¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Los adultos son cuentos para niños


“Estudiarse a sí mismo significa olvidarse de sí mismo”.
DOGEN.

Los adultos son cuentos para niños:

            El asentamiento era un sitio tan pequeño que costaba encontrarlo incluso cuando estabas ya en él. Apenas unas pocas casas con más apaño que construcción se alzaban sobre los restos de lo que hubo de ser un poblado costero y sencillo junto a un riachuelo, y es que toda pieza mínimamente útil era empleada para resolver cualquier problema estructural, y Kalani había encontrado algún pasatiempo reparando cosas y dejando una firma colorista en sus arreglos. Había aprendido mecánica básica más por desconfianza que por curiosidad, a leer por puro amor, cómo utilizar el baño por comprobar empíricamente lo que parecía fascinante a nivel teórico, algo de historia, números y letras por pragmatismo y a estar rodeada de gente porque la realidad se le había echado encima. Vivían casi ciento cincuenta personas allí dedicadas al estudio, a la ganadería y la supervivencia más elemental, así que la joven estableció una pequeña red de trueques y favores en unas dos semanas tras su llegada.
En la noche el pueblo disfrutaba de luz eléctrica a la salvaguarda de los valles y las montañas que lo rodeaban, aunque la mayor parte de la energía se destinaba a la fábrica de municiones, dado que era la garantía de que aquellas gentes tenían algo que ofrecer al exterior. El exterior por su parte podía elegir cómo adquirir la munición y, sobre todo, si deseaba llevársela puesta. Por último el faro se alzaba permanentemente apagado junto a una cala, recogiendo todo el saber que conseguía retener como si fuera una biblioteca, la garantía de que aquellas gentes tenían algo que ofrecerse a sí mismas.
Kalani llevaba tres años en aquel lugar, haciendo caso omiso de casi todo y viviendo una vida que se le hacía cada vez más extraña: nadie pretendía matarla casi nunca, sólo le echaban la bronca. Aunque a decir verdad ella lo habría dado todo por el asentamiento: tenían libros y agua caliente.
            Ese día de verano la joven se despertó a media mañana, lo que en sus perezosos términos era claramente madrugar.
Después se metió en líos.

 
            –¿¡Qué te ha pasado en la cara, Kalani!? –exclamó Rhys, uno de los médicos del asentamiento, alarmado, corriendo hacia el frigorífico y trastabillando por lo somnoliento.
            –Me he caído encima de un buen puñetazo –resolvió ella–. Si no te convence, tengo más evasivas curradas.
El centro de salud era el tercer edificio más grande del pueblo tras el faro-biblioteca y la fábrica, y la segunda área mejor cuidada tras la zona de los generadores hidroeléctricos del río.
            –¿Nada de informes? –inquirió él con una voz que tironeaba de sí misma a través del cansancio mientras le aplicaba a Kalani un poco de hielo sobre la hinchazón–. Sujétate esto con el trapo –le dijo a un volumen un poco más bajo, sus palabras densas como el aceite sin refinar.
–Nada de informes, si puede ser –pidió Kalani. Se sentaron en dos sillas.
–Necesito un favor –comenzó él.
–¿Quieres que me desnude y me cubra de yogur? –interrogó la joven con travesura–. Un poco exótico, pero acepto si consigues el yogur.
–Kalani, centra un poco esa destilería a punto de explotar que tienes por cerebro, por favor –su agotamiento no estaba de humor ácido.
–Perdón, asunto serio, continúa –la mano de Kalani empujó sus propias palabras a un lado.
–Tenemos que ir a la ciudad.
–¿A qué? –peguntó ella, dispuesta y decidida.
Él se levantó con esfuerzo y miró a través de la puerta de cristal que separaba la habitación contigua en la cual yacía una paciente sobre una camilla, el médico se mantenía en un silencio elocuente.
–Necesito simeprevir o en su defecto interferón y ribavirina –le informó él, Kalani le miró demandando algo de contexto–, son medicamentos para tratar la hepatitis C, de Shannon, puede derivar en crioglobulinemia, hepatocarcinoma o vasculitis leucocitoclásica –Kalani asintió como si hubiera entendido absolutamente todo lo que le estaba diciendo, dejando sólo un resquicio para la sorna porque… en fin, porque era un asunto serio– y apenas tenemos medios para diagnosticar ni tratar nada. Los medicamentos figuran en el inventario que hicimos de la cámara frigorífica, ¿tú estabas? –Kalani asintió de nuevo–, espero que sigan ahí. No quiero pensar qué pasará cuando las reservas de medicinas se agoten –confesó él, abrumado por aquella perspectiva–. Shannon está… ya sabes que ha perdido a su hermano debido a ese accidente con tu revólver.
