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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 2 de agosto de 2015

Trabajo de campo

Trabajo de campo:

            Como cualquier profesión con un mínimo de especialización que se precie los ingenieros de cronologías teníamos nuestra propia jerga. En el interior de este sistema una palabra tan cotidiana como “reloj” denotaba un transportador, es decir, una máquina para viajar en el tiempo. Los antropólogos que nos acompañaban solían usar nuestro mismo código tras pasar un par de meses de viaje con nosotros, así palabras como “despertador”, “continuo” o “flujo” adquirían también para ellos un nuevo significado.
Ése era, por ejemplo, el caso de mi compañera Rose: era antropóloga, habíamos tenido varias sesiones de entrenamiento juntos y usaba de nuestra colección de términos útiles como quien se pone unas zapatillas de andar por casa. Era muy buena en su trabajo, aunque algo… problemática.
Curiosamente y por una vez las complicaciones que nos encontraron en su camino habían sido bastante aleatorias, aunque entrasen dentro del margen de error del cero coma uno por ciento que nadie jamás se molestaba en considerar –y menos nosotros–.
Básicamente lo que había ocurrido era que la máquina había sufrido unos leves desajustes que nos habían desviado de nuestra ruta, enviándonos a la primera década del siglo XXI en lugar de a principios del siglo XX y teníamos que reparar unas cuantas piezas que resultaron dañadas cuando sobrevino el error que provocó nuestro receso.
Así que sabiendo que no podíamos hacer mucho más que estar atrapados, buscar un refugio y reparar el dispositivo, nos tomamos unas vacaciones e hicimos cierta vida social. Y esa vida social nos llevó una noche a una discoteca.
Rose había conocido a una chica un tanto extraña y en un momento dado nos quedamos solos ella y yo.
–No te preocupes, que ahora vendrá un amigo mío, ya no estarás solo –me dijo la chica para mi sorpresa.
–¿Qué? Perdona, creo que no te he entendido bien… ¿solo?
–Sí, ahora tendrás compañía masculina.
–¿Acaso preciso de compañía masculina para no sentirme solo? –era una conversación como un laberinto, apenas entendía nada–. Porque esa afirmación sí que puede provocar un profundo sentimiento de soledad –Rose me lo había advertido “son sexistas, tío, las mujeres creen que deben luchar contra los hombres y los hombres creen que no entienden a las mujeres… ¿será verdad? ¡Dime que no es interesante!”. Bueno, vale, era interesante como concepto, pero agotador como realidad. Además tenía que ser particularmente extenuante tener que comportarse de una determinada manera sólo por el hecho de ser un hombre o una mujer. Rose y yo sólo veíamos personas. Y en cualquier caso nosotros nos disponíamos a estudiar el racismo a principios del siglo XX. Yo no sabía mucho de esos dos siglos… lo básico, pero no había estudiado en profundidad los comportamientos sociales a través de los años, qué duda cabía. Aunque me pregunto qué hubiera pasado si una persona blanca hubiese estado rodeado de mucha gente negra o viceversa… ¿ese tal se sentiría solo? Supongo que el racismo y el sexismo no eran muy distintos en esencia, aunque el estudio sincrónico y diacrónico de tales fenómenos exigía de cierta especialización, evidentemente. Por lo que yo podía saber los acontecimientos que habían seguido al sexismo y al racismo eran distintos en su forma, aunque el contenido… Espera, creo que estaba en medio de una conversación que no acaba de captar mi interés. Lo de romper los tiempos de narración es una pequeña broma del gremio por cierto. De un modo u otro retomé la conversación mucho más rápidamente de lo que podría parecerle a quien tuviera acceso a mi discurso mental–. Perdóname, sólo intento cerciorarme: yo necesito a alguien que sea de mi sexo para sentirme cómodo, ¿no es así? –ésa era la dirección de la conversación.
–No es solo que… yo soy una chica.
–Me lo tomaré como un sí, muchas gra… ¡Pero qué cojones! –de repente vi a Rose zurrando a dos tipos, correr hacía mi, coger mi brazo y largarse conmigo a cuestas.
–Espero que fuera en defensa propia –la amonesté una vez que pusimos un par de manzanas de por medio entre nosotros y el local. Apenas acertaba a hablar mientras mis pulmones querían escapar de mi cuerpo a toda costa, llevados aún por la inercia.
