¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Entre noches de luna nueva...

Entre noches de luna nueva…:

            Hacía frío, tanto que le daba la sensación de que la nieve casi estaba caliente afuera: el fuego rojo de las brasas que se abrían en el centro de la taberna no la calentaban y las antorchas parecían sólo otorgarle su luz, olvidándose del calor, abandonado en alguna otra realidad. Y ella, Talvikki, sentía algo en el corazón, un dolor con cinchas de cuero que quería cabalgar en su alma. Nunca se había sentido así y las preguntas que no sabía formular se agolpaban frente a su cerveza.
Se sentaba sola, porque aquél con quien quería estar no podía entrar allí. Sabía que si miraba por la ventana vería unos ojos amarillentos atravesando la noche. Y tal vez no fueran los que su imaginación en su juego creaba, lo cierto era que él también se sentía intranquilo. Algo iba a ocurrir y ambos eran capaces de olerlo en el aire, él entre los susurros agitados del bosque y ella en el inquieto ajetreo del pueblo.
Y por supuesto el hecho de que se hubiera puesto precio a la cabeza de su querido licántropo resultaba revelador.
Las puertas de la taberna crujieron al abrirse, una capucha de un marrón que tal vez hubiera sido rojo en tiempos entró, imponente mientras el viento se recogía ante ella. Todos se giraron para verla pasar, también Talvikki.
Bajo aquella capa nevada resonaban unos pasos imperiosos y fuertes que se dirigían al centro de la sala. La figura, que cargaba con un enorme tahalí a la espalda, extendió una mano mostrándoles a todos un papel con el dibujo de un monstruo y una cifra desorbitada.
–Le daré muerte –sentenció la capucha roja con voz de mujer–. Y vosotros diréis que ha sido Punahilkka quien ha puesto fin a la existencia del Carnicero de Lahti –esos ojos azules parecían sonreír mientras a Talvikki se le congelaba el tiempo en los suyos.
Talvikki había oído ese nombre con anterioridad, junto a rumores y leyendas sobre la muerte del temible lobo que amenazó la región de Heinola. Se levantó aterrorizada, escondiendo la mirada bajo su pesar. Pietari la esperaba al otro lado de la barra, tenía una cerveza que cobrar.
–¿Hoy no cenas? –quiso saber un Pietari más extrañado de lo habitual.
–En casa –dijo escueta Talvikki buscando respuestas en la preocupación que se le derramaba por el suelo.

Aunque Talvikki hubiese intentado dormir, la angustia no le habría dejado. Había esperado pacientemente a que el pueblo entero se acostara. Después aguardó un par de horas más, recelosa de los planes del destino, refugiada en sus desvelos. Temía ser una hoguera en la oscuridad, un señuelo, una presa herida dejando un rastro de sangre tras de sí. Así que esperó en su cabaña quitándose los puñales de las horas que se clavaban en su espalda. La noche le pesaba eterna…

Más tarde echó a andar. Ocultaba sus huellas en el bosque bajo el auspicio de la luna menguante, y su silueta se recortaba contra un tenue brillo blanco en la noche. Estaba cansada, pero no había sueño en el cual reposar, no para ella. Debía seguir adelante. Se anticipaba a sí misma como la punta de una flecha de cedro, clavándose en aquella extraña. Y aquel pensamiento le provocaba pavor.
Tenía que encontrar a Ilmarinen, su lobo, pero no podía aullar al viento su nombre pues sería arrastrado lejos, quizás a oídos que no debían escucharlo. No podía dejar que se llevara el aire su deseo de vida dejándola a solas con aquella parca de capucha roja.
De momento nadie la seguía. Los humanos eran ruidosos en el bosque, ninguno sabía caminar como ella, ella no llevaba perros ni trineo, aunque aquella noche avanzar no le era fácil: la oscuridad apenas dejaba espacio para nada más. Los animales salvajes aguardaban al verla pasar, pero el bosque no callaba ante su caminar. Ella no detenía la vida, ni siquiera cuando la flecha atrapaba a su presa. Ella era la misma cacería. Y ahora trataba de que Ilmarinen diera con ella. Él olería su preocupación deslizándose entre los árboles, impregnando la resina y la savia, haciendo crujir la nieve.
En cualquier caso tenía que dar con él antes de que lo hiciera aquella encapuchada, advertirle, ponerle a salvo. Había visto una hoguera en la lejanía, confiaba en que no fuera él, en caso contrario serían las primeras llamas a las que recurría Ilmarinen desde que ella le conocía.

