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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

viernes, 15 de enero de 2016

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Naikari hizo brotar una flor de la roca maciza junto al rio, los pájaros volando en círculos.

Contempló cómo la piel del hombre se resquebrajaba bajo el peso de un millar de recuerdos y esperanzas escapándose de la correa en la mano de nadie.

Cubrió su caminar de espejos y los fue rompiendo uno a uno.

Las serpientes se enroscaban a descansar y las arañas vigilaban que el tiempo no desapareciera diluyéndose por las artistas de la no existencia pues no había nada que durase, jamás nada se perdería en el pasado, jamás nada vendría desde el futuro.

Los perros olfateaban la primavera en el aire sin preguntarse si el olor y sus hocicos eran cosas distintas.

Las parejas dejaban fluir el sexo por sus cuerpos trémulos bajo el sol, alejadas de los dogmas. La moral era la imposición del temor, la felicidad no dejaba de sudar.

Cada gota de rocío era la mañana y la mañana era cada gota de rocío.

Naikari cogió un libro y lo sacudió con fuerza, las letras cayeron al suelo y las páginas quedaron en blanco. Y sonrió.

El humo de un cigarro esperaba con cierta preocupación en las uñas, pero Naikari no hacía caso.

Se había enamorado del mundo, del dolor y del placer, de los días y sus noches, de cualquier aspecto de la realidad que estuviese gritando todo lo que no era. Del cielo soplaba y extraía la tierra y del fuego congelaba y extraía el hielo más frío.

Era el tejido onírico que se movía como un sendero de miel cabalgando el viento.

Enamorado como estaba, había descubierto esa certidumbre nebulosa que mora mucho más allá de la verdad y la mentira, emparentada con la belleza de todo evento. Las montañas le saludaban al verlo pasar.
El amor es la verdad, y la verdad es la verdad sólo porque existe el amor.

–¿Estás muerto o muerta, seas lo que seas? –dijo Tikal al verlo muy quieto.
–¿Quién eres tú? –inquirió Naikari a su vez.
–Qué pregunta más tonta, ¡como si alguien pudiera saber quién es!
–¿Y cuál es tu nombre?
–Tengo varios, ¿te gusta Tikal?
–Sí.
–¿Y me respondes a la pregunta? ¿Estás muerto?
–Todo el mundo se muere al menos una vez en la vida –de haber tenido, Naikari se hubiera encogido de hombros.
–Me lo tomo como un no entonces. ¿O un sí? No, porque si estuvieras muerto tendrías algún que otro inconveniente a la hora de mantener esta conversación, creo... Tengo una pregunta trampa: ¿la primavera viene cuando el invierno se va?
–¿Sólo has venido para romper el clímax de mis pensamientos?
–¡Exacto! –dijo Tikal mientras ella y el paisaje se alejaban de allí como si fueran un todo–. ¡La verdad es la verdad sólo porque existe el amor! ¡Dilo una vez más y será una mentira! ¡Quema el libro!