¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 15 de agosto de 2015

Kalani y Audrey


“Trató de enterrarme sin darse cuenta de que
yo era una semilla
y cuanto más hondo me enterraba
más fuertes se volvían mis raíces”
AMARNA MILLER.

Kalani y Audrey:

La ciudad se deslizaba bajo la luz del día como un amasijo de verde y cristal mientras Kalani le daba la espalda en la distancia. Las grietas en el cemento crecían impasibles sobre el tiempo y las ambiciones de los hombres antiguos, y las raíces nudosas quebraban esa piedra que, sabiéndose duradera, se creyó inmortal. Un cartel oxidado y enorme se erguía a un lado de la autopista como un sinsentido al reivindicar una época perdida y equivocarse de rumbo en los dominios del recuerdo.
Kalani se rascó la enorme cicatriz que surcaba su hombro izquierdo, se volvió mientras caminaba y echó un último vistazo hacia aquellos edificios inmensos y absurdos. El paisaje se contoneaba como una serpiente y el sol aproximándose al horizonte sudaba por toda su piel.
Tenía tanto calor que llevaba su casco y sus gafas de piloto colgados en la mochila.
Y siempre que caminaba bailaba un poquito, imaginando canciones llenas de ritmo en su cabeza. Porque sobrevivir estaba sobrevalorado, tenía que vivir de una vez.
El terranova que le había salvado la vida hacía tres días permanecía junto a ella paseando con la lengua fuera.
Kalani no sabía nadar y el perro sí, hacían un buen equipo.
Sus cejas rubias se crisparon sobre sus ojos azules cuando aguzó la vista sobre la carretera que estaba siendo devorada por las malas hierbas y los coches desvencijados a partes iguales.
Arrugó la nariz y dejó que su mano se deslizara hasta la culata del revólver.

–¿Qué sabes de los Cuchillos? –interrogó Audrey, como primera pregunta Kalani no la entendió muy bien. La pequeña supuso que así se llamaban los bandidos que se había encontrado en la ciudad.
–Se cogen por donde no corta, ¿no? –respondió la menuda Kalani atándose una de esas zapatillas desparejadas que calzaba.
–¿Qué haces en una ciudad? –siguió Audrey. Hablaba a toda velocidad, su voz era casi tan aguda como la de Kalani y Kalani era casi tan alta como ella.
–Cojo cosas y luego las vendo.
–Nadie vive en la ciudad: la caza es peligrosa y no hay apenas lugar para cultivar, sólo hay bandidos nómadas. Habría que ser estúpido para…
–Por eso voy allí –la interrumpió Kalani con lo que tal vez fuera una dignidad que Audrey no se esperaba–. Suele ser tranquilo.
–Estamos muy cerca del desierto, ¿cómo has sobrevivido? ¿A cuánta gente has matado?
–Uno. No, dos.
–¿Dos? ¿Dos personas? –repitió Audrey sin llegar a creérselo.
Kalani asintió concentrada en los cordones de sus zapatillas. Creía que no sabía atárselos muy bien.
–Hago negocios –la niña se encogió de hombros y se meneó un poco para que la correa de su mochila se ajustara sobre su hombro–, quepo en muchos sitios y corro rápido.
–¿Cuántos años tienes?
–Yo diría que unos doce, no estoy muy segura –soltó despreocupada–. ¿Los cuchillos son una banda? ¿Son los de la ciudad? –curioseó Kalani mientras intentaba hacerse una pequeña trenza en el pelo para desistir después, sus cabellos cortados de forma rudimentaria estaban cubiertos por una capa de mugre que impedía cualquier intento de experimentar con ellos–. He matado a uno de ellos, vamos, supongo que sería uno de los Cuchillos. Un cabrón que estaba violando a un tío al que también maté –Audrey le lanzó una mirada salvaje que detuvo su discurso–… bueno, él me pidió que lo matara, o sea… no tenía brazos e iba a morir. Creo que aparte de violarlo se lo estaban comiendo a cachos. Al principio maté al… esto… maté al que se jamaban y… –las manos de Kalani se movían de un lado a otro mientras hablaba, tratando de colocar todo en escena–. A ver, espérate… ¡Ah, sí!, luego me escabullí, pero luego volví a por él, a por el hijo puta. Debí haber matado también a los otros. Aunque… el revólver hace ruido –se explicó–. Perdona… me estoy haciendo la dura. ¿Cómo voy a decidir una vida? ¡Una vida! ¡Es una mierda! –dijo mirándola con angustia.
