¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 15 de agosto de 2014

Creo que saben a qué me refiero

“I think sometimes people really require the satisfaction of closure”.
DIABLO CODY.

Creo que saben a qué me refiero:

            –¿Abuela, te vas a morir? –quiso saber la pequeña Clara, que le había pedido a sus papás unos minutos a solas con su abuela, la cual estaba conectada a un respirador mediante tubitos en la nariz, vestida toda de blanco como una poderosa hechicera junto a la cama del hospital, observando por la terraza el sol del mediodía.
            –Claro que sí –respondió ella con una sonrisa.
Clara era pequeña –qué duda cabía– pero, por vicisitudes de la vida, ya había visto a más gente morir. A veces esa gente llegaba a sonreír, muy al final. Pero su abuela siempre había sonreído con esa desbordante sinceridad, durante toda su vida, así que se fiaba mucho más de sus palabras que de las de cualquier otro adulto.
–Mamá dice que irás al Cielo. ¿Eso existe?
–No, hijita mía, no. Pero tu madre no quiere que tengas miedo ni que sufras, y eso no es del todo bueno.
–Ya decía yo… –dijo Clara algo decepcionada, no tanto por eso del Cielo (lo cual, de todos modos, le parecía muy poco plausible) como por el hecho de que en cierto modo eso que le decía su mamá de que la magia no existía, era un poquito más cierto.
–¿Te gustaría que existiese el Cielo? –curioseó su abuelita sonriéndola como siempre.
–No… no es eso… es que… –se inclinó a un lado y a otro, haciendo tiempo porque pensaba que quizás iba a decir algo tonto. Y su abuela, que la conocía bien, la animó un poco:
–Nunca jamás dirás nada por lo que debas sentirte tonta, Clara.
Y Clara se decidió, no sin un poquito de vergüenza:
–Es que mamá dice que la magia no existe… y a lo mejor el Cielo era un sitio mágico… ¿no?
–Ah… pero la magia existe, Clara –le alentó su abuela.
–¿Ah, sí? –le costaba desconfiar de ella, lógicamente, pero los adultos siempre parecían saber muchas cosas de color gris y ocultarlas casi todas.
–Creo que sabes a qué me refiero… –Clara la miró entre expectante y extrañada–. ¿Alguna vez te has detenido a escuchar a esos músicos que uno encuentra por la calle, como el cuarteto de cuerda de la Fnac de Callao? Unos virtuosos que tocaban piezas del calibre de Primavera (te diría alguna pieza más pero no recuerdo bien cuáles entraban dentro de su repertorio y no me gustaría mentirte) –le dijo esbozando una sonrisa muy amplia y bondadosa–. En esos momentos (conciertos improvisados en subterráneos de Moscú, coros a capella entre las estaciones del metro de Nueva York) aparece el mismo sentimiento que nos invade con el rasgueo sincero de cualquier guitarra, por más modestos que sean estilo, melodía o ejecución. En esos momentos resultaría extremadamente difícil no ser los intérpretes de la canción o la canción misma, resultaría nimio esforzarse por no convertirse en cada una de las gotas de lluvia de otoño que puedan caer o en cada ráfaga de viento o de calor que llegara a nosotros. Sería absurdo pretender, no sólo que no somos uno más del público, sino que somos el público y el entorno entero. Además, cuando esta unión ocurre, nada está fuera de lugar y todo lo aparente (y su posible distinción) ha desaparecido. Y si intento reparar en algo concreto como si yo estuviera aquí y lo demás allí, eso, inevitablemente, se pierde por ahí. ¿Y sabes qué, Clara? A eso le llamo yo magia. Sobre todo porque, si lo piensas bien, así es cada momento de tu vida.
–¡Es verdad! –exclamó Clara encantada–. Pero… ¿qué quiere decir “nimio”? Creo que lo sé pero… es por asegurarme.
La abuelita soltó una carcajada.
–Que no vale para nada. Me gusta –declaró su abuela y Clara la miró interrogativamente–: sabes muchas palabras.
–Sí, y ahora también sé qué es la magia –soltó la niña alegre.
–Y además haces caso de lo esencial, me gusta, Clara –sonreía, cómo no.
–¿Y si me pongo muy triste cuando tú no estés y… y me quedo así? –inquirió Clara tras unos brevísimos instantes de reflexión, pronunciando cada palabra con cierto temor.
–Cuando me vaya, te dolerá como a todos nosotros nos duele la muerte, pero el dolor pasará si no te apropias de él. Lo único que debes hacer es dejarlo libre para que, cuando se quiera ir, se vaya. Sólo tienes que acordarte de que la magia pura que tú eres carece de límites, eso y aprender. Aprender de todo lo que te pasa. Así nunca te harás vieja, aunque crezcas. ¿Lo harás?
–¡Claro! –acordó Clara abrazándola y sonriéndola como un espejo.
Los papás de Clara entraron solemnes y la niña exclamó:
–¡Soy la magia! ¡Soy un kraken del mar!

