¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Más allá de las palabras

Miss Carrousel, el final se me hizo tarde. xD

Más allá de las palabras:



Nebulosa –de un tono intenso, como el dibujo del amanecer al trepar por la aurora– es esa silueta que escapa a mis pensamientos, porque darte forma sería soñar la realidad en lugar de atraer al sueño. Las letras se deshacen al intentar decirse y se contemplan unas a otras estrellándose contra el anhelo de lo posible, al otro lado de lo que no se puede cercar. Los segundos no consiguen adelantar al tiempo y las palabras son sólo fragmentos de realidad que nunca se transformarán en carcasa porque el mundo las mantiene en el límite del relato, allí donde callan un silencio sencillo que grita todos los secretos.

Intentar encerrar a alguien en una idea debería estar penado con la decepción, afortunadamente los cerrojos aún no saben atrapar una sonrisa en la forma de sus llaves ni son capaces de susurrar la cadencia de la lluvia cuando respira el otoño. 

A fin de cuentas los grilletes y las alas comparten la almohada cuando se escapan del poema y renuncian a ponerle un nombre a tu voz.

Así pueden escuchar y liberarse, sin quebrarse bajo la grandeza de un solo verso.

Entonces la infinitud resuena como la inmortalidad de las palabras, las cuales nunca fueron mártires a punto de ser fusiladas por la estrechez del significado, sino un movimiento lleno de curiosidad por señalar esa creación que no gobierna el color de tus labios.









sábado, 15 de noviembre de 2014

Buscadores de palabras

“Mientras estamos dormidos en este mundo, estamos despiertos en el otro”.
SALVADOR DALÍ.

Buscadores de palabras:

