¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 15 de marzo de 2015

Por qué vivir en Anubis


A Valeria, a Rodrigo, a Romain, a Minaya, a Octavio, a Rosa, a Cris y a Nano. Es la mierda que os prometí, jodido el tema.

Por qué vivir en Anubis:

            No, no era un planeta fácil. La mayoría de su superficie no era más que un desierto lleno de grietas y cicatrices, y desesperación con poco combustible y menos dinero… y peinados horteras. En los polos se encontraban las ciudades, aunque no había muchas ni estaban tampoco particularmente pobladas. La gente no podía pretender organizarse en grupos demasiado grandes en Anubis: era peligroso. El planeta se resquebrajaba bajo los dos soles y las manadas de zad. Y un refrán local rezaba: “te quedarás en Anubis”. Solía usarse más como amenaza que como refrán propiamente dicho, pero en realidad esa función en sí misma capturaba de manera fidedigna el espíritu de sus habitantes. Daba igual que uno hubiera nacido en aquellas tierras asoladas de arena blanca o que hubiera viajado hasta aquel inhóspito páramo huyendo, por ejemplo, de la justicia o –también y aunque fuera menos probable– de la injusticia, después de ir allí nadie podía vivir en otro sitio.
Nadie en su sano juicio quería saber absolutamente nada de ese planeta, a no ser, claro, que toda posible opción hubiera desaparecido. Toda opción real: Anubis nunca era una alternativa, por eso se asumía con naturalidad que la gente que vivía allí no solía tener demasiado que perder. En parte se debía a las peculiaridades de la atmósfera.
La atmosfera se estudiaba con sumo interés debido a varias razones: por resumir el contenido de un nutrido corpus de investigación más o menos aplicada en una sola frase, podía decirse que tras una exposición prolongada a ella, la gente solía perder la cabeza casi sin excepción. Después ya no podían perder nada más.
¿La vida? Mantenían una relación de amor-odio con ella, probablemente debido a la locura. Pero en Anubis esto no se veía como algo particularmente malo…

Acababan de atropellar a un zad sobre el asfalto polvoriento, la sangre había manchado el parachoques y parte del faro derecho de la camioneta, blindada y destartalada a partes iguales. La pequeña Rorro miraba por la ventana despreocupada y sonreía mientras jugueteaba con una granada de mano. La Carnicera, una mujer corpulenta y llena de cicatrices, le dio un sopapo en la cara y cogió al vuelo la granada que se le escurría a su hija de entre las manos.
–No habéis probado la verdadera tortilla sarana, lo que cocináis vosotros es una vulgar copia barata –dijo con su acento cantarín Doki, el padre de la criatura, un tipo fuerte y no demasiado alto.
–Una copia que, ¡ojo!, no sabe a mierda –puntualizó la Carnicera con el dedo índice en alto y una dosis de sarcasmo.
–Mira que te meto, payasa –comenzó Doki con sus amenazas, fingiéndose indignado por aquella afrenta a la tortilla sarana.
–¡Que te meto, payasa! –comenzó a gritar Rorro–. ¡Payasa, payasa, payasa!
–Tu gilipollez congénita no nos ayuda, Doki, ¡mira cómo ha salido la pobre niña!, y además, ¿qué ibas a hacer exactamente, castigarme la espinilla? ¡Tendrías que comprarte un taburete por lo menos! ¿Te compro uno?
–Eso suena como a muestra de afecto, ¿sabes? Debe ser el calor, no te está sentando bien… –le lanzó un botellín de agua.
–Estaré baja de leucocitos, digo yo.
Mientras, en la parte delantera de la camioneta –por llamarla de algún modo– Salamandra, con los brazos apoyados entre los asientos del piloto y del copiloto, decía:
–Troncos, no entiendo cómo coño seguimos vivos. ¿Será el kung-fu?
Tesla le lanzó un par de puñetazos y ella los detuvo y se los devolvió a su vez. Ragnar, que estaba al volante aunando toda la paciencia que era capaz de reunir, se volvió hacia ellos y dijo:
–Si peleáis mientras yo conduzco, nos podemos matar, ¿veis?
–¡Pero mira a la carretera! –le increpó Tesla al tiempo que esquivaba un par de golpes.
–¡Pero coge el volante! –exclamaba Salamandra animada.
–¡A la muerte que vamos, me cago en la puta! –insistía Ragnar mientras el motor rugía en crescendo –Y, o paráis, o conduce la tuerta.
–¡Eh, yo me apunto a lo que queráis! –respondió Salamandra entusiasmada–. Los minusválidos también podemos matar gente. ¡Igualdad de oportunidades! –exclamó alzando el puño.
–¿Yyyy… a dónde vamos? –se asomó la voz de la pequeña Rorro.
–Buena pregunta –murmuró Tesla pensativo.
–¡No le digas eso, que se crece! –le espetó la Carnicera desde atrás.
–¡Cómo la tratáis, qué pobre! –se quejó Ragnar.
–¿No recuerdas sus disertaciones sobre las banquetas de tres patas? –se escuchó la voz de Doki también al fondo–. Y puede empeorar. Te lo aseguro.

