¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, caballeras y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 1 de mayo de 2015

Negarlo todo

Negarlo todo:

            El pasador del pestillo quedó trabado con un sonido hueco y profundo. Ella, agotada, se apoyó contra la puerta. Suspiró dando un resoplido que convocaba toda calma que pudiera haber en la habitación, poca. Últimamente no dormía bien. Necesitaba un baño, se merecía uno. Fue al servicio, miró por la ventana. Se estaba nublando y tenía que poner flores en el alfeizar. Y estaría bien comprarse un perro para que le hiciera compañía.
Sonrió: no le gustaban esos pensamientos, creía que parecía una persona sola.
Se miró al espejo.
Veía dos ojeras oscureciéndose cada día más y cercándole sus ojos azules, observaba unos labios sonriendo en una mueca melancólica y rayana en lo desagradable, y contemplaba indecisa una barriga enorme. Le repugnaba su aspecto. No obstante se había dicho que tendría al niño. No tenía la culpa de nada de lo que había pasado. Iba a ser su primer hijo y era una historia triste. Ella quería cambiarla pero no se sentía bien, el embarazo le estaba dando problemas. Había gente que vivía todo aquello con una felicidad tan pura que despertaba en ella un sentimiento de ridículo agotado. No sabía por qué ella se merecía eso.
Y la soledad.
Y además estaban los sueños, extraños, oscuros, terribles. Pero no quería llamarlos pesadillas.
–Mátame –decía su bebé–. Mátame –una y otra vez.
Luego ella despertaba, se incorporaba a causa de la impresión, algunos días vomitaba, se encogía contra sus rodillas, comenzaba a temblar y lloraba.
Hoy procuraría relajarse.
Sacudió la cabeza, estaba en el agua, disfrutando de un baño caliente.
¿Su casa era así? El papel de las paredes estaba descolorido, el suelo estaba cubierto por planchas irregulares y pútridas ocultando la piedra bajo él. Los cristales tenían pequeñas manchas dejadas por una lluvia sórdida. De repente notó como la casa latía, fue una sensación totalmente clara, la más diáfana y oscura que había tenido nunca, como si la paranoia se instalase en la mentira de una calma aparente y las pesadillas estuvieran desgarrado su propio límite derramándose entre la realidad. El latido del piso llenó su propio corazón, sincronizándose en un ritmo lento, en una intensidad que se sentía como una enorme presión vaciando su pecho, llena de angustia.
Salió de la bañera sin secarse, las bombillas se sucedían colgando del techo, solitarias. Había algo sucio cubriéndolo todo.
¿Su casa era así? ¿Desde cuándo estaba en este lamentable estado? ¿Su casa era así?
Miró la puerta de entrada ante ella, sintió algo a su espalda trepando bajo un terror indeciso. Corrió hacia adelante y descorrió el pestillo.
La puerta no se abría y el mundo le cortaba la respiración abalanzándose sobre ella y empotrándola contra esa puerta que no la dejaba escapar. Golpeó la madera con los puños. Se hizo daño, moratones que se llenaban como sangre en una aguja hipodérmica. Su piel se hinchaba, el hueso la hería como si deseara salir de entre la carne.
Corrió hacia las ventanas, no se abrían. Intentó destruirlas arrojando una silla contra el cristal. No se rompía. Los vanos parecían licuarse en la pared, fundiéndose con la misma habitación, ella gritaba. Ella gritaba y lloraba. Sentía la casa a punto de hacerse añicos a su alrededor.
Rugía, pero ya era miedo y no odio lo que escapaba a través de su voz. Se acuclilló sollozando sin fuerzas, era una refugiada en la esquina del salón.
Se aproximó a la mirilla, dudó unos instantes, su estómago comenzó a constreñirse en una espiral imposible, empezó a devorarse tal vez para consumir su propio miedo que se había asentado tras el rencor más oculto, dolía. Al otro lado de la pequeña abertura circular que se asomaba desde la puerta no había visión. No veía negro, no veía absolutamente nada. Si miraba a través, no tenía ojos. A cambio oía el llanto de un bebé, berreando entre las sábanas de todas las noches en vela, pidiendo a su madre, implorando su mundo. Y después el mismo aire enrarecido cambiaba, más denso y vacío a la vez, y ella volvía a oírlo:
–Mátame –insistía su bebé una vez más–, por favor –suplicaba.
Dio dos pasos hacia atrás espantada. Se cubrió la tripa con las manos. Y bajo ellas comenzó a notar movimiento.
El tacto era viscoso, delgado, constante.
Vomitó al ver esos gusanos saliéndole a borbotones del ombligo sanguinolento, sobre su tripa redonda, arrancándole la piel, escapando de su interior. Y era tan doloroso que no podía ser algo suyo.
Tragó saliva mientras la cordura comenzaba a dudar de su propia presencia.
Y gritó. Fuerte, llena de lágrimas.
Y la sangre manaba y las larvas seguían naciendo, parásitos devorando su interior y sus sueños. Se los quitaba con las manos llenas de sangre, caían al suelo y comenzaban a moverse como latigazos contra su realidad. Y la sangre manchaba los tablones y el papel de las paredes. Ella se llevó las manos a la cara para no seguir contemplando el brillo de la bombilla que la iluminaba. Después, demasiado cansada como para seguir llorando, siguió quitándose esos parásitos que desgarraban su estómago en medio de su tormento y su terror. Dolía. Y caían. Y se movían.
Esto era una pesadilla…
¡Su casa no era así! Su casa no podía ser así…
Y los gusanos… ¡Y el espejo!
Al otro lado del espejo se vio a sí misma: trataba de decirse algo, parecía desesperada, como si sólo le quedasen unos pocos segundos y un puñado de palabras. Su reflejo golpeaba el cristal azogado con los puños y ella la miraba, con la vista perdiéndose entre lo que, desligado, ya no podía representar nada.
Apenas sí podía oírse.
Ya no entendía qué hacía allí, a ese lado del espejo.
Las palabras que se decía parecían no llegar, difuminándose en la disonancia que la separaba de sí misma.
Su casa era ésta, maltrecha, aguantando su respiración debajo de cada viga, soportando su corazón entre las grietas atrapadas, mientras los ciempiés comenzaban a salir para danzar con los gusanos.
Sin fuerzas, sin fuerzas…
El espejo se rompió, quizás había sido ella.
Quizás era lo único que podía romper.
Pero al otro lado del espejo alguien –una parte de sí misma– sentía un profundo dolor, totalmente distinto a todo cuanto pudiera acontecer en el interior de aquella pesadilla.
Un dolor desde fuera, extraño y sereno.
Pero que se iba apagando como un eco que se sabe mudo.

