenes de color rojo sobre una franja holográfica en cada habitación y compartimento, indicando que la capitana Ayano Kimura carecía de constantes vitales: sólo había una línea roja que discurría horizontal sobre un fondo negro a la altura del ojo izquierdo.
Cúbreme –dijo H´lran tras la barra de la cocina americana de la sala de estar armado con una escopeta solitaria entre tantas manos. El Zal´on tenía a su lado a Elden, armada a su vez con un revólver que estaba cargando con balas de plomo blando. H´lran se conectó a la red de cámaras de vigilancia, después parpadeó un par de veces con sus ojos brillantes–. Se dirige al muelle de carga, tiene un arma de impulsos.
–Dale una salida fácil, verde, reconfigura la estructura y que coja la VN-300, que está algo cascada. Quiero que salga, la idea de que pegue un solo tiro aquí dentro con esa cosa es muy loca. Tú déjale salir, voy a petar ese cacharro. Te necesito a los mandos de este trasto, ¿vale? Dame un buen ángulo. No voy a fallar.

–Vamos, grandísimo hijo de puta –decía Elden acomodada en su sillón, la cual no tenía problema alguno en hablar consigo misma en voz alta, observando el espacio al que estaba más que habituada desde la torreta de la nave– ponte a tiro, que te voy a enseñar qué les pasa a los gilipollas que atentan contra la vida de mi capitana y pegan tiros al tuntún con armas jodidas en la puta Red Punk.
La nave viraba. Vio a la VN-300 ante ellos, huía. Aquella vieja lanzadera sólo tenía un cañón delantero, así que, ¿qué más podía hacer ese idiota? De todos modos, ¿qué esperaba ese cretino que iba a pasar? La VN-300 era rápida, pero Red Punk no era una lanzadera de combate, era una nave. Y a esas alturas Elden no tenía reparo alguno en enviarles a Matt a las autoridades de Perséfone en cómodos plazos.
–Joder, este pringao ni siquiera sabe pilotar una nave… –Elden sentía todo el peso del esperpento sobre sí. Pero se soltó de todo como hacía siempre que hacía falta, no es que fuera una especie de decisión, simplemente ocurría. La torreta era una prolongación de su propio cuerpo, dejó de percibir distinciones entre sus manos y el cañón o el misil que albergaba porque ella era y siempre sería el mismo espacio. Ella era la danza vital de todos los soles, moría en todos los planetas y sonreía desde todas las estrellas. Vivía todas las vidas.
Y el tiempo se encontraba bajo su dedo pulgar.
Disparó.

Quince minutos más tarde habían recuperado lo que quedaba de la VN-300 amén del cadáver de Matt Cruz renegrido y parcialmente abrasado. El rifle de impulsos había quedado destruido pero las piezas se podían vender o aprovechar. La extraña biotecnología del cuerpo de Cruz, aunque estuviese dañada con total seguridad, probablemente tuviera algún valor, mucho valor incluso.
Habían llevado su cuerpo a la enfermería, por desgracia apenas había espacio para dos cuerpos.
–¿Este memo creía que no teníamos un sistema de vigilancia aquí dentro? –inquirió Elden que ni siquiera sabía cómo reaccionar ante aquel estado de cosas.
El hombre distorsiona la realidad con su deseo, el deseo de desear, se pierde en un laberinto de ambiciones y miedos hasta que se da cuenta de que todo es un juego. Este hombre sin embargo no entendía nada acerca de los secretos y Ayano lo ha pagado con su vida. Era una buena capitana, la mejor mecánico que he visto nunca y, por encima de todo, mi amiga y habré de llorarla. Pero no te dejes engañar Eldan, quien muere aquí hoy es y no es Ayano Kimura.
Elden le miró, no era momento para decir nada, querría haberle preguntado a qué se refería cuando decía “hombre” o si se encontraba bien. Querría haberle dicho que sufría por la muerte de Ayano, que recordaba su risa. A ratos sentía una alegría triste ante la muerte de ese cabronazo. Pero no era alegría, era el sufrimiento queriendo salir de su cuerpo disfrazado de culpa, seguro que algo así le hubiese dicho H´lran.
–Pues ha dejado de fumar –era estúpido. Eso era lo único que había podido decir: algo estúpido. La realidad reciente le venía demasiado grande. H´lran puso esa extraña expresión: si hubiera tenido boca probablemente habría sonreído un poco, con amargura.
“Qué mierda”, pensó Elden y, finalmente, como si aquel pensamiento le hubiera robado las últimas energías que le pudieran quedar, se echó a llorar, transformando el sufrimiento en unas lágrimas que se reunirían con el universo.
H´lran no dijo nada en su silencio, sólo la abrazó con sus cuatro brazos.
Puto trabajo.