Me levanté con un terrible pensamiento rondándome junto al despertar: “el mundo hoy está un poco más muerto”. Así de simple, así de crudo. Era un pensamiento seco, como si fuera producto de una erosión inevitable, sólido, inamovible e impenetrable, descorazonadoramente macizo. Un pensamiento que en definitiva ya había caído ante la lámpara de una reflexión infructuosa. La resaca tras una noche de abstinencia.
            Expulsé el humo de mi cigarro, hoy teníamos caso.
El primer paso era siempre el mismo: una búsqueda rutinaria y minuciosa por los diccionarios, porque a veces –sólo a veces– las palabras se habían refugiado en su interior como si fingieran ser cadáveres o criminales –en ocasiones incluso se escondían en lugares que no les correspondían–. Pero, para ser sincero, eso apenas ocurría.
Claro que había que asegurarse, al fin y al cabo somos profesionales de la investigación, el aburrimiento es casi preceptivo.
El caso anterior había sido complicado: sinceridad. Ésa fue la palabra desaparecida, la verdad es que durante aquella semana se notó su ausencia. Por supuesto que había palabras como honestidad o franqueza, pero no eran la pura sinceridad. Teníamos suerte si un pequeño porcentaje de esas palabras desaparecidas u olvidadas eran como oligofrenia: empleada en un contexto específico que delimitaba la búsqueda, divertida, sonora y totalmente incapaz de no llamar la atención. Claro que pedirle a una palabra que se estuviese calladita nunca podía ser algo demasiado inteligente…
Nos montamos en el aerodeslizador con destino a la Planicie de la expresión. El sol quemaba las grietas que se abrían sobre el desierto y los árboles retorcidos y secos se erguían en rebeldía contra el texto.
Y yo no dejaba de pensar en aquella mujer columpiándose sobre los relojes, Elli, que pensativa nos había ofrecido una recompensa exorbitante. Y no dejaba de darle vueltas a sus últimas palabras “el problema es que creo que no es un término como tal, que no es una palabra al uso, pero es…”, se quedó en blanco tras pronunciarlas, bloqueada en medio de una frase que se desvanecía en su génesis. No podía continuar y sus ojos pedían una respuesta. Ella no tenía miedo, sólo estaba confusa, pero a mí había algo en todo aquello que sí me inspiraba un profundo temor. Respeto, decían los ancianos. Yo no usaría esa palabra: el respeto me lo inspira la gente respetable, no las situaciones que me dan escalofríos. Y había algo en todo aquello que no me cuadraba en absoluto.
Aunque durante días no habíamos encontrado nada que pudiera describirse como una pista –siquiera como un indicio–, unos rumores que no resultaron baratos nos susurraron el lugar en el idioma de los óleos anegando la fantasía: la Torre de la golondrina, más allá de la Planicie de la expresión. No me gustaba jugarme la vida por rumores, aunque les hubieran puesto un precio muy alto y aunque ese precio jugara a ser la ilusión de que la información era realmente útil.
Basia conducía, llevaba gafas de sol y una camisa hortera.
–Se dice que la Planicie de la expresión es segura por la noche –comento recordando una partida de billar, unos labios llenos de picardía y un whisky que no me hizo olvidar tantas cosas como me hubiera gustado.
–Se dicen muchas gilipolleces, por eso nosotros buscamos palabras perdidas –me contesta ella sin apartar la vista de la carretera–. Puedo poner música, si quieres –dice mirándome de reojo, sabe que he tenido un mal despertar. Ella siempre lo sabe.
–Muchas gracias, pero lo estoy dejando.
–Intentas darme la razón –me espeta riéndose.
–Falta algo –le aseguro.
–Nunca paras de trabajar –la afirmación se le resquebraja en los labios.
–Se ha roto, lo notas –también en los míos.
–Joder… sí que falta algo –se da algo de tiempo y vuelve a intentarlo–. Nunca paras de trabajar ni en el trabajo… –se esfuerza en decir, pero parte del mensaje se pierde antes de rozar la realidad, desfragmentándose en imposibles. Después ella se queda en silencio, pensativa.
Falta sátira, falta filosofía, ironía y curiosidad. Falta amor y falta vida. Y Basia aguarda cavilando entre posibles como manantiales y escaleras de imposibles que se cruzan por doquier. Y reflexiona porque se muerde el labio y se muerde el labio porque reflexiona.
Llegamos a la Planicie de la expresión, donde moran esos extraños gigantes que arrojan letras a lo lejos –generalmente allí donde haya algo que se parezca a gente–. Un territorio inhóspito, arrasado por letras capitales de un tamaño que a nadie le acaba de convencer –exceptuando por supuesto a los atareados gigantes–. Basia conduce bien y es una maga escribidora, no tenemos de qué temer. Aún no.
Poco a poco los gigantes se van perdiendo en el horizonte de los desiertos y llegamos ante un árbol nudoso y negro como el carbón. Y, sobre todo, llegamos ante una torre, azul y alta como una aguja recortándose contra los soles.
Basia detiene el aerodeslizador. Nos bajamos. Cuando pone un pie sobre la arena la argolla de su muñequera de hierro comienza a vibrar en contacto con los vientos blancos que están por llegar.
–¡Ponte detrás de mí! –me ruge contra el viento, mientras el color blanco va llevándoselo todo, mientras va barriendo el paisaje y va engullendo la realidad–. No son palabras –recita ella mientras crea un círculo sintagmático en cuyo interior estamos a salvo–. No son palabras, son promesas y recuerdos que usamos cuando el camino se esfuma, cuando desconocemos el mundo. Son el círculo al que le robamos el tiempo, el mismo tiempo que sólo devolveremos con nuestra vida –el hechizo que trazan sus manos y sus cánticos nos protege del color blanco. Yo cojo mi pincel y, sobre ese lienzo que es el mundo, murmuro mis plegarias y dibujo y pinto las cosas hasta que éstas, conjuradas, deciden regresar. Y respiro hondo al acabar. Y me digo:
–Hay algo obvio que nos ha faltado desde que comenzamos a investigar –lo saboreo, pero aún no sé qué es.
–Explosivos –señala ella contrariada porque, de nuevo, no logra decir lo que se propone.
Miro la torre y pienso en lo que habrá en su interior… De repente mi cabeza estalla en un aluvión de ideas haciendo equilibrio sobre lo evidente.
–¡Pero qué idiota he sido! ¡Los ojos de Elli no pedían una respuesta, pedían una pregunta!
–¡El puto signo de interrogación! –recuerda Basia llegando a la misma conclusión–. Me cago en la puta… ¡con razón estábamos diciendo cosas sin gracia, ¡yo quería preguntar! –me abraza con alegría, sonríe–. Aunque estamos en el culo del mundo…
–Pero al menos ahora ya sabemos a qué le estamos siguiendo la pista –digo animado.
–Espero que se haya escondido por aquí –dice revisando el aerodeslizador–, en serio. No me apetece nada tener que irme al quinto coño para poder preguntar idioteces. Me sorprende que hayamos podido aceptar siquiera este caso si nadie podía interrogar acerca de nada de nada…
Yo extraigo un sello terminológico de uno de los bolsillos de mi guardapolvo. Si el signo de interrogación está en la torre no tendrá escapatoria, si bien reconozco que es una aberración tomar una palabra por la fuerza y dejarla impresa en un papel, aunque sea temporalmente. Sobre el papel la palabra muere… o al menos entra en un coma profundo que se parece demasiado a la muerte o a la exégesis.
Confieso que ardo en curiosidad por saber qué demonios hizo que la interrogación tuviera que huir. Tenía, por supuesto, numerosos enemigos, fanáticos de todo tipo, contenidos sin ideas, y toda esa calaña que decían defender la libertad para añadir un significativo pero más o menos a la mitad de la frase. No obstante y del mismo modo había importantes grupos de gente que hubieran dado su vida por las preguntas. No creo que tuviera deudas y, sinceramente, dudo mucho que precisamente ella, la interrogación, le hubiese puesto fin a absolutamente nada.
Me enciendo un cigarro.
Mucho antes de exhalar la primera calada ya he decidido guardar el sello terminológico, estoy convencido de que emplearlo sería un grave error.
Siento ganas de romper el papel, pero no lo hago. En cualquier caso hablaré. Me odiaría a mí mismo si no pudiese hablar en este momento. Siempre hemos ido en busca de respuestas. Hoy no. Y me alegro.
Basia y yo nos miramos, nos ofrecemos pasar primero y, tras unos amagos de cortesía abiertos por lo ridículo, entramos en la torre.
Esta vez en busca de preguntas.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Æternodux