–Tío, ya sabes que no quiero que me echen de clase –me respondió Rose tratando también de recuperar el aliento.
–¿Se puede saber qué ha pasado? –interrogué observando la culpabilidad que vagaba insegura en sus ojos.
–Ha sido culpa mía… estaban hablando de cómo se follaban a sus novias y voy y les digo “pues a mí me gusta tal y tal postura, que a cuatro patas mola y que con el tío encima y las piernas muy abiertas también da gustirrinín, y que es muy agradable hacer una buena mamada cuando estoy con un tío, aunque los tíos siempre dicen que ellos hacen mejores mamadas y la verdad es que si alguien me lo tiene que comer, yo también prefiero que sea una chica…” y cosas así y se ha liado, y no sé… yo sé que en esta época hay chicas que hablaban… que hablan de eso y no pasaba nada (perdona con los tiempos), ha sido un poco confuso. Mira, al principio guay, ¿vale?, porque me preguntaban cosas y tal, y yo les decía esto o lo otro, además me di cuenta de que la había cagado, ¿vale?, porque estamos a principios del siglo XXI y hay gente como muy rara… Ya sabes que en países tan remotos entre sí como Suecia o Sudáfrica hubo ese fenómeno de las violaciones a mujeres y todo eso, y que en otros había mucha violencia de pareja como en los Estados Unidos de América o España, ¿aunque te acuerdas de que en Europa apenas se estudiaban los casos en los que un hombre era el agredido?
–¿Qué demonios es España? –le respondí riendo, a fin de cuentas era ingeniero, no historiador. Pero para ser estrictos sí que tenía vagas nociones al respecto.
–Da lo mismo… Pues yo pensaba que esos dos tíos del bar, en fin… Mira, tampoco es que hubieran puesto el grito en el cielo, pero después se pusieron agresivos o… al menos yo he creído que se ponían agresivos y… yo qué sé, tío, me ha entrado el pánico.
–¿No has dicho que ha sido en defensa propia? Que te quitan el carnet y luego es una pasta.
–Sí, pero no calibro nada bien los parámetros de esta época, esta gente es muy rara, me tratan como si fuera… ¿una mujer? ¡Ni si quiera sé lo que significa eso! Y ahórrate aquello de que si me he sacado el título en una tómbola o lo que sea… que ya sé que debería haberlo sabido, y que lo he estudiado y tal... A ver, que la gente es gente y que estudias cosas y tal, pero que luego cada persona es distinta y eso… ¡Una sociedad es algo heterogéneo, coño!
–Que yo no te digo nada, hombre, aquí la crítica con tu labor eres tú.
–Bueno… tienes razón. Total, que uno de ellos va y me agarra el brazo con fuerza y, claro, me ha salido esa llave que… ¿que giras el brazo que te han agarrado en un círculo, abres su defensa y le metes al muy pringao en toa la jeta? Pues ésa. Joder, es que algo así me sale solo. Y qué mal rollo, por cierto.
–Espero que parte del material te sea útil a la hora de darle cierto enfoque a tu ensayo.
Supongo que debíamos haberlo sabido aunque nunca hubiéramos viajado a periodos anteriores al siglo XXIV. Supongo que debíamos haber utilizado nuestros conocimientos para actuar acorde a los tiempos en los que nos hallábamos atareados y al menos emular ciertos comportamientos, no obstante –y pese a los objetivos comunes en cualquier cursillo de formación– la teoría en muchas ocasiones está fragmentada en medio de un espacio abstracto y no solemos darnos cuenta de las consecuencias prácticas que de esa red conceptual pueden emanar. Sin duda había sido un error de principiante. En otras palabras: pasar por alto aspectos fundamentales de una cultura que para los individuos que la conformaban resultaban tan obvios, era un grave síntoma de desidia. Además, no podríamos estudiar el fenómeno deseado –véase, el racismo de principios del siglo XX– si insistíamos en un procedimiento tan torpe, por algo teníamos protocolos y un cierto código deontológico. Tal vez era hora de empezar a tomárselo un poco en serio.
–Tenemos que imprimirle un poco de profesionalidad a esta investigación –dijo ella.