Un molinillo daba vueltas a regañadientes sólo cuando la brisa encontraba fuerzas para levantarse sobre el atardecer. Una alambrada separaba el recinto del resto del arenoso erial y junto al enorme garaje había otro edificio que intentaba ser de cristal y disimular el ladrillo y la chapa a duras penas. El cartel holográfico imitando el neón parpadeaba con una intermitencia arrítmica, visiblemente estropeado, y se esforzaba en rezar: “M tel”. Evidentemente supusieron que se trataba de una declaración de intenciones. Por lo demás aquel lugar parecía un antro de mala muerte: polvoriento como era habitual en Anubis pero particularmente repugnante, lo cual era sin duda una proeza dados los estándares habituales de higiene en aquel planeta. Había otro holograma enorme en el que se publicitaba agua carbonatada y sexo a partes más o menos iguales.
–Pues ya hemos llegao –corroboró Salamandra brincando desde la camioneta al suelo. Sus botas levantaron una pequeña polvareda. Cogió a Rorro en brazos para ayudarla a bajar.
–Aquí huele como a culo –dijo la niña.
–Pues sí que huele bastante a mierda, sí.
–Si hay litera, me pido la de arriba.
–Vaaaale –concedió Salamandra refunfuñando.
–¡Litera de arribaaaaaa! –comenzó a cantar Rorro mientras se alejaba corriendo. La Carnicera se aproximó a su hermana Salamandra:
–Tronca, cuando la ves alejarse corriendo es inevitable pensar: ¡a lo mejor un día alguien se la lleva! Es tan rica… Yo nunca he perdido la esperanza.
–Sois unos padres jodidamente turbios.
–Eh –intervino Doki–, Rorro sigue viva con sus nueve años y su precaria actividad neuronal, y eso quiere decir que somos unos padres jodidamente buenos. ¡Ni que se la hubiera comido algún zad!
–Rorro se jamaría al zad enterito si le dieras un mondadientes para matarlo –se adelantó Tesla–. Es extraordinariamente destructiva. Tiene habilidades curiosas.
–Sí, hablar no es una de ellas, qué le vamos a hacer… –siguió la Carnicera.
–La verdad es que nunca me queda claro si habla nuestro idioma o sólo emite sonidos que sin querer coinciden con las palabras –alegó Salamandra.
Ragnar se bajó de la camioneta, cerró con llave y besó a Tesla.
–A ver si en éste nos dan una habitación doble para nosotros solos –susurró Ragnar.
–A hostias nos la rifamos –declaró la Carnicera–, que no sois los únicos que quieren hacer lo que hace la tía esa del cartel –dijo señalando a la pancarta publicitaria.
–Bueno, está la pobre chica solita matándose a pajas… –apuntó Tesla observando el anuncio–, ¡es como Salamandra! –agregó rompiendo en carcajadas, coreadas por el resto.
–Ya mojaré, coño, qué zorras sois todos, hostias. Además, yo me quiero con locura, os lo aseguro –aseveró la aludida con suficiencia.
–Sí, a las cinco menos cuarto cada día –puntualizó Ragnar.
–Y durante quince hermosos minutos… –añadió Salamandra soñadora–. ¡Y es a menos diez, pringao!
–Chavales, ¿soy el único que se muere de hambre? –consultó Doki.
En respuesta rugieron seis estómagos al unísono, cercanos a la armonía musical, potentes, profundos y decididos. Fue un instante casi sagrado, como un eclipse de sol contra sol.
Y Rorro fue la primera en reírse.