–Ya… Steve será condenado al ostracismo, casi seguro.
–Adele es muy severa con la estupidez y ese chavalote parece alimentarse exclusivamente de su propia idiocia –señaló él, mientras hojeaba una historia médica.
–La verdad es que es de las pocas cosas con las que estoy plenamente de acuerdo con Adele: la idiotez nunca juega a tu favor, a la vista está –advirtió Kalani sin saber dónde dejar lo macabro–. ¿Quiénes vamos? –curioseó con energía.
–Tú, Audrey y yo.
–¿Cuándo nos marchamos? ¿Y sólo tres? Preferiría que fuéramos alguno más… Doctor Pistacho III vendrá seguro, así que un coche habrá que pillar, por lo menos.
–Mañana por la mañana… –comenzó él a decir.
–Mañana tenía que ir al bosque a poner trampas… y segar –añadió insegura–, pero alguien lo hará mientras nos vamos a por droga... ¡Le preguntaré a Cole si quiere apuntarse! –gritó la joven, entusiasmada.
–Kalani… –el tono de reproche se perdió en algún punto antes de la última silaba.
–¡Es negro! –le contestó ella extendiendo los brazos y sonriendo confiada–. Hará que nuestro grupo de expedición sea más diverso.
–Estoy casi seguro de que eso es discriminatorio.
–Jo, pues me has pillado. Venga, qué coño, yo también me opongo: todas las discriminaciones me parecen iguales.  ¡Ahora ya no viene, por negro!
–¿Existe alguna regla de algún tipo que aún no hayas roto?
–¡Vamos! –exclamó ella indignada–. ¡Las reglas y yo empezamos muy jóvenes!
–Kalani… –sólo su nombre ya parecía un sermón.
–Contraataco que me aburro: fijo que llevas al menos dos días sin dormir –dijo ella señalándole las ojeras, sentía la realidad arrastrándose por esa mente con mucha dificultad– y eso va en perjuicio de tus capacidades intelectuales, ¿has visto qué bien hablo? Ayudar a la gente está guay y eso, y si no lo hacemos, no sobreviviremos, pero tú debes ser el primero de tu lista. Como hacen Radha y Carmen –Kalani se refería a las otras dos médicos.
–Carmen siente una fijación por las agujas hipodérmicas que se me escapa…
–Genial. ¿Quieres saber lo que pienso?
–Emmm… no –se decidió Rhys.
–Que no puedes salvar el puto mundo, no lo intentes, es egoísta, es… inhumano. Sólo haz lo que tienes que hacer: procurar que la gente espiche menos contigo que sin ti –dijo ella con la mano apoyada en el marco de la puerta–. Si no duermes, no vengas con nosotras –le advirtió mientras hacía amagos de bailar o de marcharse, lo cual hablando de Kalani venía a ser básicamente lo mismo.
–¿Por… por qué egoísta? –interrogó extrañado.
–Porque –se detuvo allí, bajo el umbral, y se dio tiempo para organizar su discurso con cuidado– si lo piensas bien, si te apropias de la responsabilidad de otra persona, le niegas su espacio para ser ella misma y desarrollarse, además, la forma en que tratamos a los demás refleja cómo nos tratamos a nosotros mismos… bueno, no siempre. Así que uno podría pensar que cubres necesidades porque estás necesitado, mola, ¿eh? Dame una piruleta, anda –dijo con un gesto veloz y una sonrisa.
–Si no fuera un esclavo de mi necesidad, tendría que ser responsable, y prefiero estar en deuda con mi cinismo que con la moral.
–No sales de la necesidad ni de coña, ¿eh? –pinchó Kalani.
–¡Largo!
–¡Joder! ¡¿Y mi piruleta qué?!


La sala se abría al balcón, era sencilla y amplia: una cama, una mesa baja, cojines tirados por todas partes, el polvo danzando a través de la luz, ropa por el suelo y dos mochilas apoyadas en la pared. Las paredes estaban cubiertas de dibujos y mensajes de, salvo excepciones, dos manos distintas. La mayoría de ellos eran de amor. También había grabadas varias partidas al tres en raya con una clara victoria del equipo de los círculos frente a las aspas. El ventanal dejaba pasar una tarde soleada, las escaleras descendían a la planta baja.