–Me has leído el pensamiento.
–Lo sé, eres muy facilón y utilizas demasiados polisílabos.
Pero yo había movido mis labios pronunciando aquella misma frase y ella se estaba riendo. Sí, nos conocíamos bien… El trabajo en sí quizás podía resultar desde peligroso y excesivamente emocionante hasta tedioso en ocasiones, pero había que reconocer que las condiciones laborales eran muy buenas.
–Es que… pones caras mientras piensas –insistió ella–, es divertido –continuó asintiendo con vehemencia–. Aunque a veces piensas muchas cosas muy rápido y no hay manera.
–Ya… yo también me pierdo un poco, es algo desconcertante, y aunque llego a conclusiones medio decentes, no sé… luego no me acuerdo de algunos pasos intermedios a no ser que tome nota con rapidez.
–Yo me lo ahorro –soltó ella alegre–, mi intuición piensa mucho más rápido que yo, así que le dejo a ella, aunque no te tomes lo que ha pasado como una muestra de lo que acabo de decir –se apresuró ella a puntualizar–. Por el lado bueno, si algo sale mal, corro muy rápido.
–Rose, esto… la misión opera con cierta progresión, ¿verdad? –curioseé con cierta preocupación, más que por los acontecimientos, por los resultados de nuestra labor profesional.
–¡Sí! –aseveró feliz– Es decir, no lo sé… ni siquiera hemos acertado con las coordenadas espacio-temporales… claro que en realidad ha sido un fallo mecánico del trasto ese, pero… ¡Sí! –sonreía.
–Yo también me lo estoy pasando bien.
–Y aprendemos cosas –señaló ella–. Pero que conste que cuando se ha liado antes en el bar y eso, que no estábamos trabajando, ¿qué te dije? –me interrogó en una pose aleccionadora.
–¿Vamos a descansar, tronco?
–¡Exacto! Así que esto de los maromos y las refriegas nocturnas es, técnicamente, extraoficial, hala.
–Sí, bueno, esto… vamos a… tenemos que buscar las piezas para reparar el reloj –era una forma poco sofisticada de cambiar de tema, pero a veces sobre uno de los dos recaía la obligación de centrar a dos cabezas que solían irse por las ramas con facilidad.
–¡Marchando! ¡A la carga! ¡Bombardeemos el mundo con ideas mientras buscamos un destornillador! ¡Ideas! –se puso a cantar de repente:– Dale caña a las ideeeeaas… flipa que no veeeeaas… Es de una canción que he inventado.
–¿Y tú fuiste la mejor de tu promoción? Muy grande.
–Ajá, pero sólo porque a los dos primeros les atropellaron cuando iban a por el diploma. Casi es como un premio de consolación… pero, no te creas, ser la tercera implica que hay un montón de pringaos que querrían ser tú.
–¿Le das importancia a cosas así? –quise saber riéndome, porque no lo creía probable.
–No… Pero ellos sí –no pude evitar reírme.
–Oye, si no nos matan, te invito a algo de vuelta, en la cafetería del curro tienen buen café pese a lo que uno podría pensar.
–¿Tío, lo has probado?
–Me enfrento a la muerte a menudo, un café no va a detenerme a no ser que sea uno de esos cafés mutantes de Pléyade 6 que hacen la digestión por ti.
–¡Venga ya, eso de la cafetería no es un café! –fuimos diciendo mientras nos montábamos en un coche que acababa de… bueno, de robar, que a esta altura no voy a moverme yo entre eufemismos.
En serio, yo creo que tenía un código deontológico por alguna parte…
–Te lo has dejado en los otros pantalones –me informó ella rompiendo mi discurso mental.
–No, lo tengo aquí, apuntado en esta mano, mira.
–¡Eso es la lista de la compra!
–¡Pensé que no lo notarías! –me excusé.
–Te leo la mente, ¡no me sorprendes! Jajaja.
–Ríete, loca, “jajaja” no es más que la terrible onomatopeya de una risa.
–Bueno, vale –, nos quedamos en silencio durante un segundo, nos miramos y rompimos en carcajadas. Normalmente no aguantábamos tanto tiempo seguido diciendo absurdos con naturalidad. ¿Estábamos mejorando?
En fin, un trabajo duro.