–¿Dinero? –decía Rorro abriendo mucho los ojos–. No tenemos, pero podemos hacer esas cosas… a… a… ¿apaños? –miraba a las musarañas extrañada–. Apaños, sí –se decidió.
La mujer –con unos cuantos años a cuestas– que estaba detrás del mostrador de recepción, y que parecía ser la única persona al frente del local, no pudo evitar fijarse en las granadas que llevaba Rorro en el chaleco.
–¡Señora! –la recepcionista se volvió, mirando a Tesla–, ¿esto es de alguien? –quiso saber él señalando a un bote que había sobre una mesa.
–No. Lo dejaron ahí esta mañana.
–¿Es comida? –siguió Tesla disimulando a duras penas sus ansias de llevarse algo a la boca.
–Huele a comida –aportó Salamandra relamiéndose como un animal.
–No lo sé –murmuró la recepcionista encogiéndose de hombros.
–…ternera –señaló Doki aguzando su olfato.
–Pues nos lo quedamos, ¿eh? –afirmó Salamandra, la cual acto seguido abrió el tarro para ver su interior mientras Tesla se aproximaba y ambos comenzaron a llorar.
–¡Mira…! ¡Es verdad: tiene carne! –exclamó ella con lágrimas en los ojos.
–¡Y pimientos y fideos! –dijo él con el labio tembloroso.
–¿Has probado la sopa de nogel hervido, tronco? –trataban de enjugarse las lágrimas como podían–. Ésa está buenérrima –le aseguró Salamandra antes de volverse a la recepcionista–. Señora, ¿dónde hay cucharas, palillos o algo?
–Id a la cocina y procurad no preguntarme muchas cosas –atajó la mujer.
–¡Pero esta sopa huele fenomenal, tía! ¡Qué felicidad!
–Sí, joder, qué subidón –iban Tesla y Salamandra conversando antes de internarse en la oscuridad informe que era la cocina.

Ocha, la hermana mayor de Rorro, apareció por la puerta con Gaia, dos jóvenes bastante enérgicas y bienintencionadas que solían perderse en motocicleta. Traían una maleta azul.
–Ay, mira, Ocha… –comenzó a decir Gaia con cierta extrañeza–, esa maleta que llevas, ¿no será como… considerablemente más azul ahora?
–¿Más azul?
–Sí, más azul: más es lo contrario de menos, cariño. Ya sabes, un tono más fuerte, como si para el color verde dices “más verde”. Más azul. Como si fuera una maleta distinta incluso.
–Yo qué sé…. ¿sí? –la recepcionista les lanzó una mirada furtiva.
Fueron a saludar a los demás pensando en la suerte que tenían de haberlos encontrado, porque siendo sinceras, había sido pura casualidad.