–¡Venga, tío, sólo hago negocios con lo que no tiene valor! –insistía Kalani, con un enorme moratón en bajo el labio–. ¡Lo mejor de la vida es gratis! Hacer el amor, bailar, comer un buen pedazo de ternera, ver el atardecer, morder al perro…
–Ya pero, Kalani, en serio, usando tu propia jerga: tienes la cara regular –decía Cole, mirándola con sus trece años de desnudo desde el balcón y sus rastas, ella se rió un montón–, y a veces haces negocios turbios con gente que no tiene claro si cinco es más o menos que cuatro ni aun contando con los dedos. ¿No crees que podría resultar peligroso?
–Para ellos desde luego: yo sí sé contar y además tengo poderes alucinantes.
–Tampoco es que sea muy sensato ir publicitándolo por ahí.
–Puedo ser extremadamente sutil, Cole –le aseguró con una suficiencia divertida–. ¿Podrías saber si te estoy manipulando para que dudes sobre si te estoy manipulando? –él cayó en la trampa–. ¿Has visto? –inquirió Kalani con una sonrisa triunfal, Cole soltó una carcajada–. ¡Tu mente es mía, te jodes!
–No sé si tu humor es genial o estúpido –le confesó él.                       
–Estúpido –declaró la joven–, no me gusta dejar a nadie descontento. Volviendo al pobre Steve, ay… –Kalani suspiró con una nostalgia llena de condescendencia–, no te preocupes, mi mejilla le ha plantado cara.
–Naaa… eso no ha tenido gracia –se lamentó Cole aproximándose a ella.
–Pues tienes razón, habría sido más gracioso que hubiera sido la mejilla de algún otro –él no pudo evitar reírse.
–Adolescentes… –soltó el chico con un bufido, como si aquella palabra diera cuenta de todas las complejidades de la situación.
–Desarrolla –pidió ella, desnuda en la cama.
–Los adolescentes –comenzó él– no son los críos de los que hablan las historias y los diarios, ni tampoco los adultos que se les presupone, se refugian en el espacio que se niegan al mundo, el control que tienen nace de la misma ilusión que les obliga a contemplar una realidad imperfecta. Es sólo una teoría, dame un par de años y te la verifico.
–Qué idiota, tío… –respondió ella riéndose con él–. ¿Tienes que explicarles a todos tus pensamientos así como en plan poético para que los entiendan? –se burló la joven meneando las manos de forma expresiva–. ¿O es que soy imbécil y nadie me lo ha dicho? Venga, no seas cabrón y sé sincero, ¿hay alguna cosa que te guste que no sea escucharte a ti mismo? –preguntó con la boca abierta y expresión bovina, sólo porque a veces tenía esa expresión.
–Alguna hay… –respondió Cole vacilante, moviendo la mano con vaguedad–. Me gustas tú, Tania y su tráfico de tartas y su tripa, que ahora está embarazada; Shaun el pecoso porque se mueve mejor de lo que aparenta y la Emily que lleva calcetines –todos ellos eran muchachos de la edad de Kalani aproximadamente–, los libros y las buenas conversaciones. Es una pregunta difícil. Pero tú… –Kalani se veía dentro de la mente de Cole, brillando–. Es más, fíjate, el otro día andaba pensando en ti: cuando empezabas a leer, me dijiste que la gente leía palabras enteras y que tú leías sílabas y “me cansa”, detallaste. Mi pregunta es, ¿has hecho trampas para aprender a leer con ayuda de tus poderes, blanca? Los resultados son increíbles en una chica de tu edad.
–A ver… Si pudiera tele-transportarme, ir a un sitio que nunca antes he visto sería muy… entre tonto y peligroso, ¿no?
–Oye, ¿esto es una especie de venganza por lo de las figuras poéticas?
–Sí –le aseguró Kalani con una sonrisa que se le derramaba en la palabra–. Y si te crees tan inteligente haz una metáfora sobre tu estupidez –resolvió.
–Vale, vale… –se dio por vencido, alzando las manos, después alzó una ceja para añadir–, ¿empate técnico?
–Más quisieras. Y ahora, niño listo, ven aquí –Kalani hizo suya la cama.
–Pues qué abusona.
–¿Cómo puede estar tan grande con todo lo que hablas? –curioseó ella, sus pupilas siendo deseo.