See you, space cowgirl.

lunes, 16 de junio de 2014

La contradicción errante

La contradicción errante:

            Los cuervos de llamas que conjuró mi amiga revolotean en un mundo que no se pierde ni se destruye. Aquí los sentimientos no son consumidos por un arder voraz sino que son avivados. Porque en este lugar sólo hay calor y nada que pueda sucumbir será. Mi viaje me había llevado por las lomas de los tiempos y reconozco que al llegar aquí tuve miedo. Sólo había conocido un fuego que quemaba el papel, que secaba las lágrimas sin destruirlas, dejando intacta la tristeza, que advertía palabras como enemigos, sobornando al cariño con emigrantes del reino de lo posible, donde todo existe y no existe a la vez y el presente se quema en el tiempo.
Lo curioso es que ahora todo es igual que siempre y no dejo de pensar en lo diferente que es todo. Y en el amor que se derrama poderoso lo quiera yo o no, que devora lo que no es mío y lo hace desaparecer, que me quita la careta y me deja un guión idiota y me lanza a un vacío tan absoluto que no tiene explicación, un vacío sin lugar en el que no soy. Un amor infinito al que mis sentimientos no perturban. ¡Así no hay quien se enfade! Contemplo mi espada, le doy las gracias a mi zaino y pienso que usar el hierro es tan absurdo que sólo lo llevo encima porque me gusta reír.
Dicen que estoy loco, que no se puede amar todo, que no se debe vivir como vivo, que tengo que controlarme a pesar de mi serenidad. Ignoran que no todo es para mí, que no creo en el control ni en los caminos.
Yo sonrío. Claro que estoy loco, pero no importa demasiado.
Envaino la espada que uso para ejercitarme, el dorso de la mano resbala por el sudor de la frente, le pego un par de palmadas a mi zaino y tomo impulso para saltar a la silla de montar mientras el cuero me cuenta que se siente con confianza.
Avanzo al paso a través del bosque, siguiendo el sendero pedregoso junto al río.
Mi amiga, la maga, ha transformado la hoguera en la que cocina en fuegos artificiales para entretenerse.
–¡Hoy cocino yo! –me dice sonriendo–. Es increíble, ¿no? ¡Bebemos agua! ¡Y dormimos! –añade sin caber en sí de gozo.
Mi otra amiga está bañándose en el río, jugando con el agua, a veces con suavidad, a veces tirándola por ahí, recordándonos el mundo. Ella no habla tanto, pero sonríe tranquila y me mira. Tiene un hacha de doble filo entre las manos, no la deja nunca aunque opine lo mismo que yo, pero es que su arma le gusta.
–Si no hay enemigos, no hay ataque ni defensa que valga –afirma, enigmática como los meandros y la piedra gris, haciendo un esforzado molinete con sus dos manos que danzan sobre el mango de su hacha con una rapidez admirable.
Nos reímos, claro.
Tres locos, supongo.

martes, 10 de junio de 2014

Red Punk (1ª parte)

A Carlos. Espero que te guste... ¿un poco?

Red Punk (1ª parte):