Media hora más tarde Gaia y Ocha estaban durmiendo la siesta en su habitación.
Salamandra les había dicho a Tesla y a Ragnar que aprovecharan mientras ella dormía “para hacer guarrerías” tal y como había expresado textualmente.
Doki y la Carnicera estaban aprovechando.
Rorro por su parte corría por el motel sin descanso persiguiendo a algún animal doméstico.
Sin embargo treinta y cinco minutos más tarde las cosas se estaban poniendo un poco feas: En la habitación de al lado Ocha y Gaia permanecían con los brazos en alto mientras una chica que tenía un aspecto beligerante y una pistola de un tamaño a todas luces excesivo abría la maleta y les preguntaba que “adónde cojones os llevabais nuestra droga” con acritud.
No obstante y volviendo a la habitación de Tesla, Ragnar y Salamandra, esta última no había podido conciliar el sueño porque el aire del desierto se estaba agitando como se agitaba un cadáver reciente con el tembleque de los tobillos. Así que en algún momento Salamandra fue a mear.
Había un grupo tocando música en la sala común del motel. Tesla y Ragnar dormitaban en la habitación después de una necesaria sesión de sexo. Y unos segundos más tarde se coló en su plácido sueño la voz de una Salamandra alarmada:
–¡Tesla, arriba!
Tesla se despertó un tanto sobresaltado de la siesta, vio a Salamandra esquivando un par de golpes y propinando a su vez sendos contraataques. El tipo contra el que luchaba era bastante grande.
Actuó.
Le golpeó una patada directa a la parte posterior del muslo, a la altura del bíceps isquiotibial. Cayó de rodillas y entre los dos le inmovilizaron.
–Acepta mis excusas, por favor –comenzó a decir Tesla inclinándose hacia su oponente–: Quería infligirte el máximo dolor posible para inmovilizarte habida cuenta de tu tamaño, pero sin romperte nada ni llevarte a la inconsciencia, mero pragmatismo. Espero que sepas disculparme y agradezcas el buen estado de tu cabeza y rodillas.
–Y ahora, empezaremos con… –comenzó a decir Ragnar desenfundando su pistola y apuntando a aquel tipo. No pudo acabar de pronunciar sus palabras: escuchó una explosión y unas risas infantiles y animadas que le hicieron perder el hilo de lo que iba a decir–. En fin, espero que Rorro no destruya el edificio… –se resignó.
Todos menos Ragnar salieron al pasillo que había entre las habitaciones y el salón del motel. Vieron a la Carnicera corriendo con un cuchillo en una mano y lo que debía ser el brazo de algún desafortunado en la otra, y a Doki junto a ella. Vieron asimismo cómo Rorro tiraba una granada al interior de una habitación y se iba dando saltos muy feliz.
El Interior de la Habitación, más conocido como Fred el Crestas, sopesó la granada en la mano con la mirada crítica de quien comenzaba sospechar que aquello no era una hamburguesa.
De la habitación en la que entró la granada salieron despedidas al menos una escopeta y parte de una cabeza.
–¡Ay, pobre, que se mata mi Rorro! –decía la Carnicera precipitándose por el pasillo a toda prisa.
–¿¡Que se mata!? –inquirió su hermana sin dar crédito.
–Estás muy chof como para luchar… –se quejó Tesla a lo suyo, dirigiéndose a su novio.
–Coño, que son las cuatro de la tarde, ¡es que no están puestas ni las calles! –seguía Ragnar mientras apuntaba a aquel hombre que les había atacado y que observaba todo sin entender demasiado bien qué estaba ocurriendo.
–¡Tú, habla! –le ordenó la Carnicera, que se había detenido ante el umbral de la puerta.
–Drogas… el maletín tenía drogas. –farfulló el tipo como pudo.
–¿Drogas?
–Sí.
–¿Caras? –quiso saber Doki.
El tipo asintió con nerviosismo, rapidez y una sonrisa desparramada.
–¡¿Os habéis confundido otra vez de maleta?! –exclamó Doki en voz alta.
–¡Sí! –se oyeron las voces llenas de culpabilidad de Ocha y Gaia desde la habitación contigua–. ¡Y, claro, nos hemos quedao sin ropa interior limpia, cariño! –continuó Gaia–, de verdad que yo así no puedo, ¿eh?