Le vio, humano y desnudo, a través de las ramas cubiertas de nieve, junto al fuego. Talvikki deseaba apagar las llamas de un soplido, deseaba decirle que la oscuridad de las sombras había de ser su refugio.
–No es tu culpa, Talvikki. Recuérdalo: yo he encendido la hoguera –señaló él. La extrañeza se fugó del rostro de la cazadora tan rápido como llegó a él la más contrariada comprensión, Ilmarinen asintió y siguió hablando–. Bienvenida al bosque, Punahilkka –aquel nombre reverberaba sobre sus cuerdas vocales, arqueándose con la tensión de la memoria convirtiéndose en tiempo y con un extraño tañer de melancolía, apenas audible pero presente.
–¿La conoces? –se asombró Talvikki.
–Si la conozco tan bien como creo, habrá venido hasta aquí para matarme.
Punahilkka apareció de entre los árboles, describiendo un círculo con su caminar alrededor de ellos, como una predadora midiendo a su presa.
–No te culpes, Talvikki –le instó la encapuchada a su vez, deteniéndose y mostrando un mandoble que se agitaba ahora entre sus ropas–, como dice Ilmari, le hubiera hallado de un modo u otro, aun sin que se hubiera expuesto. De hecho –siguió mirando ahora a Ilmarinen–, yo te encontré primero.
–¿Es el despecho el que empuña tu acero? –inquirió él.
–¿Crees que albergo motivos ocultos? –interrogó ella con sorna y cierto tono de reproche. Talvikki les miraba alternativamente, imaginando historias por detrás de las palabras.
–¿Es el miedo lo que te acorrala contra tu ira? –insistió él.
–Sólo tú podrías ser tan romántico –se burló ella.
–Tal vez yo esté en un error, pero sólo tú podrías estar tan ciega.
–Eso haría que sintieras una cierta retribución por parte del destino, ¿verdad? ¿Te sentirías cómodo si mi soledad me instigara y mi arrepentimiento me recibiera? –él negó con la cabeza.
–¿Eres feliz, Punahilkka? –le preguntó Ilmarinen, había verdadera preocupación en su voz.
–No importa ser feliz, importa acabar con la pesadilla del recuerdo –repuso la tristeza que se cubría con los retales de otro tiempo en los labios de la encapuchada.
–Siempre temiste incluso las consecuencias de tus decisiones.
Punahilkka comenzó a gruñir y a gemir, revolviéndose y creciendo bajo sus ropas que se rasgaban entre tirones, al tiempo que ella misma palpitaba, odiaba y aullaba, hasta que aquel mandoble se tornó una espada en sus manos. El fuego crepitaba danzando como luz entre sombras. Cuando una mole como un lobo antropomórfico se alzó ante Ilmarinen, éste tan sólo dijo:
–La violencia es el último recurso del que dispone la cobardía, es la hija maldita del miedo.
Contestó el rugido de una bestia.
Y la bestia preparó su hoja y Talvikki tomó el arco que tensaba su corazón. La cazadora tenía el pánico temblando ante sus manos, delante de la punta de la flecha que, insegura, le susurraba al oído vientos de negación. La certera Talvikki sentía un miedo que la atrapaba, apresándola contra el sueño de la noche, un miedo que provenía de un tiempo anterior a los humanos, un miedo que nacía tras la decadencia de la edad de los monstruos. Y se sentía a sí misma lejana, llorando.
No podía concentrarse y era incapaz de disparar. No podía difuminarse en el tiempo del bosque; cada una de sus pulsaciones, familiares como su propia respiración, habían desaparecido, escabulléndose tras la corteza de los árboles.
Ilmarinen, de pie, recibió un espadazo que cercenó su cabeza.
La sangre alimentó la nieve con un baño rojo, en una ofrenda de muerte al invierno de la mano de la más absurda necedad.
Y de la realidad de Talvikki sólo quedó el eco de sus latidos rotos.
Y sus lágrimas de terror se ahogaron en las de tristeza.
Resbalaban aún por sus mejillas cuando su mano rozó el carcaj, cuando la furia guio sus brazos mientras el tiempo se contraía de dolor, cuando la rabia soltó la flecha que impactó en ojo derecho de Punahilkka.
Y aquella bestia aulló, se arrancó la flecha y su ojo, y galopó hacia Talvikki veloz, y sus garras encontraron el tórax de la cazadora que se estaba derrumbando ante su propia ira, contemplándose como un error. La loba la empotró contra el tronco de un árbol, derribándola. La nieve cayó. Y Talvikki sintió el sonido de costillas rotas en su interior, la punzada gélida del hueso quebrado.
A cuatro patas, contra el suelo, la cazadora gemía, intentando alzarse sobre el sufrimiento en vano, mientras se aferraba al daño en su pecho con su mano izquierda y escupía sangre.
Punahilkka tomó distancia y la examinó al tiempo que caminaba a su alrededor. Después recuperó su aspecto de mujer y observó a Talvikki arrodillándose ante el dolor. Sopesaba su mandoble considerando la opción de darle uso.
–Te he hecho un regalo, Talvikki –dijo finalmente esa loba con forma humana y vestimenta desgarrada, clavando su espadón en la tierra–. Deberías estarme agradecida por la claridad que distinguirás en la oscuridad total sin necesidad de linterna alguna –uno de sus ojos era un coágulo de sangre cicatrizando a una velocidad sobrenatural.
–Quieres borrar tu pasado –gruñía Talvikki–, pero el olvido siempre sigue el rastro del tiempo –intentaba levantarse y volvía a caer.
–Y en cierto modo, te doy la razón –le confesó mientras se calentaba las manos junto al fuego–. Cuando llegue la luna llena, ven a buscarme –tomó su arma.
–Eres una estúpida –le aseguró Talvikki logrando erguirse finalmente.
–Te recibiré con esta espada de plata –Punahilkka la envainó en su tahalí, se dio la vuelta y echó a caminar.
–Eres… –Talvikki comenzó a vomitar y su herida empezó a arder lacerante, poco a poco. Y esa piel que sentía desgarrada por el sufrimiento y la impotencia devoró su mundo en una noche.
Eres una persona triste”.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Un medio, un fin