–Una vida siempre es demasiado.
–¿Tú qué hubieras hecho? –le preguntó Kalani.
–Matarles.
–¿Y eso cómo se come?
–No se come, te atragantas –a Audrey le pesaba incluso dar aquella respuesta–. Tienes que aprender a usar esto –le dijo mostrándole su arco–. Es silencioso.
–¿Qué coño es eso? –quiso saber la niña.
–Un arco.
–¡Ppppffff…! –Kalani trató de contener una risotada entre aquellas consonantes–. ¡Qué palabra más tonta!
–Tú vas derechita a la escuela.
–¡Venga ya, sé leer!
–¿Ah, sí? ¿Qué pone ahí? –Audrey señaló al cartel de bienvenida a la ciudad junto al asfalto. Apenas se distinguían las letras entre el musgo, pero supuso que la cría no lo tendría demasiado claro.
–Pues poneee… que Kalani no sabe leer pero es muuuyyy graciosa. Y sabe que las cosas con letras valen más que las cosas sin letras.
–Tienes que aprender, niña.
–Me llamo Kalani, adulta –declaró erguida ante ella.
–Audrey Blake –dijo esa adulta tendiéndole la mano. Kalani extendió el brazo, dudó un momento y finalmente se dieron un apretón. Y encontró algo en aquel instante, algo que creía perdido, y sonrió animada.
–¿Blake? ¿Qué dices? ¡Tienes un nombre detrás del nombre! –la pequeña estaba maravillada–. ¡Joder, es la puta hostia, yo quiero uno! Y le deberíamos poner uno a Doctor Pistacho III… aunque igual eso ya cuenta…
–¿Qué…? –Audrey vaciló y se rió, más o menos en la misma proporción–. ¿Así llamas a mi perro?
–Así se llama –le aclaró con convicción– y me quiere mucho, me salvó la vida. Es guay.
–Se llama Boastwain. Y tú tienes que ir a la escuela. Cuanto más sabes, más difícil es que te engañen.
–¿Estás segura? –receló la niña.
–No mucho –respondió Audrey intentando resultar seria.
El perro estaba olisqueando el camino cerca de ellas.
–¿Y a dónde vamos?
–A mi asentamiento, está muy al norte, pero tenemos un coche por aquí cerca. Será por gasolina…
–¿Y a mí me parece un buen plan? –comentó Kalani distraída.
–El asentamiento es un sitio seguro y tiendo a asumir que a los seres humanos les suele atraer la seguridad y la humanidad, aunque sea de vez en cuando, y que tú tienes mucha suerte de seguir con vida y no estar demasiado loca. He venido hasta aquí para hacerme con estos libros –le dijo Audrey mostrándole su mochila–, son para que un anciano que vive con nosotros me enseñe las posibilidades de la electricidad. Tenemos luz, agua caliente, murallas… Pero necesitamos preservar los conocimientos.
–¿Electriqué? ¿Y no tenías libros de… emmm… eso más cerca?
–Sí. Pero aquí se encuentra una de las mejores universidades. No sólo necesitamos bibliografía general, sino también específica.
–Esto… vale… ¿Y vienes tú sola?
El tono de voz de Audrey adquirió un matiz sombrío, aunque era muy tenue.
–No. Venía con más gente.
–Lo siento. ¿Pero qué interés tienes en mí, eh? La gente no suele querer algo a cambio de nada.
–No tienes por qué venir, Kalani, pero tú no eres una cosa a intercambiar y te necesitamos. A pesar de que no nos fueras evidentemente provechosa, te lo ofrecería igualmente. La elección la haces tú.
–¿Me necesitáis? ¿Por qué?
–Debido a tus habilidades, digamos, inusuales –aseveró Audrey un poco confundida por lo que consideraba una pregunta inútil a una respuesta obvia.
–¡Ah… eso! –exclamó la niña con cierta sorpresa–. Ya… bueno, la verdad es que no tenía ni puta idea. O sea, alguna vez lo habré hecho, no sé, pero… Espera, déjame probar.