A Mole que no sabía arquear las cejas pero bajaba el pelo y a lo feliz que me hizo su amistad.

Æternodux:

            ÆTERNODUX. En cada lívida pared de la habitación puede leerse esa palabra, grabada en un negro intenso. No sé dónde estoy, pero la palabra en cuestión me sugiere inevitablemente una larga cadena de información, connotaciones y sucesivas emociones. Dicen que fue el nombre de una empresa, que tal vez es el nombre del sistema socioeconómico que nos rige… un sistema que entra en una crisis cíclica y aceptable en costes humanos. El término en sí es usado con un significado invariablemente positivo, de hecho es tan empleado que no quiere decir nada en absoluto. Y en cierto modo es apropiado porque no sé dónde estoy y supongo que podríamos decir que la cualidad de lo incierto es la que modela mi presente más inmediato.
            La superficie del techo emite una luz fosforescente muy potente, blanca, que daña mis ojos al alzar la cabeza.
Activo la red, está inhabilitada. Jamás había visto nada igual. Sólo me comunica la presencia de dos personas. ¡Dos personas, nada más! Comienzo a sentirme solo y desgobernado, escupido a un vacío absurdo e irreal. Las paredes de mi estómago se están cerrando y siento la acidez del vómito que se anticipa a mi terror. Me transmito atrapado, sin aire, intento respirar pero me cuesta, apenas puedo… las piernas no responden. Trato de aferrarme a una pared sin aristas ni asideros y acabo deslizándome por ella hasta el suelo y vomito. Las dos personas me miran como un espectáculo tan ajeno que no parece que nos separen siete metros, sino todas las distancias virtuales a la vez. Esas figuras ante mí están quietas y apenas reaccionan ante esa pantomima que es mi cerebro colapsado por una realidad que no puedo manipular. Ni siquiera puedo activar otros entornos, no puedo conversar ni viajar. Por primera vez en mi vida me siento atrapado en este cuerpo. Y siento el terror más absoluto al saberme en una soledad extrema, intensificada si cabe por la presencia de extraños. Y me resulta sórdido y grotesco tener que asistir a una escena que no deseo contemplar. Mis derechos se están fracturando ante el precipicio de las imposibilidades más impensables y mi mente late acorralada, obstinándose bajo la esperanza de futuras reclamaciones.
Intento salir de la habitación, pero la red está confinada a estas seis paredes, como si se tratara de una cárcel para mi mente. No lo entiendo: ni siquiera en una prisión de máxima seguridad puede mutilarse la red. La red es eterna.
Es cierto que hay dos personas ante mí, un hombre asiático, tal vez japonés, y una mujer alta y caucásica, probablemente eslava. Les miro. Me sincronizo con ellos, qué remedio. Sienten miedo y confusión. Seguro que ellos ya se han sincronizado con mis sentimientos. Y seguro que yo siento miedo y confusión.
–Who are you? –pregunto, pero el traductor no se activa, en realidad no quiero hablar con ellos, quiero estar lejos. Retrocedo un par de pasos.
ここはどこだ?閉じ込められたんだ? –interroga el hombre. Huelga decir que no entiendo lo que dice. Está muy quieto. La pared no me deja seguir hacia atrás, pero intento alejarme todo lo que puedo.
–Не знаю почему мы здесь, но надо что-то делать –dice la mujer hablando rápidamente y mirando a todas partes como un ratón en una jaula, como si ya hubiera comprendido que no podrá distanciarse de nosotros dos más allá de los límites de la sala.
Hubo un tiempo en el que había una lengua común que la gente aprendía. Pero ahora necesito salir de aquí. Introduzco la mano en el hueco que dejan los grabados que forman las letras de ÆTERNODUX, no encuentro resorte ni irregularidad alguna. Miro hacia la chica posiblemente eslava y noto cierta determinación a través de los canales emocionales, resolución por sobrecompensación. Intenta saltar en un fútil gesto hacia el techo que, por lo demás y como todos los techos, está demasiado alto. Se cubre los ojos con el brazo para protegerse de ese fulgor fluorescente. Yo continúo palpando la pared, aunque lisa, quizás me dé alguna pista: hemos entrado a esta sala de algún modo.
Paso varios minutos buscando en vano y el mundo que es esta sala y sus ocupantes va perdiendo color, adquiriendo un tono grisáceo, demasiado brillante.