El jardín de la calle había reunido a dos vecinos que trataban de hacerse entender por encima del ensordecedor sonido de las sirenas, a este lado del cordón policial.
–Dicen que cogió un cuchillo y lo… esto… ex… extrajo, y murió.
–Es horrible.
–Dios, debía de estar loca.
–¿Cómo se llamaba?
–No lo sé…

4 comentarios:

  1. Vaya escena Jorge!, descrita perfectamente, al detalle, una ficción hemoglobínica y muy gore... Se puede ver la imagen descrita y el contraste que supone ver de telón de fondo una tristeza y una soledad muy profundas casi irreparables.

    Un abrazo! :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu comentario, Sofya! La soledad es, como la muerte, una fuente de miedo, y es que se parecen mucho la una a la otra en el sentido de que, en ambas situaciones, el hombre se cree prisionero de sí mismo separado del mundo. Evidentemente la muerte no puede ser concebida de mala manera por el vivo, pero la soledad en cambio es una experiencia conocida y angustiosa. Por otro lado cometemos un error al pensar que la muerte consiste en una mente consciente atrapada en un cuerpo inerte de forma metafórica, que tampoco creo que nadie se lo plantee realmente así (del mismo modo que la soledad puede ser una prisión para la mente). Por supuesto es propio de la naturaleza humana no desear ni una cosa ni la otra: Eso nos ha brindado la oportunidad de relajarnos y relfexionar en estas cosas con la facilidad de palabra que nos da sufrir o no la soledad y, desde luego, no estar muertos. El ser humano es un animal social, los ermitaños no suelen estar muy bien de la cabeza.
      Un abrazo! ^_^

      Eliminar
  2. Tremendo relato, Jorge. Las descripciones son terribles, pero necesarias para lo que querías contar.
    No das los suficientes datos como para que el lector piense que es una hermitaña. Claro que no está bien de la cabeza pero no sé si su soledad es buscada o simplemente no tiene a nadie a quien recurrir que la ayude en su situación. Tal vez sea un poco brusco el comienzo del horror, porque apenas unos párrafos antes habías mencionado que el sentir el latido de la casa le había proporcionado una sensación diáfana, que remite a algo luminoso. Me parece que el adjetivo no es el adecuado para pintar la escena o lo que sigue necesita de una transición.
    Es evidente que ella no quiere tener al bebé, pero me gustaría saber qué precipita la decisión siguiente en forma tan repentina.
    Es apenas mi opinión, porque el texto me gustó y el final es espeluznante.
    Un abrazo, Jorge.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu visita y comentario, Mirella. He hecho algunas correcciones respecto al latido (muchas gracias por decírmelo, porque creo que ni corregido trasmito bien lo que quiero), por otro lado este texto, como buena parte de los relatos que escribí el año pasado (en general publico cosas con un año de retraso) me parecen poca cosa. Aunque ese año tuve un punto de inflexión algo tardío que aparecerá en agosto por el blog. Me alegro de que te guste el texto a pesar de las inconsistencias: como bien dices, todo es demasiado precipitado, aunque imaginé como tú que la pobre protagonista llevaba ya bastante tiempo mal de la cabeza. Con respecto a su soledad, aunque pudieran tener relevancia los motivos, en el momento del texto lo que importa es que no puede recurrir a nadie. Ella no quiere tener al bebé y además hay simultáneamente grandes porciones de realidad que trata de negar o que trata de hacer que encajen para que se ajusten a sus deseos sin conseguirlo. No creo que sea algo particularmente motivado por el asunto del retoño, pero sí que funciona el embarazo no deseado como catalizador. Imaginé que ese proceso (largo y que abarca diversos aspectos de su vida) la lleva a perder contacto con la realidad y que, una vez que no hay contacto, sólo vive una pesadilla. Si me parece fallido este relato es porque creo que no consigo transmitir todo eso, pero tomé nota en su momento (creo). Muchísimas gracias por tus dudas y correcciones, me esforzaré para aprender lo máximo de ellas. Seguramente ponga en breve por aquí un texto que acabo de escribir, para que veas el camino que sigo, aunque sea un poco de sopetón.
      ¡Un abrazote, Mirella! ^_^

      Eliminar