“Hay que respetar las leyes siempre que las leyes sean respetables”.
JOSÉ LUIS SAMPEDRO.

Un medio, un fin:

Salgo a la calle. Hace sol, con la mano me protejo los ojos de la luz, me ato mi camisa de franela a la cintura y comienzo a caminar.
Veo una máquina de refrescos, cojo una lata, la abro y bebo.
Supongo que podría estar bastante cabreado. Pero no lo estoy. Sí que me siento algo frustrado… Y no es por haber roto con mi novio hace cinco minutos. Si lo he hecho ha sido por convicciones éticas. Raro, ¿verdad? Supongo que en otro mundo lo extraño sería decirle a tu novio que vas a salir y que él te diga en respuesta –y cito textualmente– un nada manipulador “¿por qué no me quieres?”. ¿Y qué decir ante algo así…? Ni idea.
Uno de los hechos que he podido constatar últimamente es que me faltan palabras.
Me llaman, me conecto, veo a Eva, parece cabreada… pero debería entender que ella nunca ha formado parte de mi –por lo demás monógama– relación.
–Alejandro estaba hecho polvo –recita sin formalidad alguna refiriéndose al que ahora es mi exnovio–, ¿no eres capaz de pensar en él?
–No sabía que estaba hecho polvo. Es difícil saberlo. Adiós.
Lo siento mucho, de verdad. Seguro que Alejandro sería un tío cojonudo de haber escogido otras opciones, pero no puedo o no consigo participar de esto. La gente no te dice “¿qué tal estás?”, sino “ya no me llamas”. “Nadie me amará”, en lugar de “¿quieres una copa?”. ¿Desde cuándo se ha convertido el malestar en una moneda de cambio o, más bien, en una especie de arpón? Pensé que Alejandro pasaba por un bache, pero él era un bache. ¿Cómo alguien puede comenzar una relación de esa forma? Es como encadenar con grilletes a tus amigos pretendiendo que así te quieran. Supongo que el síndrome de Estocolmo debe culminar en sexo duro.
Nunca he encajado, doy gracias a mis padres, pero a la vez y como decía, es frustrante. Nunca he encajado, cierto, pero con eso y con todo prefiero construirme fuera del puzzle, porque la alternativa es una especie de foso de egoísmo sobre el que prefiero saltar. Son pequeñas manipulaciones, pero llevan a grandes mentiras, chantajes, sobornos, infidelidades… Y cristalizan en la mentira más estúpida de todas.
Me siento en un parque, sobre la hierba y sigo tomando mi refresco a pequeños sorbos. Soy un temerario, me digo sonriéndome.
La verdad es que ni siquiera me ha dado tiempo a enamorarme… con lo que me gusta estar enamorado… Puta mierda... Por lo menos tengo la impresión de que mi experiencia se torna en aciertos vitales. Dese luego no debía enamorarme de él.
Pero critiquemos, eso nos hace permanecer en la persistente ilusión de nuestra inteligencia, como si ésta se basara sólo en la capacidad analítica, dejando de lado qué forma adquiere esa capacidad analítica y hacia dónde se encauza.
Bueno… Sonrío. Me siento bien. Y eso sin hacer balance de los acontecimientos.
La verdad es que no sonrío porque me sienta bien ni me siento bien porque sonría. Creo que la frase exacta es “sonrío y me siento bien”.