Audrey comenzó a reírse a carcajadas mientras Kalani se transformaba en el trazo firme de la concentración y sus brazos se agitaban ante ella como si estuviera imitando una parodia de la hipnosis. Después la niña estalló en carcajadas a su vez, muy entretenida, con una risa entrecortada y velocísima que iba modulándose en un idioma ajeno a la cordura. Hasta que una bofetada se encontró con su diversión.
–¡No vuelvas a hacer eso! ¡La gente no es tan simple, si eres tan torpe te harán algo peor que darte una bofetada! –Kalani se rascó el brazo con gesto culpable, su muñequera de pinchos danzaba alrededor de esa otra que se había hecho con hilo de cobre trenzado. No recordaba que nadie le hubiera dado un tortazo en su vida… y no acababa de entender por qué seguía ahí. Pero algo en todo aquello tenía sentido. Podía enfadarse, podía marcharse, pero se quedó allí, en ese mismo sitio, acariciándose su mejilla roja y escuchando a su intuición y a su cuerpo porque, siempre que su mente no se decidía, sus entrañas hacían lo correcto. Además, toda esa conversación no hubiese tenido ningún sentido si Kalani no hubiera necesitado a Audrey. Y no era una niña tonta. Para eso viajaba, para encontrar a alguien que viajara con ella.
–Está bien –dijo Kalani, y Audrey se calmó más de la cuenta.
–Ha sido poco sutil, pero ha estado mucho mejor, Kalani –reconoció la adulta–. Es creíble. Aun así no deberías robarle a la gente sus elecciones a no ser que tu vida o la de otros estén en peligro.
–Menuda mierda, eso hace que quiera preguntarte mogollón de cosas, ¿sabes? –Kalani se llevó una mano a la sien e hizo presión.
Esta vez la nariz le había sangrado menos, pero la cabeza le había dolido más, como si un ultrasonido se hubiese transformado en un desgarro chirriante, agudo y punzante que estuviese incrustándose en el entramado neuronal para llenarlo de alfileres. Y aunque se había reído, seguía llorando de dolor.

En la carretera distinguía un par de figuras ondulándose en medio del calor, se dirigían hacia ella. Parecían desarmados, demasiado delgados y desorientados. Por supuesto Kalani no dudó en mantener la mano pegada a la culata de su revólver.
Eran un hombre y una mujer.
El terranova gruñía a su lado.
Ella les apuntó, se concentró en el núcleo de la situación mientras el mundo alrededor se desdibujaba y los segundos dejaban de trascurrir delante de los ojos.
Dos figuras ante una sola.
Ellos le dijeron que necesitaban llevarse al perro, que su padre estaba muy enfermo, que habían pasado por todo, que necesitaban comer, lloraban, suplicaban. El significado de esas palabras eran piezas en un puzle que Kalani comenzaba a ignorar, las lágrimas de desesperación pasaban a su lado sin tocarla.
Y ella se cerró en un punto minúsculo de su mente, abriéndose a una gigantesca red neuronal de la que los seres humanos sólo eran una ínfima parte, sin apenas relevancia, pero la parte que al fin y al cabo Kalani podía alterar.
Se transformó en el pulsar de un resorte ignoto. Su fuerza ocupó el lugar de una conexión muy concreta, rotando y encajando.
El hombre y la mujer arrojaron las armas que, como sospechaba Kalani, sí tenían y se fueron por donde habían venido.
Se llevó la mano a la cara, las yemas de sus dedos índice y pulgar estaban teñidas de rojo.
Le sangraba la nariz.
La cabeza le dolía mucho, sentía latigazos recorriéndole las fontanelas y una especie de corriente eléctrica descosiendo sinapsis en su cerebro para volver a tejerlas de nuevo con puntos de sutura y tormento asaltando su sistema nervioso. Consiguió aguantar las lágrimas. Pero se sintió exhausta.
Alguien silbó.
El terranova salió disparado meneando el rabo, ladrando de felicidad.
Un carcaj se dibujó, despuntando sobre una silueta.
Una capucha la apuntaba con un arco a unos treinta metros, entre la maleza. Y ella no sabía lo que era ese trasto, pero trató de apuntar a su vez y que el brazo no se balanceara demasiado bajo su propio peso y el del revólver. Estaba demasiado cansada. Parpadeando bajo el sol, distinguía cabellos del color de las hojas en otoño y una mirada felina y azul que la contemplaba atenta bajo aquella caperuza. Aquellos ojos eran pura tensión contenida, cautelosa y preparada. El perro empujó su cabeza contra la figura, en señal de cariño. Y algo le decía a Kalani que la encapuchada no iba a dudar a pesar de que no la había matado.
