¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

miércoles, 1 de julio de 2015

Un día extraño


Un día extraño:

La luz del día se ondulaba por la rendija de esa puerta que no cerraba bien. El interior de la tienda estaba lleno de trastos: cuadros, aparatos electrónicos, muñecas de porcelana de aspecto siniestro, viejos monitores, puertos informáticos etiquetados y despiezados, relojes antiguos, cuadros y menaje exótico. La mercancía apenas cabía en las estanterías y él se había perdido. Las motas de polvo se dejaban guiar por una brisa que, por perezosa, parecía irreal. Afuera se escuchaba el ocasional motor de algún coche en el agosto madrileño vacío y lejano. También se oía el trino de unos pájaros que le ataban al mundo por si acaso.
–¿Hay alguien ahí? –preguntó en un tono que sonaba más a una disculpa que a una pregunta.
–Hay alguien aquí –respondió una anciana sonriente–. Y, por lo que veo, joven, te has perdido.
–Sí –la sílaba pronunciada se asomó tras su rubor, él se rascó el brazo, incómodo.
–La salida está justo por donde has venido.
–Tengo que llegar a la calle Luna, ¿sabe hacia dónde debo, esto… ir?
–Si doblas a la izquierda en la segunda calle hacia allí, verás la Gran Vía, no estás lejos de ningún sitio.
–Perdone –agachó la cabeza en un preludio de su marcha.
–¿Estás preparado para tener un día extraño? –dijo la anciana mirándole con un enigma afilado en los labios, jovial y benevolente pese a todo, como si fuese capaz de reunir varios puntos de fuga en un solo gesto.
–¿Qué…? –él vaciló unos instantes sin lograr articular palabra alguna, sin encontrar posibles pensamientos ni elecciones. De alguna manera, sin embargo, decidió irse finalmente. Aunque, más que de una decisión en sentido estricto, se trataba de un acontecimiento impersonal en medio de su cuerpo. Dio un paso sobre el suelo de madera y salió.
Una ráfaga de viento le encontró en su viaje al cruzar el umbral.
La ciudad de Madrid había desaparecido.
En su lugar había un cielo teñido de colores inefables que se caían del sol, una pradera verde y brillante, y una garganta como un tajo grisáceo, cicatrizando en un camino de tierra.
Se volvió, los ojos de un caballo le miraban. El animal agitó las crines con impaciencia. Le estaba esperando a él, supuso. Su mano tomó las riendas, no tuvo tiempo de preguntarse por qué su cuerpo iba por delante de sí mismo.
Montaba a caballo, estaba seguro de que no sabría soportar el trote o el galope, no sabría bascular su cuerpo ni fijarse a la silla adecuadamente porque nunca jamás había cabalgado, pero en esos momentos, sencillamente, una consideración como ésa no era más que un minúsculo grano de duda en medio de un universo de profunda incomprensión.
Se internó en el cañón pedregoso al paso, preguntándose por todas esas cuestiones que, por imposibles, no querían presentarse. Bastante extrañado, se dio cuenta de que no tenía miedo. Quizás para tener miedo había que tener también una certeza, algo fijo que pudiera zozobrar y caer, el antónimo que abriese un campo de sensación en el que él pudiera sentirse y encontrarse. Le daba la impresión de que había que apropiarse de algo de lo que el temor pudiera a su vez apoderarse o que al menos pudiera amenazar. Le daba la impresión de que sin seguridad tampoco había miedo. Y él no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, hasta el punto de que no tenía asidero mínimo al cual acogerse, no tenía lugar alguno desde el cual posicionarse para comprender todo aquello –abrumador– que estaba pasando.
Curiosamente se sentía bastante bien, abandonado incluso de sí mismo, pero bastante bien. A fin de cuentas, no tenía nada. Y por más consciente que fuera de que hacía unos escasos minutos sí había tenido algo desde el día de su nacimiento, no suponía ninguna diferencia. Ahora no. No allí.
Las paredes del cañón se alzaban a ambos lados de su caminar junto a ellas. Tras unos minutos llegó a un punto de inflexión: un abismo.
Un gran abismo y el sendero anhelando su viaje a lo lejos, al otro lado del acantilado.
Abajo distinguía agua y olas, al frente, lo que podía describirse como una columna natural y gigantesca sobre el suave batir de un océano en calma.
Veía dos torres ante él, al otro lado del precipicio, descomunales y obviamente no concebidas por la mente humana: describían formas imprecisas, casi cambiantes si uno no fijaba la mirada en ellas como si las intentara anclar a las palabras, y su construcción parecía imposible atendiendo a la física que conocían los hombres.
Respiró hondo sobre su montura, acarició el cuello del zaino e hinchó los carrillos pensando qué podía hacer. Suponía que nada lógico.
Nada lógico o volver por donde había venido.
Plegado sobre el cuero en su silla de montar había un morral. En su interior, una flauta travesera. Simplemente la cogió. Sabía tocarla, aprendió hacía años. Sabía que debía tocar, sentía el aire arremolinándose en el interior de sus pulmones, aguardando. Pero no sabía qué tocar y le resultaba ridículo pensar en el para qué. Aún así se atrevió, porque lo cierto es que no creía que hacer otra cosa fuese a tener ni más ni menos sentido que tocar. Y pensar que algo podía resultar ridículo en aquellos parajes era lo realmente ridículo. Al parecer allí las cosas se limitaban a ser.
No pudo evitar reírse.