–¿No te gusta, Ka? Sólo la tengo en este tamaño…
–Cole, tío –dijo ella acercándose a él y tomándole de la mano mientras se reía–, vamos a hacer una cosa y sé que es muy difícil para los dos, pero vamos a callarnos, vamos a follar un par de horas calladitos, repito: callados, y gimiendo y eso –añadió con un gesto despreocupado–, y luego vas a contarme por qué Emily trafica con tartas y yo no sabía nada.
–Es Tania la que trafica con tartas –le aclaró él.
–He estado con Emily-calcetines, lo hace muy bien. Y está celosa de que estemos juntos: eres muy codiciado –dijo ella besándole y abrazándole.
Tras unos instantes algo ocupados con el verano en los labios, la conversación trató de retomar su camino:
–Pero Tania te da tarta al acabar –señaló Cole.
–Empiezo a sospechar…
–…que esto de callarse no está funcionando una puta mierda –resopló Cole, imitando la forma de refunfuñar de Kalani.
–¿Tú también me lees la mente, negro? Porque ya he pensado en lo que le voy a preparar a Audrey cuando se venga a casa a cenar y necesito tu ayuda –la calma dio paso a una explosión de energía–. ¡El otro día descubrí qué es lo mejor de ser de las chicas más feas de todo el asentamiento!
–¿Qué?
–¡Que nadie espera nada bueno de mí! –exclamó ella riendo–. ¡De rodillas! –la explosión de energía se desvaneció, dando paso a un entusiasmo suave–. Aunque que conste que me gusta mi cara, tengo cara de conejita: piños grandes e incapaces de acompañarme cuando cierro la boca, ¡ñam, ñam!, unas mejillas redonditas y encantadoras, el pelo punki y mis ojazos azules.
–¿No puedes centrarte más de treinta segundos seguidos en una misma cosa?
–¿Y tú no…? Ufff… sí puedo…


Audrey miró a través del cristal mientras se retiraba la capucha y le daba un sonoro mordisco a una manzana verde y ácida. Escuchaba los pasos de Jerry y Tiara patrullando sobre la pasarela exterior, un poco más abajo.
Escupió al ver a Kalani entre unas casas, corriendo desnuda detrás de la jauría de perros, entre los que se contaba Boastwain, su terranova, al cual la joven había decidido llamar Doctor Pistacho III.
Lo perseguía bailando y saltando y gritando y ladrando. Boastwain, que desde el principio aceptó su nuevo apodo con resignación, se acercó contento hacia Kalani y ésta lo abrazó. Después el perro zigzagueó hasta encontrar un palo, lo dejó a los pies de la joven y empezó a cargar una y otra vez contra él hasta que ella lo cogió para tirárselo.
Aunque la última planta del faro no hacía oficialmente las veces de biblioteca, las estanterías estaban repletas de libros, tantos que no daban abasto y algunos volúmenes se amontonaban junto a ellas. La sala, por lo demás, sólo contenía una alfombra raída, un sofá, dos sillas y un escritorio sencillo y gastado.
Desde allí Audrey podía contemplar todo el asentamiento reconstruido precariamente sobre ruinas: un terreno vasto y aún deshabitado, veía asimismo la alambrada ante las murallas de piedra, los prados y el bosque y divisaba las montañas que lo rodeaban. El mar se extendía hacia el infinito a su espalda.
También tenía unas excelentes vistas de Adele, la cual podía, a su manera, ser considerada un paisaje: no uno particularmente relajante, pero era una mujer bastante grande teniendo en cuenta las existencias de comida disponibles. Era un rostro adusto con el ceño fruncido de forma casi permanente, una mirada rápida y brillante y arrugas en el nacimiento de una sonrisa descreída. Llevaba un traje elegante y gastado de cowboy con bordados sinuosos, corbata y sombrero, aunque éste reposaba ahora sobre la mesa.
–Kalani nunca hace lo que debe –aseveró Adele sin tratar de ocultar su desagrado.
–Ponle una norma y buscará alguna manera de rompértela en la cara –sentenció Audrey.
–Es normal que seáis amigas –afirmó su interlocutora–. Consiento que no vaya a clase como todo el mundo pero, ¿cómo puede dormir una media de diez horas diarias?
–La última vez que le pregunté me dijo que se lo pasaba bien durmiendo.
Adele no pudo evitar esgrimir las palabras como un reproche:
–Siempre está jugando, nunca se toma nada en serio y ya tiene, ¿cuántos? ¿Quince años? Podría estar teniendo hijos, como todo el mundo, ¿qué clase de adulta es?