El japonés, deseoso de fingir utilidad, se lanza a explorar el suelo con un afán que roza el ridículo.
No encuentra nada.
Y nos miramos los tres, separados por un abismo de gélida ruptura que, pese a todo, no consigue dejarnos en una zona de confort a ninguno de nosotros. La decepción por triplicado se digitaliza a través de nuestras neuronas mientras la desconfianza se funde con estas paredes que dicen ÆTERNODUX en el más flagrante mutismo.
–And… how long have we been in here? –probablemente no iba a ser una pregunta muy esclarecedora ni aunque pudieran entenderla– ´Cause more than two minutes is enough to be so fucked up –sólo era una constatación de los hechos.
No sé qué hacer, de modo que, –como un inevitable acto reflejo– intento entrar a la red sin resultado. No tenemos ningún mensaje público, yo no tengo ningún mensaje privado y… ¿¡cómo no lo he mirado antes?! ¡Mi historial! ¡Está borrado! No hay rastro que permita contactar con absolutamente nada. No queda rastro de mí y me siento una carcasa muerta y vacía y perpleja, sin más información que estos nuevos registros incomprensibles para mí. El tiempo decide esquivarme en su transcurrir mientras intento asimilar la realidad que se presenta ante mí como una onda distorsionada. La desesperanza lejos del mundo me atraviesa y me siento náufrago en una soledad tan profunda que ni siquiera tiene lugar mi existencia. El japonés y la eslava me miran con una expresión estúpida, naturalmente encierro este último análisis bajo un código que siempre consideré –erróneamente supongo– infranqueable.
El japonés da una palmada para llamar nuestra atención y señala al suelo. Hay dos oquedades esféricas.
種類のドアかもしれん –declara con cierto entusiasmo haciendo un gesto que sugiere pasar a través de algo.
–I don´t know what the hell´s that –respondo desanimado–, but it doesn´t seem to be a damn door.
А зачем такие странные дыры? –se lanza la eslava, con la palma de la mano hacia los agujeros–. В любом случае, поскольку у нам нет доступа к сети, вероятно мы не выживем. Так что... это пиздец.
De repente, su carga emocional me llena como una ola de inefable resolución, me mira y cabecea hacia el japonés.
Y vuelve a mirarme significativamente.
Y dice:
–Ну, все заебало, помоги мне!
La luz del techo, como si se hubiese activado alguna clase de sensor, comienza a parpadear a un ritmo frenético.
Ella barre las piernas del japonés de una patada que sugiere entrenamiento, flexibilidad, violencia… Él cae, ella se pone encima y comienza a golpearle puñetazos, apenas encuentran resistencia, resuenan con una fuerza tremenda, secos, casi ahogados. Coge su cabeza, la estrella contra el suelo una y otra vez. El hombre grita algo incomprensible. Hay sangre en el suelo. Ella hunde sus dedos en sus globos oculares, le arranca los ojos. Sus manos están llenas de sangre. El hombre simplemente grita, pegando unos alaridos espantosos mientras intenta cubrirse las cuencas sanguinolentas con las manos. Comienza a temblar. Luego se para.
La chica introduce los ojos en las pequeñas oquedades y la luz fosforescente se detiene, se establece y baña la habitación en un continuo blanco y purificador que aparece con alivio para mí.
No logro comprender nada de lo que está pasando. No sé lo que estoy viendo, no capto su finalidad ni el posible beneficio y siento verdadera preocupación por mi integridad física.
Una voz robótica y masculina, metálica, inunda la sala hablando en lo que creo que es español.
–El sujeto de pruebas 7-3-5 ha sido eliminado en el entorno B-13. Si usted forma parte de la muestra de nivel 1, aléjese del sujeto de enlace tanto como le sea posible. Si por el contrario usted forma parte de la muestra de nivel 2, por favor, no dude en acercarse al sujeto de enlace.
La mujer y yo nos miramos, aguardando.
El mensaje se traduce. No obstante no entiendo lo que dice.
Pero ella pone cara de circunstancias y la luz comienza a temblar intermitente.
Tengo que pensar, seguro que hay una forma de ponerle fin a todo esto.
Espere, creo que usted tiene el poder de detenerlo.
¿Acaso disfruta usted con esto?
¡Escúcheme, sé que no es la forma más inteligente de conseguirlo!
            ¡Pero pare de leer!
                        ¡Se está acercando!
                                    ¡Pare ahora, por favor!