viernes, 1 de agosto de 2014

Biblioteca


Biblioteca:

Siempre he sido una pesada, ésa ha sido la razón que me movió a escribir: escribir para eclipsar la carga de ser una molestia para mis amigos y familiares. Y seguramente esta conclusión sea la causa de que mis amigos nunca jamás deseen leer lo que escribo.
Y si tuviera que describir lo que hago en realidad sería más o menos así: escribir: escribir: escribir…
Hace tiempo se discutía el hecho de que un androide fuese capaz para la creación artística, y la entonces llamada inteligencia artificial decía: no todos los humanos parecen capaces para la experiencia artística. No estoy de acuerdo, ni tampoco con la palabra “arte”.
Con respecto a la antigua nomenclatura de la I.A. prefiero el nombre de inteligencia simulada: aunque impresionante, seguía unos mandatos, tenía unos límites, era la émula imperfecta de la inteligencia, grabada en un código estrecho y quebradizo.
Llamarnos androides, decir que usamos de una inteligencia artificial es algo que, tras una breve reflexión, cualquier ser vivo rechazaría: no aporta nada al conocimiento: una distinción superflua que sólo podría encerrarnos entre cuatro paredes: objetos, sujetos, palabras y categorías. Los humanos y los androides hacía tanto tiempo que nos habíamos fusionado como especie, que todo el miedo que esa posibilidad pudo haber despertado en su momento resultaba ingenuo. Y sin embargo siempre tengo la impresión de que hemos aprendido demasiado y demasiado poco, de que siempre hay camino.
Creo que por eso siento amor hacia el resto de seres vivos y me complace investigar cómo hemos evolucionado los humanos –la inmensa mayoría, ya que la especie se dividió hace siglos entre las estrellas–, cómo hemos llegado a ser lo que somos, a entender lo que entendemos, a fundirnos con un universo sin límite. Y me ilusiona la idea de estar aquí, en este monumento alzado a los libros. En Biblioteca.
La suavidad del neo-gótico del siglo XXXII perfila los arcos bajo el azul del cielo y se esconde en cada estantería, entre los libros. En este planeta, además, siempre hay una bruma densa que disuelve todo en el color blanco a unos metros de los ojos. Reconozco que a mí siempre me ha atraído lo antiguo.
Las grandes extensiones arboladas entre los pasillos separan secciones enteras, también de un tamaño descomunal, los animales salvajes cruzan las lustrosas baldosas y la tierra por igual, pero jamás atraviesan el tenue campo de luz que ilumina cada encuadernación, y así los viejos libros se mantienen a salvo de sus garras y de las inclemencias del tiempo.
Dicen que jamás un ser humano que recorra estos mismos pasillos por los cuales mis pies caminan se ha topado con otro.
¿Me permiten cambiar al tiempo narrativo pretérito? Estaremos más cómodos, yo al menos.
En fin, comencé a pensar en los libros separados en aquel extraño mundo: debía ser una especie de ilusión…
Alargué la mano y un libro fue atraído hasta mi palma. Abrí las tapas y leí que se trataba de una colección de poesía del siglo XXXVII reunida bajo el nombre “Involuciones” de R. S. Larsson-Pai.
Sé que hay quien encuentra inútil el soporte físico por estar la información a nuestra disposición, pero no sólo la vista y la mente tienen por qué recrearse con la literatura. A fin de cuentas tenemos muchos sentidos. De todas formas ahora sólo hay libros así en Biblioteca, ¿qué necesidad habría de nada más? De hecho quizás este planeta sea una muestra de orgullo sin objeto, y supongo que, aunque me refiera al despilfarro de papel de los primerísimos libros, tendríamos que entrar en el peliagudo campo de la utilidad de la obra de arte. No sé si la obra de arte es útil, pero creo que es necesaria o, al menos, muy natural. Volvamos al uso del pasado…
El índice del tomo que había escogido al azar estaba lleno de títulos interesantes y sólo eso ya me hacía disfrutar.
Me gustan las ediciones y obras modernas: encuentro la caligrafía manual un arte en sí misma: la danza de unas líneas que dibujan el mundo. Los libros antiguos también tenían su magia –en ese aspecto– dado que también eran creaciones integrales. Es cierto que los libros de la edad de la imprenta y la impresión perdían ese toque, pero también me resultaban interesantes: eran desde otro punto de vista más prácticos y asequibles: relataban la historia de la Historia. Por otro lado, y como comentaba antes, los ejemplares como el que tenía entre mis manos –relativamente recientes– eran para mí una vuelta al libro como obra de arte integral y única, en el que todo detalle estaba inteligentemente integrado en el contenido y la forma del texto…
Escuché un sonido.
El eco de unos pasos me encontró en mis divagaciones y mis divagaciones se toparon con unos pasos en mi interior.
Una figura fue apareciendo entre la niebla, hablando mientras se acercaba.
–Ésta es tu biblioteca, Zera –era un hombre.
–No lo creo –repuse con una sonrisa entretenida sobre el límite de la cautela.
–Pero lo es.
–Entonces debo valer una fortuna con todo lo que poseo.
–Dicen que hay un libro que narra nuestras vidas.
–Debe ser el más aburrido del mundo.
–¿No te interesaría leerlo?
–Creo que la vida es mejor vivirla, llámame loca.
–¿No te interesaría saber qué va a pasar?
–Claro, ¿me devolverán el dinero al salir de aquí?
–¿La ironía es tu respuesta?
–Mi respuesta suena más bien al sonido de las religiones deshaciéndose –dije guiando el libro que me resignaba a no leer, llevándolo a su sitio como si condujera una cometa, muy arriba, con un cuidadoso gesto de mi mano desde el suelo.
–No tienes respuesta –coligió el hombre.
–Apertura –contesté mientras hacía un gesto circular con la mano, en un vano intento de concretar de algún modo la información que se me escapaba como arena entre los dedos. Por supuesto, le estaba dando la razón: no tenía respuesta.
–Es un enunciado vacío.
–Y lleno hasta todo extremo, son límites descosidos –me puse a contemplar los libros de nuevo: de alguna forma me sentía más cómoda.
–Soy el bibliotecario –dijo él.
Me volví hacia él y me quedé mirándolo, sentía la boca algo seca. Hablé:
–Honro el hecho de que otros se arrodillen ante ti –le aseguré de pie y sincera.
–Pero eso no es para ti –concluyó.
–Por no ser, no es ni para ti –afirmé.
–Gajes del oficio –era como si se encogiera de hombros: desmitificador: humano. ¿Qué sentido tenía crear mitos cuando ni siquiera existía ya la superstición del Estado? Alargó el brazo y dio un golpe con su palma al aire que había ante mí.