–¡Y por cierto, aquí hay una tipa que quiere que no la matéis! –siguió Ocha.
–¿Podríais detener a Rorro? –interrogó Gaia–. ¡La pobre chica se siente insegura con la peque danzando…! ¡Normal! ¡Qué pena, por Dios, si la vierais…! ¡Qué apuro me da!
–¿Podemos centrarnos? –suplicó Salamandra–, que esta panda intentaba parecer muy chunga y eso hace cinco segundos.
Un par de tipos de enormes proporciones salieron al paso y como Rorro estaba en aquel preciso instante muy ocupada hurgándose la nariz y no tenía una capacidad de atención elevada, la Carnicera y Doki decidieron bajarles los humos.
Huelga decir que no eran los únicos clientes del motel y que, en general y a pesar de las explosiones, la gente no consideró de importancia la contienda que se libraba –en ocasiones a escasos palmos de ellos–.
Con respecto al grupo de música, aún no había acabado de tocar cuando la pelea terminó.
Una anciana, que había estado tomando una sopa en la mesa de la esquina, se levantó, se dirigió a la barra, depositó sobre ella su bol, al regresar a la mesa esquivó a un hombre que yacía inconsciente en el suelo y se dejó caer sobre el asiento para disfrutar de la música.
Marcel apareció por la puerta con una amplia sonrisa de satisfacción. Doki, Ragnar y los demás le correspondieron con risas de júbilo puesto que le habían dado por muerto durante aproximadamente mes y medio.
–Y tú, ¿dónde has estado? –quiso saber Rorro impresionada en medio de un gran abrazo grupal para recibir a Marcel.
–En un bar llamado Díser –contestó éste.
–¿Y dónde coño has dormido?
–En el Díser –repuso riéndose–. ¡Hostia puta! –exclamó al darse cuenta del espectáculo circundante–, ¿y aquí qué ha pasado? Mucha sangre y eso…
–Unos tíos querían matarnos porque Ocha y Gaia han cogido sus drogas sin querer, ¡otra vez! –intervino Ragnar.
–Yo quiero drogas –afirmó Marcel–. ¿Y Ocha y Gaia venían con vosotros? ¡Pero si eso no pasa nunca!
–No, hombre, no –le informó Ragnar–. Han aparecido luego.
–¿Entonces la banda de traficantes las perseguían o ya estaba aquí?
–Sí.
–¿Sí qué?
–Que estaban aquí ya.
–Seguramente la señora del mostrador sabe algo, ¿no crees?
–Tiene toda la pinta de manejar el cotarro –dijo Salamandra. A ninguno de ellos les preocupaba que la recepcionista estuviera presente–. Total, movidas mazo de tochas. ¿Qué tal, señora? ¿Cómo anda? –tuvo la cortesía de saludar a la recepcionista.
–Llevaos a esa niña de mi establecimiento –suplicó la mujer.
–Hala, Rorro, nos vamos, que estos señores no nos quieren –dijo Doki.
–El brócoli viene del espacio, ¿no? –dijo Rorro sin venir muy a cuento de nada.
–Sí, Rorro –seguía Doki aunando paciencia.
–¡Locos, que estáis todos locos! –gritaba Gaia sin dirigirse a nadie en particular.
–¿Sabes quién está loca? –se rió Rorro.
–Rorro, esas cosas no se dicen –le espetó su madre.
–Pues iba a decírselo a la recepcionista rara de las drogas pero no, porque no me conoce y qué abuso, ¿no?
–Bueno… eso está parcialmente bien –sopesó su padre junto a ella tras un par de segundos de reflexión.
Gaia y Ocha se despidieron y se fueron hacia su motocicleta, prometiéndoles que esta vez no tomarían caminos diferentes ante la primera bifurcación con la que se toparan en la carretera.
–¡Venga, menos postureo! –les había dicho Ocha antes de marcharse. A nadie le quedó muy claro a qué se refería, si es que aquello quería decir algo.
Ya afuera, montándose los demás en esa especie de vehículo desvencijado que llamaban cariñosamente “camioneta”, la Carniera le dijo a la tuerta Salamandra:
–¿Sabes qué me alegra el día?
–Esto… ¿sí?
–¡La percepción de la profundidad! –las dos hermanas comenzaron a reírse.
–¡Chistes de minusválidos, nunca fallan! –le aseguró Salamandra entre carcajadas.