–Los adultos son cuentos para niños, Adele. Aquí sobrevivimos. Si no podemos hacer lo que nos gusta una vez nos hemos cerciorado de que seguimos respirando, ¿qué sentido tiene la vida? Que los bandidos se maten, Kalani no piensa que nosotros seamos distintos.
–Esa chica no es normal –insistía Adele.
–De eso se trata… ¿qué harías tú si tuvieras sus poderes?
–Algo responsable, para empezar.
–Entonces me alegro de que no se tome nada en serio –la sonrisa de Audrey era un desafío en calma.
–Sois iguales, pensáis que el bien y el mal son lo mismo –replicó Adele.
–Bueno, una de las tragedias fundamentales del hombre es que si hace el bien corre el riesgo de acabar haciendo el mal y, si hace el mal, corre el riesgo de acabar haciendo una fortuna.
–Pero vosotras no pensáis eso –se aventuró Adele.
–Claro que no, bien y mal son sólo palabras y la idea de un hombre amasando riqueza es ridícula. Además no somos ambiciosas, preferimos ser felices.
–En cualquier caso Kalani no para de desafiarme.
–Su relación contigo no es nada personal: desafiaría a cualquiera que le dijera lo que tiene que hacer –comentó Audrey despreocupada–. Vive con una mochila, su libertad es lo único que tiene –Adele permaneció reflexiva por unos instantes y Audrey volvió a mirar por la ventana–. Si el asunto de la expedición está aclarado, voy a comer con Rhys, mañana nos vamos a por los medicamentos.
–¿Crees que los encontraréis allí? –inquirió Adele con escasa convicción–. Hace un año que se hizo el inventario y aquélla fue la última visita a la ciudad.
–¿Qué probabilidades hay de que alguien los haya cogido? –respondió Audrey.
–Posiblemente el cincuenta por ciento. ¿Qué opina Kalani?                   
–Kalani es una ratera, cree que alguien se los habrá llevado, pero que hay que intentarlo. Por Shannon.
–Dime cuánta gasolina necesitáis.

 
Kalani recibió un puñetazo en la boca.
Uno muy fuerte, de ésos que dejan un sonido sordo y te arrancan un diente de cuajo.
Sintió la sangre llenando el tejido bajo la piel del labio, imaginó el tono púrpura verdoso que tendría el moratón en unas horas, volvió a un ahora de dolor notando la raíz de hueso desgajándose de la encía con un latigazo caliente.
Escupió uno de sus incisivos inferiores, rojo.
–Tus amigos tienen miedo –dijo llanamente.
Lo cierto era que ella también tenía miedo, no mucho, porque en el asentamiento todo era un peligro de segunda, pero el miedo hacía que el ritmo mental de esos niñatos que la estaban agarrando por los brazos mientras Steve la miraba como si fuera a zurrarla otra vez se acompasara con el de su cerebro.
Los dos chicos balbucearon lo que por el contexto debía de ser una disculpa, la soltaron y se fueron de allí.
Steve no entendía lo que pasaba pero no podía perder tiempo en gritarles que volvieran.
El cobertizo de uralita donde estaban las letrinas de la escuela no era el mejor sitio del mundo para armar un escándalo.
Ella sonrió, unos breves instantes y el escenario seguiría el ritmo de su corazón.
Y es que una mente temerosa, debilitada por el hambre o el cansancio o simplemente desquiciada en un arrebato siempre era más fácil de controlar, en muchas ocasiones con sembrar la duda bastaba. Además, recientemente Kalani había tenido una revelación: Si su propio movimiento mental adquiría una forma concreta –el temor, por ejemplo– era más fácil dibujar esa misma forma en las mentes de otros. Era como la música sólo que al revés, costaba acordarse de una canción cuando había otra sonando. Por otra parte si las mentes de los demás también empezaban de por sí a adquirir dicha forma, apenas sangraba por la nariz al terminar de dibujarla y activarla. En su cabeza se clavaba una astilla de dolor intenso, sí, pero breve, aunque después se quedara colgando de sus neuronas en el eco agudo y sostenido de una molestia punzante, tal vez demasiado presente.