            La superficie del planeta era árida, de un tono zarco y con apenas vegetación, el tono ambarino y sucio del cielo se despedía de ellos. La antigua ciudad portuaria se convertiría pronto en una mancha indistinguible en la lejanía. El mismo planeta acabaría desapareciendo en la inmensidad del espacio. Ayano Kimura se ajustó el cinturón de seguridad sobre el asiento del copiloto, concentrada.
–¿Todo listo?
Todo listo, capitana.
La invasión neuronal que suponía la charla en silencio con H´lran hacía mucho que había dejado de ser un impacto contra la mente reticente de Ayano y el Zal´on buceaba a gusto por ella, era como visitar un museo lleno de cosas fascinantes: nada se podía tocar y estaba salpicado de puertas con el letrero de “prohibido el paso”. Dada la experiencia previa de H´lran, consideraba que esas puertas inaccesibles eran parte del drama esencial del ser humano.
Ayano volvió la vista a una de las numerosas pantallas holográficas que tenía a mano, se la acercó con un gesto, sólo veía un asiento vacío.
–Elden, ¿dónde estás? –era una orden con forma de pregunta.
Una chica sonriente apareció agitando un sándwich envasado al vacío al otro lado de la imagen:
–¡Venga! ¡Ahora no me necesitáis para nada, Ayano! Y eso es bueno, ¿no? –respondió con jovialidad Elden.
–Necesitamos que tu culo esté en su sitio y que te abroches el cinturón.
–Culo ubicado y cinturón abrochado, capitana. –respondió Elden, después respiró hondo: no era nada habitual que ella, precisamente ella, pudiera tomarse un descanso durante el despegue. Temía aburrirse, la verdad, así que finalmente decidió hablar un poco con H´lran, aunque sabía que sería algo desconcertante: el mensaje de H´lran aparecería de una pieza en la mente. Cualquier criatura que no perteneciera a su especie debía ir desenvolviéndolo como si fuera… ¿un sándwich envasado al vacío? Tenía hambre. Y se aburría. Se preparó para… para lo que fuera aquello:
–Eh, verde, éste nos ha hecho correr, ¿eh?, tenía ganas de escapar el cabronazo.
El hombre es una criatura cobarde: al tener que enfrentarse a una larga condena corre, niega la responsabilidad y engaña a su mente. Depositáis una enorme confianza en el intelecto e intentando salir de vuestra mente, caváis un agujero lleno de odio. Hay quien contempla el mundo entero desde el interior, pero son rarezas que suscitan envidia y suscitan envidia porque el hombre es cobarde. También hay muchos Zal´no (o Zal´ones para vosotras) que adolecen de un comportamiento pueril ante el dolor, peligroso de cara a sus vecinos, pero nosotros no les encerramos como hacéis vosotros. Os concederé cierta razón pues algunos especímenes humanos parecen haber llegado a un punto de no retorno, perdidos en su angustia e incapaces de recuperar una sensibilidad normal ante la vida que se despliega ante ellos, resultando razonable aunque trágico que la única solución en tales circunstancias sea evitar que hagan daño a la sociedad. No obstante el problema es el mismo en cualquier punto del sistema que lo sostiene: un miedo atroz a lo desconocido. Un miedo estúpido ante el propio miedo.
–Vamos, verde aburrido –masticaba el bocata mientras hablaba–, tú ni siquiera sabes lo que es eso. Tu gente es terriblemente cívica.
El civismo puede ser una poderosa prisión política, puede transformarse en un atentado contra la psique que, violentada, se ve limitada por normas autoimpuestas aparentemente válidas para una vida en sociedad.
–Tú no piensas eso, verde cabrón. Joder, ¡eres un puto... cínico!
¿Cínico? Todo límite es violencia contra el alma.
–No me engañas, juegas a ser cínico no siendo cínico y encima te ríes. Y eso es cínico… creo.
Hay un egoísmo inteligente, Eldan.