Así que Kalani dejó caer el brazo del arma, fatigada.

Un par de horas más tarde Audrey estaba tocando la armónica para Kalani. Se detuvo y miró a la niña que la contemplaba absorta:
–¿Hay algo más que te guste?
–No sé… la gente que no me quiere matar, violar ni comer me gusta bastante –dijo la pequeña.
Audrey sopesó aquella respuesta con cuidado, considerando el terreno que estaba a punto de pisar, y las posibles consecuencias de sus palabras y de su silencio. Y se lanzó al vacío.
–Perdóname, pero tengo que hacerte esta pregunta, ¿has sido víctima de alguna violación?
–No, ni tampoco me han comido –alardeó Kalani de humor absurdo–, yyy… tengo mi revolver. Y supongo que mi poder me salvó el culo una vez… –evocaba la cría.
–¿Qué sabes del sexo?
–Es lo de las violaciones, ¿no?
–Una violación es al sexo lo que un asesinato es a la vida, Kalani –aseveró Audrey, mirándola a los ojos, con tal seriedad que la niña se detuvo por un momento, impactada y con la boca abierta.
–Me lo tomaré como un no –respondió cuando al fin se recompuso.
–Su función primaria es la reproducción, pero con la protección adecuada se transforma en una actividad llena de belleza. El sexo es hermoso, es fascinante y vital. Es algo que sólo se puede hacer por propia voluntad y en base al acuerdo de todos los implicados, con la gente que quieras, en género y número que más te guste.
–Pues no sé…
–¿Alguna vez te has masturbado?
–¿Cuálo?
–Que si te has tocado, aquí –Audrey hizo un gesto poco elegante, Kalani ignoraba el significado de demasiadas palabras.
–Ah, ¡claro, joder! ¿Alguna vez? Pfff… –dijo Kalani.
–Eso es sexo en solitario, por ejemplo. El sexo compartido es similar, pero mucho más intenso, proporciona mucho placer, y es un tipo de placer, como te digo, distinto del que se obtiene en solitario precisamente por el hecho de que es algo que crea un vínculo entre dos o más personas.
–Oye, podría activar un… resorte de ésos que dices en mi cerebro para darme mucho placer… Jo, sería una yonqui, ¿no? Y lo puedo hacer para otras personas, ideacas que tengo. ¡Fijo que podría ganarme la vida con eso! No sé, puedo hacer muchas cosas… Al tío ese casi le reviento el melón, ¿sabes? Menudo gilipollas. Claro que yo casi la palmo después, mi cabeza… estaba a punto de estallar.
–¿Tienes fantasías sexuales en las que se escenifican violaciones?
–Esto… ¿Lo dices porque he pasado de hablar de una cosa a otra? Pufff… mi mente hace eso, cambiar a lo loco. Pero no, creo que no, vamos.
–Lo digo básicamente porque… bueno, porque lo que uno hace en su mente es privado y no querría que, en caso de que fantasearas con esa clase de situaciones, te sintieras mal contigo misma después, no debes limitarte por las categorías que la gente le impone al mundo cuando tu crecimiento personal se ve implicado. Sé que hay hombres y mujeres que tienen esa fantasía, pero el hecho de que alguien piense que puedan por ello desear llevar esa ficción a la realidad resulta enfermizo. Ése es un límite cabal. Antes me refería a los límites que te puedan encerrar como persona… lo siento, no estoy organizando demasiado bien mi discurso –la deducción ilegítima de la niña y todo lo que arrastraba tras de sí habían podido con ella.
–Creo que comprendo lo que quieres decir –Kalani se mantuvo en silencio unos instantes–. Gracias –y sonrió sincera.
–Aun así en el sexo puede haber juegos de rol –la cría le lanzó una mirada extrañada–. Puedes interpretar algo, imitar una situación, sólo porque provoca placer. Pero sigue siendo una recreación ficticia.
–Estaba pensando… Las palabras esas que usas… ¿estás segura de que no tienen demasiadas letras? –curioseó Kalani errática.