La luz del desierto emite un fulgor insoportable, como si quisiese quemarme los ojos, pero la comparación con el indeciso crepúsculo de Biblioteca se desvanece, perdiéndose en otras vidas.
Soy un corazón herido. He matado a siete hombres, a siete que mataron a mis hijos. Pagarán por lo que me hicieron, deben pagar. Se lo merecen y no pienso detenerme. Yo no hago nada malo, no habrá paz para los malvados. No es un crimen, es el castigo.
Soy, un joven en Italia, hace calor y estoy comiendo con mis abuelos, hay moscas en la mesa del jardín y todos charlamos sosegadamente. La alegría de verse los unos a los otros es, sin duda, contagiosa.
Soy una presa política en mi último día en Santo, los humanos han destruido mi planeta natal en su cruzada contra los nim y estoy aquí, muriendo de inanición entre trabajos forzados. Estoy muy delgada, muy delgada… No puedo pensar, ni siquiera puedo sufrir, porque todo es sufrimiento.
Soy la que cumple años, ocho. Mamá dice que puedo pedir un deseo, pero que me lo tengo que callar para que se cumpla, así que sonrío y soplo con muuuuuucha fuerza. ¡Creo que ya tengo mi deseo!
Soy un traficante de armas y, evidentemente, a veces tengo que pegar algún que otro tiro, además con esto de la ley seca hay que tener mano dura. No podemos tirar miles de dólares a la basura así como así. Ya sé que he dejado el salón hecho unos zorros, pero tenemos limpiadores, no hay de qué preocuparse. En mi lecho de muerte me arrepentiré sinceramente e iré al Cielo. Cuando uno se muere siempre desea atar cabos, lo he visto.
Soy madre, ahora, justo ahora, soy madre. Contemplo a mi bebé y siento un amor que se me desborda, que no me cabe en el pecho y, cuando me coge el dedo índice con su puño minúsculo, no puedo evitar llorar, llena de la más pura felicidad. Y le beso, y le quiero.
Soy una inteligencia androide y siento temor, en la calle me desnudan y comienzan a pegarme con palos, ellos son humanos y también nim extremistas. Nadie hace nada, me golpean repetidas veces. Fracturan mi brazo y graban ante las cámaras su lucha contra las máquinas. No entiendo el crimen cometido. No entiendo cómo puedo ser yo un crimen. No entiendo cómo existir es un crimen. Recibo un tiro en la cabeza.
Soy yo quien va a marcar, papá ha venido por primera vez a verme. Ha dejado el trabajo, dice que quiere estar con nosotros. Los demás padres gritan, pero él no. Él sólo me mira, fallo y le miro. Y el asiente con una sonrisa sincera que nunca le había visto. Y entonces casi tengo ganas de que el partido acabe y nos vayamos a tomar un helado y me cuente cosas y le cuente cosas.
Soy un niño de catorce años y piel de ébano, me dicen que mate y yo mato, ya no tengo lágrimas en los ojos como al principio. Me dijeron que violara a una embarazada, que la abriera con mi machete y me comiera su bebé muerto. Hice todo eso. Años después, después de muchos psicólogos aún tengo ganas de matar cuando alguien se dirige a mí con la voz demasiado alta.
Soy…
Soy…
Soy…
El muestrario de esas vidas, potentes, completas, cargadas de sentimientos y conocimientos insertos en extraños sistemas sociales, se disuelve en el espacio.