–¡Aprende a decir mi nombre de una vez! –le espetó divertida haciendo rebotar la pantalla entre sus manos–. Y de paso explícame cómo nos comunicamos a través de una pantalla, hombre.
Ayano intervino en la conversación:
–Damas y caballeros –anunció con voz de azafata, sin ninguna seriedad–, estamos en el espacio con la gravedad al cinco punto tres, soporte vital en marcha, ansible calibrado y placas en funcionamiento estable. Pueden desabrocharse los cinturones de seguridad, circular libremente por la nave y asegurarse de que nuestro querido Matt sigue de una pieza. No necesito recordarles que nos pagarán menos si parece un collage –después recuperó el tono normal de su voz, decididamente más duro–. Y, por cierto, en mi opinión la persona más inteligente es la que hace feliz a los demás.
–Claro, por eso somos cazarrecompensas… –murmuró Elden mientras se alejaba por un pasillo hasta el calabozo. Ahora sí tenía ganas de echarse al sofá con una cerveza y poner las noticias. De hecho eso es justo lo que hizo previo tedioso zapeo por diversos canales sin apenas interés. No le gustaba conectarse a la red ella misma dentro de la nave, siempre prefería conectar el soporte externo para compartir la experiencia con Ayano y H´lran si pasaban cerca de ella.
La recompensa por Matt Cruz, acusado de presunta estafa, contrabando, robo interplanetario y traición al estado de Novaya Neva en Mir… –comenzaba a decir una reportera de las noticias.
–Esta gente no sabe qué quiere decir “presunto” –se quejó Elden a Ayano que acababa de entrar en la sala de estar.
…asciende hasta a doscientos mil dracmas si es entregado vivo a las autoridades de Perséfone… –continuaban las noticias.
–Cuando digo que podéis ir al calabozo –comenzó Ayano encendiéndose un cigarro–, me refiero a que lo hagas tú –dejó escapar el humo en la sala de estar.
…no obstante desde Mir se ha lanzado la petición por parte del primer ministro de la Alianza Confederada de Mir de que Matt Cruz sea repatriado para ser juzgado en sus fronteras en base a los Acuerdos de La Cascada… –Elden cerró la transmisión de la red y el holograma desapareció.
–Esos hijos de puta de Mir –comenzó Elden a decir– no nos pagarían un duro, ¿verdad? O tendríamos que sobornarles tanto que al final no nos pagarían un duro…
–Si me engañan una vez es culpa suya, si me engañan dos es culpa mía –aclaró Ayano expulsando otra bocanada.
–¿Cuándo pasó eso?
–Hace tiempo, cuando trabajábamos H´lran y yo solos.
–¿No teníais artillero? –dijo la joven impresionada.
–Eran tiempos distintos, Elden –le explicó la capitana–. Los tiros los pegábamos entre callejones, era un trabajo aún peor pagado, perseguíamos a maleantes de poca monta, sólo teníamos una lanzadera de combate en la zona de carga a la que siempre le estaba haciendo apaños con las herramientas para que aguantara un día más… la comida era igual de mala, todo era más… sencillo, supongo –Ayano parecía recordar con buenos ojos aquellos tiempos posiblemente anteriores al nacimiento de la actual artillera.
–Ya –convino Elden recostándose feliz en el sofá y dándole un trago a su lata de cerveza–, a mayor ambición, mayor calibre.
–Iré yo a ver a Matt, ¿de acuerdo? –propuso Ayano dándole un golpecito al sofá–. Sé que hoy has tenido un día especialmente duro.
Ninguno nos esperábamos que ocurriera eso –comentó H´lran al entrar en la habitación. Al escucharle en el interior de su cabeza tan de repente la joven artillera se dio un ligero golpe en la sien.
–Pero estamos vivos, ¿no? –declaró Elden alegre tirándole una lata de cerveza a H´lran que la cogió sin dificultad con una de sus cuatro manos.
–En el espacio –apuntó Ayano.
–Debes ser la única capitana del universo a la que le pone nerviosa la idea de surcar las estrellas y toda esa mandanga –soltó Elden con una sonrisa.
–El espacio es… –Ayano no terminó la frase. Tenía cosas que hacer.