En realidad intuía que debía aprender a serenarse y a fluir por su propia mente para ser más eficiente. Pero decidió dejar sus pensamientos para una situación un poco menos comprometida y lanzó una pregunta al aire:
–¿No te gustó el revólver, Steve? –Steve, un par de años mayor que ella, dio unos pasos atrás, desconcertado–. No es fácil traficar con armas, ¿no crees? Y te expliqué muy bien que tenía el percutor un poco suelto. Te expliqué muy bien que no debías cargarlo con seis balas. Te expliqué muy bien que por eso mismo te lo vendía un poco más barato, ¿recuerdas? ¡Joder, te lo expliqué todo de putísima madre! Incluso te regalé unas cuantas balas a pesar de que no me caes nada bien, a eso se llama fidelización del cliente o algo así pero, ¿qué clase de gilipollas apunta a su novio con un arma? Es una pregunta retórica, eso significa que no hace falta que contestes –le aclaró ella, a Kalani le encantaba utilizar todas las palabras que había aprendido–. Dame mi puto revólver, pringao, el que me acaban de quitar Eddie y Ben –le indicó paciente–, el otro es tuyo y un trato es un trato –él le dio la pistola con una expresión dubitativa en el rostro, expresión de la que no se infería más inteligencia que la de un tiesto de gladiolos particularmente emprendedor.
–Me van a desterrar –se rindió él.
–Si tienes suerte –le recordó ella, súbitamente sus ojos se iluminaron con un destello decidido–. No diré nada de esto si me devuelves el otro revólver, ¿qué te parece? Y podría hacerlo porque en realidad ese revólver no es de contrabando, era mío, pero es que quería hacerme la interesante –le explicó–. Las cosas de contrabando son difíciles de adquirir, en general es una tontería comprarlas y tú no podrías costearte una mierda –puntualizó rascándose una ceja–. De contrabando… suena bien, pero no sé… Se supone que son cosas que han estado en manos de bandidos o criminales, ¿no? –Kalani detuvo sus pensamientos en ese punto, no quería perderse–. Bueno, que eso: el revólver por mi silencio. ¡Dime que no es un trato cojonudo! –le sonrió animada–. Les diremos a los demás que querías deshacerte del arma debido al accidente.
–Gracias… –logró articular él, sin estar muy seguro de si debía pensar algo en concreto, al tiempo que le daba el arma. Ella sí sabía qué pensar: por ejemplo, lo de Eric, el novio de Steve, era una tragedia bastante estúpida–. Gracias por perdonarme la vida –acertó a completar Steve. Kalani estaba impresionada de que el pobre hubiera entendido el valor de esta última transacción.
–Dos veces, supongo, si cuentas ésta, y ni siquiera te lo mereces –ella se palpó el incipiente moratón, que comenzaba a hinchársele–. Es un placer hacer negocios contigo, créeme –le aseguró–. Recuerda que hoy has salido ganando, errr… dentro de lo que cabe… –trató de reconfortarle con un gesto amistoso y poco convencido y una mirada errática–. Por cierto, cuando te condenen al exilio, ven a verme: tengo provisiones que puedes pagar con cosas que no necesitarás –y Kalani se fue bailando.
Le encantaba degustar la palabra exilio, debía de ser por la equis, le daba clase. Y la ele, la ele estaba bien. Y el hecho de que no se le aplicara a ella le resultaba bastante reconfortante también: a decir verdad siempre había creído que, pese a todo, a ella la echarían algún día de allí.


–Sólo tengo una pregunta, Ka, ¿por qué dejaste que Steve te pegara un puñetazo?
–Me sentía culpable –le respondió Kalani–, por la muerte de su novio y eso: yo le di el revólver, ¿no? –su expresión destilaba cierta tristeza al recordar, había tomado la decisión de no volverse a meter en esa clase de problemas–. Pero luego fui a ver a Rhys para que me curara un poco la hostia que me habían dado y… Y me di cuenta de que estaba en un error en plan “salvaré al mundo” y todo eso, y de que tengo un diente de menos –añadió riéndose y tras ello se quedó pensativa unos instantes: una ceja arqueada y la lengua sobresaliéndole por el labio superior–. La historia es que somos libres, Cole, desde el principio. Soy libre hasta de mí misma. De hecho somos tan libres y desde tan al principio que en retrospectiva me veo muy joven –le aseguró Kalani extrañada, él profirió una risotada–. Y a fin de cuentas así es como se mueven los pensamientos: ellos van a su bola y están perfectamente bien. Por eso prefiero bailar. Y que tú bailes conmigo –decretó con una sonrisa–. Oye, que casi se me olvida, ¿te vienes a la ciudad a por medicamentos?