–Eso es bastante relativo: “electroencefalograma” tiene aún más sílabas.
–Gracias –resolvió la pequeña.
–Sabes que no puedes permitir ser vendida ni comprada, ¿verdad, Kalani? –Kalani la miró, aunque no dijo nada–. Las personas no son mercancía, y los nexos que atamos los seres humanos no deberían ser reducidos a la simple utilidad o al mero valor económico, tienen otro status –la cría la miró genuinamente extrañada una vez más, luego adoptó una actitud permisiva, la verdad es que no sospechaba que existieran tantas palabras–. Por eso no entregaste a Boastwain, porque sientes una conexión poderosa con él y porque los lazos que puedes crear no pueden ser el objeto de un trueque. Por eso…
–¿Te he cogido cariño en cinco minutos? –se rió la niña–. Tal vez me equivoque, y si es así, yo qué sé… lo pagaré con mi vida o algo, pero… eres una buena persona, has dejado que los que se querían jamar a Doctor Pistacho III se largaran y a mí tampoco querías hacerme daño sin motivo. Tratas a las personas como… –titubeó un poco, en realidad no tenía apenas ninguna experiencia previa comparable–, es… distinto. No ha habido mucha gente con la que poder estar sin pensar si me iban a apuñalar por la noche o si me iban a raptar al darles la espalda. Pero… –Kalani le dio la espalda, los brazos cruzados detrás de la cabeza, y tras unos instantes se volvió sonriendo.
–¿Me permites darte un consejo? –le preguntó Audrey intentando en vano que aquel diálogo siguiera un curso remotamente lógico.
–¿Te refieres a otro más? Claro. Son buenos.
–Si te enamoras, no lo dejes pasar –Kalani la miró inexpresiva–. Sabes lo que es el amor, ¿no? –Kalani la miró inexpresiva–. Es complicado de explicar, es hermoso y aunque no siempre seas correspondida, te hará feliz y aprenderás muchísimo.
–Oye, no es por joder, pero… o sea… no me lo has explicado nada bien –le aseguró Kalani moviendo la cabeza de lado a lado y sentándose en el suelo. Doctor Pistacho III se acurrucó junto a ella para que le acariciara.
–Sé que ahora puede no parecértelo, pero el amor es lo que mueve el mundo. A veces es alguna actividad que te gusta, puede ser un paisaje o incluso una obra de arte, puede aparecer, por ejemplo, cuando caminas o en una persona. Pero en realidad es siempre todo lo que sientes. Cuando se focalice en una o varias personas, te lo aseguro, no va a hacer falta que te recuerde que estás enamorada.
–¡Venga, hombre! ¿En serio no me lo puedes explicar mejor? –insistió la niña, dejando momentáneamente de acariciar al perro y sonriendo con el único propósito de fastidiar, sin embargo entendía que se trataba de algo complejo, de modo que seguramente se trataba de algo sencillísimo, así que siguió hablando de cosas sencillas–. ¿Y a ti qué te gusta, Audrey Blake?
–Pues me encantan –comenzó Audrey sentándose junto a ella– las antigüedades. Mira esto –el objeto que Kalani tenía delante no le era desconocido, pero sí su función, y desde luego jamás en su vida había visto ningún aparato eléctrico encendido–. Esto es un reproductor de música. Y esto es la pantalla –Kalani estaba embobada contemplando el brillo y hacía caso omiso de las palabras de Audrey–, y pone “The Invisible Girl, Parov Stelar”, ése es el nombre de una canción seguido del nombre del grupo que la interpreta. ¿Quieres escuchar la música de los hombres antiguos?
La niña sólo supo sonreír y asentir bobaliconamente.
–Espera… –murmuró Audrey colocándole los cascos en las orejas–. Estate quieta, hombre –cogió el reproductor, tocó la pantalla, después puso el artefacto en las manos de la niña y dijo–. Ya.
Kalani escuchó con atención. Los primeros sonidos iban apareciendo en su mente, describiendo una melodía y liberándose en el mundo infinito que ella era como si el amanecer y el atardecer estuvieran a punto de encontrarse a cada instante.
Comenzó a llorar mientras contenía un suspiro que no llegaba a escapársele de los labios.
Después empezó a reír.
Luego no pudo evitar bailar.
Bailar como nunca antes había bailado en ninguno de sus caminos.