martes, 3 de junio de 2014

Rema atemático



Rema atemático:

            Es una historia sin palabras
así que juguemos la tarde con ellas,
            huecos que dicen
silencios, significados que
aprendieron a viajar.
            Qué ante el sol sonreída,
            Qué de viento, ser y frío.
Si el fuego sabe nadar la caricia
y el calor de lo no.
¡Verdad, escupe!
Me río, ¿lo intentamos otra vez?

domingo, 1 de junio de 2014

El abuelo Tobías

El abuelo Tobías:

            Como ya era verano y apenas quedaban días de colegio nos despertábamos un poco más pronto para ir a desayunar con el abuelo Tobías en vez de tomar el desayuno en casa.
Era mi vecino así que yo cruzaba el huerto y saltaba la tapia que separaba las dos casas trepando por la parra que crecía por allí, y siempre era el primero en llegar. Pero el abuelo Tobías ya lo tenía todo preparado. Y Orejota me recibía ladrando.
El abuelo Tobías llevaba allí desde que papá y mamá eran chicos y era como los pájaros: no molestaba a nadie, salía cuando el cielo estaba claro y sin nubes y se echaba a andar por el pueblo arrastrando su espalda encorvada, y si llovía encendía la chimenea y leía en casa en su mecedora, tapado con una manta y con el viejo Cazacorzos a sus pies, el cual hasta cuando movía el rabo lo hacía lentamente. Orejota, la cría de Cazacorzos, en cambio siempre hacía guardia delante de la puerta y nos saludaba al pasar.
Para desayunar el yayo hervía la leche que le dejaba Maribel en la puerta y se hacía tostadas con nata en verano. En invierno se tomaba un par de bocatas de huevo frito con chorizo. Y le gustaba tallar figuritas de madera. En sus tiempos mozos había sido carpintero y como la vista la tenía bien y el pulso no le temblaba mucho aún, pues aprovechaba.
Aquel día estábamos todos desayunando allí y el abuelo Tobías sonreía, como siempre, y yo me preguntaba si siempre había sido él tan feliz:
–Abuelo Tobías, ¿siempre ha sido usté tan feliz?
–Claro que sí, Ramón, pero el caso es que no siempre me di cuenta.
Creo que la Andrea se encogió de hombros y le dijo sin más:
–¿Y cuándo se dio usté cuenta?
–Creo… –comenzó a decir masajeándose la sien, como si aquello del gesto le ayudase a recordar–. Creo que un día mi madre me pegó un grito por la ventana, yo me acerqué y me preguntó que qué tal estaba, nada inusual.
–¿Y eso fue to? –se quejó el Suso, se le notaba decepcionado.
–Oh, en realidad fue lo que hizo que me propusiera ir al psicólogo –comentó el abuelo Tobías con una candorosa sonrisa.
–¿Al sicólogo? –inquirió el Suso de nuevo–. Mi papá ma dicho… mi papá ma contao que a eso van locos que matan a otros, que les encierran en habitaciones blandurrias con camisas de fuerza y les dan con agua.
El abuelo Tobías no pudo evitar soltar una carcajada y el pequeño Mario se echó a llorar asustado.
–Claro que te dijo eso, sólo que no es del todo cierto. Si tienes un catarro vas al médico; si estás triste durante mucho tiempo, bueno, entonces puedes ir al psicólogo.
El pequeño Mario dejó de llorar, se enjugó los ojos con los puños y escuchó al abuelo Tobías.
–Pero –siguió el abuelo– por aquel entonces ya era muy feliz, y si tomé tal decisión fue porque descubriendo quién era yo, descubrí también que tenía cosas por solucionar, aunque todo era muy extraño.
–¿Muy extraño? –curioseé yo, a ver si el yayo soltaba prenda.
–Muy extraño –repitió mientras se reía–, por decirlo poéticamente “soy” era como una puerta que llevaba a “no-soy”, así que no ocurrió nada. Y lógicamente no había puerta, esto es de sentido común –volvió a reírse.
Todos nos quedamos mirándole, ¡ostras!, ¡sí que era extraño!
–Pero usté está aquí hablando con nosotros –me aventuré.
–Oh, claro, claro que sí. ¿Quién podría decir lo contrario? –pregunta a la manera del teatro. Desde luego que algo no me acababa de cuajar…
–Yayo –dijo la Andrea llamando su atención–, ¿cómo es que se dio usté cuenta de algo que ya pasaba, de que no ocurría nada? –me sentí perdido, pero es que Andrea era la más lista de nosotros. Siempre podía preguntarle cosas luego, explicaba genial.
–Si piensas –dijo el abuelo Tobías– que los hechos a los que me ando refiriendo tuvieron lugar en un momento determinado estarás en un error y si piensas que yo entendí algo estarás en un error.
–¿Entonces nada ni nadie encontró nunca nada?
–Ya ni siquiera importa que las cosas importen –dijo el abuelo–, no hay de qué preocuparse aunque te preocupes –la Andrea sonrió–. Aunque –siguió dirigiéndose a todos nosotros– no soy tan feliz como creéis, ¿sabéis qué hago yo cuando algo me duele? –negamos los chicos con la cabeza–. Sufro –aseguró antes de romper en carcajadas.
–Pero –le dije yo al yayo– usté cambió, ¿no? Es decir que usted sólo puede hablar de esto… lo que sea, después del grito de su madre y to eso –miré algo inseguro a los demás antes de añadir:–, ¿no?
–Verás, todo eso que asumes, todo eso que te permite o te hace preguntarte por un cambio desaparece. No queda nada –responde el abuelo Tobías.
–Pero es muy raro… –dice el Suso, para mí que piensa que el yayo chochea.
–¡Ah! –exclama Andrea entusiasmada–. Es que ni siquiera hay nadie, ¿no? Es… es… –chasqueó los dedos–. Es esto, ¿verdad? –dice chasqueando los dedos una y otra vez encantada–. Vamos, que ni es esto ni es na.
–Eso es –afirmó el abuelo Tobías.
–Y, claro –continúa la Andrea–, no hay forma de entender que yo soy Todo, ¿no? Es decir, no se entiende, sólo es Todo, ¿no?
El abuelito asiente y nos dice con una bondad a la vez plácida y apremiante:
–¡Tenéis que marchar ya, zagales, que no llegáis al colegio!
Y de camino al cole le pregunté a la Andrea:
–¿Cómo haces eso de decir Todo con mayúsculas?
–Como tú.
–Qué va, ¡si yo no puedo! Va, dímelo –insisto–. ¿Cómo se consigue eso?
–No lo puedes conseguir, Ramón, no seas tontico, por Dios. No puedes conseguir tener una cabeza, ¿no?
–Y… ¿entonces?, ¿qué hago?
–Nada de nada.
–¿Nada de nada? –repito yo sin entender.
–¡No te digo na y te lo digo to! –exclama la Andrea para reírse a carcajadas.
Para mí que esa vez no se explicó muy bien.