Cuando éramos niños nos enseñaban un poema que decía así: Las personas somos vasos vacíos, programas que no dicen nada, cerebros sin ideas. Pero algunos pensamos.
Ni qué decir tiene que llamarle poema a eso era como atracar a la pobre poesía en su caja de cartón. Y por supuesto era un vano ejercicio de autoimagen refinada. El comentario estándar venía a decir que somos inteligentes porque nos damos cuenta de los males del mundo o alguna chorrada así. ¿Comentario estándar? ¿La crítica como un callejón sin salida? No es para mí, gracias.
Un policía se acerca, de hecho, va directo hacia mí.
¿He dicho ya que soy un temerario? ¿Sí? Pues lo decía por esto.
–¿Está usted descansando? –me interroga.
Le respondo con un rotundo “no”.
–Circule o me veré obligado a ponerle una multa –intenta buscar cierta complicidad–. Usted conoce la ley –¿no contrasta con todo lo demás ese procedimiento miserablemente empático de la policía? El acercamiento lleno de comprensión aparente y una afinidad vacía es tan distinto a toda relación interpersonal que casi es violento. Pero lo violento es, precisamente, esas relaciones en las que el poder se convierte en el canal para la comunicación. Supongo que es inteligente –esta vez sí– crear un sistema en el cual toda posible rebeldía no hace sino reforzar la percepción que se tiene sobre el propio sistema: la crítica se cierra sobre sí misma en un suicidio limpio.
Volviendo a la realidad del policía… Uno no puede detenerse por nada, sólo por el simple placer de hacerlo. Es un delito tipificado en el código penal.
¿No es creíble? Tal vez, pero es lo que me está ocurriendo.
–¿Es usted feliz? –le pregunto sonriente, lleno de curiosidad hasta tal punto que, para mi sorpresa, las palabras se me han escapado. ¿Por qué estoy tan tranquilo?
–Puedo meterle en la cárcel por esto –me recuerda. Sí, a un policía no se le puede someter a esa clase de cuestiones. El código penal y todo eso…
–También puede responder –espero que no se tome mi sonrisa como un reto, porque sólo quiero saber la verdad, nada más. ¿No me estaré arriesgando estúpidamente por nada?–. ¿Es usted feliz? –insisto con fuerzas renovadas en medio de esa felicidad que se me dibuja en los labios.
–Tú tampoco –me recrimina el policía dejando de lado esa extraña y gélida cortesía tan típica del cuerpo y desvelándome a la persona que se esconde bajo un uniforme del todo impersonal y un reproche repleto de negación a varios niveles. Pero es una conversación sincera y lo celebro. Y además le respondo.
–Siento que hayamos construido un mundo como éste –digo.
–Eso no vale de nada –me responde. Esbozo una sonrisa, no puedo evitarlo, aunque me siento en la obligación de contestarle a mi vez con algo más que ese gesto.
–No crea, yo ya lo reconstruido.
Por supuesto el amable policía me detiene.
Vivimos en un mundo que es justo como la gente quiere que sea.
Y eso puede ser brillante.