Boastwain brincaba y ladraba alrededor de ella, contento.
Y Audrey se alegraba de que el ser humano aún fuera esa sonrisa pura danzando con los ojos cerrados en medio de la nada.

domingo, 2 de agosto de 2015

Trabajo de campo

Trabajo de campo:

            Como cualquier profesión con un mínimo de especialización que se precie los ingenieros de cronologías teníamos nuestra propia jerga. En el interior de este sistema una palabra tan cotidiana como “reloj” denotaba un transportador, es decir, una máquina para viajar en el tiempo. Los antropólogos que nos acompañaban solían usar nuestro mismo código tras pasar un par de meses de viaje con nosotros, así palabras como “despertador”, “continuo” o “flujo” adquirían también para ellos un nuevo significado.
Ése era, por ejemplo, el caso de mi compañera Rose: era antropóloga, habíamos tenido varias sesiones de entrenamiento juntos y usaba de nuestra colección de términos útiles como quien se pone unas zapatillas de andar por casa. Era muy buena en su trabajo, aunque algo… problemática.
Curiosamente y por una vez las complicaciones que nos encontraron en su camino habían sido bastante aleatorias, aunque entrasen dentro del margen de error del cero coma uno por ciento que nadie jamás se molestaba en considerar –y menos nosotros–.
Básicamente lo que había ocurrido era que la máquina había sufrido unos leves desajustes que nos habían desviado de nuestra ruta, enviándonos a la primera década del siglo XXI en lugar de a principios del siglo XX y teníamos que reparar unas cuantas piezas que resultaron dañadas cuando sobrevino el error que provocó nuestro receso.
Así que sabiendo que no podíamos hacer mucho más que estar atrapados, buscar un refugio y reparar el dispositivo, nos tomamos unas vacaciones e hicimos cierta vida social. Y esa vida social nos llevó una noche a una discoteca.
Rose había conocido a una chica un tanto extraña y en un momento dado nos quedamos solos ella y yo.
–No te preocupes, que ahora vendrá un amigo mío, ya no estarás solo –me dijo la chica para mi sorpresa.
–¿Qué? Perdona, creo que no te he entendido bien… ¿solo?
–Sí, ahora tendrás compañía masculina.
–¿Acaso preciso de compañía masculina para no sentirme solo? –era una conversación como un laberinto, apenas entendía nada–. Porque esa afirmación sí que puede provocar un profundo sentimiento de soledad –Rose me lo había advertido “son sexistas, tío, las mujeres creen que deben luchar contra los hombres y los hombres creen que no entienden a las mujeres… ¿será verdad? ¡Dime que no es interesante!”. Bueno, vale, era interesante como concepto, pero agotador como realidad. Además tenía que ser particularmente extenuante tener que comportarse de una determinada manera sólo por el hecho de ser un hombre o una mujer. Rose y yo sólo veíamos personas. Y en cualquier caso nosotros nos disponíamos a estudiar el racismo a principios del siglo XX. Yo no sabía mucho de esos dos siglos… lo básico, pero no había estudiado en profundidad los comportamientos sociales a través de los años, qué duda cabía. Aunque me pregunto qué hubiera pasado si una persona blanca hubiese estado rodeado de mucha gente negra o viceversa… ¿ese tal se sentiría solo? Supongo que el racismo y el sexismo no eran muy distintos en esencia, aunque el estudio sincrónico y diacrónico de tales fenómenos exigía de cierta especialización, evidentemente. Por lo que yo podía saber los acontecimientos que habían seguido al sexismo y al racismo eran distintos en su forma, aunque el contenido… Espera, creo que estaba en medio de una conversación que no acaba de captar mi interés. Lo de romper los tiempos de narración es una pequeña broma del gremio por cierto. De un modo u otro retomé la conversación mucho más rápidamente de lo que podría parecerle a quien tuviera acceso a mi discurso mental–. Perdóname, sólo intento cerciorarme: yo necesito a alguien que sea de mi sexo para sentirme cómodo, ¿no es así? –ésa era la dirección de la conversación.
–No es solo que… yo soy una chica.
–Me lo tomaré como un sí, muchas gra… ¡Pero qué cojones! –de repente vi a Rose zurrando a dos tipos, correr hacía mi, coger mi brazo y largarse conmigo a cuestas.