Y tocar.
Sopló: una nota se sostenía, colgándose de la melodía en su ocaso, mientras nacía otra que se solapaba y trepaba por ella con firmeza o descendía con suavidad antes de que la anterior se disipara del todo. La música era serena y vital, haciendo tirabuzones de sonidos, coros, fugas y líneas que se dispersaban en un camino sin destino hasta apagarse una tras otra. Estaba solo con la música, la naturaleza y el sol.
Un monstruo nació de las profundidades de las aguas, enorme, informe, horrendo.
Le miraba. Rugió con un sonido indescriptible y ajeno al mundo que él conocía, pero que hizo temblar los cimientos de éste en el que se hallaba.
Su caballo seguía sobre sus cuatro patas, confiando en el jinete.
Él contempló al monstruo, inmenso como el acantilado mismo. Sentía la parálisis del miedo, la huida haciéndose trizas contra la impotencia, el cuerpo en una tensión incapaz, el corazón gritando y su mente rezando. Dejó estar al temor mientras se transformaba en puro terror, más antiguo que los hombres, reduciendo toda la realidad a un sentimiento que le atrapaba contra sí mismo en su deseo de no ser él quien estaba ahí. Contempló el terror en su viaje a través de su interior. Luego, tras unos minutos de latidos precipitados y respiración entrecortada y a punto de reventar, dejó paso a la serenidad que se inclinaba desde su opuesto. Si ese engendro intentaba algo, él moriría. Era simple. Pero no había hecho nada. Él tampoco había intentado nada aparte de sobrevivirse a sí mismo.
–¿Soy un monstruo? –se extrañó él de pronto. Sentía cada sonido en el cielo, cayendo como lluvia.
Dio una última nota con la flauta y se lo quedó mirando.
Aquella aberración colocó algún miembro de lo que sería su cuerpo en la oquedad que separaba el camino roto por el precipicio. Era un puente o la muerte.
Así que probablemente tenía que seguir por ahí.
Dudó, la idea de la muerte no le gustaba en absoluto, pero una vez más, no creía que el monstruo fuese a esperar para acabar con él. Y creía en el fondo de su corazón que aquella bestia grotesca e impensable era algo íntimamente ligado a él mismo. Esa idea no le molestó, ni siquiera a nivel metafórico.
Y luego pensó que si lo peor que había hecho el bicho ese era ayudarlo, hoy era su día de suerte. Rebuscó en su morral nuevamente, encontró unas flores.
Al cruzar se las dejó como ofrenda al inicio del nuevo camino y se inclinó ante la bestia en una reverencia.
–No sabía que me iban estas cosas, demonio, pero me inclino ante ti. Acepta estas flores como regalo, no tengo mucho más. Compártelas, por favor, con este camino.
Montó y reanudó la marcha, dejando las dos torres que flanqueaban el sendero a su espalda.
Avanzó y escuchó unas campanas. El paisaje que contemplaba era extraño, como si se combara sobre su centro. Veía montañas y el espejo de un lago en medio de una pradera. La isla era enorme, pero no daba la sensación de que pudiera albergar tanto mundo desde fuera. No importaba. Había una iglesia gótica y gris al otro lado del lago. Y las campanas, efectivamente, doblaban ante él.
Una diosa inabarcable para la vista corrió el mundo como si fuera una sábana, y el día y la noche desaparecieron.
Su caballo se encabritó y él intentó calmarlo como pudo. Y pudo: una diosa gigante y antropomórfica casi era un cliché.
Se bajó de su montura.
Ante él había una hoguera.
Y, sin saber muy bien qué hacer, extrajo tinieblas del fuego, guiándolas por ese vacío que era ahora el mundo con tal de no aburrirse.
–Has derrotado al monstruo de las leyendas, mortal –dijo la gigante con una voz que llenaba cada palmo de mundo.
–Hombre… visto así… –se ruborizó, pero esta vez no se rascó el brazo sino que le hizo bastante gracia toda la situación–. Yo sólo quería ir al cine, en serio. El viaje me ha abierto los ojos. Esto… a ver cómo lo digo en plan bien… ¿Necesitáis algo de mí? –hizo un gesto buscando concreción con las manos–. En serio… no sé, ¿tenéis algún requerimiento? No es que me guste ir por ahí haciendo recados, pero ya que estoy aquí…
–Hay una misión para ti, Viajero de mundos.
–¿Puedo liarme un porro primero? Hay cierto estrés bastante miérder en todo este… en toda esta movida –dijo examinando el interior de su morral.
–Debéis recuperar la Vasija del Orden y destruirla.
–Suena muy metal, la verdad –se arrodilló con menos gracia que la última vez–. Voy a sentarme un rato y luego lo vamos viendo.
–¿Llevaréis a cabo vuestra misión?
–Sí… no suelo negarle nada a dioses que miden bastante más que yo.
–Os estaré eternamente agradecida. Aceptad mi regalo.
–¿Regalo…? –ella le tocó.
Él cambió. Para siempre.
Y se dispuso a vivir otra vida.
Todo lo anterior era sólo una sombra al lado de la experiencia pura atravesando su piel, lo que siempre había sido.
Ya había recuperado la Vasija del Orden. Ya la había destruido. Y nada había cambiado.
–Tienes sentido del humor –le dijo a la diosa–. ¡Coño! ¿Soy una diosa gigante? –se dijo a sí mismo–. Vale, soy una diosa gigante que tiene aún menos claro que yo cómo usar el plural mayestático…
–Básicamente –repuso ella.
–Menuda mariconada, me gusta, en fin… –comenzó a liarse el porro–. Al menos soy anti-épico.
–¡Oh, vamos! –se quejó ella riéndose.
–Mi humor absurdo golpea con el infinito, ¿has visto?
Se rieron los dos.
–Desde luego, qué mundo más raro –afirmó satisfecho.