domingo, 1 de marzo de 2015

Y en el país de los tuertos...


Y en el país de los tuertos…:

            A lo largo de la historia siempre ha habido una disputa radical, original, que ha movido a la humanidad, que ha generado e impulsado los movimientos sociales y la propia marcha de nuestra especie; no es otra sino la batalla ancestral y primigenia que se libra desde la noche de los tiempos: los fuertes contra los débiles. No resulta difícil de ver y sin embargo parece muy tentador negarla o al menos tergiversarla interpretando los papeles. Es fácil pensar que los fuertes no son los descendientes de una casta guerrera y gobernante, que de alguna manera los fuertes están abajo, y que son fuertes por su tenacidad, que la perseverancia en un mundo hostil y la resignación son virtudes, que la aceptación de la pertenencia a una casta social desprestigiada y ahogada en la miseria ha de tener recompensa. Que tal retribución es sin duda lo justo. Sin duda podemos tomar ese discurso y darle las vueltas necesarias, argumentar de un modo u otro, tendenciosamente, para sacar a relucir un cierto victimismo herido. Y por otro lado vemos una realidad que –decimos– nos desgarra: los fuertes vencen, los débiles caen derrotados. Y lo cierto es que luchamos en ocasiones contra nuestra propia naturaleza e inventamos treguas para nuestra propia idiosincrasia ávida de poder. Las revoluciones sociales son una prueba de ello: tan sólo cambiamos papeles, el poder sigue ahí. Lo importante es quien lo detenta.
            Últimamente se nos vende la idea de que una persona, por el solo hecho de ser, por ejemplo, un minusválido, merece comprensión y nuestro reconocimiento porque nos avergüenza sabernos en mejores condiciones, ya sean físicas o psicológicas. Porque nos avergüenza saber que sin la medicina moderna los minusválidos no existirían. Algo tan espontáneo nos llena de culpa. De alguna manera son accidentes afortunados, pero lo cierto es que la naturaleza en principio no iba a permitir que esos individuos, con sus taras evidentes, se reprodujeran. La selección natural dicta que la función no hace al órgano, sino que el órgano hace la función: esto es, entre los animales –también entre los humanos– sobreviven sólo los más aptos, en términos evolutivos –y algo más exclusivos– la carga de mayor responsabilidad se encuentra en los que presentan mutaciones que mejoran a la especie. En cualquier caso, la teoría viene a decir que los individuos válidos son también los que se reproducirán. Evidentemente los avances tecnológicos –que permiten que aquéllos que iban a morir, vivan– influyen decisivamente en algo que no es otra cosa sino la selección natural en toda su imparcialidad. No se trata de moralidad, la naturaleza es neutra y amoral, los términos de la ética le son completamente ajenos y cualquier consideración al respecto no es más que palabrería. La verdad es que los fuertes sobreviven y los débiles mueren. Nos han dicho que debido a esto debemos sentirnos culpables. Y no nos sentiríamos culpables si no supiéramos que, de alguna manera, son inferiores a nosotros. Es por eso que tratamos de ayudarles con ahínco en la más torpe sobrecompensación, es por eso que, en el fondo, no les tratamos como a gente normal, que –de alguna manera– somos conscientes de la profunda diferencia existente entre ellos y nosotros y que nosotros, los que estamos por encima, debemos hacer algo para mitigar el efecto que produce la vida misma que se torna cruel repentinamente. Pero no son víctimas en poder de otros hombres, son sólo personas que viven únicamente porque la ciencia lo permite. Y no obstante siempre nos queda claro, como una astilla clavada en nuestro modo de procesar la información, que ellos debilitan a la raza humana. Que, si tienen descendencia, sus genes serán transmitidos y que esto nos doblegará o al menos hará que avancemos con una mayor lentitud y llevando una carga en nuestro camino.
Los pueblos fuertes se deshacen de aquellos individuos que resultan perjudiciales a través de diversos medios en todos los ámbitos: en el terreno de la justicia podemos encontrar prisiones o condenas más o menos severas, en términos de salud mental hallamos centros psiquiátricos con una política de visitas endeble y poco dada al sentido del humor, en términos de simple salud social, barriadas enteras de gente que muchos otros han considerado indeseables, ya sean drogadictos, okupas –con “c” o con “k”– o sin techo.
Con respecto a los minusválidos hablar de castración o de reclusión es sin duda una barbaridad, pero permitir un nacimiento que obviamente va a debilitar a la especie entera a largo plazo a expensas de la calidad de vida de numerosos individuos, no es sino una insensatez, sobre todo teniendo en cuenta que, en muchos casos, los padres tendrán que cargar con los problemas de sus hijos y el gobierno destinará cantidades ingentes de dinero a ayudar a quien, también en bastantes casos, no tendrá una existencia digna.
Lo que sugiero y propongo es una medida algo más moderada: no salvarlos, no invertir medios en ellos, permitir que el mundo se llene de una vida que no va a sufrir así. Y hacernos un favor a todos porque lo que nos jugamos no se puede medir en términos de una vida humana llena de egoísmo. Hablamos de una especie entera que debe mejorar.