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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

sábado, 1 de agosto de 2015

Hacer una tortilla



Hacer una tortilla:

            Cogió los huevos, los examinó atentamente en busca de posibles grietas en su superficie, cerciorándose de su buen estado. Uno por uno los fue cascando: un golpe sordo contra el filo del plato y lanzaba ambas partes de la cáscara a la papelera tras asegurarse de que toda la clara había caído. Entonces, como si no hubiera pensado nada en ningún momento, se transformaba en los movimientos que vibraban entre el silencio de la música procedente de sus cascos. Asentía con la cabeza, siguiendo el ritmo y aprobando los primeros pasos que comenzaba a dar.
Se puso a batir los huevos, sin embargo el plato era demasiado pequeño, así que tenía que estar siempre alerta para hacer el giro de muñeca más perfecto posible: la potencia y el trazo debían ser decididos, pero contenidos y delicados a la vez para no derramar esa clara que comenzaba a mezclarse con la yema. Al acabar el líquido anaranjado parecía cubierto por una pátina de azúcar o cristal, brillante, y ante el sol presentaba un color que sólo hacía que quisiera continuar, y es que el proceso mismo de cocinar se estaba haciendo mundo. Le echó una cucharada de sal muy contento.
Peló las patatas como su madre le había enseñado, aunque por aquel entonces quien cocinaba había desaparecido por completo. Tras quitarles la piel con atención y cuidado, comenzó a cortarlas en medias rodajas; quizás se tardaba un poco más, pero la tortilla lo agradecería.
Llenó la sartén de aceite, nunca había hecho una en una vitrocerámica, prefería cocinar con gas o fuego si podía elegir, opinaba que la comida sabía siempre mucho mejor. En fin, se las apañaría. Aproximó las manos al aceite tras un par de minutos, aún estaba frío, pero seguramente podía ir echando las patatas ya, el aceite tendría que calentarse, ¿no?
Durante unos minutos básicamente estuvo mirando la sartén embobado y pensando por momentos en que su abuela siempre le había dicho que si uno mira el agua hervir, ésta nunca hervía. Aunque en realidad él no estaba mirando nada en concreto, le bastaba con estar allí. Comenzó a extrañarse, apartó la sartén un poco y tocó temerariamente la superficie de la vitrocerámica. Efectivamente no funcionaba.
Soltó una carcajada.
Cambió la sartén de placa y reinició el proceso. El aceite comenzó a bullir. Añadió otro poco de sal.
Les iba dando vueltas a las patatas –le encantaba darle vueltas a la comida en su cocción y le parecía que la palabra cocción no era tan fácil de introducir en un discurso–, sin embargo algo en ellas se le escapaba… Siguió repitiendo los movimientos, las levantó y se dio cuenta sorprendido de que se estaban quemando.
Pese a todo pensaba que aún podía salvar esa tortilla.
Con mucha calma les dio la vuelta a las que estaban más doradas por un lado que por el otro y las escurrió más tarde con la ayuda de un colador. A falta de un recipiente mejor cogió una olla y en su interior quedó mezclado el huevo con las patatas. Tenía que reposar una media hora.
Olía bien.
Una amiga suya le ofreció fumarse un porro fuera de la cocina.
Ella había estado cocinando pimientos rellenos, pero debía esperar a que la tortilla estuviese lista para freír antes de meter su propio plato en el horno. Después, tal vez por haber vivido en Barcelona unos años o por ser ella italiana, haría pantumaca para acompañar. Esta amiga había estado calentando la carne, cortando el queso y lavando los pimientos. Después les añadió hierbas y especias varias y no tuvo más remedio que esperar. Y fruto de esa espera estaban decidiendo si ir a fumar en ese preciso momento.
Él miró el porro.
Pensaba que no era lo más conveniente, pero aceptó, las consecuencias no podían resultar en tragedia tampoco.
Media hora más tarde volvió a la cocina luchando por guardar el equilibrio y concentrarse al máximo para tener al menos la mitad de la agilidad mental de un koala, lo cual supondría un notable incremento de su capacidad habida cuenta de la situación actual.
Cuando estaba fumado se relajaba, es decir, se relajaba más de lo habitual. Pero en algún momento el cuerpo pedía el pago correspondiente y entonces sentía ansiedad y a veces simple miedo. No siempre tenía objeto, a veces sólo lo sentía atenazándole el estómago, constriñendo sus músculos, atrapando su mente en un círculo bastante patoso. Fumar porros tenía el molesto inconveniente de hacerle pensar que era un ente separado, era un poco absurdo. Tendría que vencer y atravesar un velo de pereza para volver a ser el aceite hirviendo y las patatas pelándose.
En cualquier caso, y estupefacientes aparte, a la media hora las patatas parecían haberse llenado de huevo.
La sartén recibió la tortilla mientras él, espátula en mano, iba dejándose ser entre los bordes de la mezcla, impidiendo que la base se quemara, inconsciente del límite que podría haber entre su piel y el huevo adquiriendo un tono esponjoso. Dejó que la parte de abajo se dorara ligeramente y se preparó.
No podía fallar.
Ahora tenía que superar su estado atrapado en una nube de pensamientos anegada por el tetrahidrocannabinol, ir más allá de su mermada coordinación, sentir a la tortilla misma en la sartén.
Cogió el mango, agitó la tortilla para ajustar el peso y hacerse una idea de los posibles movimientos que pudieran, eventualmente, producirse fuera de sus pretensiones.
Con la otra mano tomó un plato llano –el mismo que usara para dejar las rodajas de patatas antes de freírlas– y lo sopesó igualmente.
La comida, como todo, era sagrada y él estaba haciendo arte para sus amigos. Debía esforzarse. No es que hubiera nada a lo que rendir cuentas, no es que pudiera sentirse mal si la comida a medio hacer, por ejemplo, se escabullía entre el plato y la sartén y daba contra el suelo dejando una mancha pegajosa y pedazos de patatas que se perderían –por desgracia– en la papelera. No es que se debiera nada a sí mismo tampoco, no había grilletes ni contratos, estaba cocinando poniéndole amor a la cocina. Era la misma razón por la cual hacía lo que hacía, simplemente.
Era exactamente lo mismo que su amiga feliz había hecho con los pimientos rellenos, ni más ni menos. Por supuesto que era algo increíble y de lo más digno de gratitud.
Se concentró dejando que todo se fuera a su imprevisible deseo.
Sus palmas no tenían dedos. Depositó el plato sobre la sartén, cuidando de que encajara bien. Alzó la sartén por el mango y respiró hondo. No podía fallar.
Después los relojes se quedaron mudos y sus manos hicieron el movimiento preciso. No existía el mundo, sólo la tortilla girando sobre un eje imaginario y certero.
Dejó la sartén sobre la vitrocerámica y, con una sonrisa, hizo caer la tortilla del plato para freír la otra mitad.
Dos minutos más tarde era una obra bien dispuesta: inflada y esponjosa, llenando el cuerpo con el olor a aceite, sal y el profundo aroma que todos cuantos hayan devorado –porque no es un plato para comer– una tortilla de patatas conocen: el aroma de las patatas doradas y brillantes y el del huevo jugoso en sacrosanta unión.
–¡Ole mis cojones, y encima hace sol! –dijo, para terminar, el cocinero.