–Espero que fuera en defensa propia –la amonesté una vez que pusimos un par de manzanas de por medio entre nosotros y el local. Apenas acertaba a hablar mientras mis pulmones querían escapar de mi cuerpo a toda costa, llevados aún por la inercia.
–Tío, ya sabes que no quiero que me echen de clase –me respondió Rose tratando también de recuperar el aliento.
–¿Se puede saber qué ha pasado? –interrogué observando la culpabilidad que vagaba insegura en sus ojos.
–Ha sido culpa mía… estaban hablando de cómo se follaban a sus novias y voy y les digo “pues a mí me gusta tal y tal postura, que a cuatro patas mola y que con el tío encima y las piernas muy abiertas también da gustirrinín, y que es muy agradable hacer una buena mamada cuando estoy con un tío, aunque los tíos siempre dicen que ellos hacen mejores mamadas y la verdad es que si alguien me lo tiene que comer, yo también prefiero que sea una chica…” y cosas así y se ha liado, y no sé… yo sé que en esta época hay chicas que hablaban… que hablan de eso y no pasaba nada (perdona con los tiempos), ha sido un poco confuso. Mira, al principio guay, ¿vale?, porque me preguntaban cosas y tal, y yo les decía esto o lo otro, además me di cuenta de que la había cagado, ¿vale?, porque estamos a principios del siglo XXI y hay gente como muy rara… Ya sabes que en países tan remotos entre sí como Suecia o Sudáfrica hubo ese fenómeno de las violaciones a mujeres y todo eso, y que en otros había mucha violencia de pareja como en los Estados Unidos de América o España, ¿aunque te acuerdas de que en Europa apenas se estudiaban los casos en los que un hombre era el agredido?
–¿Qué demonios es España? –le respondí riendo, a fin de cuentas era ingeniero, no historiador. Pero para ser estrictos sí que tenía vagas nociones al respecto.
–Da lo mismo… Pues yo pensaba que esos dos tíos del bar, en fin… Mira, tampoco es que hubieran puesto el grito en el cielo, pero después se pusieron agresivos o… al menos yo he creído que se ponían agresivos y… yo qué sé, tío, me ha entrado el pánico.
–¿No has dicho que ha sido en defensa propia? Que te quitan el carnet y luego es una pasta.
–Sí, pero no calibro nada bien los parámetros de esta época, esta gente es muy rara, me tratan como si fuera… ¿una mujer? ¡Ni si quiera sé lo que significa eso! Y ahórrate aquello de que si me he sacado el título en una tómbola o lo que sea… que ya sé que debería haberlo sabido, y que lo he estudiado y tal... A ver, que la gente es gente y que estudias cosas y tal, pero que luego cada persona es distinta y eso… ¡Una sociedad es algo heterogéneo, coño!
–Que yo no te digo nada, hombre, aquí la crítica con tu labor eres tú.
–Bueno… tienes razón. Total, que uno de ellos va y me agarra el brazo con fuerza y, claro, me ha salido esa llave que… ¿que giras el brazo que te han agarrado en un círculo, abres su defensa y le metes al muy pringao en toa la jeta? Pues ésa. Joder, es que algo así me sale solo. Y qué mal rollo, por cierto.
–Espero que parte del material te sea útil a la hora de darle cierto enfoque a tu ensayo.
Supongo que debíamos haberlo sabido aunque nunca hubiéramos viajado a periodos anteriores al siglo XXIV. Supongo que debíamos haber utilizado nuestros conocimientos para actuar acorde a los tiempos en los que nos hallábamos atareados y al menos emular ciertos comportamientos, no obstante –y pese a los objetivos comunes en cualquier cursillo de formación– la teoría en muchas ocasiones está fragmentada en medio de un espacio abstracto y no solemos darnos cuenta de las consecuencias prácticas que de esa red conceptual pueden emanar. Sin duda había sido un error de principiante. En otras palabras: pasar por alto aspectos fundamentales de una cultura que para los individuos que la conformaban resultaban tan obvios, era un grave síntoma de desidia. Además, no podríamos estudiar el fenómeno deseado –véase, el racismo de principios del siglo XX– si insistíamos en un procedimiento tan torpe, por algo teníamos protocolos y un cierto código deontológico. Tal vez era hora de empezar a tomárselo un poco en serio.