La Inmersión no era el estudio objetivo de la realidad, era un torrente de experiencias palpitando, vivo. Yo estaba volviendo…
Y el bibliotecario me observaba expectante.
–La felicidad es muy sencilla, apenas necesita contexto. Las víctimas sufrían, a veces hacían daño y siempre se hacían daño. Es el temor, ¿verdad? –quise saber.
–Así es.
–Los humanos hemos pasado por mucho para llegar hasta aquí –murmuré.
–Ten –me acercó un libro, con sus propias manos, solemne.
–Gracias.
Sólo podía dar las gracias por estar aquí, porque aquí había preguntas y no había respuestas. Daba gracias al miedo, la inseguridad y la crueldad que a costa de cegarnos nos enseñaron a abrir los ojos. En aquella nebulosa biblioteca flotaba un deseo impersonal que pedía mi sonrisa en todas las vidas que no había vivido.
–En el libro –comenzó a decir el bibliotecario– se muestra cómo tú, tu alma, sois Dios.
–La verdad es que no estoy para nada de acuerdo con que exista algo tan dicotómico como el “alma”, pero sé que yo soy una. Y, ¿qué tránsito podría haber para llegar ser Dios?
–Zera…
–¡Qué poco sentido del humor! Si me hablas como si fuera una niña tendré que reírme, ¿no?, no me tomes en serio. Pero me lo he pasado muy bien y muy mal –le aseguré admirada–. Muchas gracias –le dije alejándome, muy alegre–, ya sé qué escribir. Ahora sólo tengo que pasear y esperar. Aprender es inevitable, cosa de dioses.
–¿No quieres saber qué tenías que aprender? –inquirió en la lejanía.
–¡Qué va! La ironía ya me la sé –repuse mientras me alejaba.