–Tenemos que imprimirle un poco de profesionalidad a esta investigación –dijo ella.
–Me has leído el pensamiento.
–Lo sé, eres muy facilón y utilizas demasiados polisílabos.
Pero yo había movido mis labios pronunciando aquella misma frase y ella se estaba riendo. Sí, nos conocíamos bien… El trabajo en sí quizás podía resultar desde peligroso y excesivamente emocionante hasta tedioso en ocasiones, pero había que reconocer que las condiciones laborales eran muy buenas.
–Es que… pones caras mientras piensas –insistió ella–, es divertido –continuó asintiendo con vehemencia–. Aunque a veces piensas muchas cosas muy rápido y no hay manera.
–Ya… yo también me pierdo un poco, es algo desconcertante, y aunque llego a conclusiones medio decentes, no sé… luego no me acuerdo de algunos pasos intermedios a no ser que tome nota con rapidez.
–Yo me lo ahorro –soltó ella alegre–, mi intuición piensa mucho más rápido que yo, así que le dejo a ella, aunque no te tomes lo que ha pasado como una muestra de lo que acabo de decir –se apresuró ella a puntualizar–. Por el lado bueno, si algo sale mal, corro muy rápido.
–Rose, esto… la misión opera con cierta progresión, ¿verdad? –curioseé con cierta preocupación, más que por los acontecimientos, por los resultados de nuestra labor profesional.
–¡Sí! –aseveró feliz– Es decir, no lo sé… ni siquiera hemos acertado con las coordenadas espacio-temporales… claro que en realidad ha sido un fallo mecánico del trasto ese, pero… ¡Sí! –sonreía.
–Yo también me lo estoy pasando bien.
–Y aprendemos cosas –señaló ella–. Pero que conste que cuando se ha liado antes en el bar y eso, que no estábamos trabajando, ¿qué te dije? –me interrogó en una pose aleccionadora.
–¿Vamos a descansar, tronco?
–¡Exacto! Así que esto de los maromos y las refriegas nocturnas es, técnicamente, extraoficial, hala.
–Sí, bueno, esto… vamos a… tenemos que buscar las piezas para reparar el reloj –era una forma poco sofisticada de cambiar de tema, pero a veces sobre uno de los dos recaía la obligación de centrar a dos cabezas que solían irse por las ramas con facilidad.
–¡Marchando! ¡A la carga! ¡Bombardeemos el mundo con ideas mientras buscamos un destornillador! ¡Ideas! –se puso a cantar de repente:– Dale caña a las ideeeeaas… flipa que no veeeeaas… Es de una canción que he inventado.
–¿Y tú fuiste la mejor de tu promoción? Muy grande.
–Ajá, pero sólo porque a los dos primeros les atropellaron cuando iban a por el diploma. Casi es como un premio de consolación… pero, no te creas, ser la tercera implica que hay un montón de pringaos que querrían ser tú.
–¿Le das importancia a cosas así? –quise saber riéndome, porque no lo creía probable.
–No… Pero ellos sí –no pude evitar reírme.
–Oye, si no nos matan, te invito a algo de vuelta, en la cafetería del curro tienen buen café pese a lo que uno podría pensar.
–¿Tío, lo has probado?
–Me enfrento a la muerte a menudo, un café no va a detenerme a no ser que sea uno de esos cafés mutantes de Pléyade 6 que hacen la digestión por ti.
–¡Venga ya, eso de la cafetería no es un café! –fuimos diciendo mientras nos montábamos en un coche que acababa de… bueno, de robar, que a esta altura no voy a moverme yo entre eufemismos.
En serio, yo creo que tenía un código deontológico por alguna parte…
–Te lo has dejado en los otros pantalones –me informó ella rompiendo mi discurso mental.
–No, lo tengo aquí, apuntado en esta mano, mira.
–¡Eso es la lista de la compra!
–¡Pensé que no lo notarías! –me excusé.
–Te leo la mente, ¡no me sorprendes! Jajaja.
–Ríete, loca, “jajaja” no es más que la terrible onomatopeya de una risa.
–Bueno, vale –, nos quedamos en silencio durante un segundo, nos miramos y rompimos en carcajadas. Normalmente no aguantábamos tanto tiempo seguido diciendo absurdos con naturalidad. ¿Estábamos mejorando?
En fin